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El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 15

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15: Capítulo 14: Acero Penetrante y la Anatomía de un Ataúd 15: Capítulo 14: Acero Penetrante y la Anatomía de un Ataúd El reloj de arena había comenzado a vaciarse.

Cuarenta y ocho horas separaban a la escoria de Oakhaven de la ira purificadora de los Paladines de Aethelgard.

Para Caelen, el tiempo no era una medida de pánico, sino una variable de producción.

El sótano del Gremio de Aventureros se había transformado en un infierno industrial.

El calor era tan sofocante que el aire ondulaba, pero el joven ingeniero no se detenía.

Su mente procesaba el problema táctico: Armadura Pesada Bendecida.

Los Templarios de la Inquisición llevaban placas de acero bañadas en agua bendita y runas de disipación que anulaban hechizos elementales de Rango Bajo y Medio.

Si un mago les lanzaba una bola de fuego, la armadura la dispersaría como una suave brisa cálida.

Las espadas de los aventureros de Oakhaven rebotarían inofensivamente contra sus petos, dejándolos expuestos a un contraataque letal.

«No puedo usar magia ofensiva», dedujo Caelen, golpeando una lámina de acero incandescente sobre el yunque con una maza de forja.

«Y la fuerza física de mis hombres no es suficiente para atravesar tres milímetros de acero templado.

Necesito superar la defensa mediante velocidad balística y densidad de masa.

Energía cinética pura.

Un proyectil que no dependa del músculo del tirador».

Activó su pasiva [Comprensión Nvl.

8].

En su mente, los planos de las antiguas arbalestas —las ballestas pesadas de su mundo original— se superpusieron con los principios de la termodinámica de Tártaro.

El problema de las ballestas pesadas era el tiempo de recarga; requerían un torno manual y fuerza bruta para tensar la cuerda, dejando al tirador vulnerable.

Caelen eliminó el torno de la ecuación.

Tomó pequeños núcleos de monstruos de Rango F —lobos y duendes— que normalmente se vendían por un puñado de monedas de cobre debido a su baja capacidad mágica.

Los incrustó en el mecanismo de disparo de madera de roble y acero.

Usando su [Sinergia Estructural y Mecánica], grabó un micro-circuito de retracción.

Cuando el tirador presionaba un pequeño percutor lateral, el núcleo inyectaba una minúscula fracción de maná en un resorte de mithril, tensando la cuerda de tripa de wyvern en menos de un segundo con una fuerza de tracción equivalente a quinientos kilos.

Había creado la Arbalesta de Torsión Asistida.

Pero un arma poderosa es inútil sin la munición adecuada.

Las flechas estándar se harían astillas contra las armaduras de los Paladines.

Caelen se acercó a un crisol donde hervía una aleación que había bautizado como “Acero de Oakhaven”: hierro fundido con escoria de obsidiana y polvo de huesos de Goblins del Fango.

Era pesado, denso y extremadamente duro.

Forjó virotes cortos, gruesos, y con una punta cónica diseñada aerodinámicamente para evitar la desviación por el viento.

Pero el toque maestro no estaba en el exterior, sino en el interior.

Perforó el centro de cada punta y lo rellenó con polvo alquímico inestable, sellándolo con cera.

«Virotes de cavitación», pensó Caelen, sumergiendo las puntas en aceite para templarlas.

«Al impactar, la punta de acero endurecido perforará la armadura exterior por pura fuerza cinética.

La fricción del impacto derretirá la cera, detonando el polvo alquímico en el interior.

La coraza del Paladín no será su defensa; será la cámara de contención de una explosión de metralla interna».

Se secó el sudor de los ojos, manchándose la frente de hollín.

Necesitaba fabricar treinta de estas arbalestas y al menos trescientos virotes antes del amanecer.

Sus músculos biológicos gritaban, pero la eficiencia de la supervivencia no permitía descansos.

A nivel de la superficie, en el patio trasero del gremio, el amanecer bañaba Oakhaven en una luz grisácea y fría.

Los treinta aventureros que habían sobrevivido a la Batalla del Cañón estaban formados en cuatro filas.

Sus músculos estaban agarrotados, y muchos llevaban vendajes frescos, pero nadie se atrevió a quejarse.

Frente a ellos, caminando con paso lento y depredador, estaba Vane.

El Rango Adamantita no llevaba su armadura completa, solo una camisa de lino y pantalones de cuero, pero su presencia ejercía una presión gravitacional sobre el grupo.

Llevaba una vara de madera de fresno en la mano derecha, golpeándola rítmicamente contra su palma izquierda.

—Ayer sobrevivieron porque el ingeniero les construyó un muro y un embudo —comenzó Vane, su voz proyectándose sin esfuerzo sobre el viento matinal—.

