El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 9
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9: Capítulo 9: El sacerdote miente 9: Capítulo 9: El sacerdote miente La cripta de la iglesia olía a piedra húmeda, cera vieja y secretos enterrados.
Adrien descendió detrás del padre Elric por una escalera estrecha, iluminada apenas por la vela que el sacerdote sostenía entre los dedos.
Cada peldaño parecía haber sido tallado con desgano en la roca antigua.
Las paredes, cubiertas de musgo oscuro, devolvían el eco de sus pasos con un retraso inquietante, como si alguien más caminara detrás de ellos, imitando el ritmo.
Arriba, Veyrfall seguía observando.
Abajo, el mundo se volvía más pequeño.
El padre Elric no había dicho una palabra desde que salieron de la plaza.
Caminaba encorvado, no por edad, sino por peso.
El peso de aquello que llevaba dentro y que, quizá por primera vez en muchos años, alguien venía dispuesto a arrancarle.
Adrien sentía la marca negra arder bajo la camisa.
No con la misma violencia del despertar, sino con una tibieza constante, casi paciente.
Una presencia.
Una memoria de la mano de Morgana.
A ratos el dolor se apagaba tanto que el caballero podía fingir que no estaba allí.
Luego, de pronto, un latido oscuro le recordaba que ya no estaba solo dentro de su propia carne.
No volvió a oír la voz de la bruja.
Eso no lo tranquilizaba.
Solo le hacía pensar que estaba escuchando.
Llegaron al final de la escalera.
La cripta era baja, sostenida por columnas gruesas.
A ambos lados había nichos con huesos ordenados en silencio: cráneos, fémures, manos incompletas, restos de antiguos sacerdotes y familias del pueblo que habían comprado un lugar bajo suelo consagrado para escapar de la tierra negra del valle.
En el centro, una mesa de piedra hacía las veces de altar menor.
Sobre ella había un crucifijo de hierro, un cuenco con sal y tres velas apagadas.
Elric encendió las velas una a una.
La luz temblorosa reveló símbolos grabados en las paredes.
No eran las runas del bosque ni el ojo sin pupila de Morgana.
Eran signos religiosos, oraciones defensivas, círculos de protección trazados con una mano que había repetido el mismo gesto durante décadas.
Adrien miró alrededor.
—¿Esto la mantiene fuera?
El sacerdote dejó la vela sobre el altar.
—No.
Adrien lo miró.
Elric se volvió hacia él con cansancio.
—Pero a veces la obliga a llamar antes de entrar.
No era una broma.
Eso lo hizo peor.
Adrien se quitó los guantes lentamente y los dejó sobre la mesa de piedra.
Luego desabrochó los primeros botones de la camisa y descubrió la marca negra sobre su pecho.
Bajo la luz de las velas, el símbolo parecía más profundo, como si no estuviera dibujado en la piel sino tallado bajo ella.
El sacerdote desvió la mirada.
—Mírela —ordenó Adrien.
Elric obedeció con dificultad.
—¿La reconoce?
—Reconozco la forma.
—Pero no este vínculo.
—No así.
—Entonces empiece por lo que sí reconoce.
Elric tomó aire.
—El ojo sin pupila es un signo antiguo del valle.
Más antiguo que Veyrfall, más antiguo que la iglesia de San Aeron.
Los primeros colonos lo encontraron tallado en las piedras cuando llegaron.
—¿Qué significa?
—Vigilancia.
Hambre.
Memoria.
Depende de qué texto se consulte.
—¿Y para Morgana?
Elric cerró las manos sobre la mesa.
—Para Morgana, es herencia.
Adrien esperó.
El sacerdote tardó en continuar.
—Morgana de Veyr nació marcada.
La frase cayó entre ambos con una limpieza demasiado ensayada.
Adrien lo notó de inmediato.
—Explíquese.
—Su madre, Evelyne, llegó al pueblo embarazada.
No era de aquí.
Nadie supo jamás de dónde venía realmente.
Se instaló en una casa cerca del bosque, la misma casa donde ahora vive Morgana.
Algunos dijeron que era curandera.
Otros, viuda.
Otros, algo peor.
El pueblo no la recibió bien.
—¿Por qué?
—Porque Veyrfall nunca ha recibido bien lo que no entiende.
—Eso no responde.
Elric apretó la mandíbula.
—Porque Evelyne sabía cosas.
Hierbas, partos, fiebres.
