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El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 29

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Capítulo 29: Capítulo 28: Tolerancia Cero y el Parche Magnético

El reloj de arena de Oakhaven no se medía en granos cayendo, sino en los golpes ensordecedores de los martillos contra el yunque.

Faltaban siete días para la llegada de la Cruzada. El sótano del gremio había alcanzado temperaturas que harían desmayarse a un hombre normal, pero los Ingenieros de Combate de Bram trabajaban en turnos ininterrumpidos.

Sobre las inmensas mesas de piedra, el proyecto más ambicioso de la historia de Tártaro tomaba forma. No era un cañón de pólvora ancho y tosco; eran dos rieles gemelos de diez metros de longitud, forjados mediante la aleación de la adamantita de la Inquisición y el oricalco extraído de los cadáveres de los Leones Dorados.

Caelen, con el torso desnudo y brillante de sudor sobre su piel cetrina y densificada, revisaba la alineación de los rieles con una plomada de cristal y un calibrador que él mismo había fabricado.

—Desviación de dos milímetros en el segmento tres —anunció Caelen, su voz cortando el ruido de la forja.

Bram, agotado y cubierto de hollín, dejó caer su mazo con un suspiro pesado.

—Administrador, con todo respeto, el acero no se deja domar más. Unos milímetros no harán que la flecha falle al blanco a esa escala…

—No es una flecha, Bram. Es un proyectil masivo acelerado por repulsión electromagnética a velocidades hipersónicas —lo interrumpió Caelen, sus ojos oscuros fijos en la imperfección del metal—. Si los rieles no son absolutamente paralelos, la asimetría en la Fuerza de Lorentz desestabilizará el proyectil. A Mach 7, el tungsteno no simplemente “fallará el blanco”. Chocará contra el interior del riel, fragmentándose, y la energía acumulada detonará sobre nosotros. Vaporizará el bastión central y a todos los que estemos cerca.

Bram tragó saliva, el cansancio evaporándose ante la imagen mental de Oakhaven borrada del mapa por su propia arma.

—Tolerancia cero. Comprendido —gruñó el gigante, levantando el mazo de nuevo—. ¿Calentamos el horno otra vez?

—No. El calor extremo deformará la microestructura del oricalco. Lo ajustaremos en frío.

Caelen apartó a Bram. Con su inmensa masa biológica, el ingeniero se colocó junto al segmento desviado. Ya no tenía el exoesqueleto para multiplicar su fuerza, pero sus células estaban saturadas del pesado Ki de Ferox. Levantó su puño desnudo, endurecido hasta la densidad del hierro, y golpeó el riel de adamantita.

¡CLANG!

El sonido fue como el de la campana de una catedral reventando. El riel se ajustó un milímetro. Caelen golpeó de nuevo, sus nudillos astillándose superficialmente pero sanando en segundos gracias a la [Gestión de Daños Internos].

—Comprobación línea por línea —murmuró Caelen—. Medida exacta. Alineación perfecta.

Mientras los zapadores continuaban puliendo los rieles y fundiendo los proyectiles cónicos de tungsteno, Caelen se retiró a su mesa de trabajo personal en un rincón de la forja.

Había resuelto el arma, pero aún tenía que resolver su propio cuerpo.

La Deuda Técnica de su mutación celular era inaceptable. Ser un “tanque inamovible” había funcionado contra el Forjador de Estrellas porque el combate había sido frontal en un espacio reducido. Pero en una guerra a gran escala, su Agilidad negativa de -115 lo convertía en un blanco estático para cualquier asesino o mago de largo alcance. No iba a aceptar pasivamente un debuff permanente. Si el sistema orgánico fallaba, requería un parche de hardware.

Sobre la mesa estaban los tres cubos de cristal azul: los Módulos de Datos Fractal que había extraído de los “Cazadores” en el Estrato 1 del Laberinto.

«Esos constructos se movían a cien kilómetros por hora sin tendones físicos», analizó Caelen, desarmando cuidadosamente uno de los cubos con pinzas finas. «Usaban levitación y repulsión magnética localizada para anular su propio peso y deslizarse por el aire».

Caelen comenzó a integrar los micro-cristales azules en los restos de su exoesqueleto fundido. Desechó los grandes pistones hidráulicos y los pesados motores de mithril que se habían derretido. En su lugar, diseñó un arnés mucho más ligero, un entramado de cables de plata y cuero que se ceñía estrechamente a su columna, caderas, rodillas y codos.

En cada articulación clave, incrustó un cristal fractal.

Conectó el sistema no a una batería externa, sino a su propia red nerviosa mediante agujas de acupuntura rúnica superficiales.

—Iniciando prueba de Diagnóstico: Arnés de Micro-Repulsión V.3 —dijo Caelen.

Canalizó una mínima fracción de su Ki hacia las agujas. Los cristales fractales en sus rodillas y tobillos se iluminaron con un azul gélido.

Caelen dio un paso.

No hubo el estruendo pesado de sus botas destrozando la piedra. El campo magnético generado por los cristales repelió el suelo con la fuerza exacta para contrarrestar sus ciento cincuenta kilos de densidad biológica. Su pie apenas rozó el piso.

Caelen flexionó las rodillas y saltó.

