El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 7
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7: Maestro De Obra 7: Maestro De Obra Volví a mi árbol con el corazón latiendo a prisa.
Tomé un palo firme y, con cuidado de no cortarme, amarré el cristal de obsidiana con unas fibras resistentes.
¡Había hecho mi primer cuchillo!
Al pasar el dedo cerca del borde, el frío de la piedra me dio una confianza nueva; ahora todo sería más fácil.
Con la herramienta solucionada, solo quedaba una cosa: sudar para levantar ese refugio.
En la base del árbol ya descansaba la pila de materiales que había recolectado anteriormente.
Estiré los brazos, sintiendo el crujir de mis articulaciones, y me puse manos a la obra.
Mi plan era sencillo: una choza funcional, un rincón para dormir sin que el bosque me devorara.
Nada de cocinas ni salas de estar; no soy albañil ni ingeniero, solo un Viktor tratando de no pasar la noche a la intemperie.
Voy a hacer mi refugio en la base del tronco del árbol ya que hay un hueco entre las raíces donde dormiré muy bien, solo tengo que ponerlo lindo.
Me senté en el suelo y empecé a trabajar.
Al principio, el cuchillo se sentía extraño en mi mano y el brazo me ardía por el esfuerzo constante, pero pronto le agarré el ritmo.
La obsidiana mordía la madera con una agresividad que me sorprendió, dejando un aroma a resina fresca en el aire.
Dejé las ramas de un metro, estás serán para las paredes.
También tenía varias ramas grandes y gruesas que serían las columnas y vigas de la estructura.
Me levanté y con mis manos empecé a cavar dos hoyos como a 2 metros del árbol.
Sentía la tierra húmeda metiéndose bajo mis garras y mis dedos se estaban raspando, cuando terminé metí una rama grande en cada agujero.
Una vez que estas quedaron verticales y estables, las uní con una viga horizontal, creando un marco sólido justo frente al tronco.
Para sostener el techo, usé la punta de mi herramienta para tallar dos hendiduras profundas en la corteza del árbol, perpendiculares a mis columnas.
Allí voy a poner dos vigas; el esfuerzo me hizo sudar demasiado, pero valió la pena cuando las encajé.
Estas conectaban el tronco con el marco frontal para que nada se moviera, reforcé cada unión y los puntos de apoyo con vueltas apretadas de lianas, tirando con fuerza hasta que mis nudillos quedaron blancos.
Al soltar, la estructura ni se inmutó.
El esqueleto estaba listo, abrazando el hueco entre las raíces donde planeaba dormir.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí dueño de mi propio espacio.
Me quedaban pocas horas de sol, así que me tenía que apurar.
Agarré el montón de palos que corté y con ellas empecé a tapar las paredes y el techo, las amarré con fuerza a las columnas.
Con hojas terminé de hacer el trabajo, cubrí todo.
Al terminar, me alejé unos pasos para admirar mi obra de arte.
Era la primera vez en mi vida que construía algo tan importante, algo real para poder sobrevivir.
Pero entonces, apareció el siguiente gran problema: el fuego.
¿Cómo diablos voy a hacer fuego?
Recordaba los videos que veía en LooTube, allí todo parecía muy fácil pero estoy un 80% seguro que será complicado.
Las opciones para hacer fuego eran las de siempre: frotar dos palitos o buscar una piedra de pedernal.
Pero como no tengo ni idea de cómo se ve el pedernal, me incliné por la madera, aunque sabía que sería un dolor de cabeza.
Recordé que en los videos de supervivencia usaban el “taladro de arco”, un método que facilitaba el proceso para crear una brasa.
Recolecté hojas secas y todo el material que servía como combustible que me encontré cerca.
Con una liana que me sobró y una rama flexible, fabriqué el arco -básicamente amarré la liana a los dos extremos de la madera-.
Busqué una varilla lo más recta posible y la afilé, partí una rama gruesa por la mitad lo mejor que pude.
La puse en el suelo y con la punta del cuchillo excavé un pequeño agujero en la base, encajé la rama recta y la enredé en el arco.
Empecé a frotar, pasaron quince minutos, ya me dolía el brazo y nada que salía una brasa o vestigios de fuego.
Solo lograba cansarme y sudar como un cerdo.
Quizás no fui hecho para esto.
Me detuve a descansar y pensar en una mejor estrategia.
Me dí cuenta que soy tonto, se me había olvidado poner yesca.
—”Samuel es olvidadizo”.
Dijo la voz tan arrogante como siempre.
—Tienes razón voz misteriosa.
Me levanté y esta vez sí puse yesca en el agujero.
Al cabo de unos minutos, un hilo de humo blanco empezó a serpentear hacia mi cara.
El corazón me dio un vuelco.
Entusiasmado, froté con más rapidez hasta que la madera brilló roja como la lava de un volcán.
Dí un pequeño brinco de alegría, rápidamente acerqué hojas secas y empecé a soplar con fuerza.
El humo aumentó hasta que, por fin, brotaron las llamas.
—¡Por fin tengo fuego!—, solté un pequeño grito de triunfo.
Improvisé una pequeña fogata frente a mi refugio.
Caía la noche, pero el frío ya no era un problema; además, ahora tenía cómo cocinar.
Pasó un rato, ya todo estaba obscuro, con el calor de la hoguera, me acomodé dentro de mi choza y me quedé profundamente dormido.
Sin embargo, pasé algo por alto: en la oscuridad absoluta, el fuego es un faro.
Y la luz atrae a invitados no deseados.
“Grrrrrr…” Un gruñido vibró en el suelo y me despertó de golpe.
No era uno, eran varios.
Al abrir los ojos, las sombras de la manada se recortaban contra el resplandor de mis brasas.
Eran esos perros demonio que mataron a uno de los míos cuando yo no era más que una piedra.
Estaba acorralado en mi propia creación.
¿Ahora qué diablos voy a hacer?
REFLEXIONES DE LOS CREADORES AlbertYart Hola!
Si ves que el nombre cambió, no te asustes, ¡soy yo!
Samuel sigue peleando por su vida, solo que ahora el título le hace más justicia a su pasado como roca.
¡Gracias por las 700 visitas!”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com