El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 11 Producción Limitada y las Piezas del Tablero
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12: Capítulo 11: Producción Limitada y las Piezas del Tablero 12: Capítulo 11: Producción Limitada y las Piezas del Tablero El yunque estaba al rojo vivo, pero las manos de Caelen estaban frías, casi entumecidas por la precisión quirúrgica que exigía su tarea.
El plan original de minar todo el Cañón de los Ecos había chocado frontalmente con la cruda realidad de la manufactura.
Caelen no era una fábrica industrial; era un solo ingeniero trabajando con herramientas medievales y un suministro de maná biológico limitado.
Su clase [Aventurero] hacía que canalizar maná fuera como intentar pasar un océano por una aguja.
Cada Carga de Profundidad Rúnica le tomaba seis horas de trabajo ininterrumpido.
El proceso requería grabar circuitos microscópicos en cilindros de hierro, rellenarlos con polvo de mithril y sellarlos con un núcleo menor inestable.
Un solo error milimétrico en la compuerta lógica de la runa, y la carga detonaría en sus manos, volando el gremio entero.
Tras dieciocho horas de agonía mental y física, Caelen colapsó contra la pared de piedra de la forja.
Solo había logrado fabricar cuatro cargas.
Cuatro.
Para detener a un ejército de miles.
—El cuello de botella de la producción artesanal —murmuró Caelen, limpiándose la sangre de la nariz.
El exoesqueleto parcial en su espalda zumbó en un tono bajo, como si compartiera su frustración—.
La automatización es imposible sin la infraestructura adecuada.
Tendré que optimizar el uso de los recursos disponibles.
Tomó las cuatro pesadas cargas cilíndricas, las guardó en su mochila acolchada y subió las escaleras hacia el salón principal.
El panorama en el Gremio de Aventureros era desolador.
La noticia del ejército demoníaco en aproximación y de la condena de la Inquisición había vaciado Oakhaven.
Los nobles locales, los comerciantes ricos y los aventureros de Rango Oro y Plata habían huido hacia la capital durante la madrugada, cobardes envueltos en sedas y armaduras brillantes.
Solo quedaban unos treinta aventureros en el salón.
Rangos Cobre y Bronce.
Los marginados, los endeudados, y aquellos que no tenían a dónde huir porque sus familias vivían en las aldeas circundantes.
En el centro de la sala, Elianor estaba sentada sobre el escritorio de asignaciones.
A sus pies, atado y amordazado, yacía Marcus, el oficinista corrupto.
—Atención, escoria valiente —anunció Elianor con su habitual voz dulce, aunque sus ojos eran témpanos de hielo—.
La capital nos ha abandonado.
Los cobardes huyeron.
Solo quedamos nosotros para evitar que Oakhaven sea borrada del mapa antes del amanecer.
Y para liderar esta locura, les presento al nuevo administrador del gremio.
Señaló a Caelen.
Hubo murmullos de incredulidad.
Veían a un chico de dieciséis años, pálido, con vendas asomando por debajo de su ropa y un extraño arnés metálico aferrado a su espalda.
Un hombre inmenso, de casi dos metros y medio de altura, con cicatrices cruzándole el rostro calvo y sosteniendo un escudo torre que parecía la puerta de una fortaleza, dio un paso al frente.
Era Bram, un [Defensor] de Rango Bronce, estancado en ese nivel porque su clase carecía de habilidades ofensivas.
—Con todo respeto, señorita Elianor —gruñó Bram, su voz como rocas chocando—.
Sé que usted da miedo, pero no voy a seguir a un novato de Nivel 1 a una muerte segura.
Las Bestias de Asedio nos aplastarán antes de que podamos levantar las espadas.
A su lado, una joven semi-humana de la tribu lince, con orejas felinas aplastadas contra su cabeza y dos dagas curvas en el cinturón, asintió nerviosamente.
Se llamaba Lyra, una [Rastreadora] que los grupos grandes siempre usaban como cebo por su velocidad, desechándola a la hora de repartir el botín.
—Bram tiene razón —murmuró Lyra—.
Somos los restos del gremio.
