El Archivo del Trauma - Capítulo 73
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Capítulo 73: Capítulo 10: El Punto Ciego de la Arrogancia
(PUNTO DE VISTA DE SERENNE AKARI)
Pasaron unos minutos. Uno o dos. El tiempo no importa cuando no esperas nada, pero el grupo sí esperaba. Caelum se movía de un lado a otro, inquieto. Los demás también. Son como animales que huelen el humo antes de ver el fuego.
Yo sabía que Elian volvería. Conozco su forma de caminar, incluso cuando no lo veo.
Cuando el aire se volvió más pesado por la impaciencia de los otros, él apareció. Venía de la oscuridad del umbral. Tenía la cara mojada. Lágrimas.
Eso significaba que el plan había funcionado.
—¿Qué paso? ¿Y la chica? —preguntó Caelum. Se acercó a él con prisa.
—Vámonos… rápido —respondió Elian. No levantó la cabeza. Su voz era pequeña, rota.
—No entiendo. ¿Qué le paso?
—Ella… decidió sacrificarse.
—¿Qué?
Elian se pasó la mano por la cara para secarse. Caminó hacia adelante, pasando por nuestro lado.
—Por favor, vámonos rápido o nos atraparán —dijo.
Lo pidió como un favor, pero era una orden. Con los ojos llenos de agua es más fácil que te obedezcan. Los humanos son así. Se detienen ante el dolor de otros porque se ven reflejados.
Todos empezaron a moverse. Estaban asustados y confundidos, pero caminaban detrás de él. Seguían al chico que parecía inofensivo, al que lloraba por haber perdido a alguien. Esa es la historia que él les dio para que la creyeran.
No puedo verle la cara ahora, pero no hace falta. Seguro que está sonriendo por dentro. Los humanos son criaturas crueles. Se usan unos a otros y lo llaman amor o sacrificio.
Poco a poco, empiezo a despreciarlo más. No es odio. El odio es caliente. Lo mío es solo una distancia que se hace cada vez más grande.
Nos movimos rápido. Lo más lejos que el cansancio nos permitió. En un momento, intenté acortar la distancia para hablar con él, pero no me dejó.
—Serenne, ahora no —dijo.
Obedecí. Me quedé detrás, caminando en silencio. No insistí más. Seguía sin verle la cara, pero no importaba; supongo que el teatro de las lágrimas ya había terminado. Con esa chica fuera del camino, él ahora es libre de hacer lo que quiera. Yo también lo soy.
Aliarme con él durante este tiempo no fue una mala idea. Fue útil. Pero este chico es peligroso de una forma que no me interesa.
No puedo darme el lujo de seguir a su lado. No siento nada por lo que hizo, realmente. Debería estar enojada o tener ganas de vengarme por haber sido utilizada, como dicen los libros que sienten las personas. Pero no. No siento nada de eso.
Cuando lleguemos al lugar que Elian eligió como refugio, me iré. Me separaré de él.
Él me manipuló. Yo decidí quedarme a su lado porque me convenía, o eso quería creer. Todo se reducía a una fría transacción de conveniencia; dejar que me usara era el peaje necesario para escapar de mis captores. Este chico tuvo las agallas de hacer lo que yo intenté durante tanto tiempo sin éxito. Se alimentó de la vulnerabilidad de los demás, diseccionó sus miedos y construyó con ellos un puente hacia la salida.
Era increíble, de un modo que me revuelve el estómago. Siempre lo calculó todo. Es envidiable y, al mismo tiempo, antinatural. Se adaptó a cada pieza de su tablero con una precisión que no pertenece a un humano, manteniendo la sangre fría incluso mientras jugaba con la vida de Malrec.
Por eso, alejarme de él es la única orden que mi instinto todavía es capaz de gritar. Estar a su lado es caminar por el filo de una cuchilla; quién sabe en qué momento decidirá que mi sacrificio es la siguiente variable necesaria para su supervivencia.
Pensaba en esto mientras observaba su espalda, una figura que debería parecer cansada, pero que se sentía extrañamente densa. De repente, él se giró. Fue un movimiento sutil, casi imperceptible, pero el aire a mi alrededor pareció congelarse.
Pude ver su ojo izquierdo. Solo un instante.
Esa mirada no era la de un compañero, ni siquiera la de un enemigo. Era una mirada penetrante, una profundidad oscura que parecía estar leyéndome el sistema nervioso, buscando la grieta por donde quebrarme.
Fue como si un depredador antiguo me hubiera marcado desde la maleza. Sentí un miedo que no conocía, una náusea eléctrica que me recorrió la columna.
