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El Aventurero Anómalo de Tártaro - Capítulo 7

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  3. Capítulo 7 - 7 Capítulo 6 El Servidor Central y la Falla Estructural
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7: Capítulo 6: El Servidor Central y la Falla Estructural 7: Capítulo 6: El Servidor Central y la Falla Estructural El desfiladero se abría paso hacia un valle hundido donde la aldea de Oakhill solía prosperar gracias a la tala y la minería superficial.

Ahora, el lugar parecía el foso de un infierno prematuro.

Desde su posición en la copa de un roble marchito en la ladera, Caelen observó el panorama a través de la lente de su catalejo modificado.

El cielo sobre Oakhill no era gris, sino de un tono púrpura enfermizo, producto de una densa nube de miasma que se elevaba desde el centro de la plaza principal.

Su pasiva [Comprensión Nvl.

6] procesó la topografía y la arquitectura del desastre.

Las casas de madera habían sido despojadas de sus techos para construir una torre espiralada en el centro: una aguja de miasma.

«Es un enrutador de señal», dedujo Caelen, ajustando el enfoque de la lente.

«Están concentrando la energía corrupta del entorno para estabilizar un portal o un nodo de teletransporte de mayor capacidad.

Si terminan esa antena, un ejército entero podrá cruzar desde el Continente Oscuro sin marchar por la frontera».

Pero lo que hizo que el pulso de Caelen se acelerara no fue la estructura, sino la base de la misma.

Decenas de aldeanos, hombres, mujeres y niños, estaban encadenados, siendo utilizados como bestias de carga para arrastrar bloques de piedra volcánica.

Sus cuerpos estaban demacrados, cubiertos de llagas por la exposición continua al miasma.

Los demonios no los habían matado de inmediato porque necesitaban mano de obra esclava para erigir su infraestructura.

Custodiando el perímetro había quince Demonios de la Ceniza, armados con látigos de nervios llameantes y lanzas.

Y en el centro, supervisando la construcción desde una improvisada plataforma de cráneos, estaba el Comandante.

Era una bestia imponente, de casi tres metros de altura.

Su piel no era gris, sino negra como la obsidiana, y llevaba una armadura natural de placas óseas fusionadas con su carne.

Sostenía un mandoble dentado que goteaba un líquido corrosivo.

Caelen recordó la dulce y escalofriante advertencia de Elianor: «Asegúrate de apuntar a las articulaciones primero.

Les gusta mucho hablar…

hazlos callar rápido».

«Quince hostiles de infantería ligera.

Un hostil de clase pesada.

Cuarenta y dos rehenes civiles en la zona de impacto», calculó Caelen.

Su mente se enfrió, suprimiendo la rabia hirviente que le provocaba ver a los niños encadenados.

La ira nublaba el juicio; la ingeniería requería precisión absoluta.

«Un ataque frontal es un suicidio y resultará en bajas civiles.

Necesito un ataque de denegación de servicio distribuido.

Un DDOS táctico para fragmentar su red defensiva».

Caelen descendió del árbol como una sombra.

Durante la siguiente hora, se movió por la periferia de la aldea, evitando las líneas de visión y los pozos de miasma.

Utilizó su habilidad [Sinergia Estructural y Mecánica] en silencio.

Tomó cinco núcleos mágicos de baja calidad que había extraído de lobos mutados semanas atrás y los empaquetó dentro de cilindros de bambú hueco, compactándolos con polvo de hierro, metralla de piedra y un detonador de presión hecho con resortes de su propio equipo de repuesto.

Eran minas direccionales de fragmentación cinética.

Plantó tres en el extremo este de la aldea, cerca de los almacenes de madera seca, y conectó los percutores a un hilo de acero invisible bañado en maná que extendió hasta su posición en el oeste, oculto detrás de la taberna en ruinas.

Exhaló lentamente.

Sus pulmones se expandieron, listos para activar la hiper-oxigenación, pero la mantuvo en pausa.

Tiró del hilo de acero.

¡BOOOOM!

¡BOOOOM!

