El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 13
- Inicio
- El Aventurero Anómalo de Tártaro
- Capítulo 13 - 13 Capítulo 12 Tolerancia Estructural y el Ancla de Acero
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
13: Capítulo 12: Tolerancia Estructural y el Ancla de Acero 13: Capítulo 12: Tolerancia Estructural y el Ancla de Acero La Bestia de Asedio arácnida era una pesadilla biológica diseñada con un solo propósito: demolición frontal.
Era una masa de diez toneladas de quitina negra superpuesta, músculo purulento y furia ciega, embistiendo a través de la densa nube de polvo de piedra caliza.
El suelo del cañón se estremecía con la violencia de un terremoto localizado.
Sus ocho patas, terminadas en espolones aserrados parecidos a guadañas, trituraban la roca viva a su paso, mientras sus mandíbulas destilaban un ácido espeso que siseaba y burbujeaba al contacto con la tierra.
Era el equivalente en carne y hueso de un ariete de asedio lanzado a cincuenta kilómetros por hora.
Caelen, anclado en el centro del estrecho desfiladero, parecía poco más que un guijarro en la trayectoria de un desprendimiento de rocas.
A ochenta metros a sus espaldas, la línea de defensa de los aventureros contuvo el aliento en un silencio sepulcral.
Bram, el gigante calvo, apretó la mandíbula hasta que sus encías sangraron, su enorme escudo torre vibrando en simpatía con el temblor de la tierra.
En lo alto de la cornisa este, Lyra apretó los dientes, sacando instintivamente otra granada cegadora de su cinturón.
Pero Caelen había levantado la mano en una señal militar estricta e irrevocable: No intervenir.
Mantener posiciones.
El ingeniero respiró.
Respiración de Flujo Áureo: Cuarta Forma – Resonancia Mecánica.
El exoesqueleto zumbó, emitiendo un sonido agudo, eléctrico y penetrante que cortó el aire pesado del cañón.
Caelen no concentró el maná en sus propios músculos biológicos; forzar ese nivel de energía lo habría destrozado desde adentro.
En su lugar, canalizó el flujo directamente hacia las articulaciones metálicas, sobrecargando los servomotores rúnicos incrustados a la altura de sus rodillas, caderas y la base de su columna.
La plata líquida que corría por los grabados de la armadura brilló con una intensidad violeta cegadora, alimentada por el furioso núcleo del Comandante de Obsidiana alojado en su nuca.
«Física de colisiones elementales», calculó Caelen, su mente operando en un estado de hiperconcentración absoluta, donde el tiempo parecía ralentizarse como un reloj defectuoso.
«Masa por aceleración.
Si intento detener un objeto de diez toneladas en movimiento con fuerza bruta o un escudo mágico estacionario, mi columna se partirá en múltiples astillas, sin importar cuánto maná inyecte en el exoesqueleto.
No puedo detener el vector de impacto.
Tengo que redirigirlo usando su propia inercia contra su centro de gravedad».
La bestia estaba a diez metros.
A cinco.
Bajó su inmensa cabeza acorazada, apuntando dos cuernos frontales del grosor de troncos de roble directamente hacia el pecho del humano.
Caelen flexionó las rodillas.
Los gruesos resortes de mithril y acero en sus botas de impacto se comprimieron al máximo, gimiendo bajo la presión de absorber su propio peso y la energía cinética acumulada.
En la fracción de segundo antes de que los cuernos lo empalaran, Caelen no retrocedió, ni intentó bloquear.
Se deslizó por debajo de la guardia del monstruo.
Utilizando la espesa nube de polvo calizo como cobertura visual y el impulso explosivo almacenado en sus botas, se lanzó hacia adelante, casi a ras del suelo pedregoso.
Los cuernos de la bestia pasaron a milímetros por encima de su cabeza, rasgando el aire y creando un vacío que tiró de su capa.
Caelen se encontraba ahora en la zona más peligrosa posible: directamente debajo del colosal tórax del monstruo, inmerso en un bosque de patas punzantes que se movían como pistones mortales intentando pisotearlo.
¡CLACK!
El pulgar de Caelen apretó el gatillo en la empuñadura de su Espada V.2 a máxima presión.
La detonación de la compuerta lógica resonó como un disparo de cañón en el reducido espacio bajo la bestia.
Pero Caelen no había desenfundado la hoja de mithril para asestar un tajo; había apuntado la pesada vaina metálica hacia el suelo rocoso y la hoja hacia arriba.
El impulso supersónico clavó la espada profundamente en la única junta blanda del abdomen inferior del monstruo, donde las gruesas placas de quitina se superponían para permitirle movilidad.
