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El Archivo del Trauma - Capítulo 63

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Capítulo 63: Capítulo 63: Epílogo

(PUNTO DE VISTA DE MALREC ASHENVALE)

—Malrec, debemos partir ya. Hemos permitido que transcurra demasiado tiempo —la voz de Aurel cortó el silencio de la habitación con una frialdad mecánica.

Moví la cabeza con lentitud, sintiendo una punzada de dolor que me recorrió la columna. Un recordatorio molesto de que mi cuerpo aún no estaba a la altura de mi voluntad.

—Aún no —mascullé—. Quiero ir yo también. Ese niño cree que puede escabullirse por las grietas de este mundo. Debo enseñarle el precio de la estupidez.

—Serenne también ha desaparecido. Es altamente probable que esté con él.

—Jajaja… —la risa me rascó la garganta—. Mejor aún. Será divertido jugar al gato y al ratón con ambos. Quizás arrancarle un ojo a él o un brazo a ella sirva para que reflexionen sobre la futilidad de su resistencia.

Aurel no se inmutó ante mi entusiasmo. Sus ojos permanecieron fijos en mí, carentes de cualquier rastro de sadismo o empatía.

—El Administrador solicita tu presencia antes de que iniciemos el despliegue. La única razón por la que no hemos salido a cazar es por tu capricho de unirte a la partida a pesar de tu estado. Así que, como mínimo, espero que te encargues de liderar la búsqueda principal.

—Sí, sí, como sea. Yo mismo me ocuparé de esos mocosos.

Aurel salió de la habitación, dejándome finalmente a solas con mis pensamientos. Su ausencia era un alivio; sus reprimendas se estaban volviendo una estática insoportable. Además, el interés del Administrador en mí era interesante de saber. Algo se estaba moviendo en las altas esferas.

—Maldición… —gruñí, intentando incorporarme—. Cuerpo, reacciona. Esta inactividad me está matando.

No soportaba un segundo más postrado en esa cama, reducido a la impotencia de un enfermo. Necesitaba sentir la calidez de la sangre de ese niño en mis manos; necesitaba ver el momento exacto en que la luz de la esperanza se apagara en los ojos de Serenne.

—Jaja… ya verán. De mí no se burla nadie.

Al final, no importa cuánto corran ni en qué agujero se escondan. Mientras lleven esos rastreadores bajo la piel, yo seré su sombra constante. Siempre sabré dónde respiran, siempre podré acecharlos y aplastar cualquier patético intento de libertad.

Será un espectáculo delicioso ver sus rostros de absoluta desesperación cuando comprendan la verdad: nunca fueron libres. Nunca lo serán.

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—¿Cuál es el informe actual? —La voz del hombre era un susurro gélido que cortaba la pesadez del despacho.

Permanecía de espaldas, observando la ciudad en ruinas a través del inmenso ventanal, como un dios contemplando un hormiguero en llamas.

—Nuestros cazadores informan que algunos perecieron durante el combate, señor. Además…

—¿Qué más?

—Los cazadores actuaron de forma impulsiva. Intentaron una estrategia de toma de rehenes, pero el grupo a cargo de esos cautivos terminó huyendo con ellos.

El hombre, que hasta ese momento no se había movido, se giró lentamente. Su mirada era una hoja afilada; un aura asesina emanó de su presencia, haciendo que el aire de la habitación se volviera denso y difícil de respirar.

—Qué estupidez —replicó con un desprecio absoluto.

—¿Tiene… algo planeado? —preguntó el subordinado, aterrorizado.

—¿Cómo fue que sucedió? ¿Cómo esos sujetos, que ni siquiera saben controlar su propio poder, pudieron escapar?

—No lo sé… —respondió el subordinado con voz temblorosa—. Los cazadores dicen que, al volver a la zona, ya no estaban. Tal vez murieron durante el combate.

El hombre caminó hacia el pobre sujeto. Le puso una mano en el hombro; un contacto que se sentía como un contrato de muerte.

—¿Q-quiere que active mi… habilidad?

—Sí. Actívala.

El sujeto obedeció de inmediato. De pronto, todo el lugar se sumergió en un silencio anormal, como si el sonido mismo hubiera sido erradicado. El hombre cerró los ojos para concentrarse, dejando que su mente volara a través de los rostros y las almas que conocía. Tras un momento, la imagen se aclaró.

—Está vivo —sentenció—. Caelum Pierce sigue respirando.

—¿Caelum? ¿Entonces sobrevivió al desastre de la batalla campal?

—Lo importante es que ahora lo veo. Está rodeado de sus compañeros y hay rostros que no reconozco. Además, la niña que protegía también está con él.

Caelum Pierce, el líder de los esclavos. La máxima autoridad lo había puesto a cargo de los más débiles, asumiendo que no sería capaz de rebelarse. Le brindó lo necesario para sobrevivir y, aun así, el tipo había resultado ser lo suficientemente astuto —o lo suficientemente imbécil— como para desafiarlo.

Aunque parecía furioso, en el fondo, la curiosidad empezaba a ganarle a la ira. Alejó su mano del sujeto, abrió los ojos y dictó una orden inesperada.

—No lo busquen.

—¿Qué? ¿Quiere dejarlo ir como si fuera nada?

—No exactamente.

El hombre esbozó una sonrisa mínima mientras regresaba a su escritorio. Su mente ya estaba formulando un plan; o mejor dicho, un experimento.

—Caelum no es tonto, lo sé más que nadie. No creo que haya escapado sabiendo que puede morir allá fuera. Dentro de ese grupo, además de Caelum, hay otra persona que lo ayudó a escapar. Alguien que cambió su mentalidad.

—¿Usted cree?

—¿Me cuestionas?

—¡C-claro que no!

—Lo dejaremos “libre”. Quiero ver cómo se desarrolla su falsa libertad, quiero ver qué puede hacer ese grupo de inadaptados. O alguien entre ellos es lo suficientemente fuerte como para no temer a nadie, o es lo suficientemente inteligente como para crear una estrategia capaz de neutralizar a cualquiera.

Hizo una breve pausa, dejando que el silencio pesara en la habitación antes de añadir con un tono de absoluto desdén:

—Claro, no descarto la idea de que solo sean un grupo de ignorantes que morirán tarde o temprano.

El hombre tomó asiento, contemplando desde su escritorio la neblina densa que se hacía espesa afuera. Sonrió para sus adentros, convencido de que aquellas personas no eran más que imbéciles tratando de huir de un destino que ya había sido trazado de antemano.

—Huh… —exhaló con una nota de fascinación oscura—. De algo estoy seguro: hay alguien quien jugó sus cartas. Veremos quién fue la persona capaz de convencer a Caelum de huir, de persuadir a toda esa gente para seguirlo… veamos cómo actúa en su propia soberbia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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