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El Archivo del Trauma - Capítulo 96

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Capítulo 96: Capítulo 33: La Estética del Jaque

Tras caminar casi una hora sin descanso, el paisaje de escombros dio paso a una estructura imponente. Efectivamente, se trataba de una construcción que recordaba a la mansión del Administrador, pero esta era significativamente más vasta, una mole de piedra que dominaba el sector con una arrogancia silenciosa.

Al cruzar el umbral, el ambiente cambió. Veíamos gente a lo lejos, sombras que se detenían para observarnos con miradas cargadas de una mezcla de morbo y sospecha. No me molesté en descifrar sus intenciones. Para mí, eran solo ruido de fondo.

Después de subir escaleras de mármol frío y atravesar pasillos que parecían diseñados para desorientar al visitante, nos detuvimos ante una puerta roja, masiva y pesada.

—Aquí es —dijo el líder de los cazadores, recuperando un tono de mando que había perdido durante el camino—. Solo entras tú, niño. Los demás se quedan fuera.

No dudé. Me moví hacia la entrada, pero antes de atravesar el umbral, me detuve y giré la cabeza para mirar a los hombres que nos habían escoltado. Mis ojos se clavaron en los suyos con una fijeza letal.

—Si les hacen algo mientras no estoy, dense por muertos —sentencié.

No esperé a ver sus reacciones, ni el rictus de indignación o sorpresa que seguramente se formó en sus rostros. Entré en la habitación y cerré la puerta detrás de mí, dejando el mundo exterior fuera.

El silencio aquí era distinto, casi absoluto.

Encontré a una sola persona. Estaba sentado de espaldas a mí, su silueta recortada contra un ventanal inmenso que mostraba un horizonte infinito. Parecía estar esperando precisamente este momento.

—Vamos, siéntate —ordenó con una calma que pretendía ser hospitalaria.

Caminé hacia él y ocupé la silla frente al escritorio, quedando cara a cara. El sujeto se giró por fin, revelando su rostro por primera vez. Sus ojos me recorrieron con una curiosidad científica, casi clínica.

—De cerca pareces incluso más joven —comentó, apoyando los codos sobre la madera pulida.

—¿Para qué me trajo aquí? —pregunté, yendo directo al grano.

—Vamos, podemos hacer esto con calma. No hay prisa.

Abrió un cajón de su escritorio y extrajo un tablero de madera noble y un juego de piezas de ajedrez pesadas, talladas con precisión. Las dejó sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Sabes jugar?

—No se me da mal —respondí, observando el veteado del tablero.

Comenzó a colocar las piezas en su lugar con una paciencia absoluta, como si no estuviéramos en medio de un mundo colapsado.

—¿Quieres blancas o negras?

—Cualquiera está bien.

—Te daré ventaja entonces. Usa las piezas blancas.

En el ajedrez, las blancas tienen la iniciativa. Es un pequeño plus que te permite dictar el ritmo de la apertura y reclamar el centro del tablero. No planeaba desaprovecharlo. Abrí con e4, un movimiento estándar. Mi contrincante bloqueó mi avance de inmediato con e5.

—Por casualidad, ¿sabes por qué estás aquí? —preguntó mientras su mano flotaba sobre sus piezas.

Jugué Nf3. Mi caballo saltó al centro, amenazando directamente su peón y reclamando el control de la zona.

—¿Debería saberlo?

Respondió con Nc6. Sin dudarlo, lancé mi ataque: Bb5.

—Veamos… digamos que te he estado observando —dijo, y su mirada se volvió más pesada.

—Ya veo.

No era un mal jugador. Su comprensión posicional indicaba un nivel técnico considerable. Además, me seguía el ritmo con una cadencia mecánica, casi inhumana. En apenas unos segundos, intercambiamos una decena de movimientos. El tablero se volvió un campo de batalla complejo, pero yo me sentía en mi elemento.

—Te daré dos opciones —dijo, capturando uno de mis peones—. La primera es que te unas a nosotros.

