El Archivo del Trauma - Capítulo 92
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Capítulo 92: Capítulo 29: Cenizas en manos de un extraño
La onda sonora no fue un sonido, fue un muro de metralla invisible. Me golpeó con una brutalidad que me vació los pulmones al instante. Solo alcancé a cruzar los brazos frente a mi rostro, cerrando los ojos mientras sentía cómo la vibración me desgarraba la piel, abriendo cortes precisos y ardientes por todo mi cuerpo.
Intenté aferrarme a la inercia, al plan, a la mirada de Elian, pero el Hollow volvió a rugir.
Ese segundo chillido fue la sentencia. Sin fuerzas para resistir la presión sónica, mi trayectoria se quebró. Fui lanzada hacia atrás como una muñeca de trapo descartada por el vacío.
El calor que me mantenía unida se disipó como humo en una tormenta. Mi sistema se apagó, dejándome a merced de la gravedad.
Me sentí frágil. Terriblemente frágil.
Mientras caía, el tiempo se estiró en un silencio amargo. Sabía que este era el fin. Sin la frecuencia interna, mi cuerpo no era más que carne y hueso destinados a romperse. El suelo del Cubo se acercaba a una velocidad terminal.
¿Logré hacer algo… mamá?, el pensamiento cruzó mi mente como un último destello antes de la oscuridad.
Cerré los ojos, esperando el impacto seco que me destrozaría la columna. Estaba lista para el frío del concreto. Pero, en lugar de la muerte, sentí un choque brusco y unos brazos humanos envolviéndome, amortiguando mi caída con un gruñido de dolor puro.
Abrí los ojos, jadeando. El suelo estaba a centímetros. No era el impacto de la piedra lo que sentía, sino el latido acelerado de alguien que se había lanzado al vacío para atraparme.
Era Caelum. Estaba debajo de mí, temblando por el esfuerzo, con el rostro cubierto de polvo y sangre, pero con una mirada que se negaba a dejarme ir.
—No puedes morir, Serenne —dijo Caelum, su voz era un siseo de dolor, pero forzaba una sonrisa triunfante a través de la sangre que le manchaba los dientes.
Antes de que pudiera responder, una explosión ensordecedora fracturó la realidad del Cubo. No fue el rugido de la bestia, sino un estallido seco, una liberación de energía tan concentrada que el aire mismo pareció quemarse. Un chillido fugaz, agudo y metálico, desgarró el ambiente para luego extinguirse en un vacío repentino.
A duras penas, logré levantar la cabeza mientras Caelum me recostaba con cuidado en el suelo frío, manteniendo una mano firme en mi espalda para que no me desmoronara.
—N-no… no puede ser.
Mis ojos buscaron la amenaza, el muro de colas, la fauce sónica… pero el Hollow ya no estaba. La masa gigante de oscuridad, el monstruo que nos había reducido a chatarra y huesos rotos, se había evaporado. Solo quedaba una bruma negra que se disolvía como ceniza en el viento.
—Je… lo logró —susurró Caelum, dejando escapar un suspiro de alivio que sonó como una oración.
Mi vista, pesada y borrosa, se fijó en la figura solitaria en el centro del cráter. Ahí estaba él, rodeado de escombros y silencio. Elian no estaba celebrando; ni siquiera parecía agitado. Simplemente miraba el suelo, con la gabardina quieta y los brazos a los lados, como si acabara de cerrar un libro después de una lectura aburrida.
Lo había logrado. En los segundos que me tomó caer y ser rescatada, él había borrado de la existencia a una deidad del vacío.
—¿Qué… hizo? —mi voz era apenas un borboteo sordo—. Eso fue… demasiado rápido.
Intenté enfocar su silueta, pero el mundo comenzó a inclinarse. La adrenalina me estaba abandonando, dejando paso a un frío entumecedor. Lo último que vi antes de que la oscuridad reclamara mi vista fue a Elian, inmóvil en el epicentro de la destrucción.
—No… aún no puedo… —las palabras salieron de mi boca como un rastro de estática.
Me negaba a apagarme. Mi sistema gritaba por un reinicio de emergencia, pero mi mente tenía una prioridad superior, necesitaba entender qué había hecho él.
Me obligué a levantarme con una lentitud agónica; el cuerpo no solo me dolía, me quemaba por dentro, como si el calor residual estuviera consumiendo mis propios órganos. El dolor era evidente, pero en ese momento, era lo más fácil de ignorar.
—Serenne, deberías… —la voz de Caelum se quedó atrás, perdida en el zumbido de mis oídos.
Caminé. Cada paso era una batalla contra la gravedad en un suelo que se sentía como arena movediza. Me sujeté el brazo izquierdo, sintiendo el calor pegajoso de la sangre empapando mi uniforme, y seguí.
La vista se me nublaba, transformando el Cubo en un borrón de sombras y luces grises, pero no importaba. Un poco más. Solo un poco más. Tenía que ver sus ojos de cerca.
Desafortunadamente, la voluntad no pudo sostener la carne. Mi cuerpo se volvió un lastre de metal y plomo, demasiado pesado para mis pulmones.
Me desplomé hacia adelante, esperando el impacto final contra el concreto, pero un brazo frío y firme interceptó mi caída antes de que tocara el suelo.
—Elian… —susurré, forzando a mis ojos a enfocar una última vez. Su silueta era una mancha oscura frente a mí.
—Estás al borde de morir, Serenne.
Su voz no tenía rastro de pánico. Se agachó conmigo, sosteniendo mi peso con una facilidad insultante mientras yo luchaba por no hundirme en la inconsciencia.
—¿Cómo… lo hiciste? —logré preguntar, con el sabor metálico de la sangre inundándome la boca.
—Te lo contaré luego. Nos vemos.
—¿Qué—?
No hubo tiempo para protestar. Sentí un golpe seco y preciso en la base de mi cuello, justo en el punto donde mis nervios se conectan con el cerebro. No hubo dolor, solo un corte instantáneo de la realidad. Mis ojos no resistieron más.
Ya… entiendo. Es molesto, pero acepto.
Todo se apagó. El ruido, el calor, la duda… todo se volvió un silencio absoluto. Todo se volvió oscuro.
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