El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capítulo 16 El Código Malicioso y el Dominio de las Sombras
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17: Capítulo 16: El Código Malicioso y el Dominio de las Sombras 17: Capítulo 16: El Código Malicioso y el Dominio de las Sombras El chasquido de los pesados cerrojos de hierro resonó en la llanura como el crujido de huesos rompiéndose.
Las gruesas puertas de los tres carromatos blindados de la Inquisición cayeron con un estruendo sordo.
De la oscuridad de las jaulas emergieron siluetas que desafiaban la biología natural de Tártaro.
Eran diez Sabuesos del Purgatorio.
Eran criaturas del tamaño de caballos de tiro, pero su anatomía estaba retorcida por la magia oscura y la alquimia divina.
Carecían de ojos; en su lugar, la mitad superior de sus cabezas estaba cubierta por placas de acero remachadas directamente al hueso.
Su mandíbula inferior, desproporcionadamente grande, goteaba una saliva corrosiva, y su piel sin pelo estaba marcada con runas incandescentes que quemaban constantemente su carne, manteniéndolos en un estado perpetuo de agonía y furia asesina.
Fueron criados en los calabozos de la capital con un solo propósito: cazar anomalías mágicas y destrozar formaciones que la caballería no podía romper.
Valerius, con el rostro torcido por una mezcla de rabia y triunfo enfermizo, alzó su martillo brillante.
—¡Desgarrad su carne!
¡Que no quede nada para enterrar!
Los diez sabuesos aullaron, un sonido estridente que hizo sangrar los oídos de varios aventureros en la línea de Oakhaven.
En un parpadeo, las bestias salieron disparadas.
No corrían en línea recta.
Se movían en zigzag, rebotando contra las rocas del páramo con una agilidad nauseabunda.
Caelen procesó la amenaza al instante.
La pantalla de su [Comprensión Nvl.
8] se tiñó de alertas rojas.
========================================= Análisis de Amenaza (Cinética): Sujeto: Sabuesos Mutados (10 unidades) Velocidad Estimada: 28 metros por segundo.
Trayectoria: Aleatoria/Erratica.
Probabilidad de impacto de Arbalesta: 4.3% Conclusión: Armamento balístico ineficaz.
Ruptura de línea inminente en 3.2 segundos.
========================================= —¡Bajen las arbalestas!
¡Lanzas al frente!
—gritó Caelen, desactivando el seguro de su Espada V.2 y dando un paso adelante para interceptar a las dos bestias que lideraban la manada.
Su exoesqueleto zumbó, listo para quemar los circuitos en una maniobra de Sobrecarga.
Pero la peor vulnerabilidad de cualquier sistema nunca proviene de un ataque externo.
El fallo más letal siempre se origina desde adentro.
Un código malicioso, inyectado silenciosamente, esperando el momento de máxima tensión del procesador para ejecutarse.
En la segunda fila de aventureros, a escasos dos metros a espaldas de Caelen, un hombre llamado Silas bajó su arbalesta.
Silas era un Rango Cobre que había permanecido callado durante todo el entrenamiento de Vane.
Era un mercenario mediocre, o al menos eso decía su registro.
En realidad, era un “Ojo de la Iglesia”, un infiltrado implantado en la frontera años atrás para reportar actividades ilegales.
Mientras los treinta aventureros concentraban su terror en los sabuesos que se acercaban a la velocidad del viento, Silas no miró a las bestias.
Metió la mano en su bota y extrajo una daga curva, cuya hoja no era de acero, sino de plata bendecida cristalizada, cubierta con veneno paralizante de Basilisco.
Un arma diseñada específicamente para asesinar herejes de alto nivel.
Silas calculó el ángulo.
El extraño arnés mecánico en la espalda del chico tenía un punto ciego justo en la base de la nuca, donde el grueso núcleo negro latía.
Si cortaba la conexión medular allí, el “administrador” de Oakhaven caería muerto, y la moral de la línea se haría añicos, dejando que los Sabuesos limpiaran el resto.
—¡Por la Luz que todo lo purga!
—bramó Silas, lanzándose hacia adelante con una velocidad explosiva que delataba su verdadero y oculto nivel.
La daga trazó un arco plateado letal directo hacia el cuello descubierto de Caelen.
Caelen sintió el cambio en la presión del aire.
Su cerebro registró el grito a sus espaldas en el segundo 1.5 del avance de los sabuesos.
Intentó pivotar usando los servomotores, pero la inercia de su cuerpo ya estaba comprometida hacia el frente para recibir el impacto de las bestias.
Estaba atrapado en su propia física.
Vane estaba a tres metros a la izquierda, su espada a medio desenvainar, los ojos muy abiertos al ver la traición, pero estaba demasiado lejos.
La hoja de plata estaba a un centímetro de la piel de Caelen.
Y entonces, el sonido de un impacto sordo resonó, seguido de un siseo abrasador, como agua cayendo sobre carbón al rojo vivo.