Somos inútiles contra un ejército organizado.
Caelen caminó hacia ellos.
Sus botas de impacto no hicieron ruido, pero la presencia que emanaba, respaldada por el zumbido eléctrico del núcleo del Comandante en su espalda, hizo que el salón guardara silencio.
Se detuvo frente a Bram.
Evaluó el escudo torre del hombre grande.
Era hierro grueso, pero el agarre interno era estándar, lo que significaba que el impacto de una Bestia de Asedio le destrozaría los brazos antes de romper el escudo.
Caelen sacó de su cinturón una pesada cuña de acero de tungsteno forjada a presión y se la entregó a Bram.
—No eres inútil, Bram.
Eres un muro de carga mal anclado —dijo Caelen, su voz calmada y clínica—.
Soldaré esta cuña a la base de tu escudo en la próxima hora.
Cuando embistan, no usarás tus brazos para detenerlos.
Clavarás la cuña en la tierra, angularás el escudo a cuarenta y cinco grados, y dejarás que la inercia del suelo absorba el impacto.
Eres el pilar principal de nuestra defensa.
Bram parpadeó, mirando la cuña de acero y luego al chico.
Por primera vez en diez años, alguien no le decía que golpeara más fuerte, sino que le daba una solución mecánica real a su problema táctico.
Caelen se giró hacia Lyra y le lanzó un pequeño cilindro metálico con un pasador.
La chica lince lo atrapó al vuelo con reflejos sobrehumanos.
—Lyra, tu velocidad de procesamiento y reflejos superan al noventa por ciento de los caballeros de la capital.
Tu problema es la falta de daño balístico —explicó Caelen—.
Ese es un detonador rúnico de destello.
Cuando la vanguardia entre al cañón, te infiltrarás por las cornisas.
No atacarás.
Cegarás a sus rastreadores y marcarás sus posiciones para mis detonaciones.
Eres los ojos del sistema.
Lyra apretó el cilindro contra su pecho.
Sus orejas felinas se enderezaron levemente.
Nadie le había asignado un rol estratégico antes; siempre había sido carne de cañón.
Caelen miró a los treinta aventureros restantes.
—No les pido que confíen en la fe, ni en los dioses, ni en un héroe de la capital —declaró Caelen en voz alta, su exoesqueleto brillando tenuemente con luz violeta en las juntas—.
Confíen en la física.
El Cañón de los Ecos tiene quince metros de ancho.
Treinta hombres organizados con precisión matemática pueden sostener un cuello de botella contra mil.
Yo volaré los acantilados para crear la barrera.
Ustedes solo tienen que masacrar a los que intenten trepar por los escombros.
¿Comprendido?
Bram golpeó su enorme puño contra su pecho acorazado, un sonido sordo que resonó en el salón.
Lyra asintió con una sonrisa feroz.
Los treinta aventureros, los descartados del sistema, alzaron sus armas con un grito de guerra que no nacía de la esperanza, sino de la pura y terca voluntad de sobrevivir.
Caelen acababa de forjar sus primeros engranajes aliados.
Cañón de los Ecos – 18:00 Horas El sol se ocultaba tras los picos escarpados, bañando el estrecho desfiladero en sombras alargadas.
El aire estaba inusualmente quieto, espeso con el olor a azufre y carne podrida que anunciaba la llegada del miasma.
El cañón era una garganta de piedra natural de dos kilómetros de largo.
Caelen había distribuido a sus treinta aventureros en la salida oeste, formando una falange de escudos detrás de las barricadas de estacas de madera.
Bram lideraba el centro, su escudo anclado firmemente a la roca con la modificación de Caelen.
Caelen estaba a cien metros más adelante, de pie en el centro del cañón, completamente solo.
A sesenta metros sobre él, Lyra y otros dos rastreadores estaban ocultos en los salientes de la pared del acantilado, invisibles en la oscuridad.
Las cuatro Cargas de Profundidad Rúnica estaban incrustadas en puntos de tensión estructural calculados en la roca caliza, a ambos lados del paso.
—Iniciando secuencia de diagnóstico —murmuró Caelen.
