El Archivo del Trauma - Capítulo 95
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Capítulo 95: Capítulo 32: La Paranoia del Cazador
Mientras caminábamos, sentí una presión en el pecho que activó mis alarmas internas de inmediato. No era una corazonada, era mi sistema nervioso reaccionando a un cambio sutil en la densidad del ambiente.
Llevábamos unos treinta minutos de marcha. Faltaba aproximadamente una hora para llegar a nuestro destino, y ahora mismo nos encontrábamos en medio de la nada, rodeados de edificios que parecían costillas rotas apuntando al cielo, en calles que no llevaban a ningún lugar.
No debería haber nadie aquí. Pero sentía la presencia de algo. No de uno, sino de varios vectores convergiendo hacia nuestra posición.
Hice un chequeo interno rápido. No quise activar mi habilidad. El esfuerzo contra el Hollow había dejado mi estabilidad en un precario 53%. Forzar el procesado de frecuencias ahora sería como intentar encender un motor que echa humo. No podía permitirme ese dolor ni arriesgarme a un colapso total solo para confirmar si mi paranoia tenía fundamentos.
—Elian, este lugar es demasiado silencioso, ¿no crees? —susurró Caelum.
—Bueno, no creo que haya seres humanos cerca —respondí, aunque mis oídos intentaban filtrar cada decibelio del entorno.
Entonces, lo escuché. Un leve crujido de escombros a unos veinte metros a nuestra derecha. Pisadas rítmicas, amortiguadas, pero inconfundibles. No eran los movimientos erráticos de una bestia, era el avance coordinado de alguien que sabe cazar.
—Escuchen, tenemos compañía —dije, deteniéndome en seco.
—¿Qué? —Knox se tensó, casi dejando caer a Serenne mientras miraba hacia las sombras de un callejón.
Giré mi cuerpo hacia la dirección del sonido con una lentitud deliberada. Fue entonces cuando salieron de entre las sombras.
Eran cinco hombres. Sus rostros desbordaban esa confianza estúpida de quienes creen que el número garantiza la victoria. Uno por uno, se posicionaron frente a nosotros, cerrando el paso con la soltura de quienes están acostumbrados a matar.
—Vaya, nos descubriste —dijo el que parecía llevar la voz cantante, con una sonrisa ladeada.
No respondí. Me conformé con observar, registrando cada detalle. La forma en que sujetaban sus armas, la distribución de su peso y, sobre todo, la reacción de mis acompañantes. El terror en el grupo era casi palpable.
Knox retrocedió un paso, sus dedos hundiéndose en la tela de la ropa de Serenne mientras intentaba mantener el equilibrio con ella a cuestas. Estaban superados, y los hombres frente a nosotros lo sabían.
—¿Ese niño es el objetivo? —preguntó uno, señalándome con la barbilla.
—Exacto. El jefe fue muy claro.
—Bueno, esto será divertido.
—¿Por qué no jugamos un poco con él antes de entregarlo?
Mientras ellos charlaban, me dediqué a procesar la escena. Mi mente empezó a trazar líneas de ataque y puntos de presión, urdiendo un plan tras otro.
En esencia, era la misma situación que viví en el centro comercial con Malrec, pero estos tipos tenían un aura diferente. No desprendían ese sadismo errático que hacía a Malrec peligroso. Estos eran profesionales, piezas de un engranaje.
Para ser honesto, resultaba un poco decepcionante.
El aparente líder del grupo caminó hacia mí, acortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros. No retrocedí. Me limité a observarlo desde abajo, manteniendo el contacto visual.
Era mucho más alto que yo y su masa muscular triplicaba la mía. Tendría unos treinta años, estimé, basándome en el desgaste de su equipo y las cicatrices de sus manos.
—Niño —dijo, inclinándose un poco para quedar a mi altura—, ¿tienes miedo?
Su aliento olía a tabaco barato y adrenalina. Mantuve mi pulso estable, ignorando la presión en mi pecho.
—¿Qué quieren?
—¿Ah? ¿Te crees muy listo por no reaccionar? —el sujeto soltó una carcajada seca, carente de humor.
—No sé de qué hablas.
El tipo no avisó. Su puño se lanzó como un pistón directo hacia mi abdomen, buscando sacarme el aire y doblegar mi postura. Por suerte, mi cuerpo reaccionó antes que mi pensamiento consciente.
Pivoté sobre mi pie derecho y dejé que el golpe pasara de largo, rozando apenas la tela de mi gabardina. Suspiré. Iba a resultar extremadamente molesto si esto se convertía en una pelea física innecesaria.
