El Archivo del Trauma - Capítulo 75
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Capítulo 75: Capítulo 12: Piezas del mismo color
Nos alejamos lo suficiente como para que el viento del páramo devorara nuestras voces. Durante esa pequeña caminata, el silencio fue absoluto, denso y cargado de una electricidad estática que erizaba el vello de los brazos.
A pesar de su resistencia pasiva, nunca le solté la mano; mi agarre era un recordatorio constante de que, en este espacio, yo era el eje de su gravedad. Una vez que llegamos a la sombra de un edificio cuya estructura parecía una caja torácica oxidada, decidí afrontarla sin rodeos.
—Serenne, ¿quieres huir?
—¿Eh? —Ella parpadeó, manteniendo esa máscara de vacuidad que tanto le costaba sostener ahora—. ¿Por qué… lo mencionas?
—No te hagas la ingenua. Ya terminé de conectar todos los hilos. No mientas.
Ella no replicó. Simplemente bajó la cabeza, dejando que su cabello ocultara sus ojos. Se quedó allí, inmóvil, como una estatua a la que se le ha olvidado su propósito. El silencio se prolongó hasta que se volvió incómodo, una presión física entre ambos.
—¿Puedo saber por qué la prisa? —insistí, dando un paso hacia su espacio personal.
—No sé de qué hablas… —murmuró, pero su voz carecía de la convicción necesaria para engañarme.
—Veamos. Te pregunté si querías huir, y tu primera reacción fue ponerte a la defensiva. La Serenne que conozco, la que opera bajo una lógica puramente pragmática, me habría respondido: “Sí. De hecho, ya huimos”. Pero no dijiste nada parecido.
Hice una pausa para dejar que mis palabras se hundieran en su conciencia como piedras en un pozo.
—Eso quiere decir que la palabra “huir” ahora mismo tiene un significado diferente para ambos. Ya no huyes de ellos, Serenne. Ahora quieres huir de mí.
La vi tensarse. Su respiración, aunque controlada, se volvió un poco más superficial. El diagnóstico era correcto. El miedo que había detectado en sus ojos dilatados y en el temblor de sus manos no era un residuo del trauma anterior; era una reacción biológica a mi presencia.
Ella me había visto en el Cubo. Había visto cómo convertí la fe de Ava en un arma de usar y tirar, y su instinto de conservación le estaba gritando que ella era la siguiente en la lista de sacrificios necesarios.
—E-Elian… me lastimas —murmuró ella. Su voz era apenas un hilo, reaccionando a la presión mecánica que mis dedos ejercían sobre su mano.
—Responde —sentencié. No aflojé el agarre de inmediato; necesitaba que sintiera la realidad física de mi control.
—S-suéltame primero.
La liberé. El silencio absoluto regresó al páramo, solo interrumpido por el silbido del viento entre las ruinas. Dejé que se tomara su tiempo, observando cómo se frotaba la muñeca. Necesitaba que hablara, que verbalizara su propia posición en este nuevo escenario.
—Ya ni siquiera me ves a los ojos… ¿Me tienes miedo? —dijo ella de repente.
La pregunta me tomó por sorpresa un milisegundo, pero no permití que se filtrara a mi rostro.
—¿Miedo? —repetí, dejando que una sombra de duda genuina tiñera mi tono—. ¿Por qué lo tendría?
—Ya no eres el mismo Elian que conocí —continuó ella, y esta vez hubo una nota de algo parecido al dolor en su voz—. Te has vuelto… diferente.
—Diferente, ¿eh? ¿En qué sentido?
Le devolví la pregunta con la misma frialdad quirúrgica que ella solía emplear. Era una ironía necesaria: ahora era yo quien ejecutaba el desapego para mantener la estructura del grupo. Ella parecía pequeña, desdibujada; algo en su postura no terminaba de encajar con el arma letal que debía ser para el siguiente tramo del viaje. Hasta que, finalmente, las piezas en mi mente hicieron clic.
Todos ellos poseían traumas profundos.
Valieth, Malrec, Serenne.
Fallos en su programación emocional que dictaban sus movimientos. Y ahora, frente a este edificio en ruinas, acababa de encontrar la pieza que me faltaba en el mecanismo de Serenne.
Comprendí su reacción. Entendí por qué el pánico la estaba obligando a orbitar fuera de mi alcance. Había descubierto su punto de ruptura, el nervio expuesto que la unía a su pasado. Y, por supuesto, no iba a ignorar esa ventaja. En mi posición, lo lógico es usarla para asegurar su lealtad.
—T-tengo miedo. De ti.
Cuando soltó esas palabras, giró el rostro de inmediato para ocultar su pavor. Comprendí su trauma en ese instante; entendí el significado oculto tras su confesión. Esa frase era su última línea de defensa, su última esperanza de encontrar un rastro de humanidad en mí que me obligara a retroceder.
—Dime una cosa —dije, manteniendo mi tono en una frecuencia plana—. En el pasado, ¿te usaron?
—¿Qué? Yo…
—Creo que entiendo lo que pasa. Crees que te usaré de la misma forma, ¿cierto?
—Tal… vez…
Era incapaz de sostenerme la mirada. Yo tampoco busqué sus ojos; debía ser cauteloso para no quedar atrapado en alguna de sus ilusiones. Si ella era lo suficientemente valiente para verbalizar su miedo y reaccionar de forma tan visceral, era porque yo me había convertido en una extensión de sus recuerdos traumáticos.
