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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 10

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  3. Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 La casa quemada
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10: Capítulo 10: La casa quemada 10: Capítulo 10: La casa quemada La casa quemada no aparecía en los mapas.

Adrien lo confirmó al amanecer, cuando extendió sobre la mesa de la posada el viejo plano de Veyrfall que el canciller Maeric le había entregado antes de partir.

La tinta mostraba el camino principal, la plaza, la iglesia de San Aeron, el molino, el arroyo viejo y la línea irregular del bosque prohibido.

También señalaba las granjas exteriores, los campos de trigo negro y el sendero que ascendía hacia las colinas del norte.

Pero no había ninguna casa al borde del bosque.

Ninguna marca.

Ninguna ruina.

Nada.

Como si nunca hubiese existido.

Adrien permaneció inclinado sobre el mapa, con una mano apoyada en la mesa y la otra sobre el pecho, allí donde la marca negra latía bajo la camisa.

No dolía con fuerza aquella mañana, pero seguía presente.

A ratatos era apenas una tibieza.

A ratos, una presión incómoda, como si un dedo invisible permaneciera apoyado sobre su corazón para recordarle que aún podía hundirse más.

En la sala común, nadie hablaba.

Los aldeanos que habían entrado a la posada evitaban mirar el mapa.

Evitaban mirarlo a él.

Evitaban incluso mirar hacia la escalera que llevaba a la habitación de Lysa Merrow.

La joven seguía viva, aunque su respiración era más débil.

El padre Elric había pasado la noche entre la iglesia y la posada, cargando oraciones que no parecían servir más que para mantener sus propias manos ocupadas.

El posadero Noll dejó un cuenco de avena frente a Adrien.

—Mi señor.

Adrien no apartó la vista del mapa.

—¿Dónde estaba la casa de Evelyne de Veyr?

El cuenco tembló en las manos de Noll.

Un silencio más profundo cayó sobre la posada.

Hasta los hombres del rincón dejaron de fingir que bebían.

—No conozco ese nombre —murmuró el posadero.

Adrien levantó la mirada.

Noll tragó saliva.

Era un hombre de casi cuarenta años, flaco, con mejillas hundidas y ojos permanentemente húmedos.

No parecía cruel.

Tampoco valiente.

En Veyrfall, eso no lo distinguía de nadie.

—¿Evelyne de Veyr?

—repitió Adrien—.

Madre de Morgana.

Al oír el nombre de la bruja, una mujer sentada cerca de la ventana se puso de pie de golpe y salió sin tocar su pan.

Noll miró hacia la puerta.

—Mi señor, yo era niño cuando… —Entonces la recuerda.

El posadero bajó la voz.

—Recuerdo humo.

Adrien guardó silencio.

Noll dejó el cuenco sobre la mesa y limpió sus manos en el delantal, aunque no estaban sucias.

—Recuerdo a mi madre tapándome la boca para que no preguntara.

Recuerdo hombres corriendo con cubos que no llevaban agua.

Recuerdo al padre Elric gritando.

Recuerdo a Bastian vomitando junto al pozo.

Pero la casa… Se detuvo.

—¿La casa qué?

Noll miró hacia una de las ventanas empañadas.

—La casa siguió ardiendo después de que la lluvia cayó.

Adrien sintió un escalofrío.

—¿Cuánto tiempo?

—Toda la noche.

—¿Y después?

El posadero negó con la cabeza.

—Después nadie volvió por allí.

—¿Dónde está?

Noll cerró los ojos con fuerza, como si la pregunta fuera una mano entrando en una herida.

—No puedo decírselo.

Adrien endureció la voz.

—Puede.

—No.

—Noll.

—No es por mí —susurró el posadero—.

Tengo una esposa.

Dos hijos.

Si alguien dice el camino en voz alta, a veces ella lo cambia.

La marca en el pecho de Adrien calentó apenas.

Como una sonrisa.

Él apretó la mandíbula.

—Entonces señálelo en el mapa.

Noll abrió los ojos.

—¿Qué?

—No lo diga.

Señálelo.

El posadero miró el pergamino como si el papel pudiera morderlo.

Luego, con dedos temblorosos, se inclinó sobre la mesa.

No tocó el mapa directamente.

Primero dudó sobre la línea del bosque.

