El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 19 El Mar de Cristal y la Biomecánica del Páramo
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20: Capítulo 19: El Mar de Cristal y la Biomecánica del Páramo 20: Capítulo 19: El Mar de Cristal y la Biomecánica del Páramo Tres semanas después de la aniquilación de la Inquisición, la silueta de Oakhaven había dejado de pertenecer a la arquitectura de Tártaro.
Desde la colina donde Caelen ajustaba las correas de su mochila, la ciudad parecía un enorme engranaje incrustado a la fuerza en la tierra.
Los muros inclinados de la Fortaleza Estelar, de un gris oscuro y liso gracias al “Concreto de Tártaro”, desafiaban la vista.
Las torretas de las arbalestas pesadas, automatizadas con resortes de retracción continua, apuntaban en todas direcciones, cubriendo cada grado del perímetro.
Oakhaven ya no era un objetivo; era una trampa mortal de geometría perfecta.
Caelen se dio la vuelta.
Vestía una capa de viaje gruesa, resistente al ácido y al clima extremo, tejida por los alquimistas del gremio.
Su exoesqueleto parcial estaba calibrado en Modo de Crucero: en lugar de inyecciones explosivas de fuerza, el núcleo del Comandante Demonio suministraba un flujo constante y de bajísima frecuencia a los pistones de sus piernas, reduciendo la fatiga del viaje a pie a casi cero.
Vane y Elianor lo acompañaron hasta el borde del bosque talado.
—El Mar de Cenizas no es un mar de agua —le advirtió Vane, entregándole un mapa enrollado en un tubo de cuero—.
Es un desierto de arena cristalizada por el fuego de las Reliquias en la Primera Era.
Refleja el sol de Tártaro como un espejo roto.
Te quemará los ojos y los pulmones si te quitas la máscara.
Y una vez que lo cruces…
entrarás a Ferox, el Continente de los Hombres Bestia.
Vane se cruzó de brazos, su rostro sombrío.
—Allí la magia no se canta ni se dispara desde un báculo, chico.
Los Hombres Bestia y la fauna de Ferox usan Ki, una forma de maná interno que hiper-densifica sus músculos y huesos.
Son bárbaros, pero un solo guerrero de la Tribu del Lobo puede partir a un Paladín por la mitad con sus manos desnudas.
Odian a los humanos.
No confíes en nadie.
Elianor se acercó, ajustando la bufanda oscura alrededor del cuello de Caelen.
Sus manos, frías y delicadas, rozaron la placa metálica de su armadura.
—El Laberinto de las Bestias de Hierro está en el corazón del territorio de la Tribu del León —murmuró Elianor, sus ojos azules brillando con una advertencia maternal pero estricta—.
La entrada es un pozo geológico inmenso.
El maná allí es tan denso que la gravedad funciona de manera extraña.
No mueras, Administrador.
Si mueres antes de volver, resucitaré tu cadáver solo para matarte yo misma por dejarme a cargo del papeleo de este gremio.
Caelen asintió, una microexpresión de respeto cruzando su rostro habitualmente gélido.
—Mantengan el sistema en línea.
Si la Inquisición adelanta su cronograma, ejecuten el Protocolo de Fuego Cruzado.
Volveré antes de que caiga la primera nieve.
Sin más despedidas dramáticas, Caelen dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el oeste.
Sus botas de impacto marcaron un ritmo constante, incansable, impulsado por la fría lógica de la necesidad.
Día 14 del Viaje – El Mar de Cenizas Vane no había exagerado.
El Mar de Cenizas era un error en el código del mundo.
Caelen caminaba sobre una extensión infinita de dunas que no estaban hechas de arena suave, sino de polvo de vidrio y escoria cristalizada.
Bajo el sol implacable de Tártaro, el suelo reflejaba la luz en miles de ángulos cegadores.
El calor era tan sofocante que distorsionaba el horizonte.
Caelen llevaba unas gafas de cuero con lentes de cuarzo ahumado que él mismo había tallado, y una máscara de tela húmeda cubriendo su nariz y boca.
El exoesqueleto zumbaba rítmicamente.