¡BOOM!

Tres explosiones simultáneas destrozaron los almacenes del este.

La onda expansiva levantó una nube de fuego, astillas y polvo de treinta metros de altura.

El estruendo sacudió la tierra, y los gritos de los aldeanos se mezclaron con los rugidos de sorpresa de los demonios.

El Comandante de Obsidiana bramó, una orden gutural que resonó en todo el valle.

Diez de los quince demonios menores abandonaron sus puestos y corrieron hacia el este, creyendo que estaban bajo el asedio de un batallón de caballeros mágicos.

Había fragmentado la red.

El servidor central estaba vulnerable.

Respiración de Flujo Áureo: Segunda Forma – Circuito Cerrado.

Caelen no retuvo la energía; la dejó fluir por sus piernas y su brazo derecho en un bucle continuo de retroalimentación.

Salió de su escondite como un proyectil disparado por un cañón electromagnético.

Los cinco demonios restantes que custodiaban a los aldeanos apenas vieron una estela oscura y plateada acercándose por el oeste.

Caelen no usó la detonación de su vaina para no gastar el núcleo del Hobgoblin innecesariamente.

Su pura fuerza física, multiplicada por el maná hiperpresurizado, era suficiente.

Decapitó al primer demonio en un movimiento fluido, usó la inercia del cuerpo cayendo para impulsarse hacia el segundo, clavándole la hoja en el pecho y girando la muñeca para destrozarle el núcleo interno.

El tercero levantó su lanza, pero Caelen se deslizó por el barro, pasando por debajo de la guardia, y usó la suela reforzada de su bota para patear la rodilla del monstruo, partiéndola hacia atrás.

Mientras el demonio caía gritando, la espada mecánica de Caelen trazó un arco ascendente que le dividió el torso.

Tres segundos.

Tres demonios muertos.

Los aldeanos, acurrucados en el suelo, lo miraban con ojos desorbitados.

No veían a un héroe envuelto en luz dorada; veían a un chico manchado de sangre negra, moviéndose con la eficiencia despiadada de una máquina de matar.

El Comandante de Obsidiana se giró, dándose cuenta de la distracción.

Sus ojos amarillos se clavaron en Caelen.

—¡Miserable escoria humana!

—rugió el gigante, bajando de su plataforma de cráneos con pasos que hacían temblar el suelo.

Su voz era un trueno rasposo—.

¡Te atreves a interrumpir la sagrada obra del Rey Demonio!

¡Yo, un General de la Ceniza, te arrancaré la…!

¡CLACK-BOOOOM!

Caelen no lo dejó terminar.

Cumpliendo al pie de la letra el consejo de la recepcionista, apretó el gatillo de su espada V.2 a máxima presión en cuanto tuvo al gigante a menos de diez metros.

La explosión en la vaina fue tan violenta que el retroceso empujó a Caelen medio metro hacia atrás, enterrando sus botas en la tierra.

La hoja de mithril salió disparada en un tajo horizontal a la velocidad del sonido, envuelta en una onda de choque cinética.

El Comandante, interrumpido en pleno discurso de villano, apenas tuvo tiempo de levantar su gigantesco mandoble para bloquear.

El impacto sonó como la campana de una catedral estrellándose contra una montaña.

La onda expansiva reventó las ventanas de las casas cercanas.

La espada del demonio, gruesa como el torso de un hombre, se agrietó, pero resistió.

Sin embargo, Caelen no había apuntado al centro de masa ni a la cabeza, fuertemente acorazada por placas de hueso.

Había apuntado a la estructura de soporte inferior.

La hoja mecánica, desviada intencionalmente por el bloqueo del Comandante, se deslizó por el filo del arma enemiga y cortó limpiamente el tendón expuesto detrás de la rodilla derecha del gigante, donde la armadura ósea no podía articularse sin perder movilidad.

El Comandante soltó un alarido de agonía que heló la sangre de los aldeanos, y su rodilla cedió, haciéndolo hincar en la tierra con un impacto brutal.

«Falla estructural inducida con éxito.