Pelearon contra bestias sin cerebro impulsadas por el hambre.

Se mantuvieron firmes, y por eso se ganaron el derecho a respirar hoy.

Pero no se equivoquen.

Vane se detuvo frente a Bram.

El gigante tragó saliva.

—Los Paladines de la Inquisición no son bestias —continuó el veterano, girándose para caminar a lo largo de la línea—.

Son máquinas de matar adoctrinadas.

Tienen mejor equipo, mejor alimentación, mejor entrenamiento y, lo más importante, no sienten miedo porque creen que si mueren, irán al paraíso.

¿Alguien aquí cree en el paraíso?

Nadie levantó la mano.

—Excelente.

Eso significa que ustedes pelean por vivir.

Es un incentivo mucho más fuerte.

Vane se acercó a una pared de madera del patio y, usando un trozo de tiza robada de la oficina de Marcus, dibujó rápidamente un esquema detallado de un caballero con armadura de placas completa.

—La Inquisición basa su táctica en el terror psicológico.

El acero brillante, los cánticos, el ruido metálico.

Quieren que piensen que son invulnerables.

Es una mentira.

La armadura completa es una trampa mortal, un ataúd brillante si sabes dónde golpear.

Golpeó la tiza contra el dibujo en puntos específicos: las axilas, la parte posterior de las rodillas, la ingle, el interior del codo y, por último, la estrecha ranura de visión del yelmo.

—Acero superpuesto —explicó Vane—.

Para que un hombre pueda correr y balancear una espada, las articulaciones deben estar cubiertas solo por cota de malla y cuero.

Si apuñalan el centro del pecho, morirán.

Si deslizan una daga de media pulgada por el visor del yelmo, el Paladín se ahogará en su propia sangre.

Vane se giró hacia el grupo y señaló a Lyra.

—Rastreadora.

Pasa al frente.

Lyra se adelantó, sus orejas felinas atentas.

Vane le arrojó un saquito de tela atado con un cordel.

Ella lo atrapó en el aire.

—Eso es polvo de cristal de cuarzo mezclado con pimienta de fuego, cortesía de las “donaciones” que Elianor recolectó anoche —dijo Vane—.

Los paladines marchan en formación cerrada.

Sus visores restringen su visión periférica a un cono de cuarenta grados.

Lyra, tu equipo de exploradores no peleará en la línea.

Ustedes se moverán por los tejados y lanzarán estos sacos directamente a los yelmos de la vanguardia.

El cristal rayará sus ojos, y la pimienta los cegará.

Un hombre ciego con cuarenta kilos de acero encima no es un caballero; es una tortuga entrando en pánico.

Lyra asintió, una sonrisa maliciosa curvando sus labios.

Ya no era carne de cañón; era una saboteadora táctica.

Vane miró a Bram y a los guerreros pesados de la primera línea.

—Bram.

La cuña de anclaje funcionó ayer contra masa bruta.

Hoy aprenderás a usarla para romper una carga de caballería o una falange de escudos sagrados.

No bloquearán de frente.

Recibirán el impacto de lado, desviando la lanza enemiga.

En el milisegundo en que el Paladín pierda el equilibrio por su propio peso empujando el aire, la segunda línea de lanceros…

—Vane hizo un gesto tajante de estocada—.

Apunten a las axilas y a las corvas.

Durante las siguientes diez horas, Vane los sometió a un régimen infernal.

No les enseñó técnicas de espada floridas ni poses heroicas.

Les enseñó a matar con eficiencia brutal.

Les enseñó a pisar los tobillos del enemigo en combate cerrado, a usar dagas cortas en las ranuras de la armadura, a trabajar en binomios donde un hombre distraía y el otro asesinaba.

Aplastó sus egos, corrigió sus posturas y los obligó a repetir los movimientos hasta que sus brazos sangraron y el polvo del patio se convirtió en lodo con su sudor.

Les enseñó que, en la guerra real, el honor es para los nobles que ven la batalla desde un balcón; en el barro, solo sobrevive el que golpea más bajo y más rápido.

Cuando la última luz del sol desapareció tras las montañas, el Gremio de Oakhaven estaba envuelto en un aura de tensión eléctrica.

Elianor había pasado el día entero organizando la logística.

Había confiscado tres carros de suministros médicos, madera y hierro de las mansiones abandonadas.

Cuando algunos guardias locales intentaron detenerla alegando “propiedad privada de la nobleza”, ella simplemente les sonrió hasta que decidieron que sus vidas valían más que su sueldo y desertaron.

Los aventureros, magullados y exhaustos por el entrenamiento de Vane, estaban sentados en el salón principal, devorando un estofado espeso proporcionado por Elianor.

