El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capítulo 9 Privilegio de Administrador y el Falso Código
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10: Capítulo 9: Privilegio de Administrador y el Falso Código 10: Capítulo 9: Privilegio de Administrador y el Falso Código El aire en el Gremio de Aventureros se había vuelto denso, cargado de una tensión eléctrica.
Los mercenarios veteranos, que normalmente no dudarían en iniciar una pelea de taberna, se mantenían en silencio, apretando las jarras de cerveza contra sus pechos.
Nadie quería cruzar miradas con los Caballeros del Reino, y mucho menos con un Héroe Invocado.
Sir Kaelith, el ‘Sabio de la Llama’, golpeó la base de su báculo contra el suelo de madera.
El rubí en la punta destelló con una chispa amenazadora.
—Repítelo, burócrata grasiento —exigió Kaelith, acercando su rostro al de Marcus, quien temblaba detrás del mostrador—.
¿Me estás diciendo que viajé tres días en carruaje, soportando el olor a estiércol de esta provincia olvidada por los dioses, solo para que me digan que mi zona de farmeo designada ya fue limpiada?
—¡S-sí, mi señor!
—chilló Marcus, cubriéndose la cabeza con los brazos—.
Fue un error administrativo…
Alguien debió tomar la misión por su cuenta antes de que llegara el edicto real…
Kaelith chasqueó la lengua con repugnancia.
—Patético.
La Iglesia me aseguró que ese nido de duendes tenía un Comandante.
Era la experiencia perfecta para subir al Nivel 30 antes del Baile de Invierno.
¿Quién fue el miserable ladrón de experiencia?
¡Exijo que lo traigan ante mí para que sea castigado por obstruir el Camino del Héroe!
Elianor, que había estado observando la rabieta desde el extremo de la barra, suspiró con una mezcla de aburrimiento y genuino desprecio.
Caminó hacia el centro, interponiéndose entre el aterrorizado Marcus y el Héroe.
—Sir Kaelith, si no me equivoco —dijo Elianor, su voz dulce y cantarina resonando en el salón en absoluto contraste con los gritos del joven—.
Las misiones del gremio operan bajo el principio de libre demanda, a menos que haya un bloqueo de Rango S.
No hubo tal bloqueo.
Quien limpió Oakhill lo hizo para salvar vidas, no para “farmear experiencia” para un baile.
Le sugiero que baje la voz.
Está asustando a mis clientes.
Kaelith parpadeó, sorprendido por la insolencia.
Luego, su mirada recorrió a Elianor de arriba abajo, deteniéndose en su hermoso rostro y su cabello platinado.
Una sonrisa arrogante y depredadora reemplazó su rabieta.
—Vaya, vaya.
Así que en este chiquero también crecen flores raras —murmuró, extendiendo una mano cubierta por un guantelete de seda y mithril para tocar un mechón del cabello de la recepcionista—.
Tienes agallas, sirvienta.
Tal vez si vienes a mi carruaje y te disculpas apropiadamente, perdone la incompetencia de este gremio.
La sombra en la habitación pareció alargarse un milímetro.
Los ojos de Elianor perdieron todo rastro de luz.
Pero antes de que el miasma de la recepcionista pudiera manifestarse y reducir al Héroe a una mancha de sangre en el suelo, el chirrido de una puerta abriéndose rompió el silencio.
Caelen salió de la sala de archivos.
No llevaba armadura superior, solo vendajes limpios y gruesos que le envolvían el torso y el hombro izquierdo, ocultando las costillas fracturadas.
Su capa oscura colgaba de su hombro derecho, y la empuñadura mecánica de su espada descansaba en su cadera.
Caminaba con una lentitud calculada, cada paso medido para no forzar su estructura ósea dañada.
—Yo limpié la aldea —dijo Caelen.
Su voz no era un grito, sino una afirmación plana, fría y desprovista de cualquier emoción que denotara intimidación—.
El servidor, la aguja y la infantería.
Todo desconectado.
Todas las miradas se clavaron en él.
Kaelith retiró la mano que iba hacia Elianor y se giró, evaluando al intruso.
Al ver los vendajes, la juventud de Caelen y la falta de equipo brillante o túnicas mágicas, el Héroe soltó una carcajada burlona.
