El Archivo del Trauma - Capítulo 91
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Capítulo 91: Capítulo 28: Desviación por Sobrecarga
(PUNTO DE VISTA DE SERENNE AKARI)
No me moví. Me quedé anclada al suelo, con los pulmones ardiendo y la visión fracturada.
Desde mi posición, lo único que podía hacer era observar su espalda. Elian se giró apenas unos grados, fue un movimiento mínimo, pero su mirada se clavó en mí con una agudeza que me hizo estremecer.
—¿Aún puedes moverte? —preguntó.
—Ah… sí —logré articular, aunque mis fibras musculares gritaban lo contrario.
Knox me miró de reojo, con la mandíbula desencajada y los ojos desorbitados por la sorpresa. Pero no hubo tiempo para explicaciones.
El Hollow soltó un chillido que distorsionó el aire y cargó de nuevo hacia nosotros. El aura asesina que emanaba era tan densa que se sentía como una marea de brea hirviente.
Me obligué a levantarme. Cada centímetro de mi cuerpo protestó, pero ignoré el dolor y la sangre que goteaba por mi mejilla. Me posicioné a su lado, sujetando mi hombro izquierdo. El brazo colgaba como un peso muerto, fuera de su sitio.
Croc.
Apreté los dientes y, con un movimiento seco y violento, reposicioné el hueso en su cavidad. El dolor fue un relámpago blanco en mi mente, pero no solté ni un quejido.
—¿Tienes… algo en mente? —le pregunté, tratando de estabilizar mi respiración.
—Vencerlo a base de golpes será imposible —respondió Elian, sin apartar la vista del monstruo.
—¿Entonces…?
Knox se acercó un paso, tambaleándose, tratando de encontrar su lugar en este nuevo orden.
—E-este… si sirve de algo —balbuceó Knox—, yo puedo decirte algo que noté de esa cosa.
La bestia no nos concedió ni un segundo de tregua. Tres de sus seis colas se dispararon al unísono, proyectiles de sombra pura que convergieron en un solo punto: el cráneo de Elian. Era un ataque diseñado para borrarlo de la existencia, una trayectoria de colisión perfecta.
Pero él ni siquiera parpadeó.
Elian levantó el brazo con una calma que rayaba en lo inhumano. Una ráfaga de aire tan afilada y potente que interceptó las extremidades en pleno vuelo, desviándolas con un estallido sónico.
Por un instante, divisé algo imposible. Pequeños cortes, incisiones precisas sobre la piel del Hollow, como si el aire mismo se hubiera convertido en escalpelos bajo su mando.
La bestia volvió a aullar, esta vez con un tono de confusión metálica.
—¿Cómo es que tú…? —la pregunta murió en mi garganta.
Él nunca fue así de fuerte. Jamás. Mi sistema registraba sus constantes, pero lo que veía delante de mí no encajaba con los datos previos. ¿Qué había pasado en ese sueño? ¿Qué había despertado en él?
—¿Qué notaste? —insistió Elian, ignorando mi asombro y centrando toda su atención en Knox.
Knox se cuadró de inmediato.
—A decir verdad, creo que conozco su punto débil —dijo Knox rápido, escupiendo las palabras—. Su cabeza. Intenté golpearlo ahí varias veces, pero es inútil. Cada vez que me acercaba, el Hollow soltaba ese chillido… crea una barrera sonora que es físicamente imposible de atravesar.
—Ya veo.
De pronto, el aire a su alrededor se volvió pesado, casi sólido. Pude ver cómo sus ojos, antes nublados por el letargo, se encendían en un azul eléctrico y gélido. Su mirada se clavó en la bestia con una fijeza que parecía estar diseccionando cada átomo de su cuerpo sombrío.
—Elian… —el nombre escapó de mis labios como un suspiro—. ¿Estás enojado?
Su expresión no cambió. Ni una sola fibra de su rostro se inmutó ante mi pregunta. Era como hablarle a una estatua de mármol.
—Serenne. Tendrás que intentar golpear su cabeza.
—¿Su cabeza? —repetí, sintiendo el peso de la imposibilidad. El chillido del Hollow todavía resonaba en mis oídos como una advertencia de muerte—. Elian, esa barrera sónica nos destrozará antes de que estemos a tres metros.
—Lo sé —respondió secamente.
Sus ojos recuperaron su color gris original por un segundo, recuperando esa opacidad impenetrable. Se quedó quieto, en un silencio absoluto que parecía devorar el rugido del viento. Luego, giró el cuello hacia donde estaba Knox.
—No recuerdo tu nombre.
—Ah… sí. Me llamo Knox —balbuceó, cuadrando los hombros en un intento desesperado por recuperar la compostura—. Llámame así.