El exoesqueleto zumbó.
Los conectores neurales simulados en su espina dorsal artificial se activaron.
Sintió la energía fría y oscura del núcleo del Comandante fluyendo a través de los cables de mithril, entrelazándose con su propio maná.
El suelo comenzó a temblar.
Primero fue una vibración sutil, como el latido de un corazón lejano.
Luego, pequeñas piedras comenzaron a desprenderse de las paredes del cañón.
Un mar de oscuridad se derramó por la entrada este del desfiladero.
Eran Goblins del Fango, cientos de ellos, babeando ácido, seguidos por formaciones cerradas de Demonios de la Ceniza.
La marea negra llenó el cañón, empujándose unos a otros en su prisa por devorar la ciudad humana que tenían por delante.
Pero lo que hizo que la sangre de los aventureros en la retaguardia se helara fue lo que marchaba en el centro de la formación.
Tres Bestias de Asedio.
Eran criaturas cuasi-arácnidas del tamaño de casas pequeñas, con caparazones de hueso negro invulnerables a la magia convencional, múltiples patas afiladas como lanzas y fauces diseñadas para triturar murallas de piedra.
El ejército demoníaco vio a Caelen, una figura solitaria bloqueando el camino.
Los Goblins chillaron de júbilo y aceleraron el paso, viéndolo como un aperitivo.
Caelen no se movió.
Su [Comprensión Nvl.
7] analizaba el avance de las tropas.
Ochenta metros.
Cincuenta metros.
Treinta metros.
«Las bestias de asedio están en la zona de muerte», calculó.
Levantó su brazo izquierdo e hizo una señal de corte con la mano.
Desde lo alto de los acantilados, Lyra arrojó el cilindro destellante.
Explotó en el aire con una luz blanca y cegadora que arrancó chillidos de dolor a los demonios adaptados a la oscuridad.
El caos momentáneo detuvo el avance de la vanguardia.
Era el momento.
Caelen canalizó su maná hacia el exoesqueleto, enviando una señal de detonación simultánea a las compuertas lógicas de las cuatro cargas en las paredes del cañón.
¡BOOOOOOOOOOM!
El sonido no fue una explosión convencional; fue el rugido de la tierra partícipe de su propia destrucción.
Las paredes del Cañón de los Ecos reventaron hacia adentro.
Miles de toneladas de roca caliza, polvo y escombros cayeron como una avalancha colosal directamente sobre el centro de la formación demoníaca.
Decenas de demonios menores fueron aplastados al instante.
Dos de las Bestias de Asedio emitieron un alarido gutural cuando rocas del tamaño de carretas impactaron contra sus caparazones, inmovilizándolas bajo el derrumbe masivo.
Una nube de polvo asfixiante cubrió el desfiladero.
El cuello de botella se había cerrado.
Caelen había creado un muro de escombros intransitable de diez metros de altura en medio del cañón.
Pero el plan no era perfecto.
A través de la nube de polvo, un rugido aterrador partió el aire.
La tercera Bestia de Asedio, que marchaba en la extrema vanguardia, había escapado al epicentro del derrumbe.
Estaba herida, con el caparazón agrietado, pero su furia era absoluta.
Detrás de ella, unos cincuenta Demonios de la Ceniza habían sobrevivido a la caída de rocas.
La Bestia de Asedio fijó sus ocho ojos inyectados en sangre en Caelen y cargó.
Su masa de diez toneladas hacía temblar la tierra con cada paso, bajando la cabeza para embestirlo como un ariete viviente.
—Retirada táctica —se dijo Caelen.
Pero no huyó hacia la línea de escudos de Bram.
Se quedó exactamente en la trayectoria de la bestia.
Inhaló.
Respiración de Flujo Áureo: Cuarta Forma – Resonancia Mecánica.
El núcleo en su espalda aulló.
El exoesqueleto brilló con un morado cegador.
Los soportes en sus piernas se anclaron al suelo rocoso, los pistones comprimiéndose al límite absoluto.
No iba a huir.
Iba a probar la tolerancia estructural de su obra maestra frente al equivalente biológico de un tren de carga.
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