Sus cinco caballeros de escolta se unieron a la risa, el sonido de sus armaduras chocando llenando la sala.
—¿Tú?
¿Un mocoso desnutrido y medio muerto?
—se mofó Kaelith—.
¿Qué clase eres?
¿Campesino?
¿Limpiador de letrinas?
Caelen activó [Comprensión Nvl.
7].
No para intimidarse, sino para leer el código de su enemigo.
========================================= Análisis Estructural y Mágico (Estimado): Sujeto: Kaelith (Humano Invocado) Clase: Sabio de la Llama Nivel: ~28 Observaciones: Densidad de maná extremadamente alta.
Control de flujo: Pésimo.
Postura: Desequilibrada.
El maná se filtra por sus poros como vapor inútil.
Un tanque de combustible sin válvulas de seguridad.
========================================= «Un motor sobrealimentado montado en un chasis de papel», concluyó Caelen.
—Soy de Clase Aventurero —respondió Caelen con calma, deteniéndose a dos metros del Héroe.
La risa de Kaelith se detuvo de golpe, reemplazada por una mueca de asco genuino.
—¿Clase Aventurero?
¿El basurero del Sistema?
—Kaelith escupió al suelo, a escasos centímetros de las botas de Caelen—.
Me estás mintiendo.
Un inútil de clase base jamás podría vencer a un Comandante.
Seguro encontraste a los demonios muertos por una plaga y te robaste el mérito.
¡Exijo que me entregues los núcleos y el botín!
¡Son propiedad de la corona y de mi grupo!
Kaelith levantó su báculo.
La gema de rubí comenzó a brillar intensamente, absorbiendo el oxígeno a su alrededor.
El calor en la sala se disparó.
—Te enseñaré cuál es tu lugar, escoria sin clase —siseó el Héroe—.
¡Llama Creciente!
Era un hechizo de fuego de Rango Medio, diseñado para envolver al objetivo en un pilar de fuego a más de ochocientos grados.
Los aventureros cercanos gritaron y se arrojaron al suelo.
Elianor entrecerró los ojos, lista para intervenir.
Pero Caelen no retrocedió.
Su mente se había acelerado a velocidades de procesamiento extremas.
«Tiempo de recitación del comando: 1.2 segundos.
Enrutamiento del maná desde el núcleo del usuario hasta el catalizador del báculo: 0.8 segundos.
Tiempo total de latencia antes de la ejecución: 2.0 segundos.
Absurdamente lento», pensó Caelen.
Él no necesitaba recitar comandos.
Su magia era física.
Respiración de Flujo Áureo: Micropulso.
En lugar de inundar todo su cuerpo y arriesgarse a reventar sus costillas curadas, Caelen envió una fracción de segundo de maná hiperpresurizado únicamente a su pantorrilla derecha y a su brazo derecho.
En el segundo 0.5 de la invocación de Kaelith, Caelen ya se había movido.
Cerró la distancia de dos metros como un fantasma.
Kaelith, con los ojos muy abiertos por la imposibilidad de seguir el movimiento, apenas estaba a la mitad de su encantamiento.
Caelen no sacó su espada.
Era innecesario usar el filo contra un civil sin entrenamiento de combate real.
En su lugar, usó la gruesa vaina metálica que colgaba de su cadera.
Con un movimiento de palanca rápido y brutal, Caelen golpeó la base del báculo de Kaelith con la punta de su vaina, justo en el ángulo preciso donde la madera del báculo se unía a los metales de adorno.
Física de palancas.
El impacto desestabilizó el centro de gravedad del arma, desviando la punta con el rubí ardiente hacia el techo.
En el segundo 1.0, el hechizo de Kaelith detonó prematuramente por el choque cinético.
Pero el fuego no salió hacia Caelen.
El flujo mágico, interrumpido e inestable, estalló hacia arriba y hacia atrás, envolviendo el propio rostro de Kaelith en una onda de calor negro y humo asfixiante.
—¡AAAAAARGH!
—gritó el Héroe, soltando el báculo y llevándose las manos al rostro quemado y lleno de hollín.
Cayó de rodillas, tosiendo violentamente mientras el humo llenaba sus pulmones.
El hechizo se había cortocircuitado.
Caelen se quedó de pie, mirando al Héroe Invocado retorcerse en el suelo.