Su pasiva [Comprensión Nvl.
9] escaneaba el entorno constantemente, pero no había vida.
Solo un inmenso páramo donde, milenios atrás, armas de destrucción masiva habían vaporizado ecosistemas enteros en segundos.
«Si esto es lo que hace una Reliquia de la Primera Era…
la Cruzada de Aethelgard tiene el poder de borrar el mapa», pensó Caelen, ajustando el termostato de sus conductos de refrigeración internos.
«Mis escudos inclinados resistirán, pero el suelo alrededor de la ciudad se derretirá.
Necesito el núcleo del Guardián.
Necesito un superconductor capaz de generar un campo electromagnético de repulsión».
Cruzó el desierto de cristal en veinte días, sin dormir más de dos horas seguidas, manteniendo su cuerpo en un estado de bajo consumo gracias a la [Gestión de Daños Internos Nvl.
3].
Día 35 del Viaje – Frontera Este de Ferox El paisaje cambió drásticamente, pero no se volvió más amable.
El vidrio dio paso a una tierra rojiza, rica en metales pesados.
Caelen se detuvo en la cima de un risco, retirándose la máscara y las gafas.
Frente a él se extendía el Continente de Ferox.
No había bosques verdes.
Los árboles aquí tenían cortezas grises y rígidas que parecían placas de acero oxidado.
Las hojas eran afiladas como cuchillos y brillaban con tonos cobrizos.
El aire en sí era denso, metálico, y dejaba un sabor a hierro en la lengua.
Su pantalla de estado parpadeó brevemente.
========================================= Alerta de Entorno: Anomalía magnética detectada.
El flujo de maná ambiental es estático.
No fluye en corrientes; está anclado a la materia física.
«El hardware biológico aquí ha evolucionado para absorber minerales y maná estático directamente del suelo», dedujo Caelen, agachándose para tocar la corteza de un árbol.
Era frío y duro como el hierro fundido.
«Por eso los monstruos y los nativos de este continente tienen defensas físicas irrompibles.
Su biología es a base de carbono y metales pesados.
Son blindados naturales».
El sonido de un crujido sordo interrumpió su análisis.
No era el crujido de madera, sino el choque de metal contra metal.
Caelen desactivó el Modo de Crucero de su exoesqueleto y activó los servomotores de combate, sintiendo la inyección de potencia violeta en sus articulaciones.
Deslizó la mano hacia la empuñadura de su Espada V.2 y avanzó silenciosamente hacia el origen del ruido, utilizando los árboles de hierro como cobertura.
A unos doscientos metros, en un claro de tierra roja excavada, se estaba librando un combate a muerte.
La bestia era un Jabalí de Hematita, un monstruo endémico de Ferox.
Era del tamaño de un carruaje de asedio.
Su piel no estaba cubierta de pelo, sino de gruesas escamas de mineral oscuro que se superponían como la armadura de un tanque.
Sus colmillos, curvados y letales, eran de acero biológico puro.
Frente a la bestia, intentando desesperadamente esquivar sus embestidas, había una figura humanoide.
Caelen usó la función de acercamiento telescópico de su [Comprensión].
Era una mujer joven, de piel bronceada y complexión atlética.
Vestía apenas unas vendas de cuero en el pecho y pantalones anchos, priorizando la movilidad.
Pero lo que la distinguía eran sus orejas puntiagudas cubiertas de pelaje negro y la larga cola tupida que usaba para mantener el equilibrio en los saltos.
Una guerrera de la Tribu del Lobo.
Sostenía un enorme mandoble de hueso que parecía demasiado pesado para ella, pero lo balanceaba con una velocidad aterradora.
«Manejo ineficiente de armas blancas, pero un output de energía cinética absurdo», analizó Caelen.
Observó cómo la mujer lobo esquivaba una embestida del jabalí, pivotaba y asestaba un golpe horizontal a toda potencia contra el costado del monstruo.
¡CLANG!
El sonido fue ensordecedor.
El mandoble de hueso no cortó.
Rebotó contra las escamas de mineral del jabalí con un chispazo naranja.
