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El Archivo del Trauma - Capítulo 71

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Capítulo 71: Capítulo 8: Santuario de Sombras y Ceniza

Tras realizar los últimos ajustes, el tablero estaba dispuesto. Debido a las dimensiones colosales del cubo, nos replegamos hasta el extremo opuesto de esta dimensión de bolsillo, mimetizándonos entre las sombras proyectadas por los escombros y las rocas milenarias. Decidí posicionarme unos metros por delante del grupo; necesitaba ser el primero en captar cualquier perturbación, cualquier palabra que escapara de los labios de nuestros cazadores.

Una punzada de arrepentimiento cruzó mi mente. Era una lástima no poder aprovechar las propiedades de este lugar para entrenar, pero el cronómetro de la supervivencia no permitía pausas. Además, la herida de mi reciente cirugía era un recordatorio físico de mis limitaciones; por mucho que mi mente quisiera correr, mi cuerpo seguía siendo un lastre de carne y puntos de sutura.

Los minutos se estiraron de forma agónica. El sudor frío comenzó a trazar surcos por mi rostro, y por un instante, la duda me asaltó. ¿Había errado en alguna variable? ¿Me había precipitado al atraerlos aquí? Estábamos condenados a una espera de al menos una hora, una vigilia necesaria para confirmar con mis propios ojos que habían mordido el anzuelo.

Serenne no estaba con nosotros. Se encontraba en el nexo del cubo, el punto focal desde donde debía invocar a “esa cosa”. Su orden era clara: solo actuaría si los intrusos cruzaban el umbral.

Justo cuando empezaba a hundirme en la espiral de mis propios pensamientos, dos figuras recortaron su silueta contra la entrada del cubo.

—Oye, yo no veo nada.

Esa voz. Esa arrogancia destilada era inconfundible. Mis ojos se clavaron en ellos como dos estiletes. Eran ellos. Malrec y… él.

El recuerdo me golpeó con la fuerza de un impacto físico. El centro comercial, el intento de escape frustrado, el golpe seco que me sumió en la oscuridad. Esos ojos… era el mismo sujeto que me había arrastrado al mundo de Malrec.

Un deseo impulsivo, casi animal, emergió desde mis entrañas. Quería salir de mi escondite, reclamarle, golpearlo hasta devolverle el favor con creces. Mi rostro se mantuvo neutro, una máscara de piedra, pero mi pierna derecha ya se había tensado, lista para el ataque. Fue un segundo de debilidad orgánica.

Me obligué a relajarme, recuperando el control de mis fibras musculares. Tenía que ser una sombra, un vacío de ruido. Si mis cálculos eran correctos, desde la posición de Serenne la entrada era perfectamente visible. El momento había llegado.

—La señal del rastreador volvió —dijo el acompañante de Malrec, señalando hacia el fondo del cubo, exactamente donde nos ocultábamos—. Están ahí, escondidos.

—Ja. Con que ocultos… —la risa de Malrec resonó en las paredes blancas, cargada de una confianza letal.

Comenzaron a avanzar. Podía sentir el aura asesina que proyectaban, una presión atmosférica que parecía encoger el espacio a nuestro alrededor. En cualquier momento debía suceder, pero una duda técnica me asaltó: ¿cuál era la señal? ¿Cómo sabría que el proceso se había activado?

Justo cuando el pensamiento del fracaso rozó mi conciencia, el suelo bajo mis pies comenzó a vibrar con una frecuencia violenta.

—¿Eh? ¿Qué sucede? —exclamó Malrec, deteniéndose en seco.

—Creo que… —el otro sujeto no pudo terminar la frase.

Esa era la señal. No había duda.

De entre los escombros, una luz de un matiz antinatural —negra y gris, como una fotografía quemada— comenzó a condensarse. El aura opresiva se desplazó violentamente hacia el centro del cubo, ganando volumen y densidad hasta erigir una figura colosal de varios metros de altura. Jamás había presenciado algo similar: un Hollow de proporciones titánicas, una masa humanoide de pesadilla que dominaba el santuario blanco con su mera presencia.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué ahora?!