Después llevó el dedo más al sur, hacia un área vacía entre el arroyo viejo y una colina sin nombre.

Su dedo quedó suspendido sobre el espacio en blanco.

—Por ahí.

—¿No aparece marcada?

Noll negó.

—Se raspó de los mapas.

Adrien alzó la vista.

—¿Quién la raspó?

Noll retiró la mano como si se hubiera quemado.

—Todos.

La respuesta no necesitó explicación.

Veyrfall no había olvidado la casa.

La había borrado.

Adrien dobló el mapa lentamente.

Antes de guardarlo, notó algo en el borde inferior del pergamino.

Una pequeña irregularidad en la tinta, casi imperceptible.

Pasó el pulgar sobre ella.

La superficie era áspera.

Raspada.

Sí.

Allí había habido algo.

El padre Elric entró en la posada antes de que Adrien terminara de guardar el mapa.

La sotana negra estaba húmeda de niebla.

Tenía el rostro demacrado, las ojeras profundas y una pequeña cruz de madera apretada entre los dedos.

—Creí que vendría a buscarme —dijo Adrien.

El sacerdote cerró la puerta tras de sí.

—He venido para pediros que no vayáis.

Adrien tomó su espada de la silla.

—Entonces llega tarde.

Elric respiró hondo.

—Ese lugar no os dará paz.

—No busco paz.

—Ni verdad completa.

Adrien lo miró.

—¿Ahora también decide qué clase de verdad puedo soportar?

El sacerdote bajó la mirada.

—No.

Ya no.

Aquella rendición le quitó a Adrien parte de la ira inmediata, pero no la determinación.

—Vendrá conmigo.

Elric asintió con una lentitud cansada.

—Lo sé.

Salieron de la posada bajo un cielo gris.

Veyrfall parecía más hundido que el día anterior.

La niebla rodeaba las casas hasta la mitad de sus muros, y las ventanas cerradas tenían el aspecto de párpados enfermos.

No se oía trabajo en el molino.

No se oían animales.

Incluso los cuervos guardaban una distancia inusual, posados en los tejados, observando en silencio.

Bastian Rusk esperaba junto al pozo.

No preguntó adónde iban.

Lo sabía.

—No encontrará nada bueno allí —dijo.

Adrien se detuvo.

—Entonces encontraré algo necesario.

El anciano miró al padre Elric.

—¿Vas a llevarlo?

Elric no respondió.

Bastian soltó una risa sin fuerza.

—Veintidós años tarde, padre.

El sacerdote cerró los ojos, pero no se defendió.

Adrien observó a ambos.

—Usted también vendrá, Bastian.

El anciano levantó la cabeza de golpe.

—No.

—Sí.

—No volveré a pisar esas cenizas.

—No era una petición.

La mano vendada de Bastian tembló.

—La corona no tiene derecho a obligar a un viejo a caminar hacia sus muertos.

—Quizá no.

Pero las familias de los niños desaparecidos sí tienen derecho a saber qué oculta.

Bastian palideció.

Durante un momento pareció que iba a negarse otra vez.

Luego miró hacia las casas.

Varias cortinas se movieron.

Veyrfall entero escuchaba.

El anciano comprendió que su negativa sería una confesión.

—Que la luz os maldiga, caballero —susurró.

Adrien sostuvo su mirada.

—Ya hay suficiente maldición aquí.

Bastian tomó un farol apagado de un poste, aunque era de día, y se unió a ellos.

Los tres hombres cruzaron la plaza.

Nadie los siguió.

El camino hacia la casa quemada no era el mismo sendero de piedras blancas que Adrien había recorrido para llegar a la morada actual de Morgana.

Ese comenzaba más al este, en la frontera del bosque prohibido.

El de la casa antigua se abría al sur del arroyo viejo, detrás de un campo abandonado donde el trigo negro crecía en parches enfermos, bajo y retorcido.

A medida que avanzaban, el pueblo quedó atrás con demasiada rapidez.

La tierra se volvió blanda.

Las botas se hundían en barro oscuro.

El aire olía a lluvia estancada y ceniza, aunque no había habido fuego reciente.

A ambos lados del camino aparecieron postes de madera podrida, inclinados como cruces sin nombre.

Algunos tenían restos de cuerda.

Otros conservaban clavos oxidados.

