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El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 9

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  3. Capítulo 9 - 9 Capítulo 8 Modo de Recuperación y el Bloatware del Reino
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9: Capítulo 8: Modo de Recuperación y el Bloatware del Reino 9: Capítulo 8: Modo de Recuperación y el Bloatware del Reino Los veinte kilómetros de regreso a Oakhaven no fueron una caminata; fueron un ejercicio de gestión de fallos catastróficos.

Para cuando las puertas de madera oscura de la ciudad fronteriza aparecieron en el horizonte, Caelen ya no caminaba con la fluidez de un depredador, sino con la rigidez de una máquina con los engranajes oxidados.

Su pasiva, [Gestión de Daños Internos Nvl.

1], actuaba como un programa en segundo plano, desviando minúsculas cantidades de maná para mantener selladas las fisuras de sus costillas y evitar hemorragias en sus órganos.

Era un parche temporal, y la batería se estaba agotando.

Caelen cruzó las puertas al anochecer.

Su capa estaba hecha jirones, su rostro pálido estaba manchado de sangre seca y hollín, y arrastraba su pesada mochila como si contuviera plomo.

Los guardias, acostumbrados a ver aventureros regresar en mal estado, apenas le prestaron atención.

El Gremio de Aventureros estaba en su hora pico.

El estruendo de risas, choques de jarras y cantos de taberna inundaba el aire.

Caelen empujó las puertas dobles con su hombro sano y entró.

El calor del lugar lo golpeó, y por un microsegundo, su sistema de alerta bajó la guardia.

Tropezó levemente.

—¡Fíjate por dónde caminas, basura!

—bramó un mercenario de Rango Bronce, empujando a Caelen por el hombro herido para abrirse paso hacia la barra.

El impacto resonó directamente en las costillas fracturadas de Caelen.

Un dolor blanco y cegador le atravesó el torso.

Su mano voló instintivamente hacia la empuñadura de su espada, su cerebro intentando forzar un Modo de Combate a pesar del colapso inminente.

Pero la temperatura del salón cayó en picado antes de que pudiera desenvainar.

El ruido del gremio no se apagó gradualmente; se cortó de tajo, como si alguien hubiera asfixiado la habitación entera.

El mercenario que había empujado a Caelen se congeló en su lugar, el color abandonando su rostro mientras una sombra antinatural se proyectaba sobre él.

Detrás del mostrador, Elianor había dejado de limpiar jarras.

Su sonrisa dulce había desaparecido, reemplazada por una expresión de frialdad abisal.

Sus hermosos ojos azules parecían haberse oscurecido hasta volverse casi negros, y el miasma mágico que emanaba de su cuerpo agrietó la madera de la barra.

Era la encarnación de la muerte en un vestido de recepcionista.

—Vuelve a ponerle una mano encima —susurró Elianor, y aunque su voz fue baja, resonó en los cráneos de todos los presentes—, y te garantizo que usaré tu columna vertebral como perchero para abrigos.

Pide disculpas.

Ahora.

El mercenario, temblando tan violentamente que dejó caer su espada, se arrodilló en el suelo.

—¡L-lo siento!

¡No lo vi!

¡Por los dioses, lo siento!

—sollozó el hombre, aterrorizado.

La presión mágica se desvaneció tan rápido como un interruptor apagándose.

Elianor parpadeó, y la dulce, angelical y maternal sonrisa volvió a su rostro como si nada hubiera pasado.

Saltó ágilmente por encima del mostrador y corrió hacia Caelen, ignorando por completo al mercenario arrodillado.

—¡Caelen!

¡Por los cielos, mírame!

—exclamó Elianor, su tono ahora lleno de un pánico genuino y protector.

Sus manos, suaves pero firmes, sostuvieron el rostro del chico, examinando la palidez de su piel y la sangre seca—.

Estás helado.

Y tu respiración es irregular.

