El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 5 Circuitos Rúnicos y la Topología del Terror
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6: Capítulo 5: Circuitos Rúnicos y la Topología del Terror 6: Capítulo 5: Circuitos Rúnicos y la Topología del Terror El calor de la forja subterránea del gremio era sofocante, un infierno contenido entre paredes de piedra basáltica.
A las dos de la madrugada, el lugar estaba desierto, cortesía de las “influencias” de Elianor, quien había amablemente sugerido al maestro herrero que se tomara la noche libre si apreciaba la integridad estructural de sus rodillas.
Caelen estaba de pie frente al yunque, sin camisa, con el sudor brillando sobre las densas cicatrices y los músculos hiperdesarrollados de su torso y brazos.
Sus ojos, fijos en la hoja de su espada mecánica, reflejaban el resplandor anaranjado de las brasas.
Sobre una mesa de trabajo contigua, tenía los materiales que había comprado con sus dos monedas de oro: polvo de mithril refinado, alambre de cobre encantado, resina de árbol de maná y el núcleo turbio del Hobgoblin.
«El problema de la versión uno de la espada era el derroche de energía», pensó Caelen, activando su pasiva [Comprensión Nvl.
6].
Su visión del mundo cambió; la materia sólida se volvió translúcida, revelando las corrientes de energía latente.
«La vaina funcionaba como un condensador primitivo.
Al apretar el gatillo, descargaba todo el maná de golpe para expulsar la hoja.
Era letal, pero me dejaba desarmado mecánicamente hasta recargar la piedra.
Necesito reguladores de voltaje.
Necesito compuertas lógicas».
Tomó un buril de punta de diamante y comenzó a grabar líneas minúsculas en el interior de la vaina metálica.
No estaba dibujando runas mágicas tradicionales, que a menudo dependían de la fe o la interpretación artística del forjador.
Estaba tallando un circuito impreso tridimensional.
Utilizó el polvo de mithril mezclado con resina como pasta conductora.
Trazó canales que dividían el flujo del núcleo del Hobgoblin en tres recámaras de presión independientes.
Grabó símbolos geométricos que actuaban como resistencias y transistores mágicos: si el gatillo se presionaba a la mitad, abría la compuerta uno (un desenvaine rápido estándar); si se presionaba a fondo, abría las tres en secuencia rápida (un triple corte supersónico).
Caelen trabajó en un estado de concentración absoluta.
Sus conocimientos universitarios de arquitectura de computadoras se fusionaban con la habilidad [Sinergia Estructural y Mecánica].
Para él, la magia no era un milagro; era física no descubierta.
A las seis de la mañana, ensambló la pieza final.
El núcleo del Hobgoblin, ahora tallado en un hexágono perfecto, encajó en la empuñadura con un clic satisfactorio.
Las líneas de mithril en la vaina destellaron con un pulso de luz esmeralda antes de atenuarse.
Había nacido la Espada de Impulso Cinético V.2.
Horas más tarde, el salón principal del gremio estaba casi vacío, iluminado por la pálida luz matinal que se filtraba por las ventanas manchadas.
Caelen, bañado y con su equipo renovado, se acercó al mostrador.
Llevaba su nueva espada a la cadera, y sus botas habían sido recalibradas para silenciar los micro-impactos de sus pasos.
Elianor lo esperaba con dos tazas de té humeante.
Su cabello platinado estaba recogido en una elegante trenza, y su sonrisa era tan resplandeciente como siempre.
—Buenos días, Caelen —canturreó, deslizando una de las tazas hacia él—.
Te ves…
afilado.
Literal y metafóricamente.
—El equipo funciona.
El núcleo del Hobgoblin proporcionó una excelente fuente de alimentación —respondió él, tomando un sorbo del té.
Estaba sorprendentemente bueno, endulzado con miel de la región—.
Dijiste que tenías información sobre los Demonios Menores en el sector este.
La sonrisa de Elianor se suavizó, volviéndose más profesional, aunque sin perder ese matiz peligroso en el fondo de sus ojos.
Metió la mano debajo del mostrador y sacó un mapa detallado de la región, extendiéndolo frente a Caelen.
—Oficialmente —comenzó Elianor, bajando la voz—, la Iglesia y el Gremio Central de Aethelgard afirman que los demonios están en retroceso, aterrados por la llegada de los Héroes Invocados.
Extraoficialmente, las caravanas de suministros que van hacia las aldeas de la periferia este, cerca del Valle de la Ceniza, han dejado de llegar.
Caelen observó el mapa.
Su mente trazó líneas entre las aldeas incomunicadas.
—No son ataques aleatorios de monstruos salvajes —concluyó Caelen, señalando tres puntos en el mapa—.
Están cortando las vías de comunicación y suministro.
Es un asedio táctico.
Están aislando la aldea de Oakhill.
—Exactamente —asintió Elianor, apoyando la barbilla en sus manos entrelazadas—.
Los demonios menores no actúan con esta coordinación a menos que estén construyendo una Colmena o un puesto de avanzada bajo el mando de un Demonio Comandante.
Marcus, el oficinista de ayer, ha estado archivando las quejas de Oakhill y clasificándolas como “Actividad de duendes”, para no alertar a la capital y arruinar el banquete de celebración de los Héroes.
Caelen apretó la mandíbula.
Los “héroes” estaban bebiendo vino en cálices de oro mientras a menos de cien kilómetros, una aldea entera estaba a punto de ser masacrada para establecer una cabeza de puente enemiga.
