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El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 39

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  3. Capítulo 39 - 39 Comedía Tragedia y Ficción
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39: Comedía, Tragedia y Ficción 39: Comedía, Tragedia y Ficción ¡Sssshhh!

El sonido del viento azotó mis oídos, constante y sereno.

Sentía la grama pinchando mis brazos con una textura familiar, y el cielo azul sobre mí era simplemente maravilloso.

Por alguna razón, mis manos temblaban sin control y sentía una pequeña pero persistente molestia en el cuello, como un eco de algo que no lograba definir.

Tal vez solo fue un mal sueño, aunque, por más que me esforzaba, no podía recordarlo.

El olor a naturaleza mezclado con humos era un poco desagradable pero tolerable; también los rayos tenues del sol se disfrutaban.

&5$_(/)'”.

—¡Papá!

—la voz de mi hijo, Jesús, me llamaba desde la distancia.

Escuché el bullicio de otras personas a lo lejos; risas y gritos que parecían parte de un juego.

Entonces, la memoria regresó a mí: estábamos teniendo una tarde en familia en el parque.

Se agradecía que esta maldita ciudad tuviera un espacio tan bonito en medio del caos de concreto y edificios.

Ya era tiempo de descansar del trabajo; el último videojuego que lanzamos había sido un éxito rotundo, y aunque eso se tradujo en una montaña de responsabilidades, hoy el mundo se sentía en paz.

—¿Estás bien, mi amor?

—preguntó mi hermosa Mika mientras acunaba mis mejillas con sus manos—.

¿Ya has podido descansar?

Llevabas prácticamente una semana sin pasar tiempo con nosotros; tu trabajo sí que es agotador.

Tenía mi cabeza recostada en su regazo, sintiendo la calidez de su piel.

Ella se inclinó y me dio un beso suave, de esos que parecen detener el tiempo.

—Aunque estar sentado todo el día hizo que te saliera algo de panza —añadió con una risita traviesa antes de besarme otra vez—.

Pero no importa, igual así te amo.

—¡Ya están otra vez con sus cosas!

—exclamó Jesús al vernos, soltando una carcajada infantil mientras corría hacia nosotros—.

¡Papá!

¿Quieres jugar fútbol conmigo?

Los otros niños ya están empezando el partido.

—Pues no lo sé.

Pregúntale a tu madre si me quiere dejar escapar —dije, soltando una pequeña carcajada que se sintió ligera en mi pecho.

—Tienes permiso, pero promete volver y no mires a otras mujeres.

Eres un viejo cochino —respondió Mika con una sonrisa cómplice, esa que siempre lograba desarmarme.

—Sabes que solo tengo ojos para ti —le aseguré mientras hacía el esfuerzo de ponerme de pie.

Al erguirme, la pequeña molestia en el cuello persistió; era un pinchazo sordo, casi como si una línea invisible tirara de mi piel hacia atrás.

Sacudí la cabeza para despejarme.

%√π✓{∆∆∆.

—Bueno, como tu madre nos dio permiso…

¡Vamos a jugar!

Solo recuerda que ya estoy un poco grande, Jesús.

—¡Está bien!

¡Vamos!

—Jesús me agarró de la mano con esa energía inagotable de los niños y me arrastró hacia el centro del campo.

Agarramos un arco para nosotros y nos pusimos a jugar a los penaltis.

Al principio me pareció fácil; mi hijo es mucho más pequeño y yo solía ser atlético, así que pensé que esto sería pan comido.

Estaba muy equivocado.

¿Desde cuándo ese maldito enano es tan bueno?

Pateé como quince tiros y, literalmente, los bloqueó todos.

Yo, por otro lado, fallé absolutamente cada intento.

Eso solo podía significar una cosa: este pequeño llegará a ser muy grande algún día.

Pasamos así el resto de la tarde, hasta que el cansancio empezó a transformarse en un mareo persistente.

Definitivamente, ya no estoy para estos trotes.

—¡Oigan!

¡Ya es tarde!

—la voz de Mika nos alcanzó desde la distancia.

—Ya escuchaste a tu madre, Jesús.

Sabes que ella es la que manda aquí —le dije a mi pequeño mientras él recogía el balón con una sonrisa de victoria.

—Está bien —respondió, fingiendo una frustración que no sentía—.

Igual me divertí mucho contigo, papá.

Ganarte es demasiado fácil.

—Pequeño bastardo…

—le acaricié la cabeza con orgullo y nos dirigimos hacia el estacionamiento donde habíamos dejado el auto.

Mika ya se nos había adelantado.

Nos subimos al coche y emprendimos el regreso a casa.

Al cabo de un rato, las luces de la ciudad quedaron atrás.