Adrien miró a Bastian.

—¿Qué eran?

El anciano no contestó.

El padre Elric habló en su lugar: —Marcas de límite.

—¿Para mantener algo dentro o fuera?

Bastian soltó una risa seca.

—Sí.

Adrien no insistió.

La marca en su pecho palpitó con suavidad.

No había voz.

No había visión.

Solo esa conciencia lejana al otro lado del vínculo.

Morgana, en algún lugar, sabía que caminaban hacia allí.

Adrien lo sentía con una certeza que le provocaba repulsión.

Cada paso era observado.

Cada respiración, medida.

Como si los ojos verdes de la bruja estuvieran detrás de la niebla, disfrutando no de impedirle el avance, sino de permitirlo.

Después de media hora, llegaron al arroyo viejo.

El agua estaba quieta.

No debería estarlo.

Un arroyo, por pequeño que fuera, debía correr.

Aquel permanecía inmóvil entre piedras negras, cubierto por una película gris que reflejaba el cielo como un espejo sucio.

En la orilla crecían flores blancas.

Adrien se detuvo.

Las flores de Lysa.

El olor a miel era tenue, pero inconfundible.

Bastian hizo la señal de protección.

—No las mire demasiado.

Adrien miró al sacerdote.

—¿Crecían aquí antes del incendio?

Elric negó lentamente.

—No.

—¿Cuándo aparecieron?

—Después.

Bastian murmuró: —Donde cayó la sangre de Evelyne.

Adrien giró hacia él.

El anciano pareció arrepentirse, pero ya no podía retirar la frase.

—¿La trajeron hasta aquí?

—preguntó Adrien.

Bastian tragó saliva.

—Parte de ella.

Elric cerró los ojos.

Adrien sintió asco.

—Explíquese.

—No —dijo el sacerdote.

—Sí —dijo Adrien—.

Ahora.

Bastian miró el agua inmóvil.

—Después del fuego, no encontraron un cuerpo entero.

El techo se desplomó.

Las vigas ardieron hasta la madrugada.

Cuando pudieron entrar, había huesos, ceniza, hierro fundido… y una mano.

Adrien se quedó quieto.

—¿Una mano?

Bastian asintió.

—La mano izquierda de Evelyne.

Cerrada.

Como si hubiese apretado algo hasta el final.

—¿Qué había dentro?

El anciano no respondió.

Elric susurró: —Un mechón del cabello de Morgana.

La marca en el pecho de Adrien ardió.

Esta vez sí vio algo.

Una visión breve.

Una mujer en llamas, con el rostro ennegrecido por humo, empujando a una niña hacia un hueco bajo el suelo.

Dedos quemados arrancando un mechón de cabello oscuro.

Una voz quebrada: Vive, aunque me odies.

La visión desapareció tan rápido que Adrien casi perdió el equilibrio.

Elric se acercó.

—¿La viste?

Adrien respiró con dificultad.

—Vi algo.

Bastian retrocedió.

—Nos está oyendo.

Adrien apretó los dientes.

—Que oiga.

Una risa suave cruzó su mente, pero no se convirtió en palabra.

Morgana estaba cerca del vínculo.

Demasiado cerca.

Cruzaron el arroyo por unas piedras planas.

Bastian fue el último.

Antes de pisar la orilla opuesta, se detuvo, miró el agua y susurró una disculpa.

No a Adrien.

No al sacerdote.

Al lugar.

El bosque al otro lado estaba muerto.

No oscuro como el bosque prohibido, sino muerto de verdad.

Los árboles se alzaban carbonizados, sin hojas, retorcidos por un fuego que había ocurrido más de veinte años atrás y aun así parecía reciente.

Sus troncos negros conservaban vetas rojas en las grietas, como brasas dormidas bajo la corteza.

El suelo estaba cubierto por una capa de ceniza húmeda que no desaparecía con la lluvia.

Adrien se agachó y tocó la tierra.

La ceniza se pegó a sus dedos.

Caliente.

No mucho.

Pero caliente.

—Imposible —murmuró.

Elric lo escuchó.

—Aquí esa palabra se usa poco.

El camino se estrechó entre los árboles quemados.

A cada lado había objetos medio enterrados: trozos de cerámica, un zapato infantil endurecido por el tiempo, cuentas de un collar, clavos, fragmentos de vidrio oscuro.