La guerrera gruñó de dolor por el retroceso, sus brazos temblando por el impacto absorbido.
El jabalí, apenas irritado, giró su inmensa masa con una agilidad antinatural y lanzó un cabezazo lateral.
Los colmillos de acero rozaron el costado de la chica, abriendo un feo corte del que brotó sangre, lanzándola varios metros por el aire hasta estrellarse contra el tronco de un árbol férreo.
La mujer lobo cayó al suelo, tosiendo, intentando levantar su mandoble.
El jabalí rascó la tierra rojiza con su pezuña, preparando la embestida final que la convertiría en pulpa.
Caelen evaluó la situación en microsegundos.
«Sujeto nativo.
Probable fuente de información geográfica sobre el Laberinto.
Objetivo enemigo: Blindaje de ferrita biológica.
Resistencia al corte transversal: Extrema.
Vulnerabilidad estructural: Frecuencia de resonancia y fragmentación por impacto sordo».
El ingeniero no desenvainó su espada.
Inhaló el aire denso y metálico de Ferox.
Respiración de Flujo Áureo: Primera Forma – Sobremarcha.
El exoesqueleto rugió.
Caelen salió disparado desde la cima del risco como un misil tierra-tierra.
La guerrera lobo, esperando el golpe final de la bestia, apenas vio un borrón oscuro y violeta cruzar su campo de visión.
Caelen aterrizó justo entre la chica y el Jabalí de Hematita en el preciso instante en que el monstruo de cinco toneladas iniciaba su embestida fatal.
El jabalí, al ver un nuevo obstáculo diminuto, no frenó.
Aceleró.
Caelen no intentó detener la masa con su cuerpo.
No adoptó una postura de bloqueo.
En su lugar, desenganchó la gruesa vaina metálica de su Espada V.2 (con la espada aún enfundada dentro de ella) y la empuñó como si fuera un bate de béisbol pesado.
En el milisegundo antes de que los colmillos de acero lo tocaran, Caelen apretó el gatillo primario de la empuñadura hacia adentro.
No expulsó la hoja.
Modificó las compuertas lógicas de los circuitos rúnicos para que la explosión del núcleo del Hobgoblin ocurriera dentro de la recámara hermética de la vaina, creando una onda de choque contenida y una vibración de altísima frecuencia.
La vaina de acero y mithril comenzó a zumbar con un sonido que perforaba los tímpanos, vibrando miles de veces por segundo.
Caelen giró su torso, sus botas mecánicas anclándose a la tierra roja, y bateó con la vaina vibrante directamente contra la inmensa placa frontal del cráneo del jabalí blindado.
¡BZZZZ-CRAAACK!
El impacto no fue un golpe limpio.
Fue la aplicación de la física de frecuencias de resonancia.
La fuerza bruta del jabalí chocó contra la vibración ultrasónica de la vaina.
La coraza de mineral de la bestia, increíblemente dura pero carente de flexibilidad elástica, no pudo absorber la oscilación.
La frecuencia rompió los enlaces moleculares de la hematita biológica.
La placa craneal del monstruo se resquebrajó como un parabrisas de cristal impactado por una bala.
Miles de grietas se expandieron desde el punto de impacto hasta cubrir todo el cuerpo de la bestia.
El monstruo de cinco toneladas se detuvo en seco, el impulso cinético anulado por la onda de choque, sus ojos vidriosos por la contusión cerebral instantánea.
Caelen no perdió el ritmo.
Giró la vaina en sus manos, soltó el seguro, y ahora sí, apretó el gatillo de desenvaine.
La hoja de mithril salió disparada con su clásico estruendo sónico, penetrando con facilidad a través de las placas ahora destrozadas y fragmentadas del cuello de la bestia, cortando la médula espinal de un solo tajo limpio.
El gigantesco Jabalí de Hematita se desplomó como un castillo de naipes derrumbado, levantando una nube de polvo rojo.
Caelen envainó su espada con un clic metálico.
Su exoesqueleto emitió un siseo de humo para enfriar las articulaciones.
No estaba sudando.