Vivíamos un poco en las afueras, y la paz de estos lares siempre me ha gustado demasiado; el silencio aquí tiene un peso diferente.

A Mika también le encantó cuando compré la propiedad; recuerdo que apenas nos habíamos casado y ella ya estaba embarazada.

De eso hace ya diez años…

es increíble lo rápido que se escapa el tiempo entre los dedos.

La casa tenía un jardín amplio, a veces me daba pereza tener que mantenerlo así que -+-$_##'” teníamos que gastar en un jardinero.

Las paredes eran de un color gris con detalles blancos, tenía un muro alto y electrificado (nunca se sabe que loco puede entrar) y un garage muy amplio; como para meter dos autos.

Entramos, cenamos algo ligero entre risas y nos fuimos a dormir temprano.

Al día siguiente debía ir al hospital para hacerme un chequeo de rutina; últimamente no me he sentido del todo bien, pero supongo que solo es el estrés acumulado por el lanzamiento del juego.

Me acomodé en las sábanas frescas, cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño, esperando que el mañana fuera tan tranquilo como hoy £=°π^®>.

—Usted tiene cáncer de páncreas, señor Frido —sentenció la voz fría y aséptica del médico que me atendía.

Me quedé petrificado, mirando hacia un punto inexistente en el vacío de la oficina.

¿Cáncer?

¿En serio?

Siempre me había jactado de llevar una vida sana; no podía procesar cómo algo así estaba creciendo dentro de mí.

Lo primero que pensé fue en Mika y Jesús…

¿Cómo reaccionarían en casa?

Menos mal que había decidido venir solo a este chequeo.

—Podemos iniciar varios tratamientos de inmediato, como quimioterapia, o incluso probar algunos métodos experimentales que están dando resultados —replicó el médico, ajustándose las gafas con indiferencia profesional.

—¿Cuánto me queda de vida?

—pregunté, sin ser capaz de apartar la mirada del suelo.

—Si no se trata, diría que un año —respondió él con una franqueza que dolió más que cualquier flecha—.

Con un buen plan podríamos intentar revertirlo, aunque, siendo honesto, las probabilidades son bajas.

,;”__’;;(+€=×}∆§✓gjcfghx.

—Supongo que esos tratamientos serán costosos, ¿no?

—seguí con la mirada fija en las baldosas blancas del hospital, sintiendo que el mundo se me escapaba.

—Su seguro cubrirá todo el proceso, señor Frido.

No tiene que preocuparse por eso ahora.

Volví a casa, ese día no fui al trabajo; simplemente no podía.

Mika se extrañó de inmediato y me bombardeó con preguntas sobre mi comportamiento, pero no fui capaz de pronunciar la palabra “cáncer”.

No creía que ella estuviera preparada para escucharla; yo apenas estaba procesando el impacto y lo único que deseaba era exprimir cada segundo a su lado y al de mi hijo.

A los pocos días comencé la quimioterapia.

Por desgracia, el poco pelo que me quedaba empezó a caerse en mechones, así que tuve que raparme por completo y bromear diciendo que era mi nuevo “look de señor”.

En el trabajo las cosas iban mejor que nunca, pero aun así solicité la baja definitiva.

No quería malgastar ni un minuto más frente a una pantalla.

Los meses se escurrieron entre mis dedos y llegó el tan temido año de diagnóstico.

Contra todo pronóstico, no morí; parecía que el tratamiento estaba dando sus frutos, aunque el precio físico era evidente.

Mika ya sospechaba: nadie tiene vacaciones tan longevas sin motivo, y mi pérdida de peso no cuadraba con alguien que no pisaba un gimnasio.

Siempre le mentía, fingiendo que todo estaba bajo control con una sonrisa ensayada…

hasta que un día, el silencio se rompió.

Encontró los papeles del diagnóstico escondidos en el cajón.

—¿Qué es esto, Frido?

—La voz de Mika me alcanzó mientras yo intentaba concentrarme en preparar el almuerzo, fingiendo una normalidad que ya no existía.

Al girarme, la vi.

Sostenía los papeles del diagnóstico y sus ojos, empañados por las lágrimas, buscaban una respuesta que yo no quería darle.

—Dime que es mentira…

por favor, dime que esto es un error —suplicó, con la voz quebrada.

—Tranquila, puedo explicarlo —balbuceé, dejando los utensilios y tratando de acercarme a ella, pero mis manos temblaban.

—¿Explicar qué?

¿Por qué me ocultaste que te estás muriendo?

—El llanto estalló, cargado de una rabia impotente—.

¡No es justo, Frido!

No es justo que llevaras un año cargando con esto tú solo.