—¿Unirme? ¿A qué cosa exactamente?

—A nuestra organización. Alguien con tu capacidad analítica merece una posición privilegiada… y un pago acorde.

—¿Y cuál es la segunda opción?

Habíamos intercambiado las damas en una transición agresiva al final. Mi ventaja era clara: su rey había quedado relegado a la banda, asfixiado por mis piezas menores. No pensaba darle respiro.

—Te mataré ahora mismo —soltó.

No alteré mi ritmo. A decir verdad, matarme no parecía ser su prioridad real, sino una prueba de presión. Aunque era bueno, yo sabía que mi procesamiento era superior. El tablero no era más que otro patrón de frecuencias.

—Mátame… si logras darme jaque mate —respondí.

—Oh, interesante. ¿Y qué pasa si tú me haces jaque mate a mí?

—Te lo diré cuando gane.

—Jaja, estás confiado, muchacho.

¿Confianza? No. La confianza es una emoción que nubla el juicio. Yo simplemente era mejor, eso era todo.

Tres movimientos después, la partida llegó a su fin. Logré asfixiar su defensa, acorralando a su rey en una red de la que no había salida.

—Vaya… eres realmente bueno —admitió, inclinando su rey sobre el tablero y recostándose en su silla.

—No lo creo.

—¿Me estás llamando malo?

—No lo sé —dije, mirándolo fijamente—. No te conozco, ni sé qué tan bueno se supone que eres.

—Por si no lo sabes —dijo él, con una sombra de orgullo herido—, cuando estaba en el mundo real tenía un ELO de 2000.

¿Y qué demonios significaba eso? El número no me decía nada. Yo solo jugaba contra mi madre y contra las personas extrañas que ella traía a casa para ponerme a prueba. Para mí, el ajedrez no tenía puntuaciones. Solo tenía ganadores y piezas eliminadas.

—Como sea —dijo él, restándole importancia a su derrota en el tablero—. Solo dime qué escoges.

Lo medité durante unos segundos. No era una cuestión de moral, sino de cálculo de probabilidades. Si elegía la segunda opción, mi estabilidad al 53% no me garantizaría proteger a los demás en un tiroteo en este pasillo. Realmente, no tenía opción.

—Está bien. Seré parte de tu organización —sentencié, manteniendo el tono neutro—. Pero con una sola condición.

—Ya veo. ¿Y cuál es?

—Tanto a mí como a mis compañeros, quiero que se nos otorgue seguridad y asilo absoluto. Nada de traiciones, nada de accidentes ni muertes innecesarias. Si garantizas su integridad, haré lo que me pidas.

Él se detuvo un segundo a procesar mi demanda. Miró por la ventana una vez más y luego bajó la vista hacia su rey derribado en el tablero. Una ligera sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en su rostro.

—Está bien. Te daremos a ti y a tu grupo protección y estabilidad —aceptó, recostándose en su silla—. A cambio, a partir de ahora, serás un Cazador. En palabras más crudas: un asesino a nuestro servicio.

—Acepto.

En ningún momento mencioné que tenía un grupo conmigo hasta ahora, pero él lo asumió de inmediato. O me estuvo observando con una precisión aterradora. O tal vez…

Por ahora, ignoraré esos pensamientos. Los pasaré a segundo plano para no enturbiar mi análisis actual.

—Bien. Pues entonces, bienvenido.

—Gracias. Ahora quiero saber una cosa —dije, cambiando de tema radicalmente—. ¿Tienen un baño y ropa limpia? La necesito urgentemente.

El hombre soltó una carcajada breve, observando por primera vez con detalle las manchas de sangre seca, polvo y suciedad que cubrían mi gabardina.

—Sí… ya veo por qué lo dices. Llamaré a mi asistente. Él te ayudará con todo lo que necesites.

Me limité a esperar nuevas indicaciones.

Supongo que, técnicamente, ahora soy un asesino. El título no me agrada, pero tampoco lo aborrezco. Me da igual mientras me acerque a mi objetivo final. Todo marcha según lo previsto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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