El Ascenso de Xueyue - Capítulo 213
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213: ¿Quieres que me muera temprano?
213: ¿Quieres que me muera temprano?
Li Xueyue no supo cuánto tiempo permaneció sentada en aquella cama, aturdida y con el corazón roto por su rechazo.
El dolor era insoportable.
Sentía como si el mundo entero estuviera en su contra y que nunca más volvería a sentir alegría.
Le dolía el pecho, le dolían los ojos, le dolía todo.
Cuanto más tiempo pasaba allí, más triste se ponía.
Se levantó de la cama y se acercó a la entrada de la tienda.
Observó la gruesa tela que la conformaba, sostenida por pilares de madera.
Era increíblemente robusta y le recordó a las tiendas del Torneo de Primavera, solo que esta era mucho más grande.
Li Xueyue salió de la tienda con la intención de volver a casa.
El exterior era un hervidero de ruido.
El sol se había puesto y la noche caía con rapidez.
Los soldados se arremolinaban en torno a las hogueras; unos cocinaban, otros conversaban y reían entre ellos.
El ambiente era festivo y un murmullo de música flotaba en el aire.
En un rincón apartado, un grupo de hombres estaba siendo disciplinado.
A juzgar por sus rostros familiares, supo que eran los soldados que la habían secuestrado.
La mitad de ellos realizaba series de ejercicios, mientras que a la otra se la obligaba a entrenar hasta caer rendida.
—Princesa Li —la llamó una voz a su lado.
Li Xueyue se giró.
Se encontró con la familiar sonrisa de Hu Dengxiao, que recordaba a un gran cachorro, muy parecido a Wenmin.
—¿En qué puedo ayudarla?
—preguntó él.
Li Xueyue se dio cuenta de que había atraído una atención no deseada.
Algunos soldados la estaban mirando.
Debía de ser por su aspecto desaliñado, con el pelo hecho un nido de pájaros.
O por el hecho de que había salido de la tienda de su Comandante: una mujer desconocida.
—Busco a Yu Zhen.
La expresión de Hu Dengxiao se suavizó.
—No está disponible ahora mismo, Princesa Li.
—Me ha robado algo —dijo Li Xueyue sin rodeos.
—¿Los decretos reales?
Li Xueyue parpadeó, sorprendida.
—¿Sí?
¿Cómo lo supo?
—Fue la razón por la que inmovilizó a sus tropas.
—¿No lo entiendo…?
—No lo entenderá a menos que el Comandante le diga lo que hizo —dijo Hu Dengxiao.
—¿Qué fue lo que hizo?
La sonrisa de Hu Dengxiao se desvaneció con aire de disculpa.
—Es un asunto personal suyo.
Tendrá que preguntárselo usted misma, Princesa Li.
—Cosa que no puedo hacer, porque ha dicho que está ocupado.
Hu Dengxiao asintió lentamente.
No pensaba que fuera tan audaz y segura de sí misma.
A pesar de su personalidad alegre y despreocupada, no muchas mujeres tenían el valor de hablar con tanta franqueza como ella.
Hu Dengxiao se preguntó si de verdad había tenido un pasado tan horrible.
—Debe de tener hambre, Princesa Li.
Le traeré algo de comer.
Puede que no sea tan refinado como los manjares que disfruta en casa, pero está sabroso.
—¿Puede prestarme un caballo?
—preguntó Li Xueyue.
—¿Para qué?
—Quiero volver a casa.
—¡No puede!
—soltó Hu Dengxiao.
Li Xueyue dio un respingo ante su grito inesperado.
—M-me disculpo, no era mi intención alzar la voz.
—¿Por qué no puedo irme?
—preguntó—.
Sus hombres me secuestraron en el territorio de mi padre.
—Lo sé —dijo Hu Dengxiao, haciendo una mueca—.
No pretendíamos ser tan bruscos.
Mis hombres pensaron que era una intrusa.
No sabían que es la mujer del Comandante.
—No soy su mujer —dijo ella.
—Pero ¿dónde más estaría su colgante?
—Hu Dengxiao frunció el ceño levemente—.
Me di cuenta de que le faltaba.
Es imposible que lo haya perdido.
Li Xueyue se retorció los dedos.
—No importa.
Hu Dengxiao se rascó la cabeza.
—Fue fácil capturarlos, ¿sabe?
—¿Capturar a quién?
—No importa —se burló Hu Dengxiao.
Li Xueyue entrecerró los ojos.
Nada que ver, Hu Dengxiao no le recordaba en absoluto a Li Wenmin.
Este hombre era mucho más astuto.
Hu Dengxiao sonrió con picardía.
—Le traeré la cena.
Por favor, regrese a la tienda, Princesa Li.
Li Xueyue no tuvo otra opción.
—No quiero cenar.
—Forzó un educado asentimiento con la cabeza y regresó a la tienda, dejando a Hu Dengxiao atónito.
Hu Dengxiao esperaba que ella montara un berrinche altanero.
Pensó que se pondría en ridículo, pero no lo hizo.
A excepción de sus confiados comentarios, no había nada que reprocharle.
