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El Archivo del Trauma - Capítulo 61

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Capítulo 61: Capítulo 61: Iconoclastia Quirúrgica

Desperté lentamente. Mis párpados pesaban como si hubieran sido sellados con plomo, pero, milímetro a milímetro, la consciencia comenzó a reclamar su territorio. Lo primero que percibí no fue el dolor, sino una cercanía inesperada. Al girar la cabeza, me encontré, a escasos centímetros, con el rostro de Serenne.

Estaba profundamente dormida.

Había arrastrado una silla junto a la mesa metálica y se había rendido al sueño, apoyando la cabeza sobre el mismo borde de acero donde yo yacía. Podría haberse marchado a una cama, o simplemente haberme dejado solo una vez terminada la cirugía; me pregunté, por un instante, si esto era algún tipo de venganza silenciosa y extrañamente tierna por haberla arrastrado a mi esquema.

—Estás… demasiado cerca —susurré, mi voz apenas un hilo de aire.

No respondió. Las facciones de su rostro estaban suavizadas por un cansancio absoluto. Si yo estaba respirando y mis procesos cognitivos estaban intactos, debía asumir que la intervención había sido un éxito estadístico.

Me quedé inmóvil, mirando las manchas de óxido en el techo, trazando mentalmente las rutas de escape que debíamos tomar. No había tiempo que perder; cada segundo de inactividad era una ventaja que le otorgábamos a Malrec. Lógicamente, debería despertarla de inmediato. Sin embargo, una duda irracional me detuvo: no quería interrumpir su letargo.

—No… —me corregí en silencio—. Ciertamente, esto es ineficiente. Podrá dormir en un entorno más adecuado una vez que estemos a salvo.

Con una delicadeza que mi algoritmo de supervivencia no lograba justificar, extendí un dedo y toqué su mejilla. Su piel tenía una textura suave y limpia, una calidez orgánica que contrastaba violentamente con el frío quirúrgico de la habitación. Una sensación extraña, un pulso de algo que no sabía nombrar, invadió mi cuerpo por un segundo. Continué el contacto, esperando una reacción, pero ella no se movió.

—Ahh… —exhalé.

Está bien, tú ganas.

Bajé la mirada hacia mi torso. Debajo de mis costillas, una hilera de puntos y la piel cerrada confirmaban que el emisor ya no formaba parte de mi biología. Era habilidosa, mucho más de lo que mis proyecciones iniciales sugirieron. Por precaución, mantuve mis músculos relajados; un movimiento brusco podría arruinar su trabajo. Pero la proximidad de esta chica, el sonido rítmico de su respiración tan cerca de la mía, me impedía recuperar mi zona de confort analítica.

Solo me quedaba esperar a que el mundo real terminara de filtrarse por las grietas de este refugio.

—Nn… ah… —Serenne bostezó, estirándose con una indolencia que sugería que el fin del mundo era un asunto menor.

Despertó con una expresión que, en cualquier otro contexto, habría resultado tierna. Sin embargo, mi sistema emocional permanecía imperturbable. No había espacio para la ternura en una mesa de operaciones.

—¿Cómo durmió la “bella durmiente”? —inquirí con un matiz de ironía.

—Quiero seguir durmiendo… —murmuró ella, hundiendo de nuevo el rostro contra el metal frío.

—Debemos movernos. Hemos permanecido estáticos demasiado tiempo y el margen de error se estrecha. Es probable que ya estén rastreando nuestra última posición conocida.

—Pero tengo sueño…

—Dormirás luego. A menos que prefieras el sueño eterno a manos de esos psicópatas.

Esa frase pareció surtir efecto. Serenne se incorporó con pesadez.

—Me voy alistando —accedió.

Por mi parte, intenté ponerme en pie. Un pinchazo agudo en el costado me recordó que la biología tiene sus límites; la incisión protestó, pero logré estabilizarme. Durante las próximas horas, mis movimientos estarían severamente limitados. Un inconveniente molesto, pero manejable.

—Oye, ¿tienes los dos rastreadores? —pregunté.

—Sí. Aquí están. ¿Qué piensas hacer con ellos?

Me los entregó. Al tacto, el leve zumbido térmico confirmaba que seguían operativos. Lo lógico, lo convencional, sería destruirlos y alejarse lo más rápido posible. Pero escapar no es lo mismo que ganar. Si simplemente huimos, la carga invisible de la persecución nos asfixiará tarde o temprano.

