El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capítulo 15 Dogma de Acero y el Teorema de la Ruptura
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16: Capítulo 15: Dogma de Acero y el Teorema de la Ruptura 16: Capítulo 15: Dogma de Acero y el Teorema de la Ruptura El amanecer del tercer día no trajo el sol a Oakhaven.
El cielo estaba cubierto por un manto de nubes grises y pesadas, como si el propio Tártaro contuviera la respiración.
A dos kilómetros de las puertas de la ciudad fronteriza, el sonido de la maquinaria bélica de la capital comenzó a resonar.
No era el paso caótico y gutural de los demonios; era un trueno rítmico, metálico y perfectamente sincronizado.
Cien Paladines de la Inquisición marchaban en formación de falange.
Sus armaduras de placas completas, forjadas con acero purificado y bañadas en plata, relucían incluso bajo la luz opaca de la mañana.
Cada coraza llevaba grabado el Sol Dorado de Aethelgard.
Detrás de la infantería pesada cabalgaban veinte Clérigos de Batalla en corceles blancos, entonando cánticos en latín antiguo que hacían vibrar el maná del aire con una luz sagrada.
A la cabeza de la legión cabalgaba el Inquisidor Comandante Valerius.
Llevaba una capa carmesí forrada de armiño y sostenía un martillo de guerra bendecido que emitía un aura de calor abrasador.
Para Valerius, esto no era una batalla.
Era una ejecución pública, un trámite administrativo para purgar a unos campesinos descarados que habían ofendido a un Héroe Invocado.
Pero cuando el ejército inquisitorial llegó a las llanuras pedregosas frente a Oakhaven, la marcha se detuvo.
Las puertas de madera oscura de la ciudad no estaban cerradas ni bloqueadas con carretas, como dictaba el manual de asedios para las ciudades asustadas.
Estaban abiertas de par en par.
Frente a las puertas abiertas, esperando en el silencio del páramo, había una delgada línea de treinta personas.
No llevaban armaduras brillantes ni estandartes dorados.
Vestían cuero curtido, cota de malla remendada y capas oscuras.
Valerius detuvo su caballo, frunciendo el ceño bajo su yelmo alado.
—¡Escoria de la frontera!
—rugió el Comandante, su voz amplificada mágicamente barriendo la llanura—.
¡En nombre del Rey y de la Luz, se les ha declarado Herejes de Clase Tres!
¡Entreguen al responsable de agredir al Sabio de la Llama y depongan sus armas, o enfrenten el fuego de la purga!
De la línea de aventureros, tres figuras se adelantaron.
En el centro caminaba Caelen.
Su exoesqueleto parcial estaba encendido.
Los conductos de mithril que recorrían su columna y sus piernas brillaban con un intenso color violeta, alimentados por el núcleo del General Demonio que zumbaba amenazadoramente en su nuca.
A su derecha caminaba Vane, con la espada de obsidiana desenfundada y descansando perezosamente sobre su hombro.
A su izquierda, Elianor, sosteniendo una sombrilla de encaje negro como si estuviera dando un paseo matutino, con una sonrisa dulce que contrastaba atrozmente con el campo de batalla.
Valerius entrecerró los ojos.
Al reconocer la armadura de cuero negro tachonado y el rostro frío del mercenario, la sangre se le heló por una fracción de segundo.
—¿Vane?
—susurró Valerius, antes de recuperar su compostura y alzar la voz—.
¡El Desterrado!
¡Así que tú eres la mente maestra detrás de esta rebelión!
¡Deberíamos haberte decapitado hace cinco años en lugar de exiliarte!
Vane soltó una carcajada ronca que resonó en la llanura.
—Valerius, sigues siendo el mismo idiota pomposo que se escondía detrás de los escudos en la Guerra del Norte —respondió Vane, escupiendo en la tierra—.
Yo no lidero esto.
Solo soy el consultor táctico.
Te presento al nuevo administrador del sistema.
Vane señaló a Caelen con un gesto de cabeza.
Valerius miró al joven de dieciséis años, evaluando el extraño arnés mecánico que llevaba.
No reconoció la magia; no emitía luz divina ni miasma demoníaco, solo una extraña y fría energía cinética.
—¿Un niño?
—se mofó Valerius—.
¿Este es su gran hereje?
¡Paladines!
¡Formación de cuña!
¡Aplastad a estos mendigos y traedme la cabeza de ese mocoso para clavarla en las puertas!
Treinta Paladines de la vanguardia, la élite de la armadura pesada, dieron un paso al frente.