Caelen, desorientado por el repentino cambio de personalidad y la inusual proximidad de la chica, intentó apartarse por puro instinto defensivo, pero no tenía fuerzas.

El leve aroma a flores silvestres y té que la rodeaba hizo cortocircuito con su mente pragmática.

Era una sensación…

incómoda, pero extrañamente reconfortante.

—Solo…

fallas estructurales menores.

El hardware principal sigue en línea —murmuró Caelen, su voz ronca y apenas audible.

—Hardware mis polainas, estás a punto de colapsar —lo regañó Elianor, frunciendo el ceño con adorabilidad.

Sin pedir permiso, pasó un brazo del chico sobre sus hombros y, con una fuerza física que contradecía su frágil apariencia, lo levantó casi en vilo—.

A la sala trasera.

Ahora.

Nadie nos moleste si aprecian sus extremidades.

En la sala de archivos aislada acústicamente, Elianor recostó a Caelen sobre un sofá de cuero gastado.

Con eficiencia clínica, cortó la camisa ensangrentada del chico, revelando el torso hipermusculado cubierto de moretones oscuros y la herida cauterizada en su costado.

Elianor suspiró, sus manos brillando con una luz verde esmeralda pura y cálida.

Magia Blanca de alto nivel.

A diferencia de la ruda Gestión de Daños Internos de Caelen, la magia de Elianor fluía como un bálsamo, relajando los músculos tensos y uniendo las microfisuras de los huesos sin causar dolor.

—Eres un idiota imprudente —murmuró ella, concentrada en la curación—.

Te dije que cortaras sus vías de suministro, no que pelearas una guerra tú solo.

Tu núcleo de maná está casi frito.

¿Qué demonios hiciste, Caelen?

Caelen, sintiendo que el dolor remitía y su mente volvía a operar con claridad, señaló la pesada bolsa de cuero que había dejado caer en el suelo.

—El servidor central estaba protegido.

Tuve que forzar un reinicio del sistema —respondió, su tono recuperando la neutralidad de siempre—.

Ábrela.

Elianor lo miró con escepticismo, limpiándose las manos antes de acercarse a la bolsa.

Desató los cordones de cuero y miró en su interior.

Sus ojos se abrieron de par en par.

Retrocedió un paso, llevándose una mano a la boca.

Sobre la lona ensangrentada descansaba el núcleo mágico del Comandante de Obsidiana.

Era del tamaño de un melón, negro como la brea, y pulsaba con una energía residual tan densa que distorsionaba el aire a su alrededor.

—Por los dioses oscuros…

—susurró Elianor, la fachada de recepcionista cayendo por completo frente al asombro—.

Eso es…

Caelen, eso es un núcleo de General de la Ceniza.

Son la élite de la vanguardia demoníaca.

Se supone que se necesita un batallón de cien hombres o un Héroe de clase alta para abatir a uno.

—La fuerza bruta es ineficiente si la aplicas en el lugar equivocado.

Corté sus tendones articulares y fracturé su arma usando física de impacto —explicó Caelen con naturalidad, como si estuviera leyendo un manual técnico—.

La aguja de miasma en Oakhill está desconectada.

El nodo de teletransporte falló.

Elianor lo miró fijamente durante un largo minuto.

La mezcla de incredulidad, respeto y una pizca de temor en sus ojos era evidente.

Luego, una sonrisa salvaje y calculadora se dibujó en sus labios.

—Con este núcleo, el Gremio de la Capital pagaría al menos doscientas monedas de oro, sin hacer preguntas —dijo ella, evaluando la gema—.

Pero si lo reportamos, sabrán que alguien en Oakhaven tiene el poder de alterar el equilibrio.

Te cazarán, Caelen.

La Iglesia te tildará de hereje por no ser un “Héroe Bendecido” y los nobles te querrán como arma personal.

—No planeaba venderlo —respondió Caelen, sentándose lentamente en el sofá—.