La hoja penetró la carne con un crujido húmedo.
Una bestia de ese tamaño y vitalidad no moriría por una simple herida punzante en el estómago, y Caelen lo sabía.
No buscaba matarla con ese golpe.
Buscaba usarla como el fulcro de una palanca.
—Sincronización máxima.
Anclaje total —ordenó Caelen a su exoesqueleto, apretando los dientes mientras el sabor a hierro llenaba su boca.
El núcleo en su espalda estalló en un resplandor que iluminó el vientre de la bestia de color púrpura.
Caelen, aún aferrado con ambas manos a la empuñadura de su espada clavada en las entrañas del monstruo, plantó ambas botas en las hendiduras del suelo rocoso.
Los pistones de sus piernas mecánicas se bloquearon de golpe con un estruendo metálico.
El exoesqueleto, alimentado por el poder de un General Demonio, asumió repentinamente la carga de la inercia de diez toneladas que intentaban seguir su curso hacia adelante.
El resultado físico fue inmediato y devastador.
Al detenerse bruscamente el punto de anclaje inferior (la espada y los brazos de Caelen), mientras la enorme masa superior del cuerpo de la bestia seguía moviéndose a toda velocidad, el centro de gravedad del monstruo se invirtió con una violencia brutal.
La Bestia de Asedio fue literalmente catapultada hacia adelante y hacia arriba por su propio impulso irrefrenable, dando una voltereta antinatural sobre sí misma.
El crujido de su espina dorsal y de sus placas internas partiéndose bajo la torsión sonó como un viejo galeón rompiéndose contra los arrecifes.
La mole de diez toneladas voló por encima de Caelen y se estrelló pesadamente de espaldas contra el suelo del cañón, a varios metros de distancia, levantando una nueva y gigantesca nube de polvo, ácido y escombros.
Sus ocho patas se agitaron espasmódicamente en el aire, inútiles al estar boca arriba, su coraza resquebrajada perdiendo fluidos negros.
Caelen, que había soltado la empuñadura en el milisegundo exacto del giro para evitar dislocarse los hombros o ser aplastado, aterrizó suavemente sobre un pie.
Su respiración era áspera y entrecortada.
Los servomotores de sus piernas emitían un leve siseo de humo blanco debido al sobrecalentamiento crítico de las runas, pero la estructura de aleación de acero y hueso de wyvern había resistido.
El hardware había soportado la ejecución del software.
Con paso metódico, caminó hacia la bestia inmovilizada que chillaba de dolor.
Recuperó su espada mecánica, que seguía medio clavada en el abdomen expuesto, y con un corte transversal rápido, quirúrgico y sin piedad, le destrozó el núcleo interno primario.
La Bestia de Asedio dejó de agitarse de inmediato, convirtiéndose en otra montaña de carne muerta en Tártaro.
Desde la distante línea de escudos, un grito unísono de asombro y euforia absoluta se alzó entre los mercenarios.
Acababan de presenciar lo imposible: un joven de clase baja levantando y volcando a una fortaleza viviente usando pura física y un extraño arnés zumbante.
Pero en Tártaro, las celebraciones prolongadas eran una invitación a la muerte.
A través de la nube de polvo que dejaba el coloso caído, surgieron los gruñidos ensordecedores de al menos cincuenta Demonios de la Ceniza.
Eran los rezagados de la vanguardia que habían logrado sobrevivir a la avalancha inicial.
Estaban enfurecidos, cubiertos de polvo calizo que se pegaba a su piel grisácea, y cargaron en masa hacia Caelen, blandiendo lanzas y hachas oxidadas.
Caelen no intentó repetir su acto heroico en solitario.
Su exoesqueleto necesitaba unos minutos cruciales de enfriamiento para no fundir los circuitos de mithril, y su propia reserva de maná biológico estaba al límite de causarle un derrame cerebral.
Se giró rápidamente hacia su línea defensiva y gritó una sola palabra, amplificando su voz con un leve impulso de aire mágico en sus cuerdas vocales: —¡Línea!
Bram, el gigantesco [Defensor], respondió con un rugido que hizo temblar su propia garganta.
Clavó la pesada cuña de acero de tungsteno —que Caelen le había soldado horas antes— profundamente en la tierra pedregosa.
Apoyó su gigantesco escudo torre contra ella, inclinándolo exactamente a cuarenta y cinco grados, tal y como el ingeniero le había instruido.
A su lado, los otros veintinueve aventureros reaccionaron con precisión militar, formando una sólida “V” cerrada detrás de él, utilizando las estrechas paredes rocosas del cañón para proteger sus flancos.
