El Archivo del Trauma - Capítulo 76
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Capítulo 76: Capítulo 13: La Arquitectura del Daño Compartido
Su silencio era la confirmación técnica que necesitaba; no encontraba palabras para defenderse. Era lógico. Uno no intenta defenderse de un ataque externo, sino de la propia verdad, y resulta imposible ganar una guerra contra uno mismo. Defenderse habría significado sostener ese muro de hipocresía que ella misma había construido, y no pienso permitir que ese obstáculo siga en pie.
—No te esfuerces por ser buena —le dije, suavizando el tono, pero manteniendo la firmeza—. Eso simplemente te agotará. Tampoco necesitas ser mala; solo acepta tu naturaleza, Serenne.
—Y… ¿qué se supone que soy?
Su voz sonaba monótona, despojada de vibración, como el eco en un pozo vacío. Estaba cediendo. Conque este era el dolor que trataba de ocultar bajo sus capas de frialdad quirúrgica. Ya ni siquiera era capaz de levantar el rostro; estaba hundida en la arquitectura de su propio trauma.
—Lo que siempre has sido —sentencié—. Un monstruo.
—Un… monstruo. ¿Eso soy…?
—Pero no me malinterpretes —añadí, inclinándome ligeramente hacia ella—. No todos los monstruos hacen cosas malas.
—¿Qué…? —Sus ojos se movieron apenas un milímetro, buscando una lógica que no terminaba de comprender.
—Eres un humano también, ¿no? Puedes obtener redención. Puedes sentirte bien contigo misma y buscar tu propia identidad.
Sabía que ella no tenía una identidad propia; nunca la tuvo. No tenía idea de quién era realmente, pero la identidad es algo que se puede fabricar bajo las condiciones adecuadas.
—Si intentas buscar tu identidad sola en este mundo trágico y cruel, lo único que encontrarás será dolor —continué, midiendo cada pausa—. Lo que necesitas es estar rodeada de otros, sentir calidez humana. ¿Alguna vez la has sentido?
Sus ojos se nublaron. Pude ver cómo la oscuridad de su pasado empezaba a devorarla desde dentro.
—Supongo que… no recuerdo cómo se sentía —confesó.
—Tú y yo somos dos caras de la misma moneda. Tal vez no naciste así; simplemente te construyeron para que fueras esto. Lo que significa que la tú de ahora no es la Serenne esencial. Es solo una versión defectuosa.
—¿Qué quieres decir?
—Que, gradualmente, lograrás encontrar a la verdadera. La Serenne real que siempre debiste ser.
—Tú… eres bueno hablando —murmuró ella, y por primera vez detecté un rastro de resistencia humana—. Eso me molesta un poco.
—No te pido que dejes de odiarme —respondí, dándole el espacio para que su rencor respire—. Solo déjame acompañarte en tu dolor. Ayúdame a mí también a no sentirlo. Porque al igual que tú, Serenne, yo también estoy roto por este mundo despiadado.
—Tú… ¿estás roto?
Ella me miró, buscando la grieta en mi armadura.
Los seres humanos funcionan bajo una ley física inamovible: para reparar ciertas cosas, es necesario romper otras. Es así de simple. Para reconstruir a Serenne, primero tuve que pulverizar su antigua concepción de sí misma. Ahora, ella miraba mis propias “ruinas” buscando consuelo, sin saber que incluso mi vulnerabilidad era una pieza más en mi tablero.
Levanté mi mano y la extendí, manteniéndola a escasos centímetros de ella. El aire entre nosotros vibraba con la estática de una decisión inminente; Serenne tenía el poder de aceptar o condenarnos al vacío.
—Yo también quiero saber qué era la calidez humana —le dije, bajando la guardia de forma calculada—. Al final, solo nos tenemos el uno al otro. Si el mundo nos obliga a romper para reparar, que aquello que reconstruyamos sea lo que más queremos. No poder, no ambición. Protección.
Ella me observó durante un segundo que pareció dilatarse en el espacio. Dudaba. Era una oscilación violenta entre el rechazo absoluto y el salto hacia lo desconocido para encontrar esa “Serenne real” que yo le había prometido. Todo el tablero dependía de su siguiente movimiento.
