El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 38
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38: Sujeto 808 38: Sujeto 808 Mientras Uuk corría, podía sentir el viento agitando mi pelaje; era como sacar la mano por la ventana de un coche en movimiento.
¡Se sentía muy fresco!, a pesar de que el sol empezaba a ponerse potente.
Por alguna razón, un ligero olor a algo quemado se percibía en el aire, pero ni eso lograba arruinar mi plenitud.
Atravesábamos un páramo cubierto de césped donde los árboles escaseaban.
Las gemelas iban jugando a las palmadas, riendo como si fueran niñas comunes en un día de campo.
El viejo Siro, por su parte, había dejado atrás su actitud estoica para disfrutar del paseo como si estuviera cumpliendo un sueño de la infancia.
Mientras tanto, Janeth me dejó recostarme en su regazo; parecía un gatito durmiendo plácidamente sobre su dueño.
Me llamarán pervertido, pero estar sobre una mujer tan hermosa, de piel suave y que huele tan bien, es algo que se agradece después de tanto sufrimiento.
Si soy sincero, ya veo a la gigantona como mi mejor amiga; al principio me trataba fatal, pero ahora me siento realmente bien a su lado.
“Podría dormir plácidamente ahora mismo y olvidar todos los problemas; ni siquiera parece que estuviéramos en medio de una guerra.
Solo quiero que todo se mantenga así.
¿Por qué siempre hay personas que quieren conquistarlo todo?
La vida en paz es tan gratificante que, de verdad, no entiendo la necesidad de matarnos unos a otros”.
Mi mente divagaba mientras el viento me acariciaba.
“La historia humana está llena de batallas por cosas absurdas, ya sea por recursos, tierras, mujeres, ideologías o simple estupidez.
He visto ese ciclo repetirse una y otra vez, y ahora, en este mundo diferente, el guion parece ser el mismo.
Es frustrante saber que, mientras yo disfruto del calor de Janeth y la risa de las gemelas, en algún lugar alguien está afilando una espada para quitarnos todo lo que amamos”.
Al parecer, me perdí tanto en mis pensamientos que olvidé mantener la guardia alta.
—¡Samuel!
—el grito de Janeth rasgó el aire.
De pronto, sentí un tirón violento.
Algo desgarró mi piel y se hundió con un impacto sordo en mi hombro, sacándome del trance de golpe.
Era una flecha.
Vi como mi sangre oscura comenzaba a manchar el vestido de campesina de la gigantona.
—¡¡Aaaaaaaaah!!
—gemí de puro dolor.
El ardor era insoportable.
Se me había olvidado por un momento que este mundo es cruel y que la paz es un lujo que no puedo costear.
Janeth me acostó con cuidado sobre las escamas de Uuk y se puso de pie en un parpadeo, desenvainando su instinto asesino, lista para la carnicería.
—¡Señor Samuel!
—gritó Anastasia, acercándose con el rostro pálido de terror.
Uuk ni siquiera se inmutó por el impacto; sus escamas eran como murallas de acero, pero su voz retumbó con una advertencia urgente: —¡Cuidado!
Esa flecha vino desde el sur.
¡Estamos bajo ataque!
Levanté la vista hacia el cielo y el corazón se me detuvo.
En un parpadeo, el rosa azulado del mediodía fue devorado por una marea negra: cientos de flechas inundaban el aire, lloviendo desde todas las direcciones en una coreografía mortal.
Uuk aumentó la velocidad, sus zancadas hacían crujir la tierra, pero no había refugio posible bajo aquella tormenta de hierro.
Entonces, el dolor se volvió sistemático.
¡SHLUCK!
Un desgarro seco en mi pata.
¡SHLUCK!
Un impacto ardiente que me atravesó el abdomen, nublándome la vista.
¡SHLUCK!
El brazo se me entumeció al instante.
Gemí, apretando los dientes hasta sentir que se romperían.
Janeth reaccionó con la velocidad de un rayo; su cabello se extendió como un escudo negro, bloqueando y desviando decenas de proyectiles con un sonido metálico constante, pero la lluvia era demasiado densa.
A pesar de su esfuerzo, vi con horror cómo las gemelas y el viejo Siro también eran alcanzados por el acero enemigo.
—¡Sigue corriendo, Uuk!
¡No pares por nada!
—grité con lo poco de aliento que me quedaba en los pulmones.
Anastasia, que estaba a mi lado, soltó un alarido que me heló la sangre.
Tenía una flecha clavada profundamente en la espalda.
Se aferró a mí con una fuerza desesperada mientras el llanto la ahogaba.
—¡Aaaaaaaah!
¡Duele mucho!
¡Ayúdeme, señor Samuel, por favor!
El pánico me golpeó más fuerte que el acero.
Con una de mis piernas destrozada, me obligué a ponerme en pie como pude; la flecha en mi abdomen me robaba el aire con cada movimiento, enviando puntadas de fuego por todo mi torso.
Estábamos vendidos.
Nos habían emboscado en campo abierto, sin una sola piedra donde cubrirnos.
¿Cómo diablos sabía el enemigo que pasaríamos por aquí?
Mi mente, nublada por el dolor, empezó a buscar culpables.
¿Un traidor?
¿Quién podría habernos vendido?
Pensé en el viejo Siro o en algún espía de Bigue que nos hubiera seguido el rastro.