—Aunque los destruya, esos sujetos no dejarán de cazarnos —sentencié—. Siempre tendremos esa sombra sobre nosotros. Por eso…

—¿Qué tienes en mente? —Sus ojos se entrecerraron, detectando la anomalía en mi tono.

—Algo… sustancialmente más interesante.

Me dirigí a la entrada del refugio. El líder de los sobrevivientes observaba el cielo plomizo con una mirada perdida en un pasado que ya no existía.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Ah… lo siento. Solo recordaba mi vida anterior.

—Comprendo. Pero es hora de interrumpir los recuerdos. Es momento de irnos.

—¿Qué? ¿Cómo? —preguntó, confundido. No sabía nada de los emisores, y explicarle la física de nuestro rastreo sería una pérdida de tiempo ineficiente—. ¿Irnos a dónde?

—Luego te daré los detalles. Si valoras la vida de esa niña, ordena a todos que se preparen. Abandonaremos este sitio para siempre. Ahora.

El hombre titubeó, pero la mención de la niña fue el catalizador necesario. Asintió con premura y comenzó a movilizar al grupo. Antes de que se alejara, lo detuve.

—Una cosa más. ¿Tienes algún abrigo o algo similar? Mi ropa actual es… deficiente.

—Hay una caja azul al fondo. Mira si algo te queda.

Entré de nuevo en la sala de la operación. Encontré la caja y comencé a rebuscar entre prendas viejas y desgastadas. La sudadera que le había dado a Serenne estaba en jirones; yo mismo necesitaba un cambio de piel.

—¿Qué buscas? —preguntó Serenne mientras yo extraía una prenda oscura.

—Algo más funcional.

Me puse lo que resultó ser una gabardina larga, de un material resistente que me recordaba a algo que ya había usado en el mundo real. Me quedaba grande, dándome una silueta más imponente y desdibujada.

—Se te ve bien —comentó ella—. El diseño es así, es una gabardina después de todo.

—Ya veo.

Ajusté los pliegues de la prenda. Estaba listo. El paso final de la Fase Dos requería precisión. Me acerqué a Serenne y le susurré las instrucciones detalladas de lo que debía hacer con los rastreadores mientras nos movíamos. Ella escuchó en silencio y finalmente asintió.

Nos dirigimos a la salida principal, donde los sobrevivientes nos esperaban con la ansiedad reflejada en sus rostros.

—Nada mal, chico —dijo el líder al verme con la prenda.

—Vámonos. Te explicaré el plan en el camino.

El hombre tomó a la niña de la mano y el grupo comenzó la marcha hacia la incertidumbre. Mis ojos se fijaron en la rítmica oscilación de sus pasos; eran piezas moviéndose en un tablero que aún no comprendían.

¿Cuál era nuestro destino final? En términos estrictos, mientras Malrec y sus acólitos operen bajo su actual paradigma, nuestro destino es una conclusión biológica inevitable: la muerte. Sin embargo, la fuerza física es una variable primitiva. No planeo vencerlos en un campo de batalla donde el acero y la pólvora dictan el resultado. Eso sería jugar su juego, y en su juego, ellos poseen la ventaja estadística.

No puedo dañarlos con golpes; mi cuerpo es una herramienta defectuosa para la violencia. Pero la violencia física es efímera: un hueso roto sana, una herida cierra. Existe un daño mucho más eficiente, uno que no requiere fuerza, sino precisión.

Voy a demoler los cimientos de sus creencias. Voy a diseccionar la fe que los mantiene en pie hasta que no quede nada más que el vacío. No hay nada más cruel que obligar a un hombre a observar cómo la verdad en la que ha basado su existencia se desintegra frente a sus ojos. Una vez que destruya su lógica, su voluntad se colapsará por su propio peso.

Creyeron que me cazaban sin notar que, en realidad, me estaban dando la mejor vista posible de sus debilidades. El dolor en el costado es agudo, pero me sirve: es la prueba física de que ya no estoy en su red. Su mayor error fue creer que yo era el que huía. Dejen que se confíen.

Mientras tenga variables que mover en este tablero, siempre habrá un sacrificio que me permita borrar a mis captores. Cada paso que dan, es un paso más profundo en mi juego.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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