Cerré los ojos. Por un instante, me permití la ilusión de la honestidad. Sin embargo, algo en mi interior —esa arrogancia inherente a los que han aprendido a leer el destino— me susurraba que cerraba los ojos solo porque ya conocía la respuesta.
De pronto, un frío extraño rozó mi palma; una calidez mínima, casi extinta, que buscaba refugio. Abrí los ojos lentamente y vi la mano de Serenne anclada en la mía.
—Solo… quiero encontrar mi verdadero yo —murmuró, con un hilo de voz—. No te lo tomes como algo personal.
—Gracias, Serenne.
—Por favor… dime que no me usarás —suplicó ella, apretando mi mano—. Que no me tirarás a la basura cuando ya no te sea útil.
—No digas eso —respondí, mirándola con una fijeza imperturbable—. Aunque pienses que te veo de forma utilitaria, la realidad es distinta. Te prometo que, mientras siga vivo, te protegeré.
—Ah… ya veo. Eso suena un poco… cliché y raro.
—Bueno, no soy un experto hablando.
—Lo dudo —replicó ella, y una chispa de luz regresó a su semblante.
Finalmente, una sonrisa ligera, casi imperceptible, suavizó sus facciones. La calidez había vuelto, no como una llama, sino como una brasa que yo mismo me encargaría de alimentar.
—Bueno… dejaré que mi odio por ti se disipe y… tal vez… —se detuvo, buscando las palabras en el aire viciado de las ruinas.
—¿Pasa algo?
—Nada… no es nada. Trataré de confiar en ti, eso es todo.
La miré con una determinación que no dejaba espacio a la duda.
—Te prometo que no dejaré que te pase nada malo. Y te prometo también que, pase lo que pase, rescataré a Ava. Lo haré, lo juro.
—No tienes por qué ser tan—
—No. Lo haré.
—Bueno… —suspiró ella, rindiéndose finalmente a la narrativa que yo había tejido.
Su mano seguía fría al tacto, pero, por alguna razón inexplicable, su agarre generaba una calidez residual que se filtraba bajo mi piel. Era una sensación extraña, un eco de algo que mi memoria biológica no terminaba de localizar.
—¿Nos vamos? —pregunté suavemente—. ¿O prefieres un poco más de tiempo a solas?
—Este… ¿podemos quedarnos un rato? —murmuró ella, sin soltarme—. ¿Solo los dos?
—Claro. No hay problema.
Mientras ella ejercía una presión leve y constante en mi mano, cerré los ojos para intentar aclarar el ruido estático en mi mente. Había algo que estaba olvidando, o quizás, ese algo era una advertencia que me impedía disfrutar de este momento mientras el recuerdo persistiera.
Sentí un tirón delicado en el brazo y abrí los ojos.
—E-este… ¿podemos sentarnos por ahí? —señaló una roca plana que sobresalía entre los escombros del edificio.
—Vamos.
Caminamos en silencio y nos acomodamos en aquel trono de piedra y polvo. Las preguntas empezaron a orbitar en mi cabeza con una precisión matemática: ¿Qué planes definitivos tenía para ella? ¿Cómo ejecutaría el rescate de Ava sin comprometer nuestra posición? ¿Cuál sería el destino final de Caelum y los demás cuando su utilidad expirara?
Todas esas interrogantes tendrían su respuesta a su debido tiempo. Por ahora, mi prioridad era la optimización: debía mejorar mi cuerpo y blindar mi mente. El mundo nos había arrojado a ciudades marcadas, cubos dimensionales que servían como cámaras de entrenamiento aisladas y una organización criminal que no dejaría de cazarnos. Había demasiado que procesar, demasiado que entrenar.
Sin embargo, en lo más profundo de mi pecho, sentí un reclamo. Era una pulsión irracional que me pedía, casi por caridad, que me dejara llevar por esa calidez humana; que permitiera que el tacto de esa mano —fría y cálida a la vez— fuera suficiente por unos minutos.
Fue una sensación de alivio fugaz, la tentación de relajarme y, por un instante, volver a habitar la piel de un ser humano corriente. Desafortunadamente, ese sentimiento terminó ahogándose en un suspiro invisible. La estructura de mi pensamiento recuperó su rigidez. Al final, poco a poco, la marea de la eficiencia volvió a subir, devolviéndome a la persona que solía ser.
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