—Sabes, yo no te veo como crees que te veo, Serenne.
—¿Qué?
—Dime, ¿te parezco un monstruo?
El silencio se estiró. Uno, dos segundos. Finalmente, habló sin levantar la cabeza, con una voz que arrastraba un peso antiguo.
—No, no es que me parezcas un monstruo —sentenció—. Es que lo eres. Tú… la dejaste morir.
Su comportamiento era un rompecabezas de lógica circular. Si mi interpretación era correcta, se estaba mostrando vulnerable ante su verdugo, pero al mismo tiempo me escupía mi propia naturaleza. Era como si supiera perfectamente qué soy, pero una parte residual de su conciencia intentara convencerse de lo contrario.
—Bueno, tal vez lo sea —respondí, aceptando el adjetivo como quien acepta una medida técnica.
—No dije nada porque quería escapar —continuó ella, y esta vez el asco filtró su voz—. Dejé que me usaras y me dieras órdenes. Me daba náuseas cada vez que tenía que obedecerte. Creí que eras un buen chico, pero eres solo un manipulador que me asquea.
—Vaya, qué dura. Al parecer, ahora sí me odias.
—¿Odiarte? No te odiaba —susurró, y por primera vez el odio sonó real, tangible—. Pero creo que en este poco tiempo que te he conocido, me has obligado a hacerlo. Realmente lo hiciste; hiciste que te odie. No quería aceptarlo, pero es así.
Me quedé en silencio, procesando la declaración. El odio es una emoción intensa, y las emociones intensas son predecibles. Si ella me odiaba, ya no tenía que preocuparme por su indiferencia o su erratismo. El odio es un vínculo tan fuerte como la lealtad, y en mi tablero, ambos servían para el mismo propósito: mantenerla a mi lado, aunque fuera por puro rencor.
—No lo hago porque me guste. Es la única forma de sobrevivir. Tú lo sabes mejor que nadie.
—Igual. La dejaste morir —insistió ella, con el nombre de Ava vibrando en el aire como una acusación—. Si no la hubieras dejado…
—Si hablas de Ava, yo mismo la salvaré —la interrumpí. No era una promesa heroica; era una declaración de objetivos.
—¿Te crees que puedes hacerlo todo tú solo? —escupió Serenne, con una mezcla de duda y desafío.
Me quedé un momento en silencio. El páramo parecía contener el aliento. No necesitaba decirle la verdad absoluta, solo la verdad que sus oídos esperaban procesar. Debía buscar las palabras exactas que su corazón roto necesitaba oír para dejar de sangrar y empezar a endurecerse.
—No. No puedo solo —admití, bajando ligeramente el tono—. Por eso te necesito más que a nadie, Serenne.
—No me gusta —reaccionó ella de inmediato, encogiéndose de hombros—. No me agrada que me digas esas cosas.
—¿Qué debo hacer para que creas en mis palabras? —le pregunté, fingiendo una vulnerabilidad controlada—. Aunque sea sincero contigo, parece que nunca me aceptarás.
Ella desvió la vista, evitando mi presencia física mientras pronunciaba unas palabras débiles, casi un susurro para sí misma:
—Todas las personas se usan entre sí para conseguir sus objetivos. Usan a los demás para hacerse con más poder… eso es horrible. Por eso creo que comencé a odiarte.
Presté atención a cada sílaba. Había llegado al núcleo del reactor. Lo que debía decir a continuación era el golpe de gracia.
—Ya veo. Entiendo lo que dices. Pero en este mundo, Serenne, si no usas, eres usado. Dime una cosa: ¿Qué hubieses preferido? ¿Salvarte porque logré usar a todos a mi alrededor? ¿O morir con la imagen de “chico bueno” que tenías de mí? Morir y condenar a todos al dolor solo por tu deseo moralista de no usar a nadie.
El silencio volvió a caer, pesado como el plomo. Ella no dijo nada, y su lenguaje corporal sugería que no tenía intención de hacerlo.
—Piénsalo un poco —continué, acercándome un paso más—. Al final, tú también me usaste, ¿no? Todo por sobrevivir. Y no está mal, en absoluto. Pero resulta un poco hipócrita que me digas todo eso cuando, en realidad, tú eres igual a mí.
—¿Qué? ¿Por qué di—?
La obligué a mirarme directamente a los ojos. No tuve miedo de que usara su habilidad en mí; simplemente, no podría hacerlo. Su voluntad estaba demasiado fragmentada para enfocar un solo pensamiento.
—En el fondo lo sabes —sentencié, clavando mi mirada en la suya—. Sigues siendo una niña asustada que espera que el mundo responda como ella quiere. Pero el mundo es cruel. Y lo único que queda es sobrevivir. ¿No lo crees?
Ella bajó la mirada, incapaz de sostenerse a sí misma, como si sus huesos hubieran perdido la fuerza para mantenerla en pie. Esta era la clave de todo. No se trataba de que ella fuera valiente al llamarme monstruo; era una búsqueda desesperada de que alguien le dijera la verdad de forma cruda y real.
Serenne lo que buscaba, en realidad, era dejar de engañarse. Después de todo, si odiaba a los que usaban a otros, se odiaba a sí misma por estar viva gracias a ese mismo método. En el fondo, se aborrecía por existir y tener que habitar esta vida de transacciones oscuras.
Y yo, por supuesto, usaría ese odio para reconstruirla a mi imagen.
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