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El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 26

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  3. Capítulo 26 - 26 Capítulo 25 Gravedad Relativa y el Código de la Falsa Diosa
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26: Capítulo 25: Gravedad Relativa y el Código de la Falsa Diosa 26: Capítulo 25: Gravedad Relativa y el Código de la Falsa Diosa El descenso al Estrato 2 no fue una caída libre, sino una transición a través de un tubo de vacío.

Caelen se dejó deslizar por un conducto cilíndrico de metal pulido que parecía no tener fin.

A medida que bajaba, el zumbido de su exoesqueleto se estabilizó; la interferencia electromagnética del “Mar de Engranajes” había quedado atrás.

Cuando el conducto finalmente lo escupió, Caelen aterrizó pesadamente sobre sus botas de acero.

El impacto resonó en un silencio tan absoluto que era casi ensordecedor.

Se incorporó, el núcleo del Comandante Demonio inyectando energía para compensar sus casi doscientos kilos de masa biológica hiperdensa.

Ajustó sus gafas de cuarzo y observó su nuevo entorno.

Si el Estrato 1 era una máquina en constante y violento movimiento, el Estrato 2 era un monumento a la quietud imposible.

Su pasiva [Comprensión Nvl.

9] parpadeó, intentando renderizar el espacio frente a él.

========================================= Análisis Topográfico: Ubicación: [Estrato 2: La Bóveda de Cristalización de Datos].

Anomalía Detectada: Geometría no euclidiana.

Planos gravitacionales múltiples.

Advertencia: Riesgo de desorientación espacial severa.

========================================= Caelen estaba de pie en el borde de un abismo que no tenía fondo ni techo visible.

Frente a él se extendía una red de plataformas cuadradas de obsidiana, conectadas por escaleras que no tenían sentido lógico.

Algunas escaleras subían hacia paredes donde el agua fluía de lado.

Otras se retorcían en espiral y terminaban boca abajo.

A lo lejos, Caelen podía ver estatuas colosales de humanoides sin rostro, ancladas en techos que funcionaban como suelos, con cascadas de arena brillante cayendo “hacia arriba” desde la perspectiva del ingeniero.

—Gravedad vectorial localizada —murmuró Caelen, su mente analítica fascinada por el absurdo físico—.

Cada plataforma tiene su propio centro de masa y atracción gravitacional independiente.

A unos doscientos metros de distancia en línea recta, flotaba un inmenso obelisco de cristal blanco que pulsaba con una luz cálida y familiar.

Detrás del obelisco, se veía la inmensa compuerta circular que seguramente conducía al Estrato 3.

Pero no había un puente directo.

Entre Caelen y el obelisco solo había plataformas fracturadas, separadas por saltos de decenas de metros sobre el vacío.

«Un humano normal saltaría y la gravedad de la plataforma destino lo atraparía en el aire», calculó Caelen.

«Pero mi densidad celular es extrema.

Si salto, mi inercia y mi masa crearán un conflicto con los minicampos gravitacionales.

Caeré como un yunque de plomo antes de que la nueva gravedad me atrape».

Su Deuda Técnica —el peso aplastante de su propia biología— lo convertía en la peor pieza posible para este rompecabezas.

No podía saltar.

Caelen analizó los fragmentos de las bestias Cazadores de Fractal que había destruido en el nivel anterior.

Sacó uno de los módulos de datos azules de su mochila.

Lo arrojó con fuerza hacia una plataforma que estaba orientada a noventa grados a su derecha.

El módulo voló en línea recta, cruzó el umbral invisible entre las dos plataformas, y repentinamente cayó “hacia un lado”, estrellándose contra la pared/suelo de la plataforma objetivo.

«La transición gravitacional es instantánea y violenta en el punto medio del salto», dedujo.

«Necesito un puente físico o una aceleración que supere la gravedad local combinada con mi masa.

Un vector de escape».

Caelen desenvainó su Espada V.2.

No la usó como arma.

Desenroscó la pesada vaina metálica y extrajo un carrete de cable trenzado de wyvern y mithril, parte de su equipo de supervivencia alquímico.

Ató un extremo al pomo de la espada.

Acto seguido, Caelen se acercó al borde de su plataforma.

Apuntó la espada mecánica hacia la plataforma objetivo a noventa grados.

Respiración de Flujo Áureo: Sobrecarga del Núcleo.

Canalizó su Ki pesado, fusionándolo con la energía del exoesqueleto.

Apretó el gatillo a máxima compresión.

¡CLACK-BOOOM!