Su respiración volvía a la normalidad, el micropulso desactivado en un abrir y cerrar de ojos.
No había sudado ni una gota.
—El fuego requiere un vector de dirección estable —dijo Caelen, su voz cortando los lamentos del joven como un bisturí—.
Tienes el poder de procesamiento de una supercomputadora, pero no tienes ni idea de cómo escribir el código.
Eres un administrador con contraseña robada.
Los cinco caballeros pesados, saliendo de su estupor al ver a su protegido en el suelo, desenvainaron sus espadas largas con un sonido metálico unísono.
—¡Hereje!
¡Has atacado al Sabio de la Llama!
—rugió el capitán de la escolta, levantando su arma para partir a Caelen en dos.
Caelen ni siquiera se inmutó, pero sus dedos rozaron el gatillo de su espada V.2.
Si atacaban, tendrían que lidiar con la física termodinámica.
Sin embargo, el aire en la sala se congeló.
Literalmente.
La cerveza en las jarras de los aventureros más cercanos se cristalizó.
Una bota de cuero negro y tacón bajo se posó suavemente sobre la hoja de la espada del capitán, clavándola contra el suelo de madera con la fuerza de una montaña.
Elianor estaba allí.
Su sonrisa había desaparecido por completo, dejando un rostro de porcelana gélida y despiadada.
Sus ojos azules brillaban con una intensa luz letal, y una fina capa de escarcha cubría el mostrador y el suelo a su alrededor.
—En mi gremio —susurró Elianor, y su voz sonó como hielo resquebrajándose bajo el peso de un glaciar—, las disputas terminan cuando uno de los dos cae.
Kaelith atacó primero y perdió.
Si ustedes, pedazos de hojalata mal pulida, desenfundan acero contra uno de mis aventureros bajo mi techo, me aseguraré de enviar sus cabezas a la capital en cajas separadas.
El capitán intentó liberar su espada, pero la bota de la chica pesaba toneladas.
Sintió el miasma oscuro, denso y antiguo emanando de Elianor, una presión mágica que superaba con creces a cualquier demonio que hubiera enfrentado.
El pánico se apoderó de los cinco caballeros.
Envainaron torpemente y corrieron a levantar a Kaelith, quien seguía tosiendo y llorando por las quemaduras de primer grado en su rostro.
—¡M-me las pagarás, escoria sin clase!
—bramó Kaelith entre lágrimas de dolor y humillación, arrastrado por sus guardias hacia las puertas—.
¡La Iglesia se enterará de esto!
¡Estás muerto!
Caelen los vio salir corriendo por las pesadas puertas dobles.
El silencio en el gremio era absoluto, roto únicamente por el crujido de la escarcha derritiéndose bajo las botas de Elianor.
La recepcionista suspiró, cerró los ojos por un segundo y, como por arte de magia, la monstruosa presión desapareció.
Se giró hacia Caelen, juntó sus manos y le sonrió con esa dulzura que derretía el alma.
—¡Estuviste increíble, Caelen!
—canturreó, acercándose para examinar que los movimientos no hubieran reabierto sus heridas—.
Aunque deberías haberle roto la nariz.
Ese chico no sabe usar crema hidratante.
Caelen exhaló lentamente.
Observó la puerta por la que habían huido los enviados de la capital.
Acababa de humillar a la herramienta favorita de los líderes del reino, todo en nombre de la eficiencia y la lógica.
—La fase de sigilo ha terminado —murmuró Caelen, ajustando su capa sobre su hombro herido—.
Acabamos de declarar un conflicto de intereses con el servidor central de Aethelgard.
—Lo sé —respondió Elianor, sus ojos brillando con una mezcla de peligro y absoluta diversión—.
¿Qué hacemos ahora, señor ingeniero?
Caelen miró la mochila pesada que Elianor había traído desde la sala trasera, donde descansaba el núcleo del Comandante Demoníaco.
—Ahora —dijo Caelen, sus ojos oscureciéndose con una determinación férrea—, nos preparamos para el parche de seguridad.
Necesito entrar a tu forja de inmediato.
Si van a enviar a sus “Héroes” de élite detrás de mí, voy a necesitar fuego de cobertura que la magia de este mundo no pueda entender.
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