Cosas que el pueblo necesitaba y temía al mismo tiempo.
Adrien pensó en lo que el canciller Maeric había dicho: cosechas salvadas, fiebres curadas, partos difíciles resueltos.
La misma historia repitiéndose con otro nombre.
—¿Y Morgana?
Elric bajó la vista hacia la marca de Adrien.
—Cuando nació, no lloró.
Eso fue lo primero que dijeron.
Que salió del vientre en silencio, con los ojos abiertos, mirando a todos como si los reconociera.
La partera juró que en su pecho había una mancha negra, pequeña, con forma de ojo cerrado.
Adrien tocó la marca propia sin darse cuenta.
Elric continuó: —Los animales enfermaron esa semana.
La leche se cortó.
Tres niños tuvieron fiebre.
Un hombre murió aplastado por su molino.
El pueblo lo tomó como señal.
—Los pueblos toman muchas cosas como señal cuando ya decidieron tener miedo.
El sacerdote levantó la mirada.
—Sí.
Aquella aceptación fue inesperada.
Adrien entornó los ojos.
—¿Está defendiendo a Morgana?
—No.
—Entonces sea cuidadoso con las medias verdades.
Elric se quedó quieto.
La llama de una vela se inclinó hacia Adrien, como si la cripta respirara.
—Morgana nació maldita —dijo el sacerdote—.
Eso no significa que todo lo que hicieron después estuviera justificado.
Adrien lo observó en silencio.
La frase tenía forma de confesión, pero no su contenido.
—¿Quién la declaró maldita?
Elric tardó un instante.
Demasiado.
—La iglesia.
—¿Usted?
—Yo era joven.
—No pregunté su edad.
El sacerdote cerró los ojos.
—Sí.
Yo participé.
Adrien sintió una tensión fría recorrerle el cuerpo.
—¿Qué edad tenía ella?
—Cinco años cuando se inició la primera investigación formal.
—¿Cinco?
—Ya había ocurrido demasiado.
—¿Qué había ocurrido?
Elric se apartó de la mesa y caminó hacia uno de los nichos.
Pasó los dedos sobre la piedra como si buscara apoyo en los muertos.
—A los tres años, Morgana habló con una mujer fallecida.
O eso dijo la familia que la cuidaba durante una fiebre de su madre.
A los cuatro, un niño que la empujó al barro perdió todos los dientes esa misma noche.
A los cinco, los cuervos empezaron a seguirla.
A los seis, un ternero nació con dos cabezas después de que ella tocara a la vaca preñada.
Adrien escuchó sin cambiar el rostro.
—Eso son rumores.
—Algunos sí.
—¿Y los otros?
Elric no respondió.
—Padre.
—Yo vi cosas.
—¿Qué cosas?
El sacerdote volvió lentamente hacia él.
—La vi encender una vela sin tocarla.
La vi hablar una lengua que ningún niño debería conocer.
La vi mirar a un hombre y hacer que confesara un adulterio frente a toda la plaza, sin que ella dijera una sola palabra.
La vi poner la mano sobre un perro muerto y hacer que el animal respirara durante tres minutos.
Adrien guardó silencio.
Aquello no sonaba a rumor.
—¿El perro vivió?
—No.
Cuando volvió a morir, ya no tenía ojos.
La cripta pareció enfriarse.
Adrien abrochó un botón de su camisa, no para cubrirse, sino para hacer algo con las manos.
—Poder no equivale a maldad.
—No.
—Pero usted dijo que nació maldita.
Elric se giró hacia el altar menor.
—Porque su poder no era como otros dones.
—¿Ha conocido otros?
—La iglesia distingue entre gracia, hechicería y corrupción.
Adrien soltó una risa seca.
—La iglesia distingue muchas cosas cuando le conviene.
El sacerdote lo miró con dolor.
—No os equivoquéis conmigo, Sir Adrien.
He servido a la iglesia toda mi vida, pero no he sido ciego a sus pecados.
—Entonces no me entregue doctrina.
Entrégueme hechos.
Elric inclinó la cabeza.
—Los hechos son estos: Morgana nació con una conexión al valle.
No aprendió magia como se aprende una oración o una lengua.
La respiraba.
Las cosas respondían a ella.
Los animales la seguían o se pudrían.
Los enfermos mejoraban o deliraban.
Los muertos… a veces no permanecían del todo callados cuando ella estaba cerca.
—¿Y eso bastó para llamarla maldita?
—No.
Adrien esperó.