Centro de gravedad desestabilizado», analizó Caelen, sin perder un milisegundo.

Pero el Comandante era un monstruo de alto rango.

Incluso de rodillas, su fuerza era titánica.

Lleno de furia humillante, balanceó su mandoble agrietado en un barrido horizontal diseñado para partir a Caelen por la mitad.

Caelen no podía retroceder; si lo hacía, el ataque alcanzaría a los civiles encadenados detrás de él.

Plantó los pies.

Respiración de Flujo Áureo: Sobrecarga del Núcleo.

Inhaló hasta que sintió que sus costillas amenazaban con astillarse.

El maná en su torrente sanguíneo brilló con tanta intensidad que las venas de su cuello y brazos se iluminaron bajo la piel con un tono dorado incandescente.

Levantó su brazo izquierdo, activando el escudo hidráulico retráctil que había integrado en su guantelete de forja.

El mandoble del demonio impactó contra el guantelete.

Caelen sintió como si un tren de carga lo hubiera embestido.

Sus botas surcaron dos zanjas profundas en la tierra mientras era arrastrado hacia atrás, y los pistones de su guantelete chillaron, al borde de la ruptura por la inmensa presión mecánica.

La sangre comenzó a brotar de su nariz y comisuras de los labios por el sobreesfuerzo de sus órganos internos.

—¡No eres…

nada!

—escupió el Comandante, presionando su arma para aplastar la defensa del humano.

Caelen, con los dientes apretados y el sabor a cobre en la boca, lo miró con ojos gélidos.

—Toda estructura…

tiene un punto de tensión crítica —susurró Caelen.

Usando su pasiva, vio las microfisuras en el mandoble del demonio, causadas por el choque supersónico inicial.

Con un movimiento brusco, Caelen cambió el ángulo de su guantelete, alterando el vector de la fuerza del gigante, y golpeó el lateral del mandoble con el pomo de su propia espada.

¡CRAAACK!

El mandoble de obsidiana se hizo añicos, enviando esquirlas afiladas en todas direcciones.

El Comandante perdió el equilibrio, yéndose de bruces por su propia inercia incontrolada.

Esa era la apertura.

Caelen desactivó la sobrecarga para no freír su sistema nervioso, pivotó sobre su pie izquierdo y clavó su espada profundamente en la hendidura de la armadura ósea en el cuello del Comandante, buscando la columna vertebral.

Apretó el segundo gatillo de la vaina, enviando un impulso de energía que hizo vibrar la hoja a alta frecuencia, serrando el hueso y la médula espinal del monstruo.

El gigante se paralizó, un estertor final escapando de sus fauces, antes de desplomarse inerte en el barro.

Caelen arrancó la espada, respirando con dificultad, sus pulmones ardiendo por la saturación de maná.

A lo lejos, escuchó los gritos de los diez demonios menores que regresaban, alertados por el colapso del Comandante.

Se giró hacia los aldeanos aterrorizados.

Con dos golpes precisos de su espada en las cerraduras, destrozó las gruesas cadenas que los ataban.

—Corran hacia el bosque del norte —ordenó Caelen, su voz áspera y autoritaria no admitía réplicas—.

No miren atrás.

Oculténse en las cavernas de piedra caliza.

Un anciano, llorando, intentó agarrar su capa.

—G-gracias…

señor Caballero…

¿qué hay de usted?

—No soy un caballero —respondió Caelen, girándose hacia la horda de diez demonios que cargaban furiosos hacia la plaza—.

Solo soy el equipo de limpieza.

Váyanse.

Ahora.

Mientras los aldeanos huían despavoridos hacia la seguridad del bosque, Caelen tomó un frasco de poción de resistencia de su cinturón, la bebió de un trago y se limpió la sangre de la barbilla.

Su guantelete izquierdo estaba destrozado, y su núcleo de maná palpitaba dolorosamente, pero su mente seguía calculando.

Faltaban diez nodos menores por desconectar para apagar el servidor por completo.

Y Caelen no tenía intención de dejar el trabajo a medias.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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