Caelen se giró.
Silas estaba paralizado en seco.
La daga bendecida se había detenido en el aire.
Elianor estaba de pie entre Caelen y el traidor.
Su mano delgada y pálida, desprovista de cualquier guantelete o armadura, había atrapado la hoja de plata por el filo.
El metal bendecido y el veneno reaccionaron violentamente al contacto con la piel de la recepcionista.
La carne de su palma se quemaba, emitiendo humo blanco, pero la sangre que goteaba de la herida y caía sobre la hierba seca no era roja.
Era un líquido negro, espeso y humeante que marchitó la vegetación al instante.
Silas abrió los ojos con horror absoluto, su adoctrinamiento religioso chocando contra la pesadilla que tenía enfrente.
—¡S-Sangre negra!
—balbuceó Silas, soltando el mango de la daga y retrocediendo, tropezando con los pies de sus propios compañeros—.
¡Nos han engañado!
¡Es un demonio!
¡La ramera del gremio es una criatura de la ceniza!
Un murmullo de pánico cruzó la línea de aventureros.
Bram y Lyra dudaron una fracción de segundo, sus mentes incapaces de procesar que la dulce chica que les servía té era el enemigo mortal de la humanidad.
Caelen no dudó.
No le importaba la biología de Elianor.
El sistema evaluaba aliados por eficiencia y lealtad, no por raza.
Pero antes de que Caelen o Vane pudieran silenciar al traidor, Elianor ladeó la cabeza.
La herida en su mano sanó en un milisegundo, la sangre negra retrocediendo hacia sus venas.
Su vestido blanco pareció perder color, y el aire a su alrededor se volvió tan frío y pesado que la gravedad misma pareció multiplicarse.
La dulce sonrisa desapareció por completo.
En su lugar, sus labios se curvaron en una mueca de absoluto desdén y furia abisal.
—Odio —susurró Elianor, y su voz no fue un tintineo, sino un eco superpuesto de cientos de voces sepulcrales que hizo temblar el suelo— a los empleados desleales.
La sombrilla de encaje negro que sostenía en su otra mano se disolvió en humo.
El humo se arremolinó y tomó la forma de una guadaña de sombras puras, más grande que la propia Elianor.
Con un movimiento perezoso pero de una velocidad incalculable, Elianor balanceó la guadaña.
No cortó el cuerpo de Silas; cortó su sombra proyectada en el suelo.
Silas soltó un alarido desgarrador que no sonó humano.
Su cuerpo físico se arrugó sobre sí mismo como una hoja de papel ardiendo, siendo succionado hacia el interior de su propia sombra decapitada hasta que no quedó absolutamente nada de él en el mundo material.
Cero rastro.
Borrado del código fuente.
Los aventureros contuvieron la respiración, aterrorizados.
Pero Elianor no había terminado.
Su furia, desencadenada por el ataque por la espalda a Caelen, se desbordó.
Se giró hacia el frente, hacia los diez Sabuesos del Purgatorio que estaban a menos de veinte metros de la línea.
Elianor abrió los ojos.
Ya no eran azules.
La esclerótica era negra como el vacío, y sus iris brillaban con un rojo escarlata infernal.
El miasma que liberó no era el humo gris de los Demonios de la Ceniza; era un dominio de oscuridad líquida que tiñó el cielo matinal de noche profunda en un radio de cien metros.
Los Sabuesos del Purgatorio, monstruos creados para no sentir miedo, se detuvieron en seco.
Las garras de sus patas patinaron sobre la grava.
Eran depredadores ápice, pero el instinto primario grabado en cada célula de su ser les gritaba que acababan de tropezar con la Diosa de la Muerte.
La presión mágica que emanaba de la recepcionista los aplastó físicamente contra el suelo.
Gimotearon como cachorros asustados, aplastando el vientre contra la tierra, incapaces de dar un solo paso más.
Valerius, en la retaguardia, cayó de rodillas.
Su caballo blanco se había desplomado, muerto por el simple paro cardíaco que le indujo el terror puro de aquel miasma.
—¡Una…
una Calamidad!
—susurró Valerius, temblando incontrolablemente—.
¡Un Lord Demonio en Oakhaven!
Vane, el Rango Adamantita, se secó el sudor de la frente y dejó escapar un silbido tenso.
Miró a los aventureros paralizados.
—¡Oigan, idiotas!
—rugió Vane, pateando la bota de Bram para sacarlo del trance—.
¡Me importa un reverendo carajo si la recepcionista resulta ser el maldito Rey Demonio!
¡Ella no está intentando matarlos, los Paladines sí!
¡Mantengan la línea y rematen a esos chuchos!
La lógica de la supervivencia se impuso al dogma.
Bram tragó saliva, apretó su escudo y asintió.
Los aventureros, dándose cuenta de que la “Calamidad” estaba de su lado, alzaron las lanzas y avanzaron sobre los sabuesos paralizados, ensartándolos sin piedad.
