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El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 30

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Capítulo 30: Capítulo 29: El Monólogo del Bloatware y la Fuerza de Lorentz

A diez kilómetros de las murallas grises de la Fortaleza Estelar, la llanura de ceniza se había teñido de oro y plata.

El Ejército de la Luz de Aethelgard no marchaba; fluía como un río de metal inquebrantable. Treinta mil hombres, desde infantería pesada hasta clérigos de alto rango, avanzaban bajo la protección de un domo dorado semitranslúcido proyectado por las dos inmensas Reliquias flotantes. Estos tetraedros de cristal primordial, del tamaño de fortalezas, zumbaban en el cielo, extrayendo maná puro de la red de la “Diosa” para hacer a su ejército literalmente invulnerable.

A la cabeza de la formación, sobre tres corceles blancos genéticamente alterados para soportar el peso de armaduras masivas, cabalgaban los Héroes Invocados. Eran los avatares del sistema, los administradores divinos.

Sir Kaelith, el ‘Sabio de la Llama’, llevaba una media máscara de oro puro que ocultaba las cicatrices hipertróficas en el lado izquierdo de su rostro, cortesía de su humillante derrota en el Gremio de Oakhaven. Sus ojos, sin embargo, ardían con una megalomanía desquiciada.

A su derecha cabalgaba Lord Thorne, el ‘Escudo de la Deidad’, un hombre cuya armadura era tan gruesa que parecía un bloque de acero con piernas. A su izquierda, Lady Seraphina, la ‘Voz de la Tormenta’, flotaba un palmo por encima de su montura, rodeada de pequeñas chispas de electricidad estática.

Kaelith alzó su báculo, cuyo rubí había sido reemplazado por un diamante de grado Reliquia, y detuvo la marcha. Estaban exactamente en la marca de los diez kilómetros. El límite visual donde Oakhaven parecía solo una mancha oscura en el horizonte.

Kaelith giró su caballo para mirar a los treinta mil Paladines y a sus compañeros Héroes. Su voz, amplificada por magia de viento, resonó en toda la llanura.

—¡Miren esa patética pila de tierra y chatarra! —bramó Kaelith, señalando la distante Fortaleza Estelar con su báculo—. ¡Creen que cavando agujeros y levantando muros de barro pueden esconderse del juicio de los cielos! ¡Creen que porque mataron a un perro viejo como Valerius usando trucos sucios de hereje, pueden desafiar a los verdaderos elegidos del destino!

Lord Thorne rió a carcajadas desde el interior de su yelmo masivo. —Sus murallas ni siquiera son rectas, Kaelith. Parecen estrellas deformes. Los campesinos ni siquiera saben apilar piedras como es debido. Mi escudo resiste el aliento de los dragones; sus flechas serán como gotas de lluvia.

—No les daremos el honor de una batalla, Thorne —Kaelith sonrió, una mueca retorcida que tiró de su piel quemada—. Ese miserable ingeniero sin clase… ese gusano llamado Caelen… me humilló frente a la escoria del gremio. ¿Saben lo que hace un Dios cuando un insecto lo pica? No negocia. No cruza espadas. Simplemente lo aplasta.

Kaelith alzó los brazos hacia las dos Reliquias flotantes que zumbaban sobre ellos. La luz sagrada bañó su armadura.

—¡Hoy no habrá asedio! —declamó el Héroe, su ego inflando cada sílaba, saboreando el monólogo de su victoria garantizada—. ¡Usaremos el Juicio de Solaria! ¡Dispararemos la energía concentrada de las Reliquias y derretiremos esa ciudad desde aquí! Veré cómo sus muros inclinados se convierten en cristal líquido. Escucharé a esa ramera de pelo blanco y a ese niño mecánico gritar mientras su carne se evapora bajo el fuego purificador. ¡Porque nosotros somos la autoridad absoluta de este mundo, y nuestro código es la ley!

Los treinta mil hombres golpearon sus espadas contra sus escudos, un trueno de metal que hizo vibrar el aire. Estaban eufóricos. La victoria estaba escrita en piedra. Los clérigos comenzaron a entonar los largos y complejos cánticos en latín para sincronizar las dos Reliquias flotantes y preparar el disparo apocalíptico. Requeriría tres minutos de recitación ininterrumpida.

A diez kilómetros de distancia, en la cúspide del bastión central de la Fortaleza Estelar, no había cánticos. No había discursos sobre el destino o la divinidad. Había un silencio sepulcral y una estricta, fría y absoluta disciplina procedimental.

El Cañón Acelerador de Masas apuntaba hacia la marea dorada.

El enorme proyectil de tungsteno macizo, forjado en forma de cono aerodinámico, ya estaba descansando en la recámara, entre los dos rieles de adamantita.

Caelen, envuelto en su gabardina negra, levitaba un par de milímetros sobre el suelo gracias a los cristales fractales de su arnés. Sus ojos oscuros miraban a través del complejo sistema de miras ópticas cruzadas, calibrando el ángulo de elevación.

No había lugar para la fe. En la ingeniería de software y en la balística de hipervelocidad, la fe es lo que precede a un fallo catastrófico del sistema.

—Iniciando protocolo de verificación secuencial —anunció Caelen, su voz mecánica y plana transmitiéndose por los tubos acústicos a todas las estaciones del bastión—. Ejecutaremos una comprobación de estado línea por línea antes de pasar a la siguiente fase de compilación. Un solo error no capturado resultará en la detonación de los rieles y la pérdida total de la instalación.

Bram, de pie junto a las abrazaderas de seguridad del proyectil, tragó saliva y asintió.

—Paso uno: Carga física y anclaje del proyectil —ordenó Caelen. —Tungsteno asentado. Abrazaderas liberadas. Fricción cero confirmada, Administrador —respondió Bram, revisando los engranajes meticulosamente. —Paso uno validado. Paso dos: Estabilización del flujo de maná en el Núcleo Primordial. Elianor, estado de la red.

La Calamidad estaba arrodillada junto al receptáculo de plomo que contenía la inmensa esfera gélida. Sus ojos estaban completamente negros, su aura actuando como un cortafuegos biológico para mantener la energía del núcleo dócil y direccionada.

—Flujo constante. Temperatura interna en cero absoluto. El núcleo está listo para la transferencia masiva, Administrador —ronroneó Elianor, sus uñas clavándose suavemente en el plomo. —Paso dos validado —Caelen no apartó la vista de la mira—. Paso tres: Sincronización electromagnética de los rieles de adamantita. Vane.

Vane, el Rango Adamantita, estaba a cargo de las palancas rúnicas de las bobinas de cobre. Bajó la primera palanca con un movimiento fluido. Un zumbido eléctrico de baja frecuencia comenzó a hacer vibrar el aire, erizando el vello de los brazos de todos los presentes.

—Bobina primaria en línea. Campo magnético estable, sin fluctuaciones térmicas en el metal —reportó el mercenario veterano, sus ojos grises fijos en los medidores de presión de mercurio. —Paso tres validado. El entorno de ejecución está estable. No hay excepciones en el código.

Caelen levantó la vista de la mira. A diez kilómetros, el cielo sobre el ejército de Aethelgard comenzaba a brillar con una luz dorada cegadora. Las Reliquias enemigas estaban cargando su ataque.

—Están preparando la ejecución de su programa —dijo Lyra desde su puesto de francotirador, mirando por el telescopio—. Calculo dos minutos antes de que disparen su luz, Caelen.

—El problema con los hechizos de alto nivel de su IA… —Caelen apoyó su mano derecha, densificada como el acero de Ferox, sobre la pesada palanca de disparo del Acelerador de Masas— …es que su tiempo de compilación es absurdamente ineficiente. Necesitan cantar para enrutar la energía. Nosotros no.

Caelen miró a sus compañeros. Los marginados. La Lord Demonio, el Rango Adamantita desterrado, el guerrero gigante que nadie quería, y la chica lince usada como cebo.

—Cierren los oídos y abran las mandíbulas. La onda de choque de presión inversa destrozará los tímpanos cerrados —ordenó el ingeniero.

Todos obedecieron al instante.

—Paso cuatro: Ejecución del script. Cortocircuitando el cielo.

Caelen bajó la palanca principal.

El Núcleo Primordial parpadeó. La esfera gélida inyectó un millón de voltios de energía cuántica pura a través de los gruesos cables de cobre directamente hacia los dos rieles de adamantita.

Un campo magnético de proporciones bíblicas se generó en una fracción de milisegundo. La Fuerza de Lorentz, implacable e innegable, se apoderó del proyectil de tungsteno macizo.

No hubo fuego. No hubo humo de pólvora.

Solo hubo luz violeta pura y un sonido que desafiaba la descripción humana.

¡BZZZZZZZZZ-KRAK-THOOOOOOOOOOOOOM!

El aire mismo alrededor del Acelerador de Masas se rasgó. Las moléculas de oxígeno se convirtieron en plasma por la pura fricción de la aceleración instantánea. Un anillo de condensación sónica estalló alrededor de los rieles, aplanando la ceniza y agrietando el concreto de Tártaro del bastión. Caelen, a pesar de su inmensa masa y su arnés de levitación, fue empujado un metro hacia atrás por la mera fuerza de retroceso que los amortiguadores no pudieron absorber del todo.

El proyectil de tungsteno abandonó los rieles a Mach 7.

Más de ocho mil kilómetros por hora.

Para cuando el espantoso estallido sónico rompió los tímpanos de los soldados más cercanos a la muralla de Oakhaven, el proyectil ya había cruzado la llanura entera. A esa velocidad extrema, el aire no tenía tiempo de apartarse; se comprimía frente al cono de tungsteno, creando un frente de choque supercalentado que brillaba como un meteorito horizontal.

A diez kilómetros de distancia, Kaelith aún mantenía los brazos en alto, sonriendo mientras la luz de sus Reliquias alcanzaba su punto crítico.

—¡Contemplen el poder de los Dioses! ¡Contemplen la purga de los…!

Kaelith nunca terminó la frase. Ningún oído humano en el ejército de Aethelgard llegó a escuchar el disparo, porque el proyectil viajaba siete veces más rápido que la velocidad del sonido.

El impacto ocurrió antes de que la realidad pudiera procesarlo.

El domo dorado de “invulnerabilidad divina” que protegía a la vanguardia, diseñado para absorber hechizos de alto rango y golpes de monstruos gigantes, fue golpeado por un bloque macizo de metal viajando a una velocidad cinética absurda.

El escudo mágico no “soportó” el golpe. No hubo una lucha de voluntades. Las matemáticas de la energía cinética dictaron que la fuerza del impacto era millones de veces superior al límite de tolerancia del maná estático.

El escudo dorado se hizo añicos como una bombilla de cristal aplastada por un yunque.

Pero el tungsteno no se detuvo ahí. Su trayectoria plana e inalterable apuntaba ligeramente hacia arriba, directamente al centro de masa de la Reliquia derecha, el gigantesco tetraedro de cristal que flotaba sobre Kaelith y Lord Thorne.

El proyectil atravesó el cristal de la Primera Era.

La transferencia de energía cinética pura desde el proyectil a la inmensa estructura de la Reliquia fue tan masiva y violenta que el cristal no se partió; se desintegró a nivel subatómico.

La Reliquia, el tesoro más sagrado de la Iglesia, detonó en el cielo como una bomba termobárica.

La explosión no fue de fuego, sino de esquirlas de cristal hiperacelerado y ondas de choque colosales. La fuerza aplastante de la detonación se proyectó hacia abajo, directamente sobre la vanguardia del ejército.

Lord Thorne, el ‘Escudo de la Deidad’, cuya armadura supuestamente resistía el aliento de los dragones, fue aplastado junto con su caballo de guerra, convertidos en una mancha roja irreconocible bajo la presión atmosférica aplastante.

Lady Seraphina salió volando como una muñeca de trapo, sus escudos de tormenta desmantelados instantáneamente, sus huesos partiéndose al chocar contra la infantería que tenía detrás.

Miles de soldados de primera línea fueron barridos, sus cuerpos destrozados por la metralla de cristal divino y la pura onda expansiva de la física aplicada. La tierra de ceniza se levantó en un cráter de trescientos metros de diámetro.

Kaelith, el ‘Sabio de la Llama’, fue arrojado cien metros hacia atrás. Sobrevivió gracias a sus pasivas de administrador del sistema, pero su máscara de oro se había fundido parcialmente en su rostro por el calor de la onda de choque, y le faltaba el brazo izquierdo desde el codo, seccionado limpiamente por una esquirla de su propia Reliquia destrozada.

Tirado en el barro y la ceniza, tosiendo sangre y rodeado de los cadáveres licuados de la élite de Aethelgard, Kaelith miró hacia el cielo ensordecido.

No había cánticos. El domo dorado había desaparecido. El polvo ocultaba el sol.

Segundos después, el monstruoso THOOOOOM del sonido del disparo de Oakhaven finalmente los alcanzó, barriendo la llanura como el rugido de un leviatán de hierro, seguido del aullido del aire rasgado cerrándose sobre sí mismo.

Kaelith tembló, su megalomanía reemplazada instantáneamente por el terror más primario y primitivo concebible.

No estaban peleando contra herejes. Estaban enfrentando a una fuerza que acababa de asesinar a la mitad de su vanguardia y destruido un artefacto divino a diez kilómetros de distancia, en menos de un parpadeo.

La era de los dioses había terminado. El reinado de la física acababa de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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