El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capítulo 10 Exoesqueleto Reactivo y la Política del Terror
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11: Capítulo 10: Exoesqueleto Reactivo y la Política del Terror 11: Capítulo 10: Exoesqueleto Reactivo y la Política del Terror El calor de la forja subterránea era un infierno controlado, pero para Caelen, era el único lugar donde el caos del mundo exterior tenía sentido.
Llevaba veinticuatro horas sin dormir.
Su cuerpo, aún bajo los efectos de [Gestión de Daños Internos Nvl.
1], protestaba con cada movimiento brusco.
Sus costillas fracturadas estaban estabilizadas, pero sabía que un solo uso más de la Sobrecarga del Núcleo sin el tiempo de curación adecuado lo dejaría paralítico.
El problema de la [Respiración de Flujo Áureo] no era la falta de potencia, sino el exceso de la misma.
Era como instalar un motor a reacción en un carruaje de madera; tarde o temprano, la fricción y la fuerza G destrozarían el chasis.
«Necesito que el hardware soporte el software», pensó Caelen, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
«Si mi esqueleto biológico no puede soportar la tensión de mis propios impulsos cinéticos, tendré que construir uno externo.
Un exoesqueleto parcial».
Sobre el yunque de acero reforzado descansaba el núcleo del Comandante de Obsidiana.
Caelen ya lo había pulido y tallado en un dodecaedro perfecto, estabilizando su caótica energía demoníaca mediante una jaula de contención hecha con hilos de mithril puro.
El núcleo latía con una luz negra y púrpura, como un corazón mecánico sediento de acción.
Frente a él estaban los planos que había trazado con carbón sobre pergamino.
No iba a construir una armadura de placas completa; el peso y la restricción de movimiento anularían su agilidad.
Su diseño era minimalista, enfocado en las zonas de estrés crítico: la columna vertebral, las caderas, las rodillas y el brazo de la espada.
Usando su habilidad de [Sinergia Estructural y Mecánica], Caelen fundió el acero de más alta calidad del gremio con polvo de hueso de monstruo para aligerar la aleación.
Forjó una espina dorsal articulada compuesta por anillos de metal entrelazados, diseñada para anclarse sobre su cota de malla y ceñirse a su cuerpo mediante correas de cuero de Wyvern endurecido.
De la espina dorsal descendían dos soportes laterales que se acoplaban a sus botas de impacto, actuando como tendones artificiales.
A lo largo de toda la estructura, Caelen grabó micro-circuitos rúnicos, rellenándolos con plata líquida bañada en maná.
Estos circuitos conectarían los “servomotores” mágicos de las articulaciones directamente a la fuente de alimentación central: el núcleo del Comandante, que iría alojado en un receptáculo blindado en la base de la nuca, justo entre los omóplatos.
El trabajo de precisión era extenuante.
Caelen utilizaba pinzas finas para conectar los cables de mithril, creando compuertas lógicas que interpretarían los movimientos de sus músculos.
Si él intentaba correr, el exoesqueleto detectaría la contracción muscular y el maná inyectaría fuerza motriz en los soportes de las piernas una fracción de segundo antes de que él realizara el esfuerzo, reduciendo la carga biológica en un setenta por ciento.
—Protocolo de absorción de impacto —murmuró Caelen para sí mismo, ajustando los amortiguadores de resorte en las rodilleras mecánicas—.
Si aplico la Tercera Forma, el exoesqueleto debe asumir el retroceso.
Mientras Caelen desafiaba las leyes de la biomecánica en el sótano, en el piso superior, la burocracia del Reino de Aethelgard intentaba estrangular a Oakhaven.
Elianor estaba sentada en la oficina del Maestro del Gremio, un anciano que actualmente se encontraba “indispuesto” (encerrado en un armario por su propia seguridad, por cortesía de la recepcionista).
Frente a ella, sudando profusamente, estaba un Halcón Mensajero de la Capital, un ave mágica que proyectaba la imagen holográfica de un Inquisidor de la Iglesia.
—…y por lo tanto, el individuo que agredió al Sabio de la Llama, Sir Kaelith, es declarado un Hereje de Clase Tres —decía el holograma del Inquisidor, su voz cargada de fanatismo—.
El Gremio de Oakhaven tiene cuarenta y ocho horas para entregar al criminal, o se enviará un batallón de Paladines para purgar la sucursal entera por albergar enemigos de la corona.
Elianor apoyó la barbilla en sus manos entrelazadas.
Su sonrisa era gélida.
—Su Eminencia —canturreó Elianor, su tono destilando veneno envuelto en miel—.
Permítame corregir su informe.
Sir Kaelith, en un ataque de histeria incomprensible, detonó su propio hechizo en un espacio cerrado y lleno de civiles, violando el Artículo Cuatro del Tratado de Aventureros.
Nuestro joven agremiado simplemente intentó proteger el mobiliario.
—¡Blasfemia!
¡La palabra de un Héroe es absoluta!
—bramó el Inquisidor holográfico—.
¡Entreguen al hereje o ardan con él!
Elianor dejó escapar un suspiro exagerado, como una madre lidiando con un niño berrinchudo.
Extendió una mano de uñas perfectamente arregladas hacia la proyección holográfica.
El miasma oscuro, denso y glacial brotó de sus dedos.
En lugar de simplemente apagar la proyección, el maná de Elianor viajó a través del enlace mágico de comunicación, un acto que requería un poder y un control obscenos.
Al otro lado de la conexión, a cientos de kilómetros en la capital, el Inquisidor soltó un grito de terror cuando el cristal de comunicación de su escritorio se agrietó y se volvió negro como el carbón, congelando la mitad de su habitación.
