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El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 14

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14: Capítulo 13: El Triunvirato y la Arquitectura de la Rebelión 14: Capítulo 13: El Triunvirato y la Arquitectura de la Rebelión El regreso a Oakhaven fue una marcha de fantasmas triunfantes.

Los treinta aventureros, manchados con la sangre negra y corrosiva de los demonios, caminaban con una pesadez que arrastraba sus botas por el lodo, pero con las cabezas en alto.

Ya no eran la escoria de Rango Cobre y Bronce; eran los veteranos del Cañón de los Ecos.

Caelen caminaba a la cabeza del grupo, flanqueado por Bram y Lyra.

A su lado, con las manos metidas en los bolsillos de su capa oscura y una postura peligrosamente relajada, caminaba Vane, el Rango Adamantita exiliado.

El exoesqueleto de Caelen estaba apagado, su luz violeta extinguida para conservar la integridad del núcleo del Comandante.

Cada paso biológico le recordaba a Caelen que sus costillas seguían fisuradas y que sus canales de maná estaban al borde del colapso térmico.

—Esa máquina tuya —comentó Vane, rompiendo el silencio nocturno mientras miraba de reojo la estructura de acero y plata en la espalda de Caelen—.

He visto a los Artífices Reales gastar millones de monedas de oro intentando crear armaduras autónomas.

Siempre terminan explotando o aplastando al usuario.

¿Cómo resolviste el problema de la latencia entre el pensamiento y el movimiento mecánico?

—Los Artífices Reales intentan que la magia lo haga todo —respondió Caelen, su voz ronca por el cansancio—.

Confían en encantamientos abstractos.

Yo no uso la magia para mover la armadura; uso la magia para alimentar microcircuitos que leen la tensión de mis propios tendones.

Es una asistencia de fuerza bruta basada en biometría, no un golem portátil.

Vane soltó un silbido de apreciación, sus ojos grises brillando con interés genuino.

—Fascinante.

La Iglesia te quemaría en la hoguera solo por sugerir que la magia puede ser subordinada a la anatomía humana.

Cuando cruzaron las puertas de madera de Oakhaven, la ciudad estaba sumida en un silencio sepulcral.

Los pocos civiles que no habían huido estaban atrincherados en sus sótanos, esperando el rugido de los demonios.

En su lugar, escucharon el chocar de las armaduras abolladas de sus propios aventureros.

El Gremio estaba iluminado desde adentro.

Al empujar las puertas, el olor a té negro, miel y un toque sutil de ozono llenó el aire.

Elianor estaba de pie detrás del mostrador, exactamente igual que siempre.

Su delantal blanco estaba impecable, su cabello platinado caía en una cascada perfecta, y su sonrisa era un faro de calidez maternal.

Pero cuando los ojos de Vane se posaron en ella, el veterano mercenario se detuvo en seco.

La postura relajada de Vane desapareció en un microsegundo.

Su mano voló hacia la empuñadura de su espada de obsidiana, y sus pupilas se dilataron.

El instinto de supervivencia de un Rango Adamantita, afinado en décadas de masacres, le gritaba que la criatura sonriente detrás de la barra era la amenaza más letal en un radio de mil kilómetros.

—Vaya —susurró Vane, el sudor frío perlificándose en su nuca—.

Las leyendas urbanas decían que Oakhaven tenía un perro guardián oculto.

No sabía que era un dragón disfrazado de oveja.

Elianor ladeó la cabeza, su sonrisa sin vacilar, aunque la sombra detrás del mostrador pareció oscurecerse un tono.

—Y tú debes ser el perro callejero del que tanto se queja la corona —canturreó Elianor con voz dulce—.

Bienvenido a mi gremio, Sir Vane.

Límpiate las botas antes de pisar mi madera, o te arrancaré las piernas y las usaré como leña para la chimenea.

Vane parpadeó, miró a Caelen, luego a Elianor, y finalmente soltó una carcajada ronca, soltando la empuñadura de su arma.

—Me gusta este lugar.

Tiene carácter.

—Sala de archivos.

Ahora —ordenó Caelen, cortando la tensión.

Se giró hacia Bram y Lyra—.

Que los heridos beban pociones de estabilización de Rango Menor.

Nada de alcohol esta noche.

Duerman en el salón.

Mañana empezamos la reconstrucción.

Los aventureros asintieron sin dudar, obedeciendo al chico de dieciséis años como si fuera un general veterano.

El interior de la sala de archivos estaba insonorizado.

Caelen se quitó la capa y, con movimientos rígidos, comenzó a desabrochar las correas de cuero de Wyvern que anclaban el exoesqueleto a su cuerpo.

Elianor se acercó de inmediato, sus manos brillando con la luz esmeralda de su magia sanadora de alto nivel, bañando la espalda magullada del chico y aliviando la presión de sus costillas.

Vane tomó una silla, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas sobre ella, cruzando los brazos sobre el respaldo mientras observaba la dinámica.

—Tenemos un problema matemático severo —comenzó Caelen, dejando el pesado exoesqueleto sobre una mesa.

Activó su placa de estado, que brilló débilmente.

========================================= Nombre: Caelen Clase: Aventurero Nivel: 1 (Bloqueo de experiencia activo) Habilidades Pasivas: [Comprensión Nvl.

