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El Archivo del Trauma - Capítulo 74

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Capítulo 74: Capítulo 11: El Gambito de la Reina cautiva

(PUNTO DE VISTA DE AUREL MORWYN)

Una vez que el espectáculo de violencia gratuita de Malrec se detuvo, llegué a una conclusión. Era evidente, de una obviedad casi insultante. Sin embargo, mi propio ego —o quizás una subestimación sistémica de nuestra presa— me impidió ver que alguno de ellos sería capaz de orquestar algo de esta magnitud.

—Malrec, la señal sigue activa en esa dirección —indiqué, señalando hacia los restos de las estructuras colapsadas—. Vamos.

—Bien —gruñó él, apretando los puños—. Finalmente les veré las caras.

Mientras avanzábamos hacia la frecuencia del rastreador, terminé de unir los cables sueltos en mi cabeza. Los rastreadores anteriores funcionando como señales falsas, la maniobra para obligarnos a movernos en grupo, la aparición cronometrada de un Hollow de clase titánica justo cuando cruzamos el umbral… Nada de eso fue azar.

Un Hollow de ese calibre no se manifiesta por generación espontánea. Alguien tuvo que preparar el terreno. Alguien invocó a esa criatura bajo petición previa. Para lograrlo, existen dos métodos: sacrificar una cantidad masiva de Hollows menores para saturar el espacio, o la vía más rápida y efectiva para una distracción de emergencia: pronunciar la invocación directa frente a un núcleo activo, exigiendo la presencia de su “rey”.

La segunda opción es la que mejor encaja con la urgencia del grupo. Sí, una distracción. Lo que significa que lo que nos espera detrás de esa roca no es el grupo escapando… es solo el rastro que ellos quieren que sigamos.

Cuando llegamos al origen de la frecuencia, mis sospechas se materializaron. El grupo no estaba allí; en su lugar, solo encontramos a una persona. Una chica, tirada entre los escombros, aparentemente herida e inconsciente.

—¿Qué demonios? —gruñó Malrec, su voz cargada de una frustración violenta al ver que su presa se había reducido a una sola pieza—. ¿Dónde están los demás?

Observé la escena con un desapego clínico. Me pregunté si esto era una táctica de infiltración o un acto de una crueldad absoluta dictado por las circunstancias. En este punto, la línea entre ambas posibilidades era borrosa. La única forma de obtener una respuesta era obligarla a despertar y extraerle cada fragmento de información que poseyera.

—Llevémosla —dije, acercándome al cuerpo de la chica—. Ella es quien porta la señal.

—Espera —Malrec me detuvo, frunciendo el ceño—. ¿Y el niño y la niña? ¿Dónde están?

—Ni idea. Solo está ella. Tendremos que sacarle la información como sea.

Me agaché para inspeccionarla. Pero hubo un detalle que me obligó a detenerme. Si ella era la única con el rastreador, significaba que los otros dos habían logrado extraerse los suyos.

Aquello requería un valor suicida o una confianza ciega en quien portara el bisturí. ¿Quién de ese grupo de fugitivos tenía los conocimientos necesarios para realizar una cirugía de ese tipo en medio de una huida?

Como sea, con ella en nuestro poder, las dudas terminarían por despejarse. La cargué a mis espaldas con un poco de delicadeza. Sabía que, tarde o temprano, lograría llegar a la verdad que se ocultaba tras este rastro de migajas.

(PUNTO DE VISTA DE ELIAN VANE)

Tras una jornada de marcha extenuante, el siguiente Cubo se observaba en el horizonte. La distancia había sido mayor de lo calculado; las raciones de comida y los suministros de agua estaban en un umbral crítico, obligándonos a racionar hasta el último mililitro.

Durante las horas de niebla densa, tuvimos que resguardarnos entre las costillas de hormigón de edificios derruidos; avanzar en esa penumbra era un suicidio táctico. Sin embargo, con el reinicio del ciclo, la niebla se había vuelto ligera, permitiendo una visibilidad aceptable de los perímetros lejanos.

