Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 19

  1. Inicio
  2. El Aventurero Anómalo de Tártaro
  3. Capítulo 19 - 19 Capítulo 18 La Traza Italiana y el Código Fuente del Mundo
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

19: Capítulo 18: La Traza Italiana y el Código Fuente del Mundo 19: Capítulo 18: La Traza Italiana y el Código Fuente del Mundo El humo negro de las inmensas piras funerarias se elevaba hacia el cielo plomizo de Oakhaven, tiñendo las nubes con el hedor acre de la carne quemada y el ozono.

No estaban quemando a sus propios caídos, pues el saldo de bajas de la ciudad fronteriza era un rotundo y milagroso cero.

El fuego consumía los restos de la Inquisición de Aethelgard y la biomasa putrefacta de los Sabuesos del Purgatorio.

Sin embargo, el verdadero tesoro de la masacre no fue devorado por las llamas.

Cien armaduras de acero templado bañadas en plata, cien espadas bendecidas con runas de disipación, y docenas de núcleos de maná sagrado extraídos de los clérigos yacían apilados en el amplio patio de tierra del Gremio de Aventureros.

Era una fortuna obscena.

Una montaña de metal reluciente que habría comprado un ducado entero en el próspero interior del reino.

Para Caelen, de pie frente a la pila con los brazos cruzados y el rostro manchado de hollín, no era oro.

Era simplemente materia prima.

El joven ingeniero observaba a los treinta aventureros que, aún exhaustos y vendados, clasificaban el botín con una eficiencia nacida de la nueva disciplina marcial.

Su exoesqueleto descansaba en la forja subterránea, enfriando sus conductos térmicos tras la sobrecarga del combate.

Vane y Elianor flanqueaban a Caelen, formando el triunvirato que ahora gobernaba en las sombras.

—La capital no responderá enviando más infantería pesada —dijo Vane, apoyando una bota negra sobre un yelmo abollado que aún conservaba el emblema del Sol Dorado—.

El Sumo Sacerdote no es un burócrata estúpido.

Si cien de sus mejores hombres y un Inquisidor Comandante no regresan, sabrá que la fuerza convencional y las tácticas de intimidación fallaron.

Declararán una Cruzada Interna.

Elianor asintió, su rostro inusualmente serio.

La dulce sonrisa que usaba como máscara había desaparecido, dejando ver a la estratega inmortal que habitaba bajo su piel de porcelana.

—Desplegarán la Guardia Sagrada de élite —murmuró la recepcionista, ajustando los guantes blancos sobre sus manos perfectas—.

Traerán a la división de asedio pesado, a los magos de destrucción a gran escala.

Y si el pánico en la corte del Rey es lo suficientemente grande, abrirán las Bóvedas del Génesis.

Despertarán las Reliquias.

Caelen giró la cabeza hacia ella, sus ojos analíticos captando la gravedad en el tono de la chica.

—¿Reliquias?

¿Hardware de la Primera Era?

—Armas de la Era de los Dioses —le corrigió Vane, su voz volviéndose sombría—.

Artefactos de destrucción masiva que no necesitan ejércitos para operar.

Si movilizan el Cañón de Luz de Solaria o la Lanza de los Cielos, no marcharán hasta nuestras puertas.

Dispararán desde la cima de una colina a cinco kilómetros de distancia.

Nuestras murallas de madera y piedra caliza se evaporarán en un microsegundo.

No habrá cuello de botella balístico en un cañón que nos salve si deciden borrar las coordenadas de esta ciudad del mapa.

Caelen miró hacia las altas murallas de troncos de roble oscuro que rodeaban Oakhaven.

Eran altas, imponentes, diseñadas para detener a hordas de duendes, lobos mutados y bandidos comunes.

Eran estructuras completamente verticales, construidas en ángulos rectos.

En la mente de Caelen, simuló el impacto de un rayo de energía cinética o mágica de alta densidad contra esas paredes.

«Impacto perpendicular absoluto.

Transferencia de energía del cien por ciento a la estructura portante.

La madera se astillará, la piedra se fragmentará.

Es un fallo crítico de arquitectura básica frente a artillería pesada».