Sabes que te amo…

¡Podía haberte ayudado!

¡Debimos pasarlo juntos!

—Lo siento…

—respondí, bajando la cabeza con una punzada de vergüenza que me quemaba el pecho—.

No quería verte así, Mika.

No podía soportar la idea de que me miraras con lástima.

Tampoco quería que Jesús viera a su padre desmoronarse.

Ella se acercó y me rodeó con un abrazo desesperado, como si sus brazos pudieran detener el avance de la enfermedad.

—No te quiero perder…

no es justo —sollozó contra mi pecho, y el mundo pareció detenerse en ese lamento.

Nos quedamos así, en un silencio roto solo por nuestras lágrimas.

Esa noche, cuando Jesús regresó de casa de su amigo, se lo contamos todo.

No hubo forma de contener el llanto; la verdad cayó sobre nosotros como una losa, pero al menos, ahora estaban conmigo.

La carga ya no era solo mía.

Así transcurrió otro año.

Sorprendentemente, me sentía mejor; la vida parecía darnos una tregua inesperada.

Todo marchaba increíble hasta que un día, mientras intentaba cambiar un foco en la sala de estar, la luz se apagó para mí.

Caí al suelo, desplomado.

En urgencias tuvieron que aplicarme RCP; mi cuerpo, simplemente, estaba colapsando por dentro.

Lograron traerme de vuelta, pero el daño ya era irreversible.

—El señor Frido deberá permanecer internado por tiempo indefinido —le explicó el doctor a Mika con esa voz profesional que no admite réplicas—.

Su caso es crítico.

—Está bien, doctor…

—murmuró ella.

Cuando quedamos a solas en la habitación del hospital, Mika sostuvo mi mano con una fuerza que me recordaba a la vida misma.

Yo, conectado a esas máquinas que marcaban mi ritmo cardíaco, la miré y no pude evitarlo.

—Casi me voy, ¿eh?

Jajaja —solté una pequeña carcajada, aunque me costara el aliento.

—No es momento para bromas, amor —respondió ella, apretando los labios.

—Vamos, ríete.

Sé que te encanta mi sentido del humor de viejo —insistí.

Mika no pudo evitarlo; una pequeña risa escapó de ella, pero al mismo tiempo sus lágrimas caían sin control sobre las sábanas blancas.

—No estoy preparada, Frido…

de verdad no lo estoy.

Pasaron varias horas más.

Jesús llegó justo a tiempo para ver cómo el mundo se desmoronaba.

De pronto, sentí un galope frenético en mi pecho; mi pulso se aceleró de forma errática y las máquinas a mi alrededor empezaron a gritar.

Mi familia, aterrada, se aferró a mis manos mientras llamaban a los médicos con una desesperación que me partía el alma.

Solo podía oír sus lamentos mientras sentía que me marchaba.

—¡Frido!

¡No, por favor!

¡No!

¡¿Por qué ahora?!

¡Doctor!

—rogaba Mika, su voz rompiéndose en mil pedazos.

—¡Papá!

¡Mírame, papá!

¡Estoy aquí!

—gritaba Jesús, ahogado en llanto, sacudiendo mi mano como si pudiera despertarme de la muerte misma.

La muerte no fue como en las películas.

No hubo un repaso cinematográfico de mis errores, ni una luz cegadora invitándome al descanso eterno.

Para mí, el fin de Frido fue el eco de un pitido constante y un frío voraz que me devoraba desde las extremidades, mientras veía la imagen borrosa de mi esposa y mi hijo deshaciéndose en lágrimas junto a mi cama.

Eso creo que ya lo había dicho antes…

pero qué más da.

Ya estoy muerto.

¡PIIIIIIIIIIIIII!

—No es tu hora, t¡&#:;# otr0 pr-#;:@-@+;#; —una voz retumbó en mi cabeza mientras caminaba por aquel túnel.

—g+;#;#882;!?

—intenté gritar, pero mi voz no era más que un código roto.

—:2+2+82+#;?@)!!;$:3 [Abgejdjvejej-2+@++2;2;2+1+1+1;°’÷’÷π€°€=|✓] [Protocolo de seguridad establecido] [El sujeto está siendo estabilizado] [Cargando…] [ROOT@REALITY_CORE:~#] restore –state=PRE_AMBUSH_038 [CRITICAL] Conflict: Death_Event detected in timeline.

[SYSTEM] Overriding causality…

[Bypassing entropy…] [RESTORING] Physical_Body: 100% | Consciousness_Sync: ERROR_404 (Trauma_Leak) [REBOOTING_WORLD_STATE] …

3…

2…

1…

[EXECUTE] _

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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