Giró la cabeza hacia la guerrera lobo, que seguía sentada contra el árbol, mirándolo con una mezcla de shock absoluto, confusión y un profundo instinto de cautela.
Los humanos no usaban magia así.
Los humanos cantaban, brillaban con luz sagrada y morían cuando sus escudos de papel se rompían.
Este humano vestía hierro zumbante, golpeaba con la fuerza de un troll y olía a sangre, acero y pólvora alquímica.
—¿Humano…?
—gruñó la chica, mostrando levemente los colmillos, aferrando su inútil mandoble de hueso, su instinto territorial luchando contra el dolor de su herida.
Caelen dio dos pasos hacia ella, deteniéndose a una distancia segura, fuera de su rango de ataque cuerpo a cuerpo.
Su postura era relajada pero calculada.
—Mi nombre es Caelen.
Soy un ingeniero.
Acabo de identificar una falla crítica en tu estilo de combate —dijo él, su voz fría, racional y desprovista de cualquier empatía convencional, señalando el mandoble de la chica—.
Intentas usar un arma de fuerza contundente como si fuera un instrumento de filo contra un blindaje reactivo.
Es ineficiente.
La chica parpadeó, completamente descolocada por el vocabulario alienígena y la falta de hostilidad emocional.
—No…
no entiendo ni una palabra de lo que estás balbuceando, sin-pelo —escupió ella, tosiendo un poco de sangre, pero manteniendo la guardia alta—.
Si vienes del este a cazar esclavos o a robar nuestras tierras, la Tribu del Lobo de Sangre te despellejará vivo.
Caelen procesó la hostilidad estándar.
No tenía tiempo para diplomacia sentimental.
Metió la mano en un compartimento de su cinturón táctico y extrajo un pequeño frasco con un líquido verde esmeralda: una poción de regeneración celular de grado militar que había robado de los Paladines.
Se la arrojó a los pies.
—Tu arteria intercostal está dañada.
Bebe eso o te desangrarás en ocho minutos —declaró Caelen.
Luego, cruzó los brazos—.
No me interesan los esclavos, las tierras, ni las políticas de este continente obsoleto.
Te acabo de proporcionar asistencia vital.
A cambio, requiero un intercambio de datos.
La guerrera lobo miró el frasco, luego al jabalí destrozado, y finalmente a los ojos oscuros e insondables del humano.
Lentamente, tomó la poción, la destapó y la olió antes de beberla de un trago.
La herida en su costado siseó, y la carne comenzó a unirse a una velocidad visible, aliviando su dolor de inmediato.
Se puso en pie, aún cautelosa, pero la hostilidad asesina en sus ojos amarillos había disminuido un grado.
—Soy Risha, de los Lobos de Sangre —dijo, irguiéndose a su altura completa, que era casi la misma que la de Caelen—.
Has salvado a una guerrera.
Mi tribu paga sus deudas de sangre.
¿Qué es lo que buscas en Ferox, hombre de hierro?
Caelen miró hacia el oeste, hacia el corazón del continente donde las nubes parecían arremolinarse sobre montañas de metal retorcido.
—Busco el núcleo del sistema —respondió Caelen, su voz cortando el aire metálico del bosque—.
Necesito las coordenadas precisas y acceso inmediato al Laberinto de las Bestias de Hierro.
Risha abrió mucho los ojos, y una risa seca, desprovista de humor, escapó de sus labios caninos.
—El Laberinto —repitió ella, sacudiendo la cabeza como si estuviera hablando con un loco—.
Los humanos de la Inquisición entran allí creyendo que encontrarán la gloria de su Diosa, y nosotros usamos sus huesos para hacer nuestras armas.
No estás pidiendo direcciones para un viaje, Caelen.
Estás pidiendo la ruta más corta hacia tu propia tumba.
Caelen esbozó una leve y fría sonrisa, la primera desde que dejó Oakhaven.
—La tumba no es un problema de mortalidad, Risha —replicó el ingeniero, ajustando los servomotores de sus guanteletes—.
Es solo un problema de excavación.
Muéstrame el camino.
Voy a desmantelar esa tumba hasta los cimientos.
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