No…
no podía ser el viejo.
Lo vi a unos metros, encorvado y con una flecha atravesándole el estómago.
¿Por qué siempre me pasa esto?
Primero masacraron a mis padres Liva y ahora mis nuevos amigos están siendo cazados como animales.
Maldigo mi suerte, maldigo este mundo y maldigo a quien sea que esté disparando desde lejos.
De la nada, el mundo se ralentizó.
El tiempo se estiró como una goma a punto de romperse y todo comenzó a moverse en una cámara lenta agónica.
Intenté desplazarme, pero mis extremidades pesaban toneladas.
Al girar la vista hacia el páramo, la divisé: una silueta totalmente negra, un vacío absoluto que devoraba la luz a su alrededor.
En un parpadeo, la entidad se teletransportó frente a mí.
Su rostro, si es que tenía uno, se pegó al mío hasta que pude sentir el frío de su inexistencia.
Posó sus manos sobre mí rostro, y una voz robótica, metálica y ajena a cualquier sistema que conociera, retumbó en mis oídos: —El Sujeto 808 parece estar a punto de fallecer otra vez.
Activen el protocolo de emergencia.
Tan rápido como llegó, la sombra se esfumó.
El tiempo recuperó su curso frenético y, en el lugar donde había estado esa entidad, aparecieron docenas de flechas silbando a muerte.
No hubo tiempo de reaccionar.
Sentí un tirón seco, un frío instantáneo y, de repente, el desgarro violento de mi cuello separándose del resto de mi ser.
La perspectiva se rompió en una voltereta macabra.
Mi visión giró violentamente: el suelo era el cielo y el cielo era el suelo.
Antes de que el grito pudiera formarse en mi garganta, vi el rostro de Janeth, desencajado y despavorido.
Sentí sus manos, cálidas y temblorosas, sosteniendo mi cabeza contra su pecho…
mientras mi cuerpo, inerte y sangrante, se alejaba en otra dirección sobre el lomo de Uuk.
—¡Samuel!
—el grito de ella fue un lamento desgarrador mientras las lágrimas inundaban sus ojos.
No pude hacer nada más.
La luz se desvaneció y el mundo se hundió en el vacío.
¿Así es como moriré?
¿Sosteniendo la mirada de la persona que empezaba a amar mientras mi cuerpo se desvanece?
[Protocolo de emergencia activado] > [Actualizando…] > [?&;;((;(#)2+:3(;!)!::(#)7-3;;$;:°°¢=¢^^¥π¢™™®©£{`∆%✓™€] Las letras azul eléctrico del sistema aparecieron en la oscuridad de mi mente, pero no eran normales.
Comenzaron a retorcerse, a parpadear con violencia y a deformarse en códigos incomprensibles.
El orden se había roto.
El sistema estaba colapsando.
Todo parpadeó por última vez antes de fundirse en un vacío digital.
La calidez del regazo y el flujo de pensamientos se cortaron en seco, dejando tras de sí ese silencio antinatural que solo la muerte sabe reclamar.
[Error fatal: conexión con el sujeto 808 perdida] [Reiniciando interfaz de observación…] […] […] [Cambiando a narrador omnisciente] Sobre el páramo, el sol terminaba de hundirse, tiñendo el horizonte de un naranja que se confundía con el fuego.
En el centro de aquel cuadro de horror, la figura de Janeth se alzaba como una torre en ruinas.
La imponente demonio, cuya presencia solía irradiar una fuerza indomable, parecía ahora una estatua de mármol frío.
Su vestido de campesina —aquella prenda sencilla que hablaba de una paz efímera— estaba empapado por un carmesí denso y caliente que goteaba desde la cabeza que acunaba contra su pecho con una ternura aterradora.
Sus ojos, antes llenos de una chispa vibrante, estaban fijos en el vacío, como si buscara el rastro del alma de Samuel en el aire que la rodeaba.
A unos metros, el lomo de Uuk —el dragón que seguía corriendo por puro instinto de preservación— transportaba los restos descabezados de lo que alguna vez fue un Liva.
Sobre la grupa de la criatura, Petra sollozaba convulsivamente, aferrada al cuerpo inerte del protagonista mientras una flecha asomaba cruelmente desde su pequeña espalda.
El contraste era insoportable: la inocencia de una niña rota por el hierro de una guerra que jamás llegaría a comprender.
Cerca de ellas, el viejo Siro permanecía hincado, con una mano apretando la flecha que le atravesaba el abdomen y la otra apoyada en el suelo para evitar el desplome final.
A su lado, Anastasia temblaba, físicamente ilesa pero marcada de por vida por el trauma.
El sacrificio del anciano había sido absoluto; su cuerpo estoico sirvió de escudo para la pequeña, quien miraba con ojos desorbitados cómo su mundo se desmoronaba en un parpadeo.
El viento, que antes Samuel describía como un alivio fresco, ahora solo arrastraba el olor a azufre y el eco de una masacre incipiente.
El enemigo no escatimó.
No hubo piedad ni pausa.
Una nueva lluvia de flechas rasgó el cielo crepuscular y, en menos de lo que un ave tarda en cantar su última nota, el grupo fue sepultado bajo el acero.
Los cuerpos fueron atravesados y desmembrados en una coreografía cruel de sangre y sufrimiento que marcó el fin de la esperanza en el páramo.
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