Adrien vio también restos de cintas rojas atadas a algunas ramas.

Ofrendas.

Advertencias.

Culpas disfrazadas de ritual.

—¿Quién viene aquí?

—preguntó.

Bastian negó con la cabeza.

—Nadie.

Adrien tomó una cinta reciente de una rama.

La tela no tenía más de unas semanas.

—Miente.

El anciano cerró la boca.

Elric habló con cansancio: —Algunos vienen a dejar ofrendas cuando sueñan con ella.

—¿Con Evelyne o con Morgana?

—A veces no distinguen.

Adrien soltó la cinta.

—Qué conveniente.

El sendero terminó ante un claro.

Y allí estaban las ruinas.

La casa había sido grande en otro tiempo, más grande de lo que Adrien esperaba.

No una choza marginal, sino una vivienda sólida de piedra y madera, con restos de un cercado, un pozo pequeño derrumbado y lo que alguna vez fue un jardín.

Las paredes exteriores seguían en pie hasta la mitad, ennegrecidas por el fuego.

Las vigas del techo habían caído hacia adentro, formando una costilla rota de madera carbonizada.

No había puerta.

Solo un hueco abierto donde el umbral permanecía intacto.

Sobre ese umbral, alguien había tallado un símbolo.

No el ojo sin pupila.

Una luna creciente rodeada de espinas.

Adrien se acercó.

—¿Qué significa?

Elric respondió en voz baja: —Protección materna.

Bastian soltó una risa ahogada.

—Mucho protegió.

El sacerdote lo miró con una dureza repentina.

—Más que nosotros.

El anciano no respondió.

Adrien cruzó el umbral.

La marca de su pecho se heló.

No ardió.

No dolió.

Se volvió fría.

Tan fría que Adrien tuvo que detenerse un instante.

El interior de la casa conservaba la forma de una vida interrumpida.

Una mesa partida en dos.

Restos de una chimenea.

Estantes derrumbados.

Un horno de barro agrietado.

En una esquina, frascos de vidrio fundidos por el calor, convertidos en lágrimas oscuras sobre la piedra.

En otra, un armazón metálico que pudo haber sido una cama.

El aire olía a humo viejo.

No a madera quemada.

A memoria quemada.

Adrien caminó despacio, atento a cada detalle.

Las suelas de sus botas levantaban ceniza.

Sobre una pared ennegrecida aún se distinguían marcas hechas a baja altura: líneas pequeñas, una encima de otra.

Se acercó.

Eran medidas de crecimiento.

Una madre había marcado la altura de su hija en la pared.

Morgana, 3 años.

Morgana, 4 años.

Morgana, 5 años.

Luego la madera estaba carbonizada.

Adrien levantó una mano, pero no tocó las marcas.

Detrás de él, el padre Elric se quedó en el umbral, incapaz de entrar del todo.

Bastian permanecía fuera, mirando hacia los árboles.

—Aquí vivía una niña —dijo Adrien.

Elric bajó la cabeza.

—Sí.

—No una maldición.

No una amenaza.

Una niña.

—También era otras cosas.

Adrien se volvió hacia él.

—Los niños siempre son más de una cosa.

Eso no autoriza a quemarlos.

Elric cerró los ojos.

—Lo sé.

La respuesta sonó verdadera.

Pero tarde.

Adrien siguió explorando.

Encontró una pequeña caja de metal bajo una viga caída.

La abrió con cuidado.

Dentro había ceniza, una aguja oxidada y un trozo de tela verde bordada con hilo dorado.

No entendió su valor hasta que Elric lo vio.

El sacerdote palideció.

—Eso era de Evelyne.

—¿Qué es?

—Parte de su chal.

Adrien levantó el fragmento.

La tela, pese al fuego, conservaba un borde bordado con símbolos diminutos.

No religiosos.

No del valle.

Algo más delicado.

Familiar.

—¿Por qué no se quemó?

Elric susurró: —Porque ella lo tejió.

Bastian, desde fuera, dijo con voz quebrada: —Decían que Evelyne cosía nombres en la ropa para que la muerte no se equivocara.

Adrien miró el trozo de tela.

—¿Y funcionaba?

Nadie respondió.

Guardó la tela en la caja y continuó hacia el fondo de la ruina.