Este Cubo era menos masivo que el anterior, pero mantenía esa misma arquitectura imponente y aséptica que parecía vigilar el páramo. Caelum, siguiendo mis instrucciones previas, ordenó la entrada del grupo. Todo procedía según el protocolo, pero había una irregularidad que mis sentidos no podían ignorar: Serenne.

Su comportamiento había mutado. Su lenguaje corporal, usualmente sincronizado con mis movimientos, se había vuelto errático. Noté cómo, con una sutileza que solo alguien que la conoce como yo podría detectar, comenzó a orbitar fuera del grupo.

La vi encaminarse hacia la estructura ósea de un edificio destrozado. Antes de que pudiera ganar más distancia, intervine. Le sujeté la mano, sintiendo la frialdad de su piel.

—¿Qué haces? —pregunté.

Ella se tensó apenas un milímetro. Tardó un segundo de más en responder.

—Eh… iba al baño.

Sus ojos no buscaron los míos. Esa respuesta era una simplificación demasiado humana, demasiado mundana para alguien como ella. La mentira era tan burda que resultaba ofensiva. En su mente, yo seguía siendo el chico que lloraba por Ava; en la mía, ella acababa de convertirse en una variable que amenazaba con escapar de mi control justo cuando más la necesitaba.

—Tus ojos dilatados, leve sudor y un temblor casi imperceptible en las manos. ¿Qué pasa, Serenne? ¿Estás preocupada por algo?

Lo noté al instante. Pude ver a través de la pared que ella había construido; pude ver incluso los cimientos dentro de esa misma pared. Con el entrenamiento que recibí, detectar esta clase de microexpresiones es una tarea básica. Cualquiera en mi posición sería capaz de verlo, pero solo yo sabía qué significaban realmente.

—¿Qué…? —Ella hizo una pausa, tratando de recomponerse—. Efectivamente. Eres raro, Elian.

Esa es la reacción estándar. Una persona, cuando se ve acorralada por la presión, intenta refugiarse en la normalidad construida previamente para fingir que nada ha cambiado. Esa frase despectiva es lo que ella diría en cualquier otro contexto, pero aquí, bajo esta luz y con este silencio, sonaba dolorosamente falsa. Con eso, mis sospechas se cristalizaron. Era hora de adaptar nuevamente el plan a los deseos de esta chica.

—¡Elian! Apresúrate y ven —la voz de Caelum rompió el momento. El hombre a cargo del grupo nos llamaba desde la entrada del Cubo. Supongo que tampoco debo descuidarme con ellos; su utilidad aún no ha caducado.

—Descansen ahí dentro por ahora —respondí, apenas desviando la vista hacia Caelum—. Voy a revisar si hay algo útil por los alrededores con Serenne.

—Ah, está bien. Buena suerte.

Observé cómo terminaba de entrar al Cubo y la membrana se estabilizaba tras él. Ahora solo estábamos los dos. El páramo se sentía más vacío que nunca.

—Elian… ¿Qué quieres hacer? Puedo buscar yo sola —dijo ella, intentando soltarse sutilmente.

—Quiero hablar contigo. Acompáñame —sentencié. La guié tomando su mano con una firmeza que no admitía réplica.

Podía sentirlo. A pesar de su rostro inexpresivo, Serenne ocultaba un terror profundo hacia algo. ¿Podía saber la causa exacta? Quizás. ¿Me interesaba? En absoluto. Lo único que me importaba era que esta chica no se separara de mí. Quiera o no, mi supervivencia depende de ella.

Serenne posee conocimientos técnicos, una habilidad física brutal y esa frialdad inhumana necesaria para lidiar con este mundo. Desperdiciar un arma de este calibre sería una estupidez que no pienso cometer. En el fondo, sabía que ella eventualmente intentaría esto. Ya lo había dicho cuando realizó la cirugía: intentó huir antes y falló. Usó mi plan para escapar de Malrec y ahora planeaba usar el tiempo para escapar de mí.

Desafortunadamente para ella, no habrá libertad en ese sentido. Le daré lo que quiera: protección, raciones, un propósito. Le daré todo, menos su autonomía. No permitiré su partida. No la dejaré libre. Al final del día, Serenne sigue siendo la pieza más poderosa de mi tablero, y un jugador nunca regala su reina.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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