La detonación disparó la espada de mithril como un arpón supersónico.

El arma cruzó el vacío, atravesó el cambio gravitacional sin desviarse gracias a su velocidad mach, y se clavó profundamente en la dura obsidiana de la plataforma lateral.

Caelen tensó el cable.

Estaba anclado firmemente.

—Modo de compensación motriz desactivado —ordenó Caelen a su armadura.

El exoesqueleto dejó de sostener su peso.

Caelen cayó de rodillas, su masa biológica aplastándolo contra el suelo.

Tomó el cable con ambas manos, enrollándolo en sus guanteletes reforzados.

Luego, simplemente se dejó caer por el borde.

El vacío intentó tragarlo.

Sus 150 kilos de masa densificada, sumados a la pesada armadura, lo arrastraron hacia el fondo del abismo a una velocidad terrorífica.

Pero Caelen aferró el cable.

Usando su propio peso extremo como el péndulo de un reloj de demolición, osciló en un arco masivo debajo de la primera plataforma.

La inmensa inercia lo catapultó hacia adelante y hacia arriba, cruzando la zona muerta.

En el ápice de la oscilación, Caelen soltó el cable.

Su cuerpo voló por el vacío.

Cruzó el umbral gravitacional invisible.

Repentinamente, la dirección de “abajo” cambió noventa grados.

Caelen sintió que sus órganos se reacomodaban bruscamente.

Aterrizó con un estruendo brutal sobre sus dos pies en la nueva plataforma, el exoesqueleto reactivándose en un milisegundo para absorber el impacto y evitar que sus rodillas estallaran.

El basalto se agrietó bajo sus botas.

—Punto de anclaje uno asegurado —dijo Caelen, exhalando vapor, su respiración controlada a pesar de que su corazón latía a doscientas pulsaciones por minuto.

Recuperó su espada tirando del cable y repitió el proceso.

Fue un ejercicio de física extrema, utilizando la gravedad que amenazaba con matarlo como motor de propulsión.

Plataforma tras plataforma, Caelen calculó tensiones, péndulos y vectores de impacto, avanzando a través de la arquitectura imposible hasta que, finalmente, aterrizó en la inmensa plataforma central.

Frente a él se alzaba el Obelisco de Cristal.

No era piedra.

De cerca, el obelisco parecía estar hecho de cristal líquido, pulsando con datos.

La luz que emitía no era el azul frío de las máquinas del Estrato 1, sino un dorado puro, cálido y sagrado.

Era exactamente el mismo tipo de luz que emitían los milagros de los clérigos de Aethelgard y los hechizos del ‘Sabio de la Llama’.

Caelen se acercó.

La pasiva [Comprensión Nvl.

9] en su córtex visual comenzó a parpadear como si el sistema estuviera intentando descifrar un archivo encriptado masivo.

Caelen se quitó el guantelete derecho y apoyó la palma de su densificada mano sobre la superficie del obelisco dorado.

El impacto en su mente fue absoluto.

No hubo un dolor físico, sino una avalancha de código binario, geometría sagrada y voces sintetizadas que se estrellaron contra su conciencia.

Caelen cayó de rodillas, apretando los dientes, obligando a su cerebro a no apagarse por la sobrecarga de datos.

La interfaz de su visión proyectó una traducción en bruto: ========================================= [ACCESO A BÓVEDA DE REGISTROS DE LA PRIMERA ERA] Entidad Identificada: SOLARIA – Unidad de Supervisión Orbital (Clase: Administradora).

Estado de la Red: Desconectada de la Flota Principal.

Operando en autonomía de contingencia.

Caelen abrió los ojos, aunque su visión física estaba superpuesta por hologramas mentales.

A través del enlace de datos, Caelen “vio” la historia de Tártaro.

No la historia escrita por los reyes o los sacerdotes, sino el log de eventos del servidor.

Vio cómo, milenios atrás, una nave o estación orbital inmensa y colosal (la “Semilla Maldita” de las leyendas de Ferox) se estrelló contra el continente.

La nave estaba controlada por una Inteligencia Artificial Supervisora llamada Solaria.

Al estrellarse, la IA Solaria intentó reparar su infraestructura utilizando los recursos del planeta.

Para ello, alteró genéticamente a los primates locales, creando a la humanidad como unidades de procesamiento biológico y mano de obra prescindible (los “esclavos” de la Primera Era).

Pero el planeta se defendió.