Allí, bajo los restos colapsados del techo, vio una abertura en el suelo.

Estaba parcialmente cubierta por piedras y vigas quemadas.

Una trampilla.

Adrien se agachó.

—Padre.

Elric no se movió.

—Padre Elric.

El sacerdote avanzó lentamente, como un hombre caminando hacia su propia ejecución.

Cuando vio la trampilla, se llevó una mano a la boca.

—No… Adrien apartó una piedra.

—¿Aquí encontró a Morgana?

Elric no respondió.

Adrien retiró otro trozo de madera carbonizada.

—¿Aquí la escondió Evelyne?

El sacerdote cayó de rodillas.

No por oración.

Por memoria.

—No la escondió —susurró—.

La enterró viva para que el fuego no la tocara.

Adrien dejó de mover las piedras.

La imagen era insoportable: una madre rodeada de humo, sabiendo que no sobreviviría, empujando a su hija a un hueco oscuro bajo el suelo y cubriéndola con lo que pudiera, condenándola a respirar tierra y ceniza para salvarla de las llamas.

—¿Cuánto tiempo estuvo allí?

Elric no pudo hablar.

Bastian respondió desde el umbral: —Hasta el amanecer.

Adrien miró al anciano.

—¿La oyeron gritar?

Bastian no levantó la vista.

—Sí.

La palabra fue pequeña.

Imperdonable.

Adrien se puso de pie lentamente.

—¿Y nadie entró?

El anciano comenzó a temblar.

—La casa seguía ardiendo.

—Dijo que llovió.

—Ardía igual.

—¿Y después?

Bastian apretó su mano vendada.

—Después… después ya no gritaba.

Adrien sintió una rabia tan fría que le sorprendió no desenvainar.

—Entonces esperaron a que callara.

Elric cerró los ojos con fuerza.

—Yo entré.

—Cuando calló.

—Sí.

—Cuando creyeron que estaba muerta.

—¡Sí!

El grito del sacerdote rebotó contra las paredes quemadas.

Bastian se cubrió el rostro.

Adrien respiró despacio.

Si dejaba que la ira hablara ahora, no obtendría nada más.

Se agachó junto a la trampilla y retiró los restos que la cubrían.

Debajo había un pequeño hueco, una especie de sótano bajo la casa.

Olía a tierra cerrada, ceniza húmeda y algo antiguo.

No cabía un adulto cómodamente.

Un niño sí.

Adrien descendió con cuidado, apoyando una mano sobre la pared.

El hueco estaba oscuro, pero la luz gris del exterior alcanzaba a revelar algunas marcas en la tierra.

Uñas.

Pequeños surcos en la pared baja.

Adrien sintió que el pecho se le apretaba.

En una esquina había algo enterrado a medias.

Lo sacó con cuidado.

Era una muñeca de madera.

Quemada en un lado.

Tenía un rostro simple, tallado con torpeza, y cabello hecho con hilos negros.

En el pecho alguien había grabado una palabra: MOR.

Tal vez el inicio de Morgana.

Tal vez un diminutivo.

Tal vez, cruelmente, muerte.

Adrien subió con la muñeca en la mano.

Elric la vio y se quebró.

No de forma dramática.

No gritó.

Solo se dobló hacia adelante, cubriéndose el rostro, y un sonido bajo le salió del pecho.

—Ella la tenía cuando la saqué —dijo—.

No quiso soltarla.

Ni siquiera cuando le sangraban los dedos.

Adrien miró la muñeca.

—¿Por qué está aquí entonces?

Elric no respondió.

Bastian habló desde la puerta, con voz seca: —Se la quitaron.

Adrien levantó la mirada.

—¿Quién?

—Las mujeres del pueblo.

Dijeron que estaba encantada.

—Era una muñeca.

—Todo en ella daba miedo entonces.

Adrien caminó hacia Bastian con la muñeca en la mano.

—No.

Ustedes tenían miedo antes.

Solo buscaban objetos donde ponerlo.

El anciano aceptó la frase como quien acepta una piedra sobre el pecho.

—Sí.

Esa sola admisión detuvo a Adrien.

Bastian miró las ruinas con ojos vidriosos.

—Yo tenía treinta y cinco años.

Dos hijos pequeños.

La tierra se estaba muriendo.

