El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 18
- Inicio
- El Aventurero Anómalo de Tártaro
- Capítulo 18 - 18 Capítulo 17 Fallo en el Servidor y la Alerta del Sistema Central
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: Capítulo 17: Fallo en el Servidor y la Alerta del Sistema Central 18: Capítulo 17: Fallo en el Servidor y la Alerta del Sistema Central El viento frío del amanecer soplaba sobre las llanuras frente a Oakhaven, pero no lograba disipar el hedor a sangre quemada, ozono y ácido alquímico.
El Inquisidor Comandante Valerius yacía bocarriba sobre la grava destrozada.
Su armadura bendecida, una obra maestra de la orfebrería de Aethelgard, estaba hundida en el centro de su pecho con la forma exacta de la bota reforzada de Caelen.
Cada respiración del clérigo era un gorgoteo húmedo; sus pulmones se llenaban de su propia sangre.
Caelen se acercó a él con paso lento.
El zumbido de los servomotores de su exoesqueleto se había apagado, dejando solo el sonido de sus botas crujiendo sobre los restos de las armas enemigas.
A un lado, Vane limpiaba metódicamente su espada de obsidiana con la capa de un paladín caído.
—D-demonio…
—balbuceó Valerius, escupiendo un coágulo oscuro mientras sus ojos desenfocados pasaban de Caelen a Elianor, quien permanecía a unos metros de distancia, con su sombrilla de encaje negro nuevamente materializada en sus manos—.
La…
la luz…
los purgará…
Caelen se detuvo junto al Inquisidor caído.
Lo miró desde arriba, sus ojos oscuros reflejando la frialdad de un analista de datos evaluando un hardware obsoleto.
—Tu sistema operativo está corrupto, Valerius —dijo Caelen, su voz carente de ira o triunfo, solo exponiendo un hecho—.
Confías en una “Luz” que tiene un tiempo de latencia demasiado alto para salvarte.
La fe no detiene el daño cinético.
Caelen levantó su Espada V.2.
No usó los gatillos de compresión; simplemente dejó caer el peso de la aleación de mithril y obsidiana sobre el cuello expuesto del Comandante.
Fue un corte limpio y misericordioso.
Una desconexión permanente.
El último rastro de la Inquisición en Oakhaven se apagó.
Caelen envainó su espada y se giró hacia su línea de defensa.
Los treinta aventureros estaban paralizados, como estatuas de piedra cubiertas de barro y ceniza.
No miraban los cadáveres de los cien Paladines que acababan de diezmar con su lluvia balística.
Estaban mirando a Elianor.
La recepcionista había retraído por completo su abisal miasma oscuro.
Sus ojos habían vuelto a ser de un azul cristalino y su sonrisa dulce y maternal iluminaba su rostro pálido.
Pero el recuerdo del demonio de sombras que había pulverizado a Silas, el infiltrado de la Iglesia, y que había puesto de rodillas a diez Sabuesos del Purgatorio con pura presión mágica, estaba grabado a fuego en sus mentes.
Bram, el gigante que había sostenido la carga de los Paladines, retrocedió un paso torpe, su inmenso escudo temblando.
Lyra tenía las orejas felinas aplastadas contra su cabeza, lista para huir hacia los tejados.
—Señorita Elianor…
—susurró Bram, tragando saliva con terror—.
Las leyendas…
los cuentos de la capital.
Usted es…
un Lord Demonio.
Una Calamidad de la Ceniza.
Elianor ladeó la cabeza, su sonrisa vacilando apenas un milímetro, cruzando las manos sobre su regazo con una expresión de genuina tristeza.
—Sé que asusta, Bram —dijo ella con su voz cantarina y suave—.
He pasado muchos años intentando vivir una vida tranquila, sirviendo té y manteniendo este gremio limpio.
Aethelgard me cazó hace décadas, y Tártaro me llama un monstruo.
Si desean que me vaya, lo entenderé.
Caelen dio un paso adelante, interponiéndose entre Elianor y los aventureros aterrados.
—Nadie se va a ir —declaró Caelen.
Su voz resonó con la autoridad de una orden inquebrantable.
Los aventureros lo miraron, perplejos.
El joven ingeniero señaló a Elianor y luego a los cadáveres de los Paladines.
—Una espada no tiene moralidad.