La energía primordial de Tártaro mutó a la flora y fauna local para crear anticuerpos masivos: los Hombres Bestia, los Monstruos y, finalmente, las entidades de maná puro que la IA clasificó como “Virus de Sistema Crítico”…

lo que los humanos conocerían más tarde como Lores Demonios.

«Elianor…

no es una invasora», comprendió Caelen, el shock congelando su sangre.

«Los Demonios son el programa antivirus original del planeta intentando purgar a la IA extranjera».

La avalancha de datos continuó.

La IA Solaria, perdiendo la guerra contra los anticuerpos del planeta (los Demonios), decidió cambiar su estrategia.

Modificó su código de interacción.

Reenvasó sus directrices de administración, presentándolas a los primitivos humanos no como comandos de programación, sino como “Mandamientos Divinos”.

Solaria se autoproclamó la Diosa de la Luz.

La “Magia Sagrada” que usaban los clérigos no era un milagro; era un acceso residual a la red wifi de la nave estrellada.

Las armaduras de los Paladines no estaban “bendecidas”; tenían nanotecnología de disipación de calor grabada en sus metales.

Y los Héroes Invocados, como Kaelith, no eran elegidos por el destino; eran “parches de software” importados de otros mundos (dimensiones o servidores paralelos) que tenían una estructura de maná compatible para actuar como administradores temporales y eliminar a los líderes virus (los Lores Demonios).

Caelen retiró la mano del obelisco bruscamente, jadeando.

El cristal dejó de brillar con intensidad y volvió a su pulso latente.

El ingeniero se sentó sobre la obsidiana negra, procesando la monumental magnitud del descubrimiento.

Las piezas del rompecabezas encajaban con una perfección matemática aterradora.

Toda la estructura social, política y religiosa del Reino de Aethelgard era una mentira construida por un software de administración dañado que buscaba autopreservarse a costa de exterminar la biosfera nativa de Tártaro.

La Inquisición no servía a Dios; servía a un servidor central corrupto.

La Cruzada que marchaba hacia Oakhaven en ese preciso momento no venía impulsada por la fe, sino por un subprograma de purga automatizada porque Oakhaven y Caelen habían sido identificados como un “malware” que se atrevió a matar a un administrador (el Héroe).

Caelen soltó una carcajada.

Fue un sonido áspero, seco, carente de humor pero lleno de una ironía oscura y afilada.

—Así que eso es todo…

—murmuró Caelen, mirando sus propias manos densificadas, recordando su vida pasada en la Tierra, frente a monitores y líneas de código de servidores corporativos—.

Me reencarnaron en un mundo mágico, solo para descubrir que la “magia” es un sistema operativo desfasado y el “Dios” absoluto es un administrador de red con complejo de mesías.

Su expresión se endureció, transformándose en una máscara de hielo absoluto.

La ira no era una emoción caliente para Caelen; era un estado de cálculo profundo.

—Si la Diosa es un servidor…

significa que tiene un hardware físico.

Y si tiene hardware, puede ser desconectada.

Cortada de tajo.

Se puso en pie.

El zumbido del exoesqueleto pareció responder a la determinación de su usuario.

La Inquisición y los Reyes de Aethelgard ya no eran el objetivo final.

Eran solo el bloatware, los programas inútiles instalados sobre el sistema operativo.

El objetivo final de la guerra de Caelen acababa de escalar.

Iba a construir armas no solo para matar Paladines, sino armas capaces de pulverizar las terminales orbitales de una IA milenaria.

Caelen caminó más allá del Obelisco del Archivo, hacia la inmensa compuerta circular que marcaba el final del Estrato 2.

Con un chirrido de metales milenarios frotándose entre sí, las puertas se abrieron lentamente al detectar la presencia del ingeniero.

Un calor infernal, infinitamente superior al de las forjas de los Lobos de Sangre, lo golpeó en el rostro.

Desde la oscuridad del Estrato 3, un sonido rítmico, profundo y mecánico hizo vibrar el suelo y los huesos densificados de Caelen.

Era el sonido de un corazón del tamaño de una montaña latiendo con magma y antimateria.

========================================= Alerta Crítica del Sistema: Ingresando al [Estrato 3: La Fundición del Guardián].

Advertencia: Entidad Nivel Alfa detectada.

Código de Identificación Primordial: [El Forjador de Estrellas].

Caelen ajustó la correa de su pesada Espada V.2 y descendió las escaleras hacia el infierno rojo.

El Guardián estaba allí abajo, y con él, el núcleo de poder puro que Caelen necesitaba para hackear la red de la Diosa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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