Caelen corrió hacia ellos a velocidad punta, saltando ágilmente por encima del borde superior del escudo de Bram justo en el segundo exacto en que la horda demoníaca chocaba frontalmente contra la formación.
El impacto de la primera línea de demonios contra el escudo de Bram fue titánico.
Normalmente, la pura fuerza cinética de diez demonios embistiendo al mismo tiempo habría destrozado los brazos del gigante o lo habría arrojado varios metros hacia atrás.
Pero esta vez, la física intervino.
La fuerza del choque no recayó sobre los músculos de Bram.
La energía se transfirió a lo largo del metal del escudo, bajó por el ángulo de cuarenta y cinco grados directamente hacia la cuña de tungsteno anclada, y se disipó profundamente en la tierra sólida del cañón.
Bram sintió la vibración, pero apenas retrocedió medio centímetro.
Era, a todos los efectos prácticos, un muro inamovible.
Los demonios de la ceniza, al chocar contra la superficie lisa e inclinada del escudo, perdieron instantáneamente todo su impulso frontal.
Muchos resbalaron y se vieron obligados a intentar trepar torpemente por el metal o a rodearlo, rompiendo por completo su formación de carga y exponiendo sus vientres y cuellos.
Y allí estaban esperando los aventureros “inútiles” de Oakhaven.
—¡Fuego de supresión, Lyra!
—ordenó Caelen, ubicándose firmemente en el centro de la formación, su voz metálica actuando como el metrónomo de una máquina de picar carne.
Desde lo alto de las cornisas invisibles en la oscuridad, la semihumana lince actuó.
Lyra arrojó una lluvia torrencial de pequeñas dagas arrojadizas y dardos de bambú.
Cada proyectil estaba recubierto de un extracto paralizante que Caelen había sintetizado rápidamente en el gremio.
Su puntería, potenciada por su instinto felino y la falta de presión por estar en la línea frontal, era impecable.
Las dagas encontraron las pequeñas fisuras en la armadura natural de los demonios que intentaban flanquear o escalar por los lados del cañón.
Los monstruos alcanzados apenas sentían un pinchazo antes de que sus músculos se bloquearan, cayendo pesadamente al suelo para ser pisoteados por sus propios compañeros.
Caelen desenvainó su espada y se unió al frente de ataque.
No usó la detonación mecánica; ya no era necesaria.
Recurrió a la letalidad clínica, económica y despiadada que había perfeccionado durante seis años de caza en soledad.
Cortaba tendones en las piernas expuestas, perforaba cuellos por encima de los escudos y destrozaba articulaciones clave.
Se movía en perfecta simbiosis con Bram.
Cuando el gigante empujaba con el escudo para desequilibrar a un grupo de enemigos, Caelen aprovechaba la apertura de medio segundo para ejecutar a tres.
Los demás aventureros, inspirados por la eficiencia irreal de la defensa, apuñalaban con lanzas y espadas cortas desde la seguridad de la barrera.
No era una batalla épica de canciones de bardos; era una línea de ensamblaje industrial diseñada para masacrar.
Un cuello de botella perfecto, un filtro letal que solo dejaba pasar cadáveres.
Quince minutos después, el último Demonio de la Ceniza cayó al suelo con un gorgoteo húmedo, su pecho atravesado por dos lanzas de aventureros de Rango Cobre y el filo de Caelen en su garganta.
El silencio que descendió sobre el Cañón de los Ecos fue pesado, absoluto, roto únicamente por el jadeo irregular de los hombres y mujeres exhaustos, y el leve goteo de la sangre tóxica contra las piedras.
El suelo frente a la línea de escudos estaba literalmente alfombrado de cuerpos apilados.
Bram, con el rostro cubierto de una capa de sudor, mugre y salpicaduras oscuras, retiró la cuña de la tierra con un fuerte tirón de sus enormes brazos.
Su escudo torre estaba profundamente abollado y rayado, pero él estaba milagrosamente intacto, sin un solo hueso roto.
Se giró lentamente hacia Caelen, quien acababa de presionar un interruptor en su clavícula, apagando el brillo violeta del exoesqueleto y apoyándose con visible fatiga en su espada.
—Por los dioses oscuros y la luz de Aethelgard…
—murmuró Bram, su voz ronca llena de una incredulidad reverencial—.
Funcionó.
La maldita cuña de metal de verdad funcionó.
Los detuvimos a todos.
Lyra descendió de la cornisa dando saltos ágiles por los salientes de roca, aterrizando suavemente a pocos metros de Caelen.
Su cola felina se movía de un lado a otro frenéticamente, y sus ojos brillaban dilatados por la adrenalina pura.