No le importa quién la forjó ni de qué metal está hecha.
Solo importa lo que corta —explicó Caelen, escaneando los rostros de sus hombres—.
Elianor no atacó nuestra infraestructura.
Destruyó un malware que intentó desconectarme desde adentro, y aplicó un parche de seguridad de área contra los Sabuesos del Purgatorio cuando nuestras defensas balísticas eran insuficientes.
Caelen se giró ligeramente hacia ella.
—Es un componente crítico de nuestro servidor.
Y en esta ciudad, evaluamos por eficiencia y lealtad, no por raza.
Vane, el Rango Adamantita, se acercó arrastrando los pies y soltó una carcajada ronca, apoyando un brazo sobre los hombros de Caelen, aunque el chico se tensó por el contacto.
—El niño mecánico tiene razón —dijo Vane, guiñando un ojo a Elianor—.
La Inquisición masacra aldeas enteras por no pagar el diezmo, y se llaman a sí mismos “santos”.
La recepcionista aquí aniquila inquisidores y nos sirve estofado caliente.
Yo sé a quién prefiero tener de jefa.
La lógica pragmática, brutal y sencilla de la supervivencia se abrió paso entre el dogma religioso.
Bram miró su escudo abollado, luego a Caelen y, finalmente, a Elianor.
El gigante exhaló ruidosamente y asintió, relajando la guardia.
Lyra bajó sus dagas y las orejas de su cabeza volvieron a erguirse lentamente.
Habían aceptado el nuevo paradigma.
Oakhaven ya no pertenecía a Aethelgard, ni a los dioses.
Pertenecía a los marginados.
Caelen sintió una vibración aguda en el bolsillo de su pantalón táctico.
Era su Placa de Estado.
El metal estaba al rojo vivo.
La sacó con manos temblorosas por el agotamiento, y las runas azules flotaron en el aire, parpadeando erráticamente.
========================================= Nombre: Caelen Clase: Aventurero Nivel: 1 (ERROR: Desbordamiento de Experiencia.
Bloqueo de Sistema Activo) Atributos Base: Fuerza: 210 (+75) Vitalidad: 240 (+80) Agilidad: 195 (+50) Magia: 310 (+95) Resistencia: 280 (+85) Habilidades Derivadas (Anómalas): [Respiración de Flujo Áureo Nvl.
7] (+1) [Estilo de Combate Cinético Nvl.
5] (+2) [Gestión de Daños Internos Nvl.
3] (+2) [Sinergia Estructural y Mecánica Nvl.
5] (+2) Nuevos Títulos Adquiridos: [Hereje Primordial] (La luz no puede purgarte) [Anomalía del Sistema] (El mundo no comprende tu existencia) Habilidades Pasivas: [Comprensión Nvl.
9] (+1) ========================================= Caelen cerró la placa.
El sistema seguía negándose a otorgarle niveles, bloqueando su progreso oficial como si fuera un software pirateado intentando actualizarse en un servidor oficial.
Pero sus estadísticas base se habían disparado por el esfuerzo sobrehumano, el estrés de soportar el núcleo del Comandante Demonio y la matanza de unidades de élite.
—Descansen, recojan el equipo utilizable de las armaduras y quememos los cuerpos —ordenó Caelen a la tropa—.
El servidor central no tardará en notar que su paquete de datos se perdió en el camino.
Aethelgard – Palacio de la Luz, Salón del Trono (Seiscientos kilómetros al sur, tres horas después) La capital del Reino de Aethelgard era una metrópolis de mármol blanco, oro y vitrales que contaban las victorias de la humanidad.
En el corazón de la ciudad se alzaba el Palacio de la Luz, una estructura colosal donde el poder político y religioso se fusionaban en una sola entidad.
El Salón del Trono estaba sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujido de un enorme Orbe de Comunicación de Cristal que descansaba sobre un pedestal en el centro de la sala.
El Rey de Aethelgard, un hombre corpulento envuelto en sedas y portando una corona de espinas doradas, observaba el orbe con el rostro pálido.
A su lado derecho estaba el Sumo Sacerdote de la Iglesia de la Luz, aferrando su báculo con nudillos blancos.
Y a su izquierda, con la mitad del rostro aún vendada por las quemaduras y temblando de rabia y humillación, estaba Sir Kaelith, el ‘Sabio de la Llama’, el Héroe Invocado.