El silencio era disciplinado.

Ya no había risas de taberna.

Las puertas de la escalera del sótano se abrieron con un chirrido metálico.

Caelen subió, arrastrando una pesada caja de madera con rodillos.

Su rostro estaba hundido por la falta de sueño, y sus manos estaban cubiertas de quemaduras menores y vendajes sucios.

No llevaba puesto el exoesqueleto; necesitaba que el núcleo se recargara pasivamente.

Bram se apresuró a ayudarlo, levantando la caja que debía pesar más de cien kilos y poniéndola sobre una mesa larga.

Vane y Elianor se acercaron.

El veterano Rango Adamantita miró al chico con evaluación crítica.

—Te ves como un cadáver que olvidó caerse, ingeniero.

¿Lograste el objetivo?

Caelen no respondió con palabras.

Abrió la caja.

En su interior, dispuestas en hileras perfectas, descansaban treinta Arbalestas de Torsión Asistida.

La madera de roble barnizada contrastaba con el acero pulido de los mecanismos y el leve brillo residual de los núcleos de monstruo incrustados en los percutores.

Junto a ellas, cajas más pequeñas contenían cientos de virotes de cavitación, sus puntas cónicas brillando amenazadoramente.

Los aventureros dejaron sus platos y se acercaron, hipnotizados por las armas.

En Tártaro, un arma de ingeniería tan compleja era exclusiva de los guardias personales del Rey.

Vane tomó una de las arbalestas.

Sintió el equilibrio del arma, inspeccionó el gatillo lateral y el extraño resorte de mithril.

—Es pesada, pero el centro de gravedad está perfectamente alineado —murmuró Vane, impresionado—.

¿Cómo la tensamos sin un mecanismo de polea?

—Presiona el botón de la empuñadura con tu pulgar —indicó Caelen.

Vane lo hizo.

Un chispazo azul iluminó el mecanismo interno.

El resorte de mithril se contrajo en un parpadeo, tensando la gruesa cuerda de wyvern hasta el seguro con un CLACK seco y violento que hizo saltar a un par de aventureros.

Tardó menos de un segundo en cargar.

—Cárgala con ese virote —dijo Caelen, señalando una de las municiones pesadas.

Vane colocó el virote en el riel.

Caelen señaló hacia el otro extremo del salón, donde Elianor, anticipando la prueba, había colocado un peto de acero templado perteneciente a un antiguo caballero retirado.

Era acero de tres milímetros.

Espesor estándar de la Inquisición.

—Dispara.

Vane se llevó el arma al hombro, alineó la mira de hierro y apretó el gatillo primario.

El sonido no fue el silbido de una flecha.

Fue un estallido sonoro.

El virote cruzó los veinte metros del salón a una velocidad imperceptible para el ojo humano.

Impactó contra el centro exacto del peto de acero con un chirrido ensordecedor.

Pero el espectáculo real ocurrió un milisegundo después.

En cuanto la punta cónica penetró la placa frontal, la cera interna se derritió.

Hubo un destello anaranjado y una explosión contenida.

El peto de acero no solo fue perforado.

La parte trasera de la armadura estalló hacia afuera, deformándose brutalmente mientras una lluvia de metralla incandescente destrozaba el maniquí de madera que la sostenía y se incrustaba en la pared de piedra detrás de él.

El silencio en el gremio fue total.

Nadie respiraba.

Si un hombre hubiera estado dentro de esa armadura, sus órganos habrían sido licuados por la cavitación y la metralla interna.

El acero brillante de los Paladines acababa de convertirse en su propia trampa mortal.

Vane bajó el arma lentamente.

Sus ojos grises estaban fijos en el agujero humeante de la armadura.

Una sonrisa letal asomó lentamente en su rostro.

Miró a Caelen.

—Si hubiéramos tenido cien de estas en la guerra del norte…

—susurró Vane—.

Hubiéramos masacrado a las legiones demoníacas en una semana.

Chicos —se dirigió a los aventureros atónitos—, la Inquisición cree que viene a cazar cabras asustadas.

Van a encontrarse con un campo minado balístico.

Caelen se apoyó en la mesa, su cerebro comenzando a apagarse por el agotamiento, pero su misión estaba cumplida.

—La tecnología está estandarizada.

La táctica está implementada.

Los suministros están asegurados —dijo Caelen, su voz apenas un susurro firme—.

En veinticuatro horas, el servidor central enviará a sus administradores para borrarnos del mapa.

Dejen que vengan.

Vamos a corromper sus datos.

La noche cayó sobre Oakhaven.

En el silencio de la espera, el engranaje de la rebelión había terminado de ensamblarse.

La frontera ya no era una víctima; era una emboscada con treinta gatillos listos para disparar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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