—Esa Bestia de Asedio…
la volaste en el aire, Caelen.
¿Qué clase de monstruo eres?
—preguntó la chica, señalando el colosal cadáver arácnido con una de sus dagas—.
Te lo juro, he visto a Caballeros de Plata mojarse los pantalones frente a una de esas cosas.
Ningún Nivel 1 hace lo que tú acabas de hacer.
Ni siquiera los benditos Héroes Invocados harían eso sin llamar un meteorito desde el cielo y volar la mitad del cañón con nosotros dentro.
Caelen miró el muro masivo de escombros de diez metros de altura que bloqueaba la entrada del desfiladero, detrás del cual se asfixiaba el resto del ejército demoníaco.
Habían ganado tiempo.
Oakhaven estaba a salvo hasta que lograran despejar el paso, lo cual les tomaría días.
El sistema de defensa reactivo había operado dentro de los parámetros de éxito calculados.
—Soy un ingeniero —respondió Caelen simplemente, su tono volviendo a su habitual frialdad clínica mientras evaluaba las juntas de su armadura—.
Y ustedes son los componentes que evitaron el fallo catastrófico del sistema en la línea de soporte.
Su rendimiento fue adecuado.
Se giró para mirar a los treinta aventureros.
Sus armaduras estaban abolladas, algunos tenían cortes menores que requerirían atención básica y unas pocas quemaduras superficiales por salpicaduras de ácido, pero todos, sin excepción, seguían respirando.
Sus miradas, que apenas doce horas antes estaban nubladas por el derrotismo crónico de los marginados, ahora ardían con un fuego distinto.
Era el fuego de los perros apaleados que finalmente habían mordido la mano de su amo y descubierto el sabor de la victoria.
De repente, un sonido extraño y rítmico resonó desde la entrada oeste del cañón, a espaldas del grupo.
Clap…
clap…
clap.
Un aplauso lento, seco y pausado.
Bram levantó su escudo instantáneamente.
Lyra sacó dos dagas nuevas.
Los treinta aventureros se tensaron como cuerdas de arco, girando sobre sus talones y alzando sus armas bañadas en sangre, convencidos de que una segunda oleada o un destacamento de inquisidores los había flanqueado.
Pero no era un batallón.
Era un solo hombre.
Una figura alta caminaba hacia ellos desde las sombras del cañón, iluminada apenas por la luz pálida y fantasmal de las lunas gemelas de Tártaro.
Llevaba una pesada capa de viaje oscura que ocultaba gran parte de su cuerpo, pero su caminar era erguido, relajado y cargado de una autoridad aristocrática y marcial.
Se detuvo a veinte metros exactos de la línea de armas erizadas y, con un movimiento fluido, se echó hacia atrás la capucha.
Era un hombre de unos treinta y pocos años, de mandíbula cuadrada, cabello negro azabache peinado hacia atrás y unos ojos grises tan penetrantes y fríos como el hielo sobre un lago invernal.
Vestía una armadura ligera de cuero negro de la más alta calidad, reforzada estratégicamente con placas de mithril mate.
No llevaba emblemas de la Iglesia de la Luz, ni soles dorados del Reino de Aethelgard.
Sin embargo, a diferencia de la arrogancia vistosa y vacía del Héroe Kaelith, la presencia de este hombre era asfixiante.
Era el aura de un depredador ápex que había sobrevivido a un millar de campos de batalla masacrando a sus iguales.
Caelen no lo conocía, pero los sensores de su pasiva [Comprensión Nvl.
7] le lanzaron alertas rojas en su córtex cerebral.
El flujo de maná de este individuo era un espectro de perfección técnica; no había pérdidas, no había miasma residual filtrándose inútilmente en el aire.
Cada célula de su cuerpo operaba en una economía de energía letal.
—Tengo que admitir, con un profundo y grato asombro —dijo el extraño, su voz barítona y serena resonando en las paredes de piedra del cañón—, que cuando las ratas asustadizas de la capital me informaron que Oakhaven sería reducida a cenizas esta misma noche, esperaba encontrar poco más que escombros humeantes y huesos masticados por demonios.
El hombre desvió su mirada gris hacia el inmenso muro artificial que cerraba el paso, luego hacia la Bestia de Asedio volcada de espaldas, y finalmente, clavó sus ojos directamente en Caelen y en los circuitos apagados de su exoesqueleto.
—En su lugar, me encuentro frente a una genuina obra maestra de ingeniería bélica y táctica de control de terreno.
Mis respetos al arquitecto —hizo una leve inclinación de cabeza.
El hombre apoyó una mano enfundada en cuero negro sobre el pomo de su arma, una espada larga de hoja curva, forjada en lo que parecía ser cristal de obsidiana puro y acero oscuro.