Se elevó tres metros en el aire con la gracia de un felino, giró y aterrizó sin hacer el menor ruido. Los cristales absorbieron la inercia del impacto.

No había recuperado la agilidad acrobática natural de Risha, pero había logrado algo mejor: una flotabilidad balística. El parche estaba aplicado. Ya no arrastraba su peso; levitaba fracciones de milímetro sobre el suelo, convirtiendo su inmensa masa en un ariete que podía moverse sin fricción.

Día 3 antes del Contacto – Muros de la Fortaleza Estelar

El viento aullaba sobre las murallas inclinadas de Oakhaven.

En el bastión más alto y céntrico de la estrella geométrica, el Cañón Acelerador de Masas estaba finalmente ensamblado. Los dos rieles gemelos de adamantita y oricalco apuntaban hacia el horizonte este, montados sobre una cureña giratoria de hierro pesado anclada profundamente en el concreto de Tártaro.

Elianor estaba de pie junto a la base del arma, acariciando suavemente la superficie del Núcleo Primordial. La inmensa esfera gélida estaba encajada en un receptáculo de plomo, conectada a los rieles por bobinas de alambre de cobre grueso.

—Es… hermoso —susurró Elianor, sus ojos azules reflejando la fría luz estelar del núcleo—. Es energía de la Primera Era. Sin corrupción, sin rezos. Pura física.

Caelen, vistiendo su nuevo y silencioso arnés bajo una gabardina negra, revisaba los seguros de la cureña.

De repente, la puerta del techo del bastión se abrió de golpe. Lyra entró corriendo, sus orejas aplastadas contra el cráneo, su respiración agitada a pesar de su resistencia sobrehumana. Llevaba el visor telescópico que Caelen le había fabricado colgando del cuello.

—¡Están aquí! —jadeó la chica lince—. ¡La vanguardia acaba de cruzar la colina del pino partido! Están a quince kilómetros y acercándose.

Vane, que fumaba una pipa apoyado en una de las almenas, apagó el tabaco contra la piedra y miró al horizonte.

—¿Números? —preguntó el mercenario veterano, su voz seria como la tumba.

—Son… son una marea —tragó saliva Lyra, sus manos temblando levemente—. Nuestras estimaciones se quedaron cortas. No son veinte mil. Son al menos treinta mil hombres. La infantería pesada marcha al frente. Y las Reliquias…

Lyra miró a Caelen con puro terror.

—No están siendo arrastradas por gólems, Administrador. Están flotando. Son dos estructuras de cristal dorado del tamaño de castillos, suspendidas en el aire sobre el ejército. Emiten una luz que ciega mis lentes.

Caelen caminó hacia la almena y tomó el visor telescópico de manos de Lyra. Lo ajustó y miró hacia el este.

La neblina de ceniza pareció despejarse ante la imposición del ejército invasor.

El horizonte entero era un mar de plata y oro. Estandartes con el Sol de Aethelgard ondeaban al viento. Pero lo que eclipsaba todo eran las Reliquias. Dos inmensos tetraedros de cristal sagrado flotaban lentamente sobre la infantería, zumbando con una energía que Caelen reconoció de inmediato: la misma firma de datos corrupta del Obelisco del Estrato 2. La red de la “Diosa”.

Cabalgando al frente de la formación masiva, rodeados por una guardia pretoriana de quinientos Paladines, iban los tres Héroes Invocados. Caelen pudo distinguir a Kaelith, el ‘Sabio de la Llama’, con la mitad de su rostro oculto tras una máscara de oro para tapar las quemaduras que Caelen le había infligido.

Se sentían intocables. Creían que marchaban a pisotear una rebelión de campesinos ignorantes. No sabían que, al otro lado de la llanura, no los esperaba un castillo medieval, sino la culminación de la termodinámica y el electromagnetismo.

Caelen bajó el visor. Su rostro era una máscara de hielo calculador.

—Las Reliquias están actuando como nodos de retransmisión para los escudos del ejército —analizó Caelen, su voz mecánica y calmada transmitiendo una seguridad aterradora a sus compañeros—. Su arrogancia es su punto ciego. Avanzan en formación cerrada porque confían ciegamente en la invulnerabilidad de la luz divina.

El ingeniero se giró hacia el inmenso Acelerador de Masas. Acarició el frío metal del riel de adamantita. Había incluido docenas de runas lógicas que actuaban como bloqueos de seguridad, equivalentes a bloques try-catch en su programación, para asegurar que la descarga electromagnética no retroalimentara el núcleo si había un pico de energía. Era un arma a prueba de fallos.

—Vane. Que los francotiradores de Lyra y los artilleros tomen sus posiciones en los bastiones laterales. Nadie dispara hasta que la cadena de mando enemiga esté rota. Bram, prepara el primer proyectil de tungsteno.

Caelen miró a Elianor. La Calamidad, el “Antivirus” original del planeta, le devolvió una sonrisa afilada y llena de sombras.

—Dime cuándo abrir las compuertas, Administrador —susurró ella, apoyando sus manos en el núcleo gélido.

Caelen volvió a mirar la marea dorada que amenazaba con ahogar el mundo.

—Que crucen la marca de los diez kilómetros. Que se sientan los amos de la tierra por unas horas más. Y luego, formatearemos su cielo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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