Bajaron los visores de sus yelmos.
Cientos de kilos de acero bendecido comenzaron a avanzar, primero al paso, luego al trote, haciendo temblar el suelo.
Era un muro de metal invulnerable diseñado para destrozar líneas enemigas por pura presión psicológica y física.
Caelen no se inmutó.
La pantalla translúcida de su [Comprensión Nvl.
8] procesaba los datos en tiempo real.
«Distancia: Cien metros.
Velocidad de aproximación enemiga: Ocho metros por segundo.
Armadura estimada: Tres milímetros de acero de tungsteno.
Bendición activa: Disipación mágica térmica.
Conclusión: La magia elemental será anulada.
La energía cinética balística será letal».
Caelen levantó su brazo derecho, envuelto en los servomotores violetas de su exoesqueleto.
—Arbalestas al frente —ordenó, su voz metálica y calmada cortando el ruido de la carga.
La primera fila de quince aventureros de Oakhaven hincó una rodilla en la tierra.
Levantaron las pesadas Arbalestas de Torsión Asistida de madera de roble, apoyando las culatas en sus hombros.
Los virotes de cavitación asomaban por los rieles, sus puntas de acero negro apuntando directamente al centro de masa de la masa plateada que se acercaba.
Valerius, viendo las ballestas, soltó una risa burlona desde la retaguardia.
—¡Arcos contra armadura pesada!
¡Están desesperados!
¡No rompan la marcha, la Luz protege su acero!
«Setenta metros.
Cincuenta metros.
Cuarenta metros», contaba Caelen mentalmente.
En la marca de treinta y cinco metros, la distancia óptima para máxima retención de energía cinética, Caelen bajó el brazo bruscamente.
—Ejecución.
Quince gatillos fueron presionados simultáneamente.
El sonido no fue el silbido agudo de una lluvia de flechas.
Fue un estallido sordo y unificado, como el de quince cañones de asedio detonando al mismo tiempo.
Los resortes de mithril se contrajeron en un milisegundo, liberando la cuerda de wyvern con una fuerza monstruosa.
Los virotes negros cruzaron los treinta y cinco metros en un parpadeo, viajando a velocidades supersónicas que la vista de los Paladines no pudo registrar.
El impacto inicial sonó como yunques siendo golpeados por martillos gigantes.
La “Luz que protege su acero” no hizo absolutamente nada contra la física pura.
Las puntas de aleación de Oakhaven, diseñadas aerodinámicamente, perforaron los petos de plata de la primera línea de Paladines como si fueran de papel maché.
Pero la perforación no fue lo que detuvo la carga.
En el instante en que la punta penetró la armadura, la extrema fricción del impacto derritió el sello de cera en el interior del virote hueco.
El polvo alquímico inestable entró en contacto con el aire hipercalentado.
¡BOOM-BOOM-BOOM!
Una serie de explosiones ahogadas resonó dentro de las armaduras de los caballeros.
La maravilla de la ingeniería de la capital, el acero grueso y hermético diseñado para proteger al usuario de todo daño exterior, se convirtió instantáneamente en una cámara de presión mortal.
La explosión de metralla alquímica no pudo escapar hacia afuera; rebotó en el interior de la coraza, licuando órganos, astillando costillas y convirtiendo a los Paladines en una masa sangrienta contenida en latas de conserva selladas.
Quince de los treinta Paladines de vanguardia cayeron muertos antes de que sus rodillas tocaran el suelo.
Sus armaduras quedaron grotescamente abultadas hacia afuera por la presión interna, el humo negro escapando por las rendijas de sus visores.
La carga se detuvo en seco.
El terror paralizó a los quince Paladines sobrevivientes.
Jamás en la historia de la Inquisición habían visto una magia que destrozara el acero bendecido de esa manera.
El pánico rompió su adoctrinamiento.
—¡Recarga!
—ladró Caelen.
Los quince tiradores presionaron el botón de retracción.
Los núcleos menores inyectaron maná en los resortes, retrocediendo las cuerdas con un clack mecánico en menos de un segundo.
Colocaron un nuevo virote.
—¡Fuego!
Una segunda ráfaga supersónica.
Catorce Paladines más cayeron al suelo, sus corazas estallando desde adentro.
Valerius, desde su caballo en la retaguardia, observaba la masacre con la boca abierta, el color abandonando su rostro.
Treinta de sus mejores hombres, la élite de Aethelgard, habían sido borrados de la existencia en menos de diez segundos, sin que un solo espadachín enemigo diera un paso.