—Mi nombre es Vane —se presentó, su tono relajado pero firme—.
Soy un mercenario renegado, independiente.
Y a primera vista, diría que ustedes, pequeño e inusual grupo de anomalías de la frontera, me acaban de ahorrar un trabajo sumamente tedioso.
Caelen deslizó su dedo índice silenciosamente hacia el gatillo primario de su espada mecánica V.2.
El exoesqueleto vibró de manera imperceptible, preparándose para inyectar una sobredosis de energía de emergencia.
Si este individuo era un “Limpiador” enviado por el servidor central de la capital para terminar el trabajo de los demonios, tendrían que sacrificar piezas para matarlo.
Pero antes de que Caelen pudiera formular una variable de ataque, Lyra emitió un jadeo ahogado.
Sus orejas felinas se aplastaron completamente contra su cráneo y dio un paso atrás, temblando.
—¿Vane…?
¿El ‘Desterrado’?
—susurró la chica, el terror puro filtrándose en su voz y contagiando de inmediato a varios aventureros veteranos que parecían reconocer el nombre—.
Él…
él era el Comandante Supremo de la Vanguardia del Reino.
El Rey Demonio en persona lo llamó ‘La Cuchilla Humana’.
Lo exiliaron por alta traición y por ejecutar a un Inquisidor Supremo en la plaza de la capital hace cinco años.
Es un Rango Adamantita.
El pináculo del sistema.
Los murmullos de pánico comenzaron a propagarse por la línea.
Un Rango Adamantita era, para todos los propósitos prácticos, un ejército de un solo hombre capaz de diezmar ciudades enteras.
Vane escuchó el pánico y sonrió.
Una sonrisa ladeada, seca y carente de humor.
—Las viejas historias de taberna siempre tienden a la exageración dramática.
Para que conste en acta, no ejecuté al Inquisidor; simplemente le amputé ambas manos frente a la corte para que dejara de robar de los fondos de las viudas de guerra y de meter sus sucios dedos donde no debía.
Cuestión de principios, ya saben.
Vane bajó las escaleras imaginarias de su propia reputación y avanzó dos pasos más.
—Pero no estoy aquí para aburrirles con mi biografía, ni busco cobrar la patética recompensa que la Iglesia ha puesto por sus cabezas —continuó Vane, clavando su mirada de nuevo en Caelen—.
He estado rastreando los últimos movimientos políticos.
Vengo buscando a alguien que parece compartir mi particular afición por humillar a la escoria aristocrática de la capital y desnudar su incompetencia.
Vengo buscando al aventurero anónimo que hoy, por la tarde, arrastró por el barro el ego inflado del preciado ‘Sabio de la Llama’ y escupió en la cara de los Héroes Invocados.
Caelen evaluó la situación en milisegundos.
«Sin hostilidad inminente.
Intereses alineados contra un adversario común.
Potencial alto de intercambio de datos tácticos.
Riesgo: Crítico».
Caelen dio un paso al frente, pasando a través de la línea de escudos de Bram, interponiéndose entre el Rango Adamantita y sus exhaustos aliados.
El exoesqueleto encendió sus luces violetas de forma tenue, emitiendo un zumbido bajo y constante.
—Tus datos son correctos.
Lo encontraste —dijo Caelen, su rostro una máscara de fría indiferencia.
Vane lo observó durante un largo minuto, evaluando cada cicatriz, la extraña máquina en su espalda, y la firmeza implacable de sus ojos oscuros.
La tensión en el aire del cañón era tan espesa que dificultaba la respiración de los aventureros circundantes.
Luego, para sorpresa general, Vane soltó una carcajada ronca y genuina.
Desenfundó su temible espada negra con un sonido sibilante y, en un movimiento rápido, la clavó profundamente en la tierra caliza, justo entre él y Caelen, soltando la empuñadura en una clara e inequívoca señal de tregua.
—Bien —dijo Vane, cruzándose de brazos con satisfacción—.
Entonces vengo a presentar mi solicitud para unirme formalmente a la única sucursal de gremio que ha tenido las agallas suficientes para mandar al infierno a los dioses y a los reyes en un solo día.
Porque créeme, muchacho, la avalancha de piedras que provocaste hoy en este cañón es solo una ligera brisa comparada con el huracán político y militar que acabas de desatar en Aethelgard.
La tormenta viene hacia Oakhaven.
Vane esbozó una sonrisa lobuna.
—Y van a necesitar a alguien con experiencia desde adentro que les enseñe cómo destrozarles la columna vertebral cuando lleguen.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com