8] (+1) ========================================= Caelen suspiró al ver el “Nivel 1” inmutable.

Cerró la pantalla.

—Detuvimos a la vanguardia —continuó el ingeniero—.

El muro de escombros en el Cañón de los Ecos nos da, según mis cálculos de erosión y excavación demoníaca, unas setenta y dos horas antes de que logren abrir una brecha.

Pero ese no es nuestro problema principal.

—Los Paladines de la Inquisición —intervino Elianor, sirviendo tres tazas de té—.

El mensajero holográfico dijo que llegarían en cuarenta y ocho horas.

Eso significa que la Iglesia estará tocando nuestras puertas un día antes de que los demonios rompan el cañón.

Vane asintió, su rostro volviéndose sombrío y profesional.

—Y no enviarán a un grupo de novatos arrogantes como Kaelith esta vez —explicó Vane, trazando un mapa imaginario sobre la mesa con su dedo—.

La Inquisición usa escuadrones tácticos pesados.

Caballeros Templarios con armaduras bendecidas que anulan la magia residual, Clérigos de apoyo en la retaguardia, y lo más peligroso: Rastreadores Anti-Herejes.

Usan perros mutados con maná que huelen la “anomalía”.

—Armadura pesada.

Soporte trasero.

Perros rastreadores —analizó Caelen, su mente convirtiendo la amenaza en un diagrama de flujo—.

Tácticas de yunque y martillo estandarizadas.

Predecibles.

Tienen el manual escrito en piedra.

—Exacto —sonrió Vane—.

Y ese es su mayor defecto.

Nunca se adaptan.

Creen que su doctrina es perfecta.

Pero tienen los números y el equipo de máxima calidad.

Ustedes tienen treinta hombres que acaban de sobrevivir a su primera batalla real.

Si los Paladines ven esa…

máquina que construiste, o descubren el miasma de la señorita Elianor, purgarán la ciudad con Fuego Sagrado.

Elianor tomó un sorbo de té, sus ojos azules brillando con peligro.

—Podría interceptarlos en el bosque —sugirió con voz dulce—.

Nadie encontraría los cuerpos.

—No —la cortó Caelen al instante—.

Si un escuadrón inquisitorial desaparece sin dejar rastro, la Capital declarará a Oakhaven Zona Muerta y enviarán a los altos mandos, o a varios Héroes Invocados juntos.

Aún no tenemos la infraestructura para una guerra total contra un estado soberano.

Necesitamos neutralizarlos políticamente, o humillarlos táctica y públicamente para que retrocedan sin que puedan culparnos de herejía.

Vane miró al chico con renovado asombro.

—Piensas como un general de cincuenta años, muchacho.

Me aterra y me fascina.

¿Cuál es el plan?

Caelen sacó un pergamino en blanco y un trozo de carbón.

Comenzó a dibujar rápidamente esquemas mecánicos.

—Si pelean en formación, destrozaremos la formación —dijo Caelen, esbozando los planos de una versión más ligera y estandarizada de las cuñas de acero—.

Bram demostró que la física de anclaje supera a la fuerza bruta.

Vamos a convertir a nuestros treinta aventureros en una falange anti-caballería.

Caelen miró a Vane a los ojos.

—Tú fuiste el Comandante Supremo.

Conoces sus formaciones, sus puntos ciegos y sus debilidades.

Tienes cuarenta y ocho horas para quitarles a nuestros treinta hombres las mañas de peleas de cantina y enseñarles a moverse como una sola máquina engranada.

Eficiencia sobre brutalidad.

Si un Inquisidor levanta la espada, quiero que Lyra y sus exploradores sepan exactamente qué articulación de la armadura perforar antes de que el golpe caiga.

Vane amplió su sonrisa lobuna.

—Un curso intensivo de matanza de la élite.

Me encantará.

Caelen se giró hacia Elianor.

—Elianor, eres nuestro nodo de logística y contrainteligencia.

Necesito que vacíes los almacenes del gremio.

Necesito todo el hierro, polvo de mithril, azufre y cristal de cuarzo que puedas conseguir en la ciudad.

Confisca los materiales de los nobles que huyeron si es necesario.

—Consideralo hecho —ronroneó Elianor—.

Tengo unos cuantos pagarés vencidos que estaré encantada de cobrar esta misma noche.

—¿Y tú qué harás, ingeniero?

—preguntó Vane, señalando el montón de chatarra militar que Caelen estaba dibujando.

—Me encerraré en la forja —respondió Caelen, frotándose los ojos cansados—.

Treinta hombres organizados no bastan contra equipo de élite.

Si la capital trae armaduras bendecidas, yo les daré a mis hombres munición que no depende de las bendiciones de sus dioses.

Voy a estandarizar el terror balístico.

Caelen se puso en pie, su cuerpo quejándose, pero su mente operando a máxima capacidad.

Había nacido un triunvirato en la sala trasera del Gremio de Oakhaven.

La mente calculadora de un ingeniero de otro mundo, el poder bruto y los recursos oscuros de una recepcionista demoníaca, y la experiencia letal de un comandante renegado.

El Reino de Aethelgard creía que marchaba hacia una aldea indefensa para castigar a un hereje.

No sabían que, en el fondo del mapa, el sistema operativo de Tártaro acababa de ser hackeado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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