El único Paladín de la vanguardia que había sobrevivido a la segunda ráfaga, aterrorizado y cubierto de la sangre que se filtraba de las armaduras de sus compañeros, soltó su escudo y continuó corriendo hacia la línea de Oakhaven, soltando un grito de locura, blandiendo su espada a ciegas.
Caelen no dio orden de disparo.
Bram, el gigante calvo, dio un paso al frente con su inmenso escudo torre.
El Paladín lanzó un tajo descendente desesperado.
Bram no bloqueó de frente.
Aplicando el entrenamiento intensivo de Vane, inclinó el escudo, dejando que la espada resbalara inofensivamente por el metal.
El caballero, cegado por el pánico y su restringido visor, perdió el equilibrio y tropezó hacia adelante.
Desde las sombras detrás de Bram, Lyra emergió como un borrón.
No intentó apuñalar la coraza de acero.
Su daga curva, rápida como una mordedura de serpiente, se deslizó directamente por la estrecha hendidura de la axila del caballero, donde solo había cota de malla y cuero blando, perforando la arteria principal.
El último Paladín de la vanguardia se desplomó, ahogándose en su propia sangre.
Treinta hombres de élite muertos.
Cero bajas en Oakhaven.
El silencio en la llanura fue absoluto.
El viento disipó el humo de las municiones de cavitación, revelando la fría, calculadora y despiadada formación de los defensores.
Vane se apoyó en su espada negra, sonriendo con una satisfacción sombría.
—Como dije, Comandante Valerius —gritó Vane—.
El manual de guerra de la Inquisición está obsoleto.
Su dogma de acero acaba de chocar contra el teorema de la ruptura.
Caelen avanzó un paso, sus botas mecánicas crujiendo sobre la grava.
El exoesqueleto zumbó, amplificando su presencia en el campo de batalla.
—Ustedes no son un ejército —dijo Caelen, su voz resonando en toda la llanura con una autoridad que helaba la sangre de los Clérigos enemigos—.
Son un sistema inflado, ineficiente y plagado de vulnerabilidades críticas.
Si dan un paso más hacia Oakhaven, formatearé el resto de su batallón.
Valerius apretó los puños alrededor de las riendas de su caballo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
La furia y la humillación quemaban su orgullo, pero el terror frío de haber perdido a un tercio de su infantería pesada en segundos le paralizaba la lengua.
Sabía que si ordenaba una carga general, sus hombres se negarían a marchar hacia los cañones de madera de esos demonios.
—¡Herejes!
—gritó Valerius, su voz temblando por primera vez—.
¡Creen que unas armas viles los salvarán del juicio de la Diosa!
¡Si el acero no puede purgar su podredumbre, lo hará el fuego divino!
Valerius se giró hacia los Clérigos de Batalla.
—¡Traigan a los Rastreadores!
¡Liberen a los Sabuesos del Purgatorio!
—ordenó el Inquisidor, babeando de rabia.
Detrás de la línea de Clérigos, los carromatos blindados comenzaron a abrirse, y un coro de gruñidos antinaturales, profundos y saturados de maná oscuro, llenó el aire.
Vane borró su sonrisa, tensando la mandíbula.
—Chico —murmuró Vane hacia Caelen, sin apartar los ojos de los carromatos enemigos—.
Los virotes de cavitación son geniales contra blancos lentos y pesados.
Pero los Sabuesos del Purgatorio son aberraciones mutadas.
Se mueven casi a la velocidad del sonido y sus mandíbulas pueden arrancar el acero.
Tus ballesteros no tendrán tiempo de apuntar.
Caelen no retrocedió.
Su mente ya estaba calculando las nuevas variables.
La infantería pesada había sido superada con balística; ahora, el enemigo desplegaba unidades rápidas de ataque de saturación.
—Elianor —llamó Caelen.
La recepcionista cerró lentamente su sombrilla de encaje negro.
Sus ojos azules desaparecieron, reemplazados por orbes completamente oscuros que parecían absorber la escasa luz del amanecer.
La temperatura en el campo de batalla cayó diez grados en un instante, y la escarcha comenzó a cubrir la hierba seca a sus pies.
—¿Sí, administrador?
—respondió Elianor, su voz ahora un eco doble, dulce y monstruoso a la vez.
—Las matemáticas tienen un límite de procesamiento físico —dijo Caelen, activando los servomotores de su brazo derecho y desenvainando su Espada V.2, que ronroneó con energía violeta—.
A partir de este momento, autorizo el uso de Fuerza Bruta Descomunal.
Que no quede ni uno solo de esos perros con cabeza.
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