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El Archivo del Trauma - Capítulo 77

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Capítulo 77: Capítulo 14: El Compás de la Frecuencia Interna

Regresamos al Cubo donde Caelum y los demás permanecían refugiados. Era la primera vez que cruzaba el umbral de esta estructura en particular y, por dentro, la estética se mantenía fiel a la anterior: paredes de un blanco aséptico bañadas por proyecciones de galaxias que giraban en un bucle hipnótico. Era una vista agradable, casi sedante, diseñada para engañar a los sentidos y hacerte olvidar que estábamos en el epicentro de un páramo muerto.

—Volvieron —dijo Caelum al vernos cruzar el umbral.

Me detuve un momento, escaneando el lugar con la mirada.

—Oigan, ¿notan algo diferente? —pregunté, observando las reacciones del grupo.

—¿Eh? ¿De qué hablas? —respondió uno de los sujetos, mirándome como si buscara una mancha en mi ropa—. Apenas se fueron unos minutos.

Intenté observar sus cuerpos rápidamente. En una situación normal, tras solo cinco minutos, sería imposible notar cambios físicos. Pero aquí, “minutos” se había convertido en un concepto relativo, una unidad de medida que mi mente ya no podía dar por sentada.

—Serenne, dijiste que este lugar funciona como un acelerador, ¿no? —la miré, buscando confirmación. Ella asintió en silencio—. Creo que aún no lo comprenden, pero la realidad es que no han pasado minutos.

—¿Qué? ¿Qué tonterías dices? —replicó uno de los compañeros de Caelum.

—Puede que para su percepción solo haya pasado un instante, pero la verdad es que, físicamente, han pasado dos horas.

El silencio que siguió fue absoluto. Miré de reojo a Serenne, dándole paso para que tomara el micrófono imaginario. En este terreno, su conocimiento directo valía más que mis deducciones.

—Veamos… —comenzó ella con leve timidez, pero ganando firmeza—. Este lugar procesa la realidad veinticuatro veces más rápido. Lo que afuera es una hora, aquí adentro es un día entero.

—¡¿Qué?! ¡¿Lo dices en serio?! —El grito del hombre resonó contra las paredes blancas.

—Sí…

—Aunque ese aumento temporal que sufriremos solo ocurre en nuestros cuerpos y procesos mentales —añadí, completando el cuadro lógico—. Nuestra percepción del flujo del tiempo sigue anclada a la constante exterior. Por eso no sentimos el paso de las horas, aunque nuestro organismo las esté viviendo. ¿No es así, Serenne?

—Sí. Es exactamente así.

El grupo se miró entre sí, procesando la aterradora idea de que sus cuerpos estaban envejeciendo y operando a una velocidad que sus mentes no podían registrar.

—Ya veo… ¿y para qué nos cuentas todo esto? —preguntó otro de los sujetos, visiblemente inquieto.

—Es simple. Usaremos este lugar ahora mismo para entrenar. Si el mundo nos da días a cambio de horas, seríamos estúpidos si no aprovechamos la ventaja para dejar de ser presas.

—Ya entiendo —intervino Caelum, asintiendo con una nueva chispa en los ojos—. Por eso nos trajiste aquí, ¿verdad?

—Me atrapaste.

Entiendo completamente por qué en el mapa estos lugares estaban señalados como zonas de entrenamiento. Eran incubadoras de habilidades.

Sin embargo, quedaba una incógnita por resolver sobre el desgaste biológico en este entorno, pero eso solo lo dictaría el tiempo que pasáramos dentro. Caelum se acercó, rompiendo mi flujo de pensamiento. Me miraba con una mezcla de sospecha y curiosidad.

—¿Sucede algo? —pregunté.

—¿Conseguiste algo útil?

En ese momento recordé la fachada que había construido para salir a solas con Serenne: buscar algo práctico. Debería inventar la mejor excusa que jamás se me hubiera ocurrido, una mentira sofisticada que sobrepasara los límites de mis capacidades creativas y que justificara mi fracaso logístico. Algo realmente único.