El sacerdote apretó los labios.
—A los siete años, mató a un hombre.
El silencio que siguió no fue absoluto, pero sí pesado.
Una gota de agua cayó en algún rincón de la cripta.
Luego otra.
—¿A quién?
—A Roderic Vale.
Un leñador.
—¿Cómo?
—Lo encontraron en el bosque, colgado de un árbol por sus propias entrañas.
Adrien no mostró sorpresa.
Había aprendido en Veyrfall que el horror rara vez llegaba solo.
—¿Y concluyeron que lo hizo una niña de siete años?
—Él había intentado llevársela la noche anterior.
Adrien levantó la mirada con lentitud.
—¿Llevársela?
Elric no sostuvo sus ojos.
—Roderic bebía.
Era violento.
—¿Qué intentó hacerle?
—No lo sé.
—Sí lo sabe.
El sacerdote cerró los dedos sobre el borde del altar.
—Intentó tocarla.
La marca en el pecho de Adrien ardió de golpe.
No escuchó la voz de Morgana, pero por un instante vio una imagen: una niña de cabello negro, escondida bajo una mesa, respirando con la boca cubierta por su propia mano; botas pesadas entrando en una casa; una risa masculina; la luz de una vela cayendo al suelo.
La visión desapareció.
Adrien apretó los dientes.
—¿Y ustedes llamaron asesinato a lo que pudo haber sido defensa?
Elric habló con dificultad: —No fue solo defensa.
El cuerpo estaba… abierto.
Exhibido.
Había símbolos alrededor.
Roderic murió gritando durante tanto tiempo que los aldeanos lo oyeron desde sus casas, pero nadie se atrevió a entrar al bosque hasta el amanecer.
—Tenía siete años.
—Y ya disfrutaba el miedo de los demás.
Adrien se quedó quieto.
—Eso no lo sabe.
—Lo vi en su rostro cuando trajeron el cadáver.
El sacerdote bajó la voz.
—No estaba horrorizada.
No estaba rota.
Sonreía.
La advertencia regresó a Adrien como una sombra.
No la mires cuando sonría.
—Tal vez sonreía porque seguía viva.
—Tal vez.
La respuesta fue demasiado rápida.
Adrien frunció el ceño.
—Usted no cree lo que está diciendo.
Elric lo miró.
—Creo demasiadas cosas al mismo tiempo.
Ese es mi castigo.
Adrien caminó alrededor de la mesa de piedra, estudiándolo.
—Dice que Morgana nació marcada.
Dice que la iglesia la investigó a los cinco años.
Dice que mató a un hombre a los siete.
Pero en el pueblo todos hablan de una casa quemada, de una madre entregada y de algo que ocurrió en el pozo.
Usted aún no ha llegado a eso.
El sacerdote palideció.
—Porque preguntasteis por su origen.
—Pregunto por la verdad.
—La verdad no cabe en una sola noche.
—Los niños desaparecidos tampoco pueden esperar a que su conciencia encuentre comodidad.
El golpe fue directo.
Elric bajó la cabeza.
—No sabéis lo que pedís.
—Sí.
Pido que deje de protegerse.
El sacerdote se estremeció.
No fue mucho, pero Adrien lo vio.
—¿Protegerme?
—repitió Elric.
—Cada vez que la historia se acerca a usted, cambia de dirección.
El silencio de la cripta respondió antes que el sacerdote.
Adrien se acercó.
—Dijo que Morgana nació maldita.
Pero también dijo que su madre era curandera.
Que el pueblo la necesitaba.
Que la iglesia la investigó cuando era una niña.
Que un hombre intentó abusar de ella.
Que fue acusada después de defenderse.
Hay una diferencia entre nacer maldita y ser empujada hacia la oscuridad.
Elric levantó los ojos.
Había lágrimas en ellos, aunque no caían.
—Esa diferencia no revive a los que mató.
—No.
Pero explica quién puso la primera piedra sobre la tumba.
La vela del centro se apagó.
Ambos miraron hacia ella.
La cripta quedó iluminada por las otras dos llamas, más débiles.
Adrien sintió la marca palpitar.
Una vez.
Luego silencio.
Elric dio un paso atrás.
—No debimos bajar aquí.
—¿Es ella?
—No lo sé.
Adrien miró alrededor, buscando sombras, cuervos imposibles, voces en los nichos.
Nada.
Solo huesos y piedra.
—Continúe.
Elric negó con la cabeza.