—Si se asientan, usarán Oakhill como nodo central para propagar el miasma y lanzar incursiones directamente contra Oakhaven —dijo Caelen.
Miró a Elianor a los ojos—.
Iré.
Ella le entregó un pergamino sellado con cera negra, un sello extraoficial.
—Esta no es una misión que quede en tus registros, Caelen.
Si mueres, el gremio negará que estuviste allí.
Si triunfas, no habrá fanfarrias ni gloria pública.
Solo un pago directo de mis fondos privados por cada cabeza de demonio que traigas.
¿Entendido?
—La gloria no detiene las garras de un demonio —respondió Caelen, guardando el mapa y el pergamino en su abrigo—.
Vuelvo en dos días.
Elianor le sonrió con calidez maternal, pero antes de que él se diera la vuelta, ella añadió con un tono peligrosamente dulce: —Ah, y Caelen…
si te cruzas con un Demonio Comandante, asegúrate de apuntar a las articulaciones primero.
Les gusta mucho hablar de su superioridad antes de matar; es muy molesto.
Hazlos callar rápido.
Caelen asintió, tomando nota mental del consejo de su aterradora aliada.
Valle de la Ceniza – Periferia Este El paisaje era desolador.
Los árboles aquí no tenían hojas; sus troncos estaban retorcidos y carbonizados por antiguas batallas mágicas, y el suelo estaba cubierto de una fina capa de ceniza grisácea.
Caelen avanzaba agazapado en la cima de una colina que dominaba un desfiladero, a dos kilómetros de la aldea de Oakhill.
Llevaba horas rastreando.
Usando su [Comprensión], había descartado los rastros de bestias salvajes y se había enfocado en huellas específicas: pisadas bípedas, pesadas, con garras que rasgaban la roca.
Había establecido lo que en su vida pasada llamaría la “Topología de la Red” del enemigo.
«Tienen patrullas periféricas actuando como nodos de vigilancia.
Tres unidades por grupo.
Un rastreador, un tanque pesado y un atacante rápido», dedujo Caelen, observando el patrón de movimiento en el desfiladero de abajo a través de un catalejo modificado con lentes mágicos de aumento.
«Si ataco a uno y logra gritar o lanzar una señal de miasma, alertará al nodo central.
Para desmantelar la red sin alertar al servidor principal, tengo que causar una interrupción simultánea.
Cero latencia».
Inhaló profundamente.
El aire con sabor a ceniza llenó sus pulmones.
Respiración de Flujo Áureo: Patrón de Latencia Cero.
El maná circuló por su cuerpo, no en un flujo continuo y explosivo, sino en pulsos rítmicos y controlados, silenciando el latido de su corazón y suprimiendo su calor corporal.
Se volvió un fantasma en el ecosistema.
Se deslizó colina abajo, usando el barro y las sombras como cobertura.
Abajo, la patrulla demoníaca avanzaba.
Eran Demonios de la Ceniza.
Humanoides musculosos con piel gris cuarteada que brillaba como carbón encendido en las grietas.
El líder, armado con una guadaña de hueso, se detuvo y olfateó el aire.
Caelen ya estaba sobre ellos.
Cayó en picada desde un peñasco elevado, apuntando al Demonio tanque en la retaguardia.
Antes de tocar el suelo, Caelen giró su cuerpo, canalizando la energía cinética de la caída hacia la suela de su bota derecha.
Impactó directamente en la base de la nuca de la criatura.
El sonido del cuello del demonio partiéndose fue ahogado por el crujido de la propia roca bajo sus pies.
El rastreador y el líder se giraron al instante, sus rostros deformados en expresiones de ira al ver a su compañero caer.
El líder abrió las fauces para emitir un rugido de advertencia.
Caelen no le dio tiempo.
Apretó el gatillo de su espada a fondo.
Las compuertas lógicas talladas en la vaina se abrieron en perfecta sincronía.
¡FSH-FSH-FSH!
No fue una sola explosión sorda, sino tres latigazos sonoros casi simultáneos.
El primer impulso expulsó la hoja a una velocidad cegadora, cortando limpiamente la garganta del líder antes de que el sonido saliera de sus cuerdas vocales.
Aprovechando la inercia del primer corte, Caelen redirigió la espada.
El segundo impulso de la vaina (que aún retenía presión) actuó como un propulsor, acelerando el arco inverso de la hoja para decapitar al rastreador.
El tercer impulso lo usó para frenar la espada bruscamente, estabilizando su postura sin perder el equilibrio, listo para un cuarto ataque que no fue necesario.
Tres demonios de clase amenaza.
Muertos en menos de tres segundos.
Cero ruido de alarma.
Cero latencia en la ejecución.
Caelen exhaló lentamente, disipando la niebla dorada de su boca.
Su [Comprensión] analizó el estado de la espada.
La temperatura de la recámara era óptima, y el núcleo del Hobgoblin apenas había gastado un cinco por ciento de su capacidad.
Los circuitos rúnicos funcionaban a la perfección.
—Nodo uno, desconectado —murmuró Caelen, limpiando la sangre tóxica de la hoja con una tela tratada.
Miró hacia la espesura del desfiladero, hacia donde las huellas se hacían más profundas y numerosas.
La aldea de Oakhill estaba cerca, y la verdadera base de operaciones de los demonios esperaba.
El nivel 1 del gremio acababa de iniciar su propia guerra de guerrillas, y no pensaba detenerse hasta que todo el sistema colapsara.
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