Es mi nueva fuente de alimentación.

Mi espada mecánica versión 2.0 consumió mucha energía, pero con esto, podré forjar un exoesqueleto o un cañón de riel de maná.

Elianor soltó una carcajada cristalina, sacudiendo la cabeza.

—Estás loco.

Maravillosamente loco.

Mantendremos esto en secreto.

Te transferiré cincuenta monedas de oro de mis fondos personales por el asesinato del General y la limpieza de Oakhill.

Oficialmente, la misión nunca existió.

Antes de que Caelen pudiera asentir, un estruendo metálico proveniente del salón principal hizo vibrar las paredes de la sala aislada.

Alguien había pateado las pesadas puertas del gremio con demasiada fuerza.

Elianor frunció el ceño, su aura volviéndose hostil de nuevo.

—Quédate aquí y descansa —le ordenó a Caelen—.

Iré a ver qué insecto está haciendo ruido en mi recepción.

Caelen asintió, pero en cuanto ella cerró la puerta, se puso de pie.

Ignorando las protestas de sus músculos recién curados, tomó su espada y se acercó a la puerta, abriéndola apenas una rendija para observar y escuchar.

En el centro del gremio, el silencio había vuelto a caer, pero esta vez no por el terror que inspiraba Elianor, sino por la arrogancia de los recién llegados.

Eran seis individuos.

Cinco de ellos vestían armaduras de placas relucientes con el emblema del Sol de Aethelgard grabado en el pecho: los Caballeros del Reino.

Caelen activó su [Comprensión Nvl.

7] al instante, evaluándolos.

«Placas de acero pulido.

Estéticamente impresionantes, pero el peso está mal distribuido.

El centro de gravedad es demasiado alto.

Visión periférica nula por el diseño de los yelmos.

Son unidades de desfile, no de combate táctico.

Bloatware puro», diagnosticó Caelen con desdén.

Pero el líder del grupo no llevaba armadura completa.

Era un joven de unos dieciocho años, rubio, apuesto y con una sonrisa de suficiencia que irradiaba superioridad.

Llevaba una túnica de seda azul y dorada sobre una cota de malla ligera, y sostenía un báculo incrustado con rubíes que zumbaba con maná elemental.

—¡Escuchen, campesinos de la frontera!

—anunció el joven rubio, su voz amplificada mágicamente para resonar en el gremio—.

Soy Sir Kaelith, el ‘Sabio de la Llama’, invocado por su majestad el Rey para purgar este mundo.

Hemos venido a esta aldea polvorienta para limpiar un nido de duendes que sus patéticos aventureros no han podido manejar en Oakhill.

Marcus, el oficinista corrupto, salió de detrás del mostrador sudando a mares y se inclinó hasta casi tocar el suelo.

—¡S-Sir Kaelith!

¡Es un inmenso honor!

—balbuceó Marcus—.

Pero…

verán…

el problema en Oakhill ya ha sido…

eh…

gestionado.

Kaelith frunció el ceño, claramente molesto porque le habían quitado su oportunidad de brillar frente a sus escoltas.

—¿Gestionado?

¿Por quién?

—exigió el Héroe Invocado, mirando con asco a los mercenarios mugrientos del salón—.

Seguramente fue una escaramuza menor.

La Iglesia me aseguró que había una gran concentración de miasma, perfecta para probar mi magia de área.

¿Quién arruinó mi campo de entrenamiento?

Caelen, mirando por la rendija, apretó la empuñadura de su espada.

«Campo de entrenamiento».

Así llamaban a la aldea donde decenas de niños habían estado a punto de morir encadenados.

Veían a los demonios como monstruos de un videojuego puestos allí para darles puntos de experiencia.

Eran la máxima expresión de un sistema corrupto y fallido.

Y Caelen sabía, con fría certeza lógica, que tarde o temprano, su camino y el de estos “Héroes” de cristal chocarían violentamente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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