—No.
Adrien tomó la vela apagada y la acercó a una de las llamas vivas.
La mecha prendió de nuevo.
—Continúe.
El sacerdote lo miró con una mezcla de miedo y agotamiento.
—Morgana no era como otros niños.
Eso es cierto.
Pero hubo años en que pudo haber sido… otra cosa.
La voz se le quebró apenas.
—Evelyne la mantenía lejos del pueblo.
No por desprecio, sino por protección.
Le enseñaba hierbas, cantos antiguos, formas de escuchar el bosque sin obedecerlo.
Decía que su hija no estaba maldita, sino llamada.
Que el valle hablaba a través de ella.
—¿Y usted le creyó?
—Al principio no.
—¿Y después?
Elric tardó demasiado.
—A veces.
Adrien sintió que una contradicción más se abría.
—Pero la iglesia ya la había declarado peligrosa.
—La iglesia sospechaba.
—Usted la declaró peligrosa.
Elric cerró los ojos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
La respuesta fue sencilla.
Demasiado honesta para encajar con las demás.
Adrien guardó silencio.
Elric continuó, más bajo: —Tenía veintinueve años.
Era mi primer destino como sacerdote titular.
Quería salvar almas.
Quería demostrar que podía guiar un pueblo difícil.
Y entonces encontré a una niña que hablaba con sombras, una madre que no se arrodillaba ante mis preguntas y aldeanos que venían a la iglesia llorando porque sus secretos aparecían escritos en puertas, porque sus animales morían, porque sus muertos susurraban desde los campos.
—¿Morgana hacía eso?
—Algunas cosas sí.
Otras no lo sé.
Pero todos la culpaban.
Y yo… yo necesitaba que el mal tuviera un rostro.
Adrien sintió el peso de aquellas palabras.
—Así que eligió el de una niña.
Elric se cubrió el rostro con una mano.
—La iglesia ya lo había elegido antes de que yo entendiera qué estaba haciendo.
—Eso no lo absuelve.
—No busco absolución.
Adrien recordó a Morgana diciendo exactamente lo mismo.
No busco absolución.
La similitud lo inquietó.
—¿Qué pasó con su madre?
El sacerdote retiró la mano lentamente.
—Evelyne se negó a entregar a Morgana para ser llevada al monasterio de Lorn.
—¿Llevada?
—La orden era aislarla.
Estudiarla.
Contenerla.
—Una niña.
—Sí.
—¿Y la madre se negó?
—Sí.
—¿Qué hizo la iglesia?
Elric no respondió.
La segunda vela se apagó.
La cripta quedó casi a oscuras.
Adrien sintió que la marca se calentaba.
Esta vez, sí escuchó algo.
No una voz clara.
Una respiración.
Suave.
Femenina.
Cerca.
Elric murmuró una oración y levantó la vela restante con manos temblorosas.
—No debemos seguir.
—Ahora más que nunca.
—Sir Adrien… —¿Qué hizo la iglesia?
Elric miró hacia los nichos, como si los muertos pudieran impedirle hablar.
—Mandó hombres.
Adrien cerró los dedos.
—¿Soldados?
—Inquisidores.
—¿Cuántos?
—Tres.
Con apoyo de aldeanos.
—¿Usted estaba allí?
El sacerdote no contestó.
—¿Estaba allí?
—Sí.
La palabra salió como sangre de una herida vieja.
Adrien sintió una furia contenida.
—¿Qué hicieron?
Elric abrió la boca, pero no salió nada.
Entonces una voz habló desde la oscuridad al fondo de la cripta.
—Mintió.
Adrien desenvainó la espada.
Elric soltó un grito ahogado y la vela casi cayó de su mano.
La voz no era de Morgana.
Era de una mujer mayor.
Cansada.
Rota.
—El sacerdote mintió.
Adrien se volvió hacia los nichos.
—¿Quién está ahí?
No hubo cuerpo.
No hubo pasos.
Solo oscuridad entre huesos.
La marca del pecho ardía.
Elric retrocedió hasta chocar con el altar.
—No la escuchéis.
Adrien lo miró.
—¿Quién es?
El sacerdote temblaba.
—Un recuerdo.
La voz volvió, más cerca.
—Él dijo que vendrían a hablar.
Dijo que la niña estaría a salvo.
Dijo que la luz no quema a quienes no tienen culpa.
Adrien no apartó la espada de la oscuridad.
—¿Evelyne?