—Vamos, niño. Juguemos un poco más —dijo, recuperando el equilibrio con una mueca de depredador.
—Me rindo —solté sin más.
El silencio que siguió fue absoluto. Los otros cuatro hombres intercambiaron miradas de desconcierto. El líder parpadeó, con la mano todavía a medio cerrar.
—¿Qué dijiste?
—He dicho que me rindo —repetí, manteniendo mi voz en una frecuencia monótona—. ¿Su jefe no quiere verme? En este mundo saturado de habilidades y anomalías, no me parecería extraño que alguien tenga la capacidad de vigilarnos sin que nos diéramos cuenta.
El sujeto se detuvo en seco, su rostro se endureció y la burla desapareció de sus ojos.
—Tal vez haya alguien invisible justo ahora, parado al lado nuestro —continué, dejando que mis ojos vagaran por el aire vacío detrás de él—. O tal vez alguien acaba de ser poseído por una entidad para monitorear esta conversación. Uno nunca sabe quién está escuchando.
—¡Cállate! —gruñó, dando un paso agresivo—. ¿Tú qué vas a saber de eso?
—Lo sé porque ustedes están aquí específicamente para secuestrarme. Eso implica una logística previa, una vigilancia dirigida. Alguien ya me tenía el ojo puesto desde hace mucho, ¿no es así?
El líder se frenó en seco. Su mandíbula se tensó con tanta fuerza que pude oír el crujido de sus dientes. Su ritmo cardíaco se aceleró, lo noté por el ligero temblor en la vena de su cuello. Le había dado en el clavo. La paranoia, la herramienta más efectiva de un estratega, estaba empezando a carcomer su confianza.
Levanté los brazos con calma, exponiendo mis palmas en una señal de derrota absoluta.
—Me rindo. De todos modos, no tengo la fuerza para luchar contra cinco hombres como ustedes.
Los demás hombres intercambiaron miradas de desconcierto. Sus expresiones oscilaban entre la sorpresa y una inquietud que no terminaban de identificar. Tras unos segundos de silencio que parecieron estirarse en el aire denso de la calle, el líder finalmente abrió la boca.
—Ja. Eres astuto. Ya entiendo por qué el jefe tiene tanto interés en ti —dijo, mientras una sonrisa ligera, casi de reconocimiento, se marcaba en su rostro.
Giré ligeramente la cabeza para divisar al grupo que me acompañaba. Solo pude ver terror crudo en sus caras, una necesidad asfixiante de huir que los paralizaba. Knox retrocedía centímetro a centímetro, con el peso de Serenne convirtiéndose en una carga insoportable bajo la presión del ambiente.
—Bien, te llevaremos con el jefe —sentenció el líder, dando un paso hacia mí—. Pero…
Su mirada se desvió hacia Caelum y los demás. Los evaluó como quien mira una pila de desechos. Eran presas fáciles. Una niña temblando, una chica inconsciente y un puñado de chicos incapaces de sostener el aliento. Era una escena patética.
—Ellos mueren aquí. No nos sirven de nada.
—No —intervine, mi voz sonando como un latigazo—. Vendrán conmigo.
El líder frunció el ceño, soltando una carcajada seca.
—¿Qué? ¿Crees que estás en posición de negociar, niño?
Me mantuve firme y lo miré directo a los ojos.
—Estoy seguro de que su jefe querrá saber por qué alguien como yo protege a estos débiles —dije, bajando el tono—. Si me llevan solo a mí, perderán la oportunidad de entregarle la respuesta a esa pregunta. ¿Se arriesgarán a que el jefe les reclame por haber destruido la mitad de la información?
Knox y Caelum me miraron fijamente. No hubo necesidad de palabras. En ese segundo de contacto visual, entendieron que su supervivencia ahora dependía enteramente de mi capacidad para manipular a estos hombres. Knox tragó saliva, permaneciendo inmóvil.
El líder se quedó pensativo, midiendo el riesgo. Finalmente, soltó un bufido y guardó su arma.
—Este muchacho es demasiado bueno hablando… —murmuró para sí mismo—. ¡Está bien! Nos los llevamos. Pero si alguien intenta algo estúpido, los agujereo ahí mismo. ¡Síganme todos!
Eso fue sencillo. Demasiado, quizás. Ahora solo quedaba llegar a ese lugar. Me pregunto si la infraestructura será similar a la base del Administrador o si me encontraré con algo completamente nuevo. Siento una curiosidad genuina por analizar su logística.
Tras eso, comenzamos a caminar detrás de aquellos asesinos. Estábamos siendo secuestrados por voluntad propia, avanzando directo hacia la boca del lobo con el ritmo de un desfile triunfal.
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