—Me cansé de buscar —solté, sin pestañear.

—Oh, entiendo… —respondió Caelum, un poco desconcertado por mi franqueza.

Me percaté del error táctico. Si solo han pasado minutos, decir que me había cansado era una inconsistencia lógica que podría generar dudas sobre qué estuve haciendo realmente con Serenne. No tenía ganas de improvisar, pero debía reforzar la mentira antes de que Caelum empezara a analizar de más.

—En realidad —añadí, bajando la voz para darle un tinte de urgencia—, escuchamos un sonido extraño afuera que nos alarmó. Decidimos volver al Cubo lo antes posible para no comprometer nuestra posición.

—Ya veo —asintió Caelum, tragándose el cebo—. Pudo haber sido peligroso.

—Así es.

—Y bien… ¿Qué se supone que entrenaremos en este lugar ahora que el tiempo corre a nuestro favor?

Miré a mi alrededor. El grupo estaba descansado, pero seguían siendo piezas sin pulir, un lastre en caso de un enfrentamiento directo. Lo que quedaba por hacer… sería entretenido de cierta forma.

—Caelum, dame unos minutos —le dije, cortando cualquier posible réplica.

—Está bien —asintió él, aunque su mirada delataba una creciente inquietud.

Le hice una señal a Serenne para que me siguiera. Ella obedeció de inmediato, moviéndose con esa nueva docilidad que habíamos forjado entre las ruinas. Mientras nos alejábamos del grupo hacia un rincón más apartado del Cubo, una sensación punzante me recorrió la nuca: alguien nos observaba.

Traté de divisar la presencia de reojo, buscando un rastro de curiosidad o sospecha entre los supervivientes, pero no logré identificar al dueño de esa mirada.

Lo dejé pasar. Mi prioridad era otra, una mucho más pragmática. Una vez que estuvimos fuera del alcance de los oídos del grupo, me detuve y la miré fijamente. Era hora de descifrar la pieza faltante de mi arsenal.

—Serenne, dime algo. ¿Hay un modo de volverse fuerte, pero de manera sobrenatural?

—Eh… ¿A qué te refieres exactamente? —preguntó ella, ladeando la cabeza con genuina confusión.

—No hablo del límite biológico natural del músculo. En este mundo, deduzco que existe un mecanismo para trascender esa capacidad: una forma de fuerza que no responde a la anatomía común.

—Ah, eso… —Un destello de comprensión iluminó sus ojos—. Sí, la hay.

—¿Cómo funciona?

—Veamos… mi habilidad no tiene nada que ver con la fuerza física bruta. Pero, incluso así…

Serenne no terminó la frase. En su lugar, se dirigió hacia una roca de dimensiones considerables que yacía cerca de la pared del Cubo. De pronto, la atmósfera cambió. El aire se volvió denso, cargado de una vibración que no era sonora, sino una presión interna que comenzó a oprimir mis sienes. Era un aura opresiva, casi eléctrica.

—¿Serenne? —insté, sintiendo cómo mis instintos de supervivencia se activaban.

—Si sabes usar tu frecuencia interna… entonces…

Ella lanzó un golpe seco contra la roca. Por un milisegundo, esperé el sonido de huesos rompiéndose o el impacto inútil de la carne contra el mineral. Pero no hubo tal cosa. El impacto generó una onda de choque invisible que hizo que la roca empezara a agrietarse desde el núcleo. Un segundo después, la estructura colapsó, estallando en mil pedazos que volaron en todas direcciones.

—Podrás lograr esto y mucho más si entrenas primero cómo controlar tu frecuencia interna —sentenció ella, relajando su postura. El aura desapareció tan rápido como había llegado.

—¿Qué diablos…?

Me quedé observando los restos de la piedra. Mis cálculos de masa y resistencia habían sido pulverizados en un instante.

Frecuencia interna.

El término sonaba abstracto, casi místico y, por lo tanto, irritante para mi mente lógica. Sin embargo, no sabría si sería capaz de dominar esa energía hasta que intentara diseccionarla desde dentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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