—Entonces no usaremos madera —declaró Caelen, su voz adquiriendo ese tono metálico y absoluto que no admitía debate—.

Y no usaremos murallas verticales.

El diseño medieval está obsoleto.

Vamos a actualizar la topografía entera de Oakhaven.

Vamos a convertir esta aldea en una plataforma blindada inexpugnable.

Caelen se dio la vuelta y caminó hacia una inmensa mesa de madera en el centro del patio, utilizada normalmente para desollar monstruos.

Tomó un grueso trozo de carbón y, con movimientos rápidos, geométricos y precisos, comenzó a trazar líneas sobre un pergamino gigante.

Vane, Elianor, Bram y Lyra se acercaron por detrás, observando cómo la mente del “administrador” reescribía su mundo.

Lo que Caelen dibujó no era un simple cuadrado defensivo, ni el clásico círculo amurallado de los castillos de Tártaro.

Era una estrella compleja, masiva, de múltiples puntas, con ángulos agudos, fosos superpuestos y bastiones en forma de diamante.

—Esto se llama Fortaleza Estelar —explicó Caelen, señalando las puntas proyectadas hacia afuera—.

En el mundo…

antiguo, se le conocía como la Traza Italiana.

Las murallas verticales son un objetivo perfecto y fácil para la artillería de larga distancia.

Destruiremos nuestras propias murallas de madera y las reconstruiremos con muros inclinados, a un ángulo exacto de sesenta grados.

Caelen dibujó un corte transversal de la muralla.

—No serán muros huecos.

Los rellenaremos con miles de toneladas de tierra compactada, y recubriremos el exterior con un encofrado del acero fundido de estas armaduras sagradas.

Los ataques mágicos pesados o la artillería cinética de las Reliquias no impactarán de lleno; resbalarán.

Se desviarán hacia el cielo o rebotarán por la inclinación, disipando la energía letal en la atmósfera.

Vane, con su ojo táctico afilado por décadas de guerras de asedio y matanzas, abrió los ojos con genuino asombro mientras estudiaba los ángulos superpuestos del dibujo.

Su mente de Rango Adamantita comprendió de inmediato la letalidad matemática del diseño.

—Por todos los dioses caídos…

—susurró el veterano, trazando líneas de visión imaginarias desde los bastiones con su dedo índice—.

No hay puntos ciegos.

Ninguno.

Si la infantería o los monstruos atacan una punta de la estrella, los defensores ubicados en las puntas adyacentes pueden dispararles directamente por los flancos expuestos.

Es un fuego cruzado perpetuo.

Una picadora de carne a escala arquitectónica.

—Exacto.

Fuego de enfilada —confirmó Caelen, limpiándose el polvo de carbón de las manos—.

Pero para construir este parche de seguridad antes de que la Cruzada llegue en un par de meses, necesitamos mano de obra y materiales de grado industrial que no tenemos.

Oakhaven debe industrializarse.

Hoy.

Caelen se giró hacia los treinta aventureros que observaban en silencio, y hacia las docenas de civiles que habían comenzado a salir tímidamente de sus sótanos, atraídos por la victoria y el humo.

—¡Escuchen todos!

—la voz de Caelen resonó, amplificada sutilmente por un pequeño hechizo acústico que Elianor conjuró a sus espaldas—.

Aethelgard nos ha declarado su enemigo.

Si nos quedamos como mercenarios independientes jugando a ser héroes de taberna, moriremos.

A partir de hoy, el sistema de clases del gremio queda oficialmente abolido en esta ciudad.

Ya no hay Rangos Cobre, ni ‘Espadachines’, ni ‘Magos de Fuego’.

Hoy nacen las Divisiones de Defensa de Tártaro.

El ingeniero señaló a Bram, el hombre inmenso que había sostenido la línea con su cuña de acero.

—Bram.

Ya no eres un ‘Defensor’ estancado.

Eres el Comandante de los Ingenieros de Combate Pesado.

Usaremos el acero de estos paladines para forjar exoesqueletos pasivos y armaduras espartanas para tu equipo.

Su trabajo primario no es cruzar espadas; es alterar el terreno.