—No entiendo… ¿Cómo ha aparecido esto aquí? —la voz de su compañero, antes segura, ahora temblaba.

La bestia no perdió tiempo y lanzó su primer ataque. Malrec y su socio, atrapados en campo abierto, se convirtieron en el objetivo inmediato del monstruo. Aunque este Hollow era radicalmente distinto a los que había enfrentado antes, su imponente ferocidad era exactamente lo que mi plan requería. Verlos luchar por sus vidas me produjo un alivio gélido; estarían ocupados el tiempo suficiente.

—¡Maldición! ¡Acabemos con esta cosa rápido! —rugió Malrec.

—No te confíes, esa cosa podría matarnos.

—Tsk… que molesto.

Me alejé de la escena. Podía escuchar sus exclamaciones, pero cada segundo era vital. Me deslicé entre los escombros con una agilidad que ignoraba el dolor de mi cirugía, mientras a mis espaldas se desataba una batalla de proporciones épicas.

Llegué al punto de extracción. Allí estaban todos, ocultos tras las rocas, con el terror pintado en sus rostros.

—Vámonos, rápido —ordené.

No necesitaron que se lo dijera dos veces. Asintieron y comenzaron a abandonar el cubo en un desfile de desesperación absoluta. Observé su urgencia por huir; era un dato interesante sobre la psicología del grupo que archivé para futuras ocasiones.

—Rápido, Elian. Vámonos —dijo Serenne, deteniéndose junto a la salida.

—Vete tú primero. Yo seré el último en salir.

Ella dudó, escrutando mis ojos en busca de un motivo oculto, pero finalmente aceptó y cruzó el umbral.

—Vamos, Elian… —susurró Ava.

Solo quedábamos nosotros dos. Qué oportuno. Me pregunté por qué seguía aquí; había sido amable de su parte esperarme, pero su amabilidad era la pieza que me faltaba para cerrar la trampa. La tomé de las manos, obligándola a sostener mi mirada.

—Ava. Por favor, quédate.

—¿Qué? —sus ojos se abrieron de par en par, confundidos.

—Te lo suplico. Necesito que te quedes —repetí, bajando la voz hasta que sonó como un ruego genuino.

—¿E-Elian? ¿De qué hablas?

—Te necesito para este trabajo. Sé que eres la única capaz de lograrlo.

El horror empezó a suplantar la confusión en su rostro. Ella quería huir, pero yo sabía lo que ella aún no: con ese rastreador en su cuerpo, escapar era una fantasía. Siempre seríamos detectados, siempre nos darían caza. Necesitaba extirpar esa variable de nuestro grupo, y para ello, debía usarla.

—¿P-por qué? No entiendo… —su voz se quebró.

—Sé que suena estúpido. Pero necesito que te quedes al lado de esos sujetos. Necesito que hagas esto por mí.

—Pero… yo no quiero. No puedo hacerlo, Elian…

—Sí puedes —insistí, apretando sus manos entre las mías para transmitirle una falsa seguridad—. Confío en ti, Ava. Por eso te encargo la tarea más difícil de todas.

—¿Por qué…? ¿Por qué yo?

—Porque eres la única persona en la que he decidido confiar. Eres la persona que elijo para depositar toda mi fe. ¿Puedo… puedo confiar en ti, Ava?

—Yo… ellos me golpearán por haber intentado huir —dijo ella, empezando a temblar.

Lo más probable es que hicieran mucho más que golpearla. Sería un calvario de dolor hasta el cansancio o la muerte. Pero era un costo que yo ya había procesado. Sus lágrimas comenzaron a asomar, revelando una vulnerabilidad que me resultaba útil. Apreté sus manos otra vez, preparándola para el golpe final.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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