—Knox. ¿Puedes hacer un último ataque?
—Ah… —Knox miró su brazo, donde el calor naranja parpadeaba débilmente, y luego miró la inmensidad del Hollow—. Tal vez. Solo dime a quién tengo que romperle la cara.
—Solo tendrás que golpear por debajo de él. Nada más.
No comprendía lo que trataba de hacer. Mi sistema buscaba patrones, estrategias conocidas, pero el plan de Elian operaba en una dimensión que escapaba a mi lógica de combate. ¿Lanzar a Knox a los pies de la bestia? ¿Mandarme a mí directo a una barrera que ya me había derrotado?
Era absurdo. Era una locura. Pero mientras observaba la calma absoluta en su perfil, sentí cómo mis propios nervios se estabilizaban.
Él sabía cómo terminar con esto. De eso no tenía ninguna duda.
—Quédense aquí. Primero debo comprobar algo.
Su voz fue un susurro que cortó el estruendo. Sin esperar respuesta, se lanzó hacia adelante. Pude ver cómo sus ojos se encendían de nuevo en ese azul eléctrico, una señal de que su cerebro estaba procesando algo que yo no podía.
Las seis extremidades del Hollow descendían como martillos neumáticos, pulverizando el suelo en una secuencia errática, pero él se movía entre ellas con una elegancia aterradora.
Saltaba, retrocedía, giraba en el aire. Era una danza espectacular donde la muerte le rozaba la gabardina y él ni siquiera parpadeaba. Pero no atacaba. Solo observaba. Se estaba agotando en un esfuerzo que no entendía.
Tras unos segundos de ese baile suicida, retrocedió hacia nosotros con un salto limpio, soltando un suspiro que sonó a resignación técnica.
—En unos segundos —dijo, recuperando el gris en su mirada—, comenzará la primera distracción.
—¿Qué? —la pregunta de Knox murió en el aire.
Las colas del Hollow se alzaron como torres de sombra, proyectando una oscuridad absoluta sobre nosotros. En la claustrofobia de este Cubo, esa cosa era lo más imponente que mis sensores habían registrado jamás.
Parecía el fin. Pero justo cuando las extremidades se tensaron para el golpe final, el estruendo de la pólvora desgarró el silencio.
—¡Hollow! ¡Intenta matarme, maldita bolsa de basura!
Era Caelum. Estaba de pie sobre un montón de escombros, disparando ráfagas continuas contra la masa oscura de la bestia. Las colas se detuvieron, vibrando, y se giraron hacia él con una lentitud depredadora.
Caelum no dejó de apretar el gatillo, sus ojos brillaban con una resolución que solo tienen los que ya se saben muertos.
—Elian, hay que atacar —susurré, sintiendo que el pecho me estallaba—. Caelum morirá si esperamos un segundo más.
—No. Todavía no te muevas.
Caelum vació el cargador. Entonces, como una aparición de entre las sombras, el resto de los chicos surgieron de sus escondites. Gritaban, insultaban y disparaban al unísono, creando un muro de ruido y fuego.
—¡Bestia! ¡Ven y mátame!
—¡Monstruo estúpido, aquí estamos!
Tienen ganas de morir.
Deberían estar ocultos, rogando por su vida en algún rincón, no desafiando a una deidad del vacío con gritos y balas de plomo. El Hollow no esperó más. Soltó un chillido que hizo temblar las paredes del Cubo y se abalanzó contra el grupo con toda su furia acumulada.
—Serenne, Knox. Hagan ahora lo que les dije.
No hubo una mirada de despedida. Elian se lanzó hacia el grupo a una velocidad que distorsionó el aire, un proyectil humano interceptando el destino.
—¡Vamos, Serenne! —rugió Knox.
Él se lanzó directo hacia la base del monstruo, tal como Elian le había indicado. Si el combate se midiera en entusiasmo, Knox nos ganaba a todos por goleada.
Cerré los ojos un milisegundo. Me olvidé de las piernas rotas, del hombro dislocado y del cansancio. Dejé que el calor fluyera, no como una herramienta, sino como un incendio forestal que me controlara por completo. Flexioné las rodillas y, reuniendo cada gramo de fuerza residual, di un salto gigantesco.
Subí. El aire silbaba en mis oídos mientras el suelo se alejaba. Llegué casi a rozar el techo del Cubo, suspendida en el ápice de la trayectoria. Debajo de mí, la cabeza del Hollow era un blanco perfecto.
Comencé a descender, preparando mi puño, concentrando todo el fuego en mis nudillos.
Solo debía golpearlo. Un solo impacto para terminar el trabajo. Pero mientras caía, el Hollow abrió su fauce sónica.
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