Me giré instintivamente, ocultando mi rostro. Mi cuerpo, que ha soportado laboratorios y torturas, reaccionó con un escalofrío violento que me sacudió los hombros. Sentía su mirada clavada en mi nuca, pesada y fría. Solo podía rogar, en el silencio de mi mente, que no fuera capaz de leer mis pensamientos, que no supiera que ya lo he descubierto.
Su mirada volvió hacia adelante. Agachó la cabeza y fijó la vista en el suelo, regresando a su disfraz de víctima herida.
Cielos. Necesito irme. Necesito que este espacio entre nosotros se vuelva infinito. Este chico no es un líder, ni un salvador. Es un monstruo que aprendió a llorar.
(PUNTO DE VISTA DE AUREL MORWYN)
Ya entiendo. Comprendo perfectamente lo que acaba de pasar. Es difícil procesar la magnitud del engaño mientras intento que este monstruo no me muela los huesos contra el suelo.
—¡Oye! —rugió Malrec, con la voz distorsionada por el esfuerzo—. ¡Lánzale de una vez tu poder!
—Eso intento. Pero no me deja siquiera respirar —respondí. Mi voz salió plana, sin la urgencia que la situación parecía exigir.
Un golpe de la criatura me lanzó por los aires. Mientras mi cuerpo trazaba una parábola involuntaria, mis ojos buscaban una posición ideal para el contraataque. Malrec, fiel a su naturaleza, lanzaba golpes cargados de un poder bruto y carente de sentido. El Hollow estaba ocupado con él, pero alejarse era una imposibilidad técnica. La bestia proyectaba ráfagas de energía hacia ambos de forma simultánea, con una precisión que sugería que no poseía puntos ciegos.
—Está comenzando a cansarme —murmuré para mí mismo.
Salir del cubo no era una opción. Si esta anomalía lograba cruzar el umbral, el caos resultante devoraría todo a su paso de forma incontrolable. Necesitaba una estrategia, una secuencia de movimientos que lograra neutralizar al Hollow de manera definitiva.
—¡Oye! ¡Apúrate y haz algo! —volvió a gritar Malrec, perdiendo la paciencia.
Lo observé por un segundo. Su desesperación era un ruido innecesario. Mi mente, ajena a la adrenalina, empezó a desglosar las capacidades del monstruo. No era solo fuerza; era una trampa diseñada. Y mientras esquivaba un nuevo impacto que pulverizó el suelo a pocos centímetros de mis pies, logré estructurar la secuencia necesaria para deshacernos del Hollow. No era una cuestión de fuerza, sino de cálculo de trayectorias.
Cuando intenté condensar una esfera de poder entre mis manos, una ráfaga de estática gris colisionó contra mi posición, obligándome a desplazarme. El patrón de ataque de la criatura era reactivo; respondía a la acumulación de energía. En ese instante, el plan terminó de encajar. Me posicioné justo detrás de Malrec en un movimiento fluido, aprovechando su envergadura.
—Malrec, recibe el golpe por mí. Protégeme.
—¿Qué? ¿Eres imbé—?
No hubo tiempo para que terminara el insulto. Otra ráfaga de estática nos golpeó de lleno. El impacto fue seco, un estallido de energía que levantó una cortina de polvo y escombros, ocultándonos por completo. Fue la distracción perfecta. Como predije, el Hollow registró la colisión como un éxito y bajó su guardia por una fracción de segundo.
Entre la bruma de polvo, extendí el brazo. Lancé un pulso de luz morada directamente hacia el centro del pecho de la bestia. Fue apenas un destello, un segundo de contacto, pero la carga contenía una densidad energética devastadora. Era un ataque diseñado para colapsar cualquier estructura biológica o etérea desde su núcleo.
El Hollow recibió el impacto de lleno. La energía detonó en su interior, desintegrando lo que sea que mantuviera unida esa masa de pesadilla. La criatura se desplomó, emitiendo un rugido que no era un grito de dolor, sino el sonido de un mecanismo rompiéndose. Al fin, la anomalía había sido neutralizada.
Malrec, que se había llevado la peor parte del impacto y cuya paciencia se había evaporado, se lanzó sobre los restos de la bestia. Comenzó a descargar su rabia en una sucesión de golpes brutales, moliendo la forma inerte hasta que el monstruo no fue más que un charco de tinta negra esparcida sobre el suelo blanco.
—Aurel, no vuelvas a dictarme esa clase de órdenes —gruñó Malrec, poniéndose en pie y limpiándose la sangre de la comisura de los labios—. Sabes que desprecio eso.
—Lo siento. Era necesario.
Intentar luchar por separado era una pérdida de recursos. Cada vez que uno intentaba un flanco, el Hollow respondía con una eficiencia circular. La única variable que no podía procesar era la simulación de nuestra propia derrota. El único punto ciego real era su propia arrogancia.
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