Construirán los bastiones de tierra, cavarán las trincheras geométricas y operarán la maquinaria pesada de elevación.

Ustedes son la estructura del sistema.

El gigante sonrió, una sonrisa ancha que le partió el rostro cicatrizado, y chocó sus inmensos puños.

—A la orden, Administrador.

Caelen movió su dedo hacia Lyra, la chica semi-humana lince.

—Lyra.

Ya no eres una rastreadora utilizada como cebo para monstruos.

A partir de hoy, eres la Capitana de la División de Reconocimiento y Sabotaje Balístico.

Tu equipo dejará de usar dagas cortas y arcos de caza.

Adaptaré las Arbalestas de Cavitación.

Les añadiré miras telescópicas de cristal pulido y cañones estriados.

Serán francotiradores.

Eliminarán a los oficiales, comandantes y clérigos enemigos a quinientos metros de distancia, mucho antes de que siquiera vean nuestras murallas.

Ustedes son los sensores de largo alcance.

Las orejas felinas de Lyra se erizaron de pura emoción ante la perspectiva de empuñar un arma de tal letalidad.

Se inclinó en una profunda reverencia marcial.

Caelen no se detuvo ahí.

Dividió a los atónitos civiles en equipos de logística y producción de alquimia.

Les enseñó, usando sus memorias universitarias, a fabricar su propia versión del cemento romano: recolectarían ceniza volcánica del cercano Valle de la Ceniza, la mezclarían con cal viva, arena de río y polvo de caparazón triturado de las Bestias de Asedio muertas.

Todo esto sería amasado y vertido entre gruesos encofrados de madera, reforzados con mallas tejidas a partir del acero inquisitorial derretido.

Durante las siguientes tres semanas, Oakhaven dejó de ser un tranquilo pueblo fronterizo para convertirse en una colmena industrial frenética.

Los densos bosques circundantes fueron talados sin piedad a un kilómetro a la redonda para privar al enemigo de cobertura y proporcionar madera para los andamios.

La tierra fue excavada para formar fosos profundos.

Los muros inclinados de tierra apisonada y el nuevo “Concreto de Tártaro” comenzaron a elevarse.

El sonido de los martillos, el crujido de los picos y el rugido de los altos hornos no se detuvo ni de día ni de noche.

Oakhaven se estaba atrincherando.

Sin embargo, a puertas cerradas, en lo más profundo del sótano del Gremio, Caelen se estaba enfrentando de frente contra un muro que ni su intelecto superior ni su voluntad de hierro podían derribar.

Era tarde, mucho más allá de la medianoche.

El sótano estaba iluminado por la luz azulada y violenta del crisol de la forja.

Caelen tenía frente a sí un pergamino chamuscado con un plano a medio terminar de lo que él llamaba el Cañón Acelerador de Masas.

A su alrededor, sobre las mesas de trabajo, había varias piezas de su exoesqueleto destrozadas y fundidas.

Había intentado canalizar el denso y furioso maná del núcleo del Comandante Demonio a través de gruesos cables de mithril trenzado para alimentar los electroimanes mágicos del prototipo del cañón de riel.

Quería un arma capaz de disparar un proyectil de tungsteno a Mach 5 para pulverizar las Reliquias enemigas desde la distancia.

El resultado había sido un desastre absoluto.

Una explosión contenida que casi le arranca el brazo izquierdo desde el codo, dejándole quemaduras severas de segundo grado.

Su pasiva [Gestión de Daños Internos Nvl.

3] latía dolorosamente, desviando su escaso maná vital para regenerar la carne en carne viva.

Vane bajó las escaleras de piedra en silencio, sosteniendo dos jarras de cerveza negra y espesa.

Le tendió una a Caelen, quien la aceptó con un asentimiento rígido, sin apartar los ojos de los cables fundidos.

—Te estás quedando sin memoria RAM, chico —dijo Vane, apoyándose contra la pared de piedra húmeda y usando casualmente uno de los extraños términos que Caelen murmuraba cuando estaba frustrado—.

La Fortaleza Estelar está al sesenta por ciento de su construcción.