Hu Dengxiao soltó un suspiro.
—Al menos se le da bien controlar sus emociones.
—Se encogió de hombros con despreocupación—.
Bueno, si no quiere comer, entonces no comerá nada.
No es culpa mía si se muere de hambre.
—Te meterás en un lío cuando el Comandante descubra que has dejado a su mujer sin comer —dijo Lu Tianbi, saliendo de entre las sombras.
—¡Ah!
—exclamó Hu Dengxiao, sobresaltado—.
¿De dónde has salido?
—Acabo de bañarme en el río —dijo Lu Tianbi, arqueando una ceja ante su expresión de terror—.
¿Acaso eres un gallina?
—No deberías bañarte con los hombres despiertos —siseó Hu Dengxiao.
Agarró la toalla que ella llevaba sobre los hombros, se la echó por encima de la cabeza y empezó a secarle el pelo mojado con furia.
Tragó saliva al verle el cuello al descubierto.
—¿Y si alguien te ha visto?
—la regañó con dureza.
—Bueno, pues me ha visto gente.
—¡¿Qué?!
—exclamó Hu Dengxiao, quedándose quieto.
—Me estaba bañando con las otras soldadas —dijo ella.
—Ah —parpadeó Hu Dengxiao—.
Habría sido mejor que os bañarais de noche, cuando todos estuvieran dormidos.
—De noche no podríamos ver quién intenta espiarnos.
—Cierto…
Lu Tianbi le apartó la mano de un manotazo.
—Me estás secando el pelo con demasiada brusquedad.
—L-lo siento…
—dijo Hu Dengxiao con timidez.
—En fin, ve a buscarle algo de comer a la Princesa.
—Lu Tianbi deseó que él no fuera tan alto.
No podía ver por encima de sus hombros.
Quería mirar para comprobar si la comida estaba lista, pero no podía porque él le bloqueaba la visión.
—¡Pero si la Princesa Li ha dicho que no quería!
—se quejó Hu Dengxiao, sacudiendo los hombros con enfado como un niño refunfuñón.
Lu Tianbi frunció el ceño.
—Eso no puede ser verdad.
Tengo entendido que le gusta comer.
—Bueno, a lo mejor no está de humor para comer.
La secuestramos y la mantenemos como rehén.
—No es como si nuestra intención fuera secuestrarla.
Es solo que el Comandante se niega a dejar que se vaya —dijo Lu Tianbi.
—Cierto, pero ¿qué podemos hacer?
—Deberíamos mandarla de vuelta a casa —dijo Lu Tianbi con total naturalidad—.
No retenerla en esa tienda.
—¿Por qué no se lo dices tú al Comandante?
—¿Acaso quieres que muera joven?
—replicó ella.
—No.
—Entonces no se lo diré.
—Lu Tianbi puso los ojos en blanco—.
Tienes que pensar un poco más.
—¡Claro que pienso!
—¿En qué?
—musitó ella.
—En ti.
—Las comisuras de sus labios se elevaron en una amplia sonrisa.
Lu Tianbi no pudo reprimir una sonrisa.
Se apartó de él.
—Eres tonto.
—Lo sé.
—No me des la razón.
—De acuerdo —se rio él.
—¡Dengxiao!
—Bueno, bueno —dijo, levantando las manos—.
Qué fácil es haceros enfadar a las chicas.
—Cuesta creer que yo sea la voz de la razón —murmuró ella.
—A mí también —asintió él, riéndose por lo bajo cuando ella le dedicó una mirada fulminante.
—Cállate y ve a buscarle la comida.
Yo iré a ver cómo está —dijo Lu Tianbi, arrojándole la toalla húmeda.
Hu Dengxiao la atrapó sin esfuerzo.
Tragó saliva mientras la veía marcharse.
Se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que ella por fin se fijara en él.
Mientras Lu Tianbi caminaba hacia la tienda, se detuvo y sonrió ante algo que le dijo un soldado que pasaba por allí.
La expresión de Hu Dengxiao se ensombreció.
¿Qué demonios le había dicho ese hombre para ponerla tan contenta?
Deseaba que ella le sonriera y se riera así con él.
«Deja de ser tan estúpido», se dijo Hu Dengxiao a sí mismo.
Los soldados eran sus camaradas.
Era una tontería alterarse tanto por una breve conversación, pero no podía evitarlo.
Hu Dengxiao conocía a Lu Tianbi desde que tenía uso de razón.
Ella nunca le había sonreído de la misma manera tontorrona que él.
Siempre lo había mirado, pero no de la forma en que él quería.
Ella lo veía como un amigo; él la veía como una mujer.
«Solo ve a por la comida», resopló Hu Dengxiao.
«No te quedes aquí holgazaneando», se reprendió a sí mismo.
A pesar de sus propias órdenes, se quedó clavado en el sitio, viendo cómo Lu Tianbi se dirigía a la tienda.
De repente, ella salió corriendo con una expresión de pánico.
Sus miradas se cruzaron y, en un instante, Hu Dengxiao corrió hacia ella.
—¿Qué ha pasado?
—¡La Princesa, ha desaparecido!
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