Elric negó con la cabeza.
—No respondáis.
La risa que siguió fue baja, triste.
—Demasiado tarde para eso, padre.
La última vela se apagó.
La oscuridad cayó completa.
Adrien sintió algo rozar su pecho desde dentro.
La marca se abrió en calor, y entonces vio.
No con los ojos.
Vio una casa bajo la lluvia.
Una mujer de cabello negro frente a una puerta, sosteniendo a una niña detrás de su falda.
Vio al joven padre Elric, más delgado, más luminoso, con una cruz en la mano y terror en los ojos.
Vio hombres con antorchas.
Vio aldeanos mirando desde lejos.
Oyó la voz de Evelyne: —Me prometiste que no la tocarían.
Y la voz joven de Elric: —Solo quieren examinarla.
Luego un golpe.
Un grito.
La visión se rompió.
Adrien cayó sobre una rodilla, respirando con dificultad.
Cuando abrió los ojos, la cripta volvía a estar iluminada por una sola vela.
Elric estaba frente a él, pálido, envejecido por el horror.
—¿Qué vio?
—susurró el sacerdote.
Adrien se levantó despacio.
—Lo suficiente para saber que no fue como lo contó.
Elric cerró los ojos.
—Las visiones de Morgana no son confiables.
—¿Era mentira?
Silencio.
—¿Era mentira?
—repitió Adrien.
Elric abrió los ojos.
—No toda.
Adrien sintió una oleada de desprecio.
—Ahí está otra vez.
No toda.
A medias.
Quizá.
Depende.
Así construyeron este lugar, ¿verdad?
Con verdades incompletas.
—No entendéis lo que era Evelyne.
—Entiendo que le prometieron seguridad y llegaron con antorchas.
—Evelyne también hacía pactos.
—¿Con quién?
Elric dudó.
—Con el valle.
—Eso no es respuesta.
—Es la única que tengo.
—No.
Es la única que se atreve a dar.
El sacerdote apoyó ambas manos sobre el altar, inclinado como si fuera a vomitar.
—Morgana nació durante una noche de eclipse.
Evelyne no tenía marido.
Nadie conocía al padre.
Cuando la niña crecía, el bosque crecía hacia la casa.
Las cosechas se inclinaban cuando ella pasaba.
Los muertos hablaban en sueños.
La gente enfermaba después de que Evelyne les negara ayuda.
¿Cómo queréis que hubiéramos actuado?
—Como hombres justos.
Elric soltó una risa rota.
—Los hombres justos son muy fáciles de invocar cuando uno no está rodeado de madres llorando.
Adrien se quedó inmóvil.
—Cuidado, padre.
—No.
Escuchadme vos ahora.
Llegáis con espada, con fe, con ojos limpios, creyendo que si ordenáis la verdad en una mesa podréis separar culpables de inocentes.
Pero Veyrfall nunca fue tan simple.
Evelyne curaba a un niño y al día siguiente moría el ganado de una familia que la había insultado.
Morgana sonreía a un hombre y ese hombre se arrancaba los ojos por la noche, gritando que había visto a su esposa muerta llamándolo desde el techo.
¿Era culpa de ellas?
¿Del valle?
¿Del miedo del pueblo?
¿De la iglesia?
Sí.
No.
Todo junto.
Adrien lo miró con dureza.
—Eso sigue sin justificar una hoguera.
Elric se quedó sin voz.
La palabra había llegado por fin.
Hoguera.
La cripta pareció estremecerse.
Adrien sintió que la marca en su pecho se quedaba helada.
—La quemaron —dijo.
Elric no respondió.
—Quemaron la casa.
El sacerdote cerró los ojos.
—Sí.
—¿Con Evelyne dentro?
La boca de Elric tembló.
—Sí.
—¿Y Morgana?
—La niña escapó.
Adrien recordó la casa quemada mencionada en el informe, las ruinas que aún no había visitado.
Recordó la visión: la niña detrás de la falda de su madre, los hombres con antorchas.
—¿Escapó sola?
Elric no contestó.
Adrien entendió que allí había otra mentira.
—¿Quién la sacó?
El sacerdote levantó la mirada.
Sus ojos estaban llenos de un dolor que no quería convertirse en palabra.
—Yo.
Adrien se quedó quieto.
—Usted.
—Sí.
—Participó en llevar hombres a su casa.
—Sí.
—Su madre murió quemada.
—Sí.
—Y luego salvó a Morgana.