Las defensas balísticas de Lyra son operativas y letales.

Pero tú…

tú pareces a punto de fundirte junto con esa chatarra.

¿Qué es lo que falla?

Caelen dejó la jarra sobre el yunque, señalando el desastre metálico.

—Conductividad térmica y saturación de datos —respondió Caelen, apretando la mandíbula con frustración clínica—.

El mithril es un metal excelente para hechizos estándar y espadas mágicas.

Pero la energía cinética bruta y la fricción electromagnética que necesito para acelerar un proyectil e igualar el poder destructivo de una Reliquia de la Primera Era…

simplemente lo derrite.

El acero normal es demasiado pesado y mal conductor.

Necesito superconductores.

Materiales que puedan soportar una fricción molecular masiva sin perder su integridad estructural.

Caelen miró de reojo el núcleo negro del Comandante Demoníaco, que latía perezosamente en su contenedor de plomo.

—Y mi exoesqueleto…

el núcleo del demonio es poderoso, sí.

Pero es caótico.

Inestable.

Es como intentar alimentar un procesador cuántico de alta precisión inyectándole gasolina en llamas.

El hardware biológico y metálico no lo soporta.

Elianor apareció en silencio al pie de las escaleras, moviéndose como un fantasma en su pulcro vestido.

Sostenía una bandeja de plata con sándwiches de carne caliente.

Su terrorífica aura oscura estaba completamente retraída, luciendo nuevamente como la dulce ancla de cordura que mantenía a los dos guerreros atados a la realidad.

—Si quieres un núcleo puro, Caelen…

uno que no sea caótico ni esté corrompido por el miasma —dijo Elianor, dejando la bandeja sobre una mesa limpia—, no puedes matar demonios ni cazar bestias mutadas de la frontera.

El maná de Tártaro en la superficie está contaminado por milenios de guerras.

Necesitas el Núcleo de un Guardián.

Caelen giró la cabeza bruscamente, su mente de ingeniero captando de inmediato la magnitud del concepto.

—¿Un Guardián?

Vane dejó su jarra de cerveza, y su rostro, normalmente marcado por una arrogancia cínica, se volvió completamente serio, casi reverencial.

—Los Laberintos Profundos —explicó el Rango Adamantita, su voz adquiriendo un tono grave—.

Aethelgard tiene docenas de mazmorras de entrenamiento controladas, sí.

Pero estoy hablando de los Grandes Laberintos Primordiales, las megaestructuras subterráneas que datan de la Edad de los Dioses.

Se dice que en el fondo de cada uno yace un Guardián, un golem titánico forjado a partir de las leyes primordiales del mundo.

Sus núcleos son fuentes de energía perpetua, estable y absoluta.

Vane se acercó y tocó los restos fundidos de mithril.

—Además, las profundidades extremas de esos abismos son el único lugar donde se puede extraer Adamantita Primordial pura y Oricalco.

Materiales de los que están hechas las leyendas.

Hacen que este mithril parezca estaño barato.

Elianor asintió suavemente, sus ojos azules clavándose en Caelen con una intensidad que lo atravesó.

—Y hay algo más importante para ti, Caelen.

Tú ves la magia como “código”, ¿no es así?

—La recepcionista lo miró con la sabiduría de alguien que había visto nacer y morir eras—.

En Tártaro, los que dominan verdaderamente el mundo son aquellos que logran comprender la Magia de la Creación.

Los Héroes Invocados tienen un acceso superficial y empaquetado a ella por diseño de los dioses.

Pero la verdadera Magia de las Eras, el “Código Fuente” que rige la física, la vida y la energía de este continente, está grabada en los monolitos de la Verdad, ubicados en el lecho de esos laberintos.

Caelen miró sus manos, vendadas y quemadas.

Luego miró el plano inservible del Cañón de Riel, y finalmente palpó la fría Placa de Estado en su bolsillo, aquella que se negaba obstinadamente a sacarlo del Nivel 1.

Se había encerrado en Oakhaven, jugando a la defensiva.

Había automatizado a treinta hombres, les había dado fusiles balísticos primitivos y había diseñado muros geométricamente inexpugnables.