El Orbe de Cristal acababa de reproducir los últimos tres minutos de visión del Inquisidor Valerius antes de morir.
Habían visto, en un silencio atónito, cómo cien de sus Paladines de élite, hombres forjados en años de entrenamiento y bendecidos con armaduras impenetrables, eran masacrados en segundos por campesinos con extrañas y grotescas ballestas de madera.
Habían visto la oscuridad absoluta tragar el cielo cuando la Calamidad disfrazada de recepcionista liberó su miasma.
Y, finalmente, habían visto al chico.
Habían visto la fría precisión de Caelen, la armadura mecánica brillando con energía hereje en su espalda, y la forma brutal, eficiente y casi despectiva en que había partido el martillo sagrado y destrozado la coraza de Valerius de una sola patada cinética.
El Orbe de Cristal emitió un último destello azul y se resquebrajó, partiéndose por la mitad.
—¡Es hechicería blasfema!
—gritó Kaelith, su voz aguda rompiendo el silencio, señalando los restos del orbe—.
¡Se los dije!
¡Ese mocoso asqueroso no es un humano, es un demonio disfrazado!
¡Destruyó mi hechizo con trucos baratos y ahora ha masacrado a nuestros santos caballeros!
¡Exijo que envíen al ejército entero para arrasar ese chiquero!
El Sumo Sacerdote golpeó el mármol con su báculo, silenciando al Héroe.
Su rostro viejo estaba tenso, sus ojos grises calculando el daño.
—Silencio, Sir Kaelith.
No estamos enfrentando a una simple revuelta de campesinos armados con horquillas —dijo el Sumo Sacerdote, su voz gélida resonando en las altas bóvedas del salón—.
Ese hombre que comandaba sus filas era Vane el Desterrado.
La mujer que tiñó el cielo de negro posee una firma de maná idéntica a los Señores Demoníacos de la Tercera Era.
El Rey se hundió en su trono, frotándose las sienes.
—Cien Paladines perdidos…
Valerius muerto…
y una ciudad fronteriza declarándose soberana —murmuró el monarca—.
Si los otros reinos se enteran de que una banda de mercenarios y herejes humilló a nuestra Inquisición, nuestra posición en la Alianza de la Luz se desmoronará.
El pánico se apoderará de los nobles.
—No habrá pánico, Su Majestad —intervino el Sumo Sacerdote, girándose hacia el trono con una reverencia rígida—.
Esto no es un motín.
Es una infección estructural en el corazón de nuestro reino.
Y la historia nos enseña que las infecciones graves requieren amputaciones absolutas.
El anciano clérigo miró a Kaelith, quien retrocedió instintivamente ante la fría devoción en los ojos del sacerdote.
—Ese chico, Caelen…
su magia no es elemental.
No es divina.
Rompe las leyes establecidas por la Diosa.
Es una Anomalía que corrompe nuestro mundo con cada segundo que respira —sentenció el Sumo Sacerdote—.
Enviaremos un mensaje que resonará en cada rincón de Tártaro.
Declararé la Primera Cruzada Interna.
El Rey alzó la mirada, sorprendido.
—¿Una Cruzada Interna?
Eso requiere…
—Recrear la devastación, sí —asintió el Sacerdote—.
Movilizaremos a los tres Comandantes de la Guardia Sagrada.
Desplegaremos a los Ángeles de Artillería.
Y, para asegurarnos de que la Calamidad sea purgada, abriremos las Bóvedas del Génesis y le entregaremos a Kaelith y a los otros Héroes las Reliquias Sagradas.
Kaelith abrió mucho los ojos, y una sonrisa retorcida y eufórica se dibujó en la mitad intacta de su rostro.
Las Reliquias Sagradas eran armas de destrucción masiva que no se habían utilizado desde la última guerra mundial contra el Rey Demonio.
—Oakhaven dejará de existir —prometió el Sumo Sacerdote, apretando los dientes—.
Y borraremos el nombre de ese chico de la historia hasta que ni sus cenizas recuerden su herejía.
La guerra en las sombras había terminado.
El Reino de Aethelgard acababa de poner toda su maquinaria militar y religiosa en movimiento para aplastar un simple engranaje defectuoso.
Pero lo que no sabían era que ese engranaje había comenzado a reescribir las reglas del universo entero.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com