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El Archivo del Trauma - Capítulo 70

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Capítulo 70: Capítulo 7: Escombros Bajo un Cielo de Galaxias

Ava abrazaba sus rodillas con fuerza, encogiéndose como si intentara ocupar el menor espacio posible. Quizás era el miedo de haber cruzado el umbral hacia este lugar sin haber hecho preguntas antes. Ahora que la tenía cerca, la curiosidad me ganó; necesitaba entender qué movía a una pieza tan errática como ella.

—Ava, ¿por qué decidiste venir con nosotros? —pregunté, tratando de suavizar el tono.

—¿Eh? B-bueno, es que… —balbuceó, hundiéndose más en sí misma.

Parecía que las palabras se le atascaban en la garganta. Desde que la conocí, su comportamiento siempre ha sido ese: una mezcla de fragilidad y defensa constante. Me pregunté qué pasaba por su cabeza. ¿Estaba aterrada? ¿Simplemente nerviosa? ¿O había algo más profundo?

—Yo… bueno, no me agrada Malrec —dijo finalmente, soltando las palabras como si fueran una confesión prohibida.

—Ya veo. Es curioso —comenté, observando el brillo de las galaxias en el techo—. Creí que, de todos nosotros, tú eras la que más estaba de su lado.

—¡N-no es así! —exclamó, irguiéndose un poco, con los ojos muy abiertos—. No tenía otra opción más que seguir sus órdenes… no sabía qué más hacer.

—Bueno, hay formas de llevarte bien con alguien.

—¿Qué? —me miró, confundida.

Maldición. Debo usar las palabras adecuadas o esto podría salir muy mal. Si revelo demasiado de mi forma de procesar el mundo, la asustaré. Tengo que filtrar mis pensamientos.

—Una persona como Malrec necesita sentirse superior todo el tiempo, ¿sabes? —le expliqué, adoptando ese tono de “consejo entre amigos”—. No trates de quitarle eso. Dáselo. Hazte ver sumisa, que crea que tiene el control absoluto sobre ti. Si alimentas su ego, dejará de molestarte. Es… pura supervivencia.

Ava se me quedó viendo en silencio. Sus ojos recorrieron mi rostro como si estuviera tratando de descifrar un código extraño.

—¿Y por qué me cuentas eso?

—A-ah… bueno, creí que… debería decírtelo.

Por un momento, el pánico táctico me golpeó. Creí que lo había arruinado, que mi pragmatismo gélido la alejaría o que recibiría un insulto por sugerirle que se rebajara ante un tipo como Malrec. Pero, en su lugar, el silencio fue roto por un sonido que no esperaba en absoluto.

—Jeje… —soltó una risa suave—. Eres gracioso y extraño a la vez, Elian.

—¿Qué?

—Nada, nada —dijo ella, secándose una lagrimita inexistente de la esquina del ojo, con el rostro mucho más relajado que antes.

Me quedé callado, observándola. No entendía qué era lo gracioso, pero el resultado era positivo: la tensión en sus hombros había desaparecido. Mi “error” social había logrado lo que mi lógica no pudo: humanizarme ante sus ojos. Aunque para mí solo fuera un ajuste de estrategia, para ella, yo acababa de dejar de ser una amenaza por un segundo.

—Oye, ¿a ti te gustaría salir de este mundo? —pregunté, rompiendo el silencio que se había formado entre nosotros.

Ava dejó de abrazar sus rodillas y miró hacia la inmensidad blanca del cubo. Su expresión se ensombreció.

—Salir… no lo sé —murmuró con una voz quebrada—. Allá afuera me hicieron cosas muy feas. No tengo a nadie en la realidad… ni tampoco aquí.

Sentí una punzada de algo que no supe clasificar. Su soledad era absoluta, un vacío que la hacía peligrosamente inestable o perfectamente moldeable. Decidí inclinar la balanza hacia lo segundo.

—Ey, desde ahora vamos juntos, ¿no? —solté.

Incluso para mí, decir algo así sonaba extraño, casi ajeno. Era una frase de manual, un cliché de compañerismo que mi mente ejecutaba como un comando necesario para asegurar su lealtad. Ava se me quedó viendo, totalmente desprevenida; sus ojos buscaban en los míos una verdad que yo mantenía oculta tras varias capas de cálculo.

—Juntos… —repitió ella, y una pequeña luz pareció encenderse en su rostro—. Eres un chico bastante simpático, Elian. Aunque a veces no lo parezcas.

—Me halagas.

—Solo… deberías sonreír un poco más —dijo ella, ladeando la cabeza—. De hecho, desde que nos cruzamos por primera vez, no te he visto sonreír ni una sola vez. Ni siquiera un poco.

—¿En serio? —arqueé una ceja—. Debe ser porque no soy muy bueno haciendo eso.

Ava soltó una risita suave. De pronto, extendió sus manos, llevó sus dedos índices a las comisuras de sus propios labios y tiró hacia arriba, forzando una sonrisa amplia y artificial. Era un gesto que trataba de transmitirme una calidez que, simplemente, no lograba alcanzarme.

—Así —dijo ella con los dedos aún en la boca—. No es difícil. Solo tienes que intentarlo.

Me quedé observándola. Para ella era un juego, una lección de humanidad; para mí era una gesticulación muscular sin propósito funcional. Desvié la mirada hacia los escombros del suelo, sintiendo una incomodidad técnica.

—Ya te dije que no se me da bien eso —añadí, suavizando un poco la voz—. Pero… puedes enseñarme otro día, si quieres.

—Jeje. Está bien, trato hecho —aceptó ella. Bajó las manos, pero esa chispa de alivio permaneció en su rostro, iluminando su expresión por primera vez en mucho tiempo.

Me detuve un segundo antes de romper el contacto visual.

—Oye… —solté, usando el tono más honesto que pude simular—. Me caes bien, Ava.

—¿Q-qué? —Ella retrocedió un paso, sorprendida. El rosa súbito de sus mejillas destacaba bajo la luz aséptica del cubo.

—Confío en ti.

—Y-ya veo… —murmuró, bajando la vista, incapaz de sostener la intensidad de lo que ella creía que era una confesión de amistad.

—Por cierto, sígueme. No podemos quedarnos aquí. El centro del cubo es demasiado expuesto.

—Oh, claro… Vamos.

Caminó detrás de mí, dócil y con una energía renovada en sus pasos. Bien, pensé mientras la guiaba hacia una zona con más cobertura. Con eso era suficiente.

En mi mente, el cálculo era frío y perfecto: si el rastreador en su cuerpo terminaba guiando a Malrec hasta aquí, su sacrificio ya no sería el de una víctima asustada por un extraño, sino el acto de entrega de una chica que daría la vida por el único “chico simpático” que le prometió no dejarla sola.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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