Caelen miró a Elianor.
La chica de pelo blanco respiraba agitadamente, sus ojos rojos fijos en Valerius, pero no parecía perder el control.
Era una fuerza de la naturaleza atada por su propia voluntad.
—Elianor —dijo Caelen, su voz firme cortando el dominio oscuro.
Ella lo miró de reojo.
El rojo infernal de sus ojos vaciló, volviéndose un poco más azul.
—Mantén el bloqueo de área.
Que ningún clérigo escape para pedir refuerzos —ordenó el ingeniero, como si estuviera dando instrucciones a un colega, ignorando por completo el hecho de que su aliada podía destruir la ciudad con un pensamiento.
Caelen se giró hacia Vane, desenfundando su Espada V.2 y apuntando hacia el Inquisidor Valerius y los veinte clérigos que intentaban balbucear hechizos de escape desde la retaguardia de la formación rota.
—El cortafuegos está abajo y la caballería enemiga está inmovilizada por pánico del sistema —dijo Caelen, activando los servomotores al máximo.
El zumbido violeta regresó, iluminando la oscuridad proyectada por Elianor—.
Vane, es hora de apagar el nodo de mando.
Vane mostró los dientes en una sonrisa feroz y levantó su espada de obsidiana.
—Trata de seguirme el ritmo, chico mecánico.
Ambos salieron disparados como dos proyectiles de artillería.
Vane era un espectro de pura habilidad marcial.
Se movía sin desperdiciar un gramo de energía.
Apenas rozaba el suelo, y cuando alcanzó la línea de clérigos, su espada negra se convirtió en un borrón.
No cortaba armaduras; encontraba las uniones, los cuellos y las muñecas con una precisión aterradora.
Decapitó a tres clérigos antes de que el primero tocara el suelo.
Caelen, por su parte, era un ariete de cinética pura.
Ignoró a los clérigos menores y se dirigió directamente hacia Valerius.
El Inquisidor Comandante, viendo al muchacho acercarse, fue empujado por la desesperación a superar su terror al miasma.
Se puso en pie, levantó su inmenso martillo de guerra bendecido, cuyas runas brillaron con un fuego blanco desesperado, y lanzó un golpe horizontal diseñado para aplastar a Caelen contra las rocas.
—¡Muere, maquinaria hereje!
—bramó Valerius.
Respiración de Flujo Áureo: Sobrecarga del Núcleo.
Caelen no intentó esquivar la enorme cabeza del martillo; el área de efecto era demasiado amplia.
En su lugar, aceleró directamente hacia el arma.
A una fracción de segundo del impacto, Caelen apretó el gatillo de su Espada V.2 a nivel medio.
El impulso no fue para cortar a Valerius, sino para chocar el filo de mithril directamente contra el mango de gruesa madera de hierro del martillo, justo debajo de la cabeza metálica.
¡CRAAACK!
El choque de fuerzas fue ensordecedor.
La hoja mecánica de Caelen, impulsada por el exoesqueleto y la detonación, partió el asta del arma sagrada en dos.
La pesada cabeza del martillo salió volando inútilmente hacia un lado.
Valerius tropezó hacia adelante, desequilibrado por el repentino cambio en la distribución de peso de su arma rota.
Ese fue su error fatal.
Caelen no se detuvo.
Usando la rotación de su cadera y la compresión hidráulica de su pierna derecha, giró sobre sí mismo y asestó una patada lateral directamente en el centro de la coraza dorada del Inquisidor.
El exoesqueleto concentró toda la energía cinética del núcleo del Comandante Demoníaco en la suela de la bota de acero de Oakhaven.
El impacto sonó como una campana de bronce siendo golpeada por una bala de cañón.
La armadura bendecida de Valerius, diseñada para resistir magia y tajos de espada, se hundió hacia adentro bajo la presión mecánica pura.
Las costillas del Inquisidor se astillaron como ramas secas, y fue lanzado diez metros por el aire, rebotando brutalmente contra el páramo seco antes de quedar inerte, tosiendo sangre negra y espesa.
El nodo de mando había caído.
Vane cortó la garganta del último clérigo y sacudió la sangre de su hoja de obsidiana.
Miró el campo de batalla.
Un ejército de cien unidades de élite de Aethelgard yacía destrozado, humeante y masacrado en las puertas de una ciudad fronteriza.
Caelen desactivó el exoesqueleto con un siseo de vapor.
Se giró hacia Elianor.
La oscuridad antinatural comenzaba a disiparse lentamente, y los ojos de la chica volvían a su color azul cristalino.
Las puertas de Tártaro acababan de abrirse de par en par.
La Inquisición había sido aniquilada, la recepcionista había revelado ser un Lord Demonio, y el ingeniero acababa de probar que el acero de los dioses podía ser roto por las leyes de la física.
Oakhaven ya no era una aldea.
Era la capital de la herejía.
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