Pero él mismo seguía operando con software de terceros y materiales deficientes robados de una Inquisición de segunda categoría.

Para construir armamento capaz de derribar el cielo mismo y aplastar a los dioses que jugaban con la humanidad, necesitaba comprender el origen de las mecánicas de Tártaro.

Necesitaba privilegios de Administrador absolutos.

Y esos privilegios no se conseguían fundiendo acero en un sótano seguro; se reclamaban a sangre y fuego en la oscuridad absoluta del abismo.

—El Laberinto de las Bestias de Hierro —dijo Vane, leyendo la resolución que se cristalizaba en los ojos del muchacho—.

Está ubicado en el continente de los Hombres Bestia, muy al oeste, más allá del Mar de Cenizas y los desiertos cristalizados.

Es un lugar donde la fauna, la flora y las reglas de la magia mutaron por completo.

El Gremio Central y la Iglesia prohíben estrictamente la entrada a cualquier humano.

Lo cual significa que es exactamente donde deberías ir si quieres el poder real.

Caelen asimiló la información, procesando rutas, riesgos y cronogramas.

Se puso en pie.

El dolor punzante en su brazo izquierdo fue completamente ignorado y borrado por la fría adrenalina del descubrimiento científico.

—¿Cuánto tiempo tenemos, de forma realista, antes de que la Cruzada de Aethelgard esté lista para marchar sobre nuestra posición?

—preguntó Caelen.

—Reunir a la Guardia Sagrada de las provincias, coordinar la inmensa logística para un asedio a gran escala que cruce el continente, y realizar los rituales de apaciguamiento para despertar las Reliquias de forma segura…

les tomará al menos tres meses, tal vez cuatro si los nobles discuten por el presupuesto —estimó Vane, cruzándose de brazos—.

La burocracia de los reyes es patéticamente lenta cuando tienen miedo real.

Caelen miró al curtido Rango Adamantita y luego a la Calamidad inmortal disfrazada de recepcionista de gremio.

Eran dos de los seres más mortíferos y experimentados de todo el continente de Tártaro.

—Terminaré de forjar las piezas clave mecánicas de la Fortaleza Estelar y automatizaré el sistema de gatillo de las torretas de arbalestas pesadas en las próximas tres semanas —dijo Caelen, su voz recuperando la gélida frialdad clínica, pero ahora con un filo afilado de anticipación—.

Les dejaré los planos arquitectónicos completos y el manual de mantenimiento del arsenal.

Ustedes dos liderarán la defensa de Oakhaven y terminarán el entrenamiento de las Divisiones.

Tienen la tecnología balística superior, el terreno a su favor, la táctica y a los hombres adiestrados.

Vane sonrió, una sonrisa ancha y genuinamente depredadora, mostrando los dientes.

—¿Y el joven ingeniero a dónde irá mientras nosotros sostenemos el fuerte?

Caelen tomó su pesada capa oscura y rasgada del respaldo de una silla y la arrojó sobre sus hombros.

La luz violeta residual de la forja bailó en sus ojos oscuros, oscuros y vacíos, revelando no al niño huérfano que lloró bajo una cama, ni al universitario cansado de la Tierra, sino a la Anomalía que estaba a punto de devorar y reestructurar el mundo desde sus cimientos.

—Voy a emprender un viaje para una actualización forzada de hardware y software —declaró Caelen, ajustando las pesadas correas de cuero de su espada mecánica V.2 a su cintura—.

Iré al Laberinto de las Bestias de Hierro en el continente de occidente.

Voy a sumergirme en el abismo, voy a matar a su Guardián, y voy a descargar el código fuente de Tártaro directamente desde su núcleo maestro.

Caelen miró por última vez el esquema inútil del inmenso Cañón Acelerador de Masas, memorizando sus fallas para la próxima iteración.

—Y cuando vuelva…

—murmuró Caelen, su voz como un presagio de muerte matemática—, cuando vuelva, no nos sentaremos detrás de estos muros inclinados a esperar a que la capital o sus héroes de cristal nos ataquen.

Nosotros iremos a sus palacios a desconectarlos.

Permanentes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo