El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Capítulo 4 La Moneda de Sangre y la Sonrisa de la Recepcionista
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5: Capítulo 4: La Moneda de Sangre y la Sonrisa de la Recepcionista 5: Capítulo 4: La Moneda de Sangre y la Sonrisa de la Recepcionista El trayecto de regreso a Oakhaven fue silencioso.
Caelen no corrió; caminó con un paso rítmico, utilizando los rudimentos de su [Respiración de Flujo Áureo] a una frecuencia mínima, apenas lo suficiente para reciclar el ácido láctico de sus músculos y mantener su temperatura corporal frente al frío cortante de la madrugada.
En su mente de ingeniero, procesaba la batalla reciente.
Había sido eficiente, sí, pero su espada mecánica había consumido demasiada energía de la piedra de maná en el desenvaine explosivo.
«Es un problema de enrutamiento», pensó Caelen.
«La piedra libera toda la carga de golpe.
Si logro grabar un circuito rúnico en la recámara que actúe como un regulador de voltaje, podré disparar tres veces con la misma piedra en lugar de una».
Cuando las puertas del Gremio de Aventureros se abrieron ante él, el contraste lo golpeó.
Afuera, la muerte acechaba en el barro; adentro, el alcohol fluía, las risas estallaban y el calor de las chimeneas adormecía los sentidos.
Caminó directamente hacia el mostrador de asignación de misiones.
El oficinista grasiento, que horas antes lo había enviado al matadero con una sonrisa burlona, estaba cabeceando sobre un montón de pergaminos.
Al escuchar el leve tintineo del equipo de Caelen, levantó la vista.
Sus ojos pequeños se abrieron de par en par, inyectados en sangre, como si estuviera viendo a un fantasma.
Caelen no dijo una palabra.
Metió la mano en su bolsa de cuero y arrojó un manojo de diez Hierbas Lunares sobre el mostrador.
Las hojas, intactas y desprendiendo un suave brillo fosforescente, mancharon los papeles del oficinista con un poco de barro.
—Misión de Rango F completada —declaró Caelen, su voz era una línea plana, desprovista de emoción.
El oficinista tartamudeó, recomponiéndose rápidamente para enmascarar su sorpresa bajo una máscara de arrogancia burocrática.
—B-bueno…
supongo que tuviste suerte, mocoso.
Seguramente los monstruos estaban durmiendo.
Aquí tienes tus miserables tres monedas de cob…
Clack.
Caelen interrumpió al hombre arrojando un segundo objeto sobre el mostrador, justo encima de las monedas.
Era pesado, húmedo y emitía un hedor rancio a ácido y sangre pútrida.
Ocho orejas verdes y puntiagudas, unidas por una cuerda de tripa, y en el centro, una oreja del tamaño de la mano de un hombre adulto, junto a un núcleo mágico del tamaño de una nuez que palpitaba con una luz turbia.
El oficinista palideció, retrocediendo tanto que su silla chirrió contra el suelo de madera.
—Un…
¿un núcleo de Hobgoblin?
—susurró, el pánico comenzando a filtrarse en su voz—.
¡Imposible!
Eres un Nivel 1.
¡Robaste esto!
¡Seguro encontraste el botín de un grupo de aventureros muertos!
—Si un grupo de aventureros hubiera muerto —razonó Caelen con frialdad, apoyando ambas manos en el mostrador e inclinándose hacia el hombre—, habría traído sus placas para cobrar la recompensa por recuperación de cadáveres.
La sangre en esas orejas aún no coagula del todo.
El ácido de los Goblins del Fango se neutraliza a los treinta minutos de la muerte.
Examínalo si quieres…
aunque te quemará los dedos.
La conmoción atrajo la atención de los aventureros cercanos.
Entre ellos, una mujer alta, de cabello rubio y vestida con una armadura de placas pesada que parecía absurdamente cara y poco práctica, se acercó al mostrador.
Sus mejillas estaban sonrojadas y respiraba con pesadez.
—Disculpe…
—jadeó la mujer rubia, apoyándose en el mostrador junto a Caelen y mirando al oficinista con ojos suplicantes—.
Escuché que hay Goblins del Fango en el bosque.
He oído que son criaturas viles que someten a los caballeros capturados a…
a torturas humillantes y castigos corporales severos, golpeándolos sin piedad hasta que no pueden levantarse.
Por favor, deme una misión para ir sola.
¡Debo interponer mi cuerpo como escudo para proteger a los débiles de tal…
trato denigrante!
¡No me importa si me usan como saco de boxeo!
El oficinista parpadeó, completamente descolocado por el masoquismo descarado de la cruzada.
Caelen ni siquiera la miró.
Su mente clasificó a la mujer bajo la etiqueta: «Anomalía conductual severa.
Ignorar para evitar pérdida de tiempo».
—Lalatin…
digo, señorita, por favor, vaya a sentarse —intervino una voz dulce desde el otro extremo de la barra.
Elianor apareció, secándose las manos en su delantal blanco.
Su cabello platinado brillaba a la luz de las linternas y su sonrisa era tan cálida como el sol de la mañana.
Se acercó al oficinista, miró las hierbas, luego las orejas, y finalmente posó sus grandes ojos azules en Caelen.
—Vaya, vaya —dijo Elianor, juntando las manos cerca de su rostro en un gesto de genuina admiración—.
Un Hobgoblin del Fango se clasifica como una amenaza de Rango D.
Y tú fuiste solo, saliste sin un rasguño, y completaste tu misión de recolección en tiempo récord.
Eres increíble, Caelen.
Caelen sintió una extraña punzada en el pecho.
Estaba preparado para el desprecio, para la trampa y para el combate a muerte, pero el elogio abierto y sincero de alguien con el poder abrumador de Elianor desestabilizaba sus algoritmos defensivos.
Desvió ligeramente la mirada, sintiendo una incomodidad casi cómica.
—Fue…
solo eficiencia matemática —murmuró Caelen.
Elianor soltó una risita cristalina, como si le pareciera adorable, lo cual irritó y confundió a Caelen a partes iguales.
Luego, la recepcionista se giró hacia el oficinista.
Su sonrisa no vaciló, pero la sombra de la habitación pareció alargarse un par de centímetros en dirección al hombre.
—Señor Marcus —dijo Elianor con voz cantarina—.
Las reglas del gremio estipulan que si un aventurero abate monstruos no solicitados durante una misión oficial en defensa propia o de la zona, se le debe pagar el precio de mercado por las pruebas de abatimiento.
Ocho Goblins del Fango son cuarenta monedas de plata.
Un Hobgoblin, más su núcleo, son dos monedas de oro.
En total: Dos oros, cuarenta platas, y tres cobres.
El oficinista tragó saliva sonoramente.
Las pupilas de Elianor parecieron oscurecerse una fracción de segundo.
—Págale.
Ahora.
Marcus abrió la caja fuerte temblando, contó las monedas con torpeza y las empujó hacia Caelen.
Caelen guardó el dinero en su bolsa de cuero con movimientos precisos.
Dos monedas de oro era una fortuna para un novato; suficiente para comprar materiales de forja de alta calidad durante meses.
—Ven conmigo, Caelen —dijo Elianor, tomando suavemente la manga de su capa, un gesto que hizo que todos los aventureros del salón contuvieran la respiración—.
Tenemos que hacer un registro detallado de tu…
hazaña.
Lo guió hacia una habitación trasera, lejos del ruido y las miradas curiosas.
La sala estaba forrada de estanterías con expedientes polvorientos.
Elianor cerró la puerta y el silencio fue absoluto; la habitación tenía sellos acústicos de alto nivel.
La actitud de Elianor cambió sutilmente.
La dulzura maternal seguía ahí, pero sus ojos adquirieron una agudeza calculadora, la mirada de alguien que entiende cómo gira realmente el mundo.
—No eres un Nivel 1 ordinario —dijo ella, apoyándose contra el escritorio y cruzando los brazos—.
Tu flujo de maná es extraño.
No se filtra hacia afuera como el de los magos, está enjaulado dentro de ti, denso y presurizado.
Y esa espada…
huele a sangre vieja y a aceite de engranajes, no a magia bendecida.
—Uso las herramientas que tengo a mi disposición —respondió Caelen, manteniendo su postura neutral.
—Me gusta eso.
En este mundo, los tontos confían en los dioses, y los muertos confiaron en los nobles.
—Elianor suspiró, su rostro ensombreciéndose levemente—.
El gremio de Oakhaven está podrido, Caelen.
Hombres como Marcus reciben sobornos de la Iglesia de Aethelgard para “filtrar” a los aventureros plebeyos que muestran potencial.
Solo quieren que los Héroes Invocados en la capital brillen.
Caelen procesó la información.
«Monopolio de recursos y centralización del poder.
Quieren que la fe en la Iglesia y en los Héroes Invocados sea absoluta, eliminando la competencia local para mantener el control de las masas».
—Escuché rumores sobre los Héroes —dijo Caelen.
—Llegaron hace tres meses —asintió Elianor, frunciendo el ceño con disgusto—.
Jóvenes de otro mundo.
La Iglesia los ha bañado en oro y les proporciona monstruos debilitados para que suban de nivel sin riesgo.
Tienen clases legendarias: ‘Héroe de la Espada’, ‘Sabio Elemental’, cosas así.
Son arrogantes, caprichosos y, lo peor de todo, son débiles de mente.
Creen que esto es un juego.
Pero Tártaro no es un juego.
Mientras ellos juegan a los banquetes en la capital, la actividad demoníaca en la frontera ha aumentado un trescientos por ciento.
Elianor caminó hacia Caelen y, con una suavidad inesperada, le acomodó el cuello de la capa.
Caelen se tensó por el contacto repentino, su cerebro entrando en conflicto entre la alerta de combate y una sensación de calidez que no sentía desde que su madre murió.
—Tienes ojos de alguien que ya ha muerto una vez, Caelen —murmuró ella, con una empatía dolorosa—.
No voy a dejar que Marcus te envíe a misiones trampa de nuevo.
A partir de hoy, yo manejaré tu registro.
Te daré misiones reales.
Peligrosas, sí, pero misiones que realmente ayudan a la gente de las aldeas exteriores, no las que enriquecen a los nobles de la ciudad.
Caelen la miró a los ojos.
En ellos vio el mismo pragmatismo feroz que él mismo poseía, envuelto en una capa de amabilidad inquebrantable.
Ella era un monstruo protegiendo su territorio, y por alguna razón, había decidido que él valía la pena.
—¿Por qué me ayudas?
—preguntó Caelen, siempre buscando el motivo oculto.
Elianor le sonrió, y esta vez, fue una sonrisa genuina, casi juguetona.
—Porque eres lindo cuando te haces el duro.
Y porque este mundo necesita menos “Héroes” de cristal, y más personas dispuestas a mancharse las manos de barro y sangre para hacer el trabajo sucio.
Caelen exhaló lentamente.
Tenía un aliado.
Un aliado aterradoramente poderoso, con conexiones en el inframundo del gremio, y una extraña tendencia a tratarlo como a un hermano menor.
—Bien.
Trato hecho —dijo Caelen, asintiendo.
Su mente ya estaba trabajando en el siguiente paso—.
Necesito acceso a la forja del gremio esta noche.
Y necesito que me consigas información sobre las rutas de suministro de los Demonios Menores en el sector este.
Si la actividad aumentó un trescientos por ciento, significa que tienen un nodo de distribución o una colmena subterránea estableciendo una red.
Voy a cortarles el enrutamiento.
Elianor amplió su sonrisa, sus ojos brillando con anticipación.
—A la orden, señor Aventurero de Nivel 1.
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