Los animales nacían deformes.

Los enfermos sanaban si Evelyne quería y empeoraban si se ofendía.

Eso creíamos.

No sé si era verdad.

Ya no sé nada.

Solo sé que todos empezamos a esperar que alguien hiciera algo.

Y cuando alguien trajo antorchas, nadie preguntó qué iba a arder.

Adrien sostuvo su mirada.

—¿Quién trajo las antorchas?

Bastian miró al padre Elric.

El sacerdote seguía de rodillas.

—Los inquisidores —dijo Elric.

—¿Solo ellos?

Silencio.

Adrien entendió.

—El pueblo también.

Bastian cerró los ojos.

—Sí.

—¿Y usted?

El anciano levantó su mano vendada.

—Yo sostuve una.

La confesión no le trajo alivio.

A nadie.

Adrien miró la mano vendada.

No era una herida reciente por trabajo.

Era algo más antiguo que aún se protegía por costumbre.

—¿Qué le pasó?

Bastian desató lentamente la venda.

La piel debajo estaba deformada, negra en algunas partes, arrugada como cuero quemado.

No era una quemadura común.

Las cicatrices formaban líneas finas alrededor de la palma, casi como raíces.

—Cuando la niña salió de la casa —dijo Bastian—, me tomó la mano.

Adrien esperó.

—No dijo nada.

Solo me miró.

Yo sentí que todo el fuego que habíamos lanzado regresaba a mí por dentro.

El anciano volvió a vendarse con torpeza.

—Desde entonces no puedo cerrar bien los dedos.

Adrien miró la mano, luego las ruinas.

—Los castigó.

—No a todos.

No entonces.

—¿Por qué?

Bastian soltó una risa rota.

—Porque era una niña.

Porque estaba medio muerta.

Porque aún no sabía cómo.

La marca en el pecho de Adrien latió con fuerza.

Esta vez la voz de Morgana llegó clara, no como burla, sino como un susurro rozando su oído interno.

—Aprendí.

Adrien cerró los ojos un instante.

—Sal de mí.

Elric levantó la cabeza.

—¿Está aquí?

Adrien abrió los ojos.

—Escucha.

Bastian retrocedió hacia el exterior.

—No debimos venir.

El viento cambió.

La ceniza dentro de la casa empezó a moverse en círculos pequeños sobre el suelo.

Los cuervos graznaron en los árboles muertos, aunque ninguno se veía.

Adrien sujetó la muñeca con más fuerza.

—Morgana —dijo en voz alta—.

Ya vi suficiente de tu dolor.

La ceniza se alzó apenas, como polvo respirando.

La voz respondió desde ninguna parte y desde su pecho al mismo tiempo.

—No.

Viste una habitación.

La casa tenía muchas.

Bastian cayó de rodillas.

Elric murmuró una oración.

Adrien permaneció de pie.

—Eso no justifica lo que hiciste a Lysa.

La ceniza giró más rápido.

—No.

La respuesta fue simple.

Desarmante.

Adrien tragó saliva.

—Tampoco justifica a los niños.

—No.

—¿Entonces por qué mostrarme esto?

La voz de Morgana se volvió más cercana.

—Porque quiero quitarte el placer de odiarme limpiamente.

Adrien sintió que la muñeca quemada pesaba como un cadáver.

—No necesito placer para detenerte.

—Lo sé.

La ceniza cayó.

Durante un instante, el silencio fue total.

Luego la voz añadió: —Por eso eres peligroso.

Adrien miró hacia el umbral.

No había figura.

No había sombra.

Solo el bosque quemado.

—¿Dónde está Tomás?

Una pausa.

—Donde el pueblo puso antes a otros.

Elric dejó de rezar.

Adrien se volvió hacia él.

El sacerdote estaba blanco.

—Padre.

—No.

—¿Qué significa eso?

Elric negó con la cabeza, una y otra vez, como si pudiera negar también la pregunta.

—No aquí.

Adrien avanzó hacia él.

—Cada vez que dice “no aquí”, alguien muere un poco más.

Bastian habló antes de que Elric pudiera hacerlo.

—El pozo.

El sacerdote cerró los ojos.

Adrien sintió que el aire se volvía pesado.

—¿Qué hicieron en el pozo?

Bastian no respondió.