El Halcón Mensajero en la oficina de Elianor estalló en una nube de plumas inofensivas.
—Bloatware —dijo Elianor, recordando la extraña pero precisa palabra que Caelen había usado—.
Mucho ruido, poca eficiencia.
La puerta de la oficina se abrió con un leve chirrido.
Caelen entró.
Elianor parpadeó, y por primera vez en mucho tiempo, su compostura casi se rompe.
Caelen vestía una camisa negra ajustada sin mangas, sobre la cual llevaba acoplada su nueva creación.
El exoesqueleto parcial se ceñía a su cuerpo como una segunda columna vertebral de acero oscuro y plata.
El núcleo del Comandante, anclado en su espalda, emitía un zumbido de baja frecuencia que hacía vibrar el aire, pulsando con una luz violeta que corría por los conductos de las piernas y su brazo derecho.
No parecía un paladín ni un héroe de cuento; parecía un arma de asedio antropomórfica.
—Terminaste —dijo Elianor, sus ojos brillando con una mezcla de fascinación y peligro.
—Armadura Cinética de Soporte Parcial, Versión 1.0 —confirmó Caelen.
Su voz sonaba diferente, un poco más metálica debido a la leve vibración del núcleo cerca de su nuca—.
Las pruebas de diagnóstico fueron un éxito.
El sistema externo asume el desgaste de la aceleración.
Ya no me romperé los huesos al usar la fuerza máxima.
Caelen dio un paso adelante.
Sus botas de impacto, ahora conectadas al exoesqueleto, no hicieron el menor ruido, pero la madera del piso crujió bajo la presión concentrada.
—Escuché la transmisión mágica —dijo él, mirando los restos del halcón en el suelo—.
Cuarenta y ocho horas para que envíen Paladines.
—Son unos idiotas presuntuosos —bufó Elianor, cruzándose de brazos—.
Creen que son la máxima autoridad porque los demonios aún no han llegado a sus palacios de mármol.
Pero no me preocupan los Paladines, Caelen.
Puedo desaparecer a un batallón entero en los pantanos antes de que vean las murallas de Oakhaven y culpar a los monstruos.
Lo que me preocupa es el vacío que dejaste en el este.
Caelen asintió, su mente pasando al modo táctico instantáneamente.
—El servidor central de Oakhill cayó.
Pero los Demonios de la Ceniza son una mente colmena descentralizada.
Al matar al Comandante, activé un protocolo de falla del sistema enemigo.
Los nodos menores dispersos por la frontera sentirán la pérdida del miasma líder y convergerán para proteger el territorio reclamado o vengar la pérdida.
Elianor sacó un mapa a gran escala de la frontera y lo extendió sobre el escritorio.
—Mis informantes (los pocos cuervos y sombras que aún responden a mis llamadas) reportan movimiento masivo en el Valle de la Ceniza.
No es una patrulla, Caelen.
Es una estampida.
Miles de Demonios Menores, Goblins del Fango, y al menos tres Bestias de Asedio.
Vienen hacia Oakhaven.
—Tiempo estimado de llegada —pidió Caelen, apoyando sus manos enguantadas en metal sobre el mapa.
—Mañana al anochecer.
Caelen procesó la variable.
Un ejército demoníaco en veinticuatro horas.
La Iglesia y la Capital les habían dado la espalda por herir el ego de su preciado Héroe; no habría refuerzos.
Oakhaven, con sus muros de madera y piedra barata, y sus aventureros ebrios, sería arrasada hasta los cimientos en menos de una hora.
—Si esperamos detrás de los muros, nos sitiarán y nos ahogarán en miasma —analizó Caelen, tocando un punto en el mapa—.
Hay que cambiar la topología del campo de batalla.
Forzarlos a un cuello de botella geográfico.
Señaló el Cañón de los Ecos, un paso estrecho a cinco kilómetros al este de la ciudad.
—Si logramos que la vanguardia enemiga entre al cañón, su superioridad numérica se anula.
Pero necesitamos explosivos.
Cargas de profundidad, alquimia inflamable, todo lo que el gremio tenga en sus reservas.
Y necesito que evacuen a los civiles de la periferia de la ciudad hacia el interior de las murallas.
Elianor lo miró con fijeza.
En este mundo, un Nivel 1 jamás daría órdenes, y mucho menos plantearía una estrategia de guerra a escala real contra un ejército demoníaco.
Pero Caelen no era un Nivel 1.
Era una anomalía matemática.
—Tomaré el control del gremio —declaró Elianor, su sonrisa volviendo, esta vez afilada como una guadaña—.
Marcus y el Maestro del Gremio tendrán unas “vacaciones forzadas”.
Movilizaré a todos los Rangos Plata y Bronce hacia el cañón.
Pero Caelen…
—su tono se suavizó un poco, volviéndose sombrío—, las Bestias de Asedio tienen armaduras que ni la magia de nivel avanzado puede penetrar.
Son fortalezas vivientes.
Caelen llevó la mano derecha a la empuñadura de su espada mecánica.
El exoesqueleto zumbó, sincronizando la tensión de sus músculos con el núcleo del Comandante en su espalda.
========================================= Alerta del Sistema: Condición de estrés extremo detectada.
Evaluación de capacidad armamentística: [Óptima].
—Déjame las fortalezas a mí —dijo Caelen, sus ojos reflejando una frialdad absoluta—.
Vamos a enseñarles a los demonios y a la capital lo que pasa cuando te enfrentas a un sistema que se niega a fallar.
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