Morgana sí.

Su voz llegó suave, helada, acariciando la marca bajo la piel.

—Pregúntales por los años de hambre.

Adrien miró a Bastian.

El anciano parecía haber envejecido diez años desde que entraron a las ruinas.

—Hubo una hambruna —susurró—.

Antes del incendio.

Antes de todo lo peor.

Tres cosechas se perdieron.

Los niños morían.

Las mujeres no tenían leche.

Los animales se comían la paja podrida.

Entonces… entonces algunos dijeron que el valle tenía formas antiguas.

Adrien sintió un nudo en el estómago.

—¿Formas antiguas de qué?

Bastian se cubrió la boca con la mano vendada.

—De pedir.

El padre Elric se levantó de golpe.

—Basta.

Adrien giró hacia él.

—No.

—¡He dicho basta!

Por primera vez, el sacerdote sonó no solo asustado, sino desesperado.

—Si abre esa puerta ahora, no podrá cerrarla.

No entiende.

No es solo Morgana.

No es solo el pueblo.

Hay algo bajo este valle que escucha cuando se recuerda demasiado.

La casa quemada crujió.

Una viga carbonizada cayó en una esquina, levantando ceniza.

Adrien se quedó quieto.

La marca de su pecho latía con fuerza.

Pero no con dolor.

Con advertencia.

El bosque muerto alrededor de la casa parecía inclinarse hacia ellos.

Los árboles negros no se movían, pero la sensación era clara: atención.

Algo prestaba atención desde muy abajo.

Morgana no habló.

Eso inquietó más a Adrien que su voz.

Elric respiraba con dificultad.

—Por favor —dijo, y la palabra sonó humillante en su boca—.

No aquí.

Adrien lo observó durante un largo instante.

Luego guardó la muñeca quemada en su bolsa.

—Volveremos al pueblo.

Bastian soltó aire como si hubiera estado a punto de ahogarse.

Elric cerró los ojos, aliviado y avergonzado.

Adrien caminó hacia el umbral, pero antes de salir se detuvo junto a las marcas de crecimiento en la pared.

Pasó los dedos a poca distancia de ellas, sin tocarlas.

Morgana, 3 años.

Morgana, 4 años.

Morgana, 5 años.

Una vida medida antes de ser convertida en leyenda.

Un monstruo que había sido niña.

Una niña que había aprendido a convertirse en monstruo.

Adrien sintió el peso terrible de ambas verdades.

Al salir de la casa, la niebla se había espesado.

El bosque muerto parecía más largo que antes.

Bastian caminaba delante, casi corriendo.

El padre Elric iba detrás de él, rezando en voz baja.

Adrien fue el último.

En el borde del claro, miró una vez más hacia las ruinas.

Sobre el umbral quemado, donde antes solo estaba la luna rodeada de espinas, había aparecido una nueva marca.

El ojo sin pupila.

Fresco.

Negro.

Brillante como tinta húmeda.

Debajo, trazadas en ceniza sobre la piedra, había cuatro palabras: ÉL TAMBIÉN ESTÁ ABAJO.

Adrien sintió que la sangre se le helaba.

—Tomás —susurró.

El viento cruzó las ruinas.

Y por un instante, mezclada con el sonido de las hojas muertas, escuchó la voz de un niño.

No desde la casa.

No desde el bosque.

Desde la tierra.

—Caballero… Adrien desenvainó la espada.

Bastian gritó desde el sendero: —¡No responda!

El padre Elric se volvió, pálido de terror.

Adrien permaneció inmóvil, con la espada en la mano y la mirada fija en el suelo bajo las ruinas.

La voz volvió.

Más débil.

Más profunda.

—No… me dejes… La marca en el pecho ardió como fuego negro.

Morgana susurró dentro de él: —Ahora dime, Sir Adrien… ¿a quién salvas primero?

¿Al niño que respira abajo o al pueblo que lo puso sobre la tierra equivocada?

Adrien apretó los dientes.

No respondió.

Pero al mirar las ruinas, las cenizas, la trampilla donde una niña había sobrevivido al fuego y la tierra que ahora parecía guardar otro secreto, comprendió que la casa quemada no era solo un recuerdo.

Era una puerta.

Y Veyrfall llevaba años construyendo sus casas sobre puertas cerradas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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