Elric tragó saliva.
—Demasiado tarde.
El silencio que siguió no necesitó juicio.
Lo llevaba dentro.
Adrien respiró lentamente.
—¿Por qué no dijo eso desde el principio?
—Porque no cambia lo que Morgana es ahora.
—Cambia lo que usted es.
El sacerdote recibió la frase como una bofetada.
—Lo sé.
—No.
Creo que por fin empieza a recordarlo.
La vela parpadeó.
Una risa suave recorrió la cripta.
Esta vez no venía de un nicho.
Venía del pecho de Adrien.
No como sonido físico, sino como vibración bajo la piel.
El vínculo se calentó, y la voz de Morgana apareció al borde de su oído interno, lenta, íntima, venenosa.
—Casi dice la verdad.
Qué milagro tan feo.
Adrien cerró los ojos.
—Fuera.
Elric retrocedió.
—¿La oís?
Morgana suspiró dentro de él.
—Pregúntale por el pozo.
Adrien apretó los dientes.
—No.
—Pregúntale por los niños de trigo.
—Cállate.
Elric lo miró con creciente horror.
—Sir Adrien… La voz de Morgana se volvió más dulce.
—Pregúntale por qué me salvó a mí y no a mi madre.
Adrien abrió los ojos.
El sacerdote estaba pálido.
Demasiado pálido.
Había oído la pregunta aunque Morgana no la hubiera pronunciado para él.
O tal vez la había leído en el rostro de Adrien.
—¿Por qué?
—preguntó el caballero.
Elric dio un paso atrás.
—No.
—¿Por qué salvó a Morgana y no a Evelyne?
—No pude.
—¿No pudo?
—Cuando entré, el techo había caído.
Evelyne estaba atrapada.
—¿Y Morgana?
Elric respiró con dificultad.
—Morgana estaba debajo del cuerpo de su madre.
Evelyne la había cubierto para protegerla del humo.
Adrien sintió un nudo en la garganta.
No de compasión hacia Morgana.
No solamente.
De horror ante la forma en que una historia podía ser convertida en acusación durante años, dejando fuera la única imagen que lo cambiaba todo: una madre ardiendo sobre su hija para mantenerla viva.
—¿Qué hizo Morgana cuando despertó?
—preguntó.
Elric cerró los ojos.
—No lloró.
Adrien recordó la primera frase del sacerdote.
Cuando nació, no lloró.
—¿Qué hizo?
—Me miró.
—¿Y?
Elric abrió los ojos.
—Y me dijo que recordaría mi rostro cuando aprendiera a hacer arder almas.
La cripta quedó en silencio.
La voz de Morgana desapareció.
Adrien sintió la marca enfriarse.
Durante un momento, solo estuvieron ellos dos: un caballero con una maldición en el pecho y un sacerdote con una culpa demasiado vieja para seguir llamándose arrepentimiento.
—Usted dijo que Morgana nació maldita —dijo Adrien al fin.
Elric asintió lentamente.
—Sí.
—Pero su historia cambia cada vez que la obliga a avanzar.
—Porque ninguna versión alcanza.
—No.
Porque la primera era una mentira cómoda.
El sacerdote no se defendió.
Adrien tomó sus guantes de la mesa.
—Mañana me llevará a la casa quemada.
Elric levantó la mirada.
—No deberíais ir allí.
—Morgana quiere que pregunte por ella.
Usted no quiere que pregunte por usted.
Eso convierte ese lugar en necesario.
—Sir Adrien… —Mañana.
El caballero caminó hacia la escalera, pero se detuvo antes de subir.
—Y después hablaremos del pozo.
Elric cerró los ojos como si la palabra le atravesara los huesos.
—No estáis preparado.
Adrien lo miró por encima del hombro.
—Nadie en este pueblo parece haberlo estado nunca.
Y aun así todos participaron.
Subió las escaleras sin esperar respuesta.
A medida que ascendía, la marca negra volvió a latir, suave, casi complacida.
No oyó la voz de Morgana, pero sintió algo parecido a una sonrisa al otro extremo del vínculo.
Eso lo enfureció.
No porque ella hubiera mentido.
Sino porque, cada vez con más claridad, empezaba a temer que algunas de sus verdades fueran reales.
Al llegar a la puerta superior de la iglesia, Adrien se detuvo.
Afuera, Veyrfall seguía cubierto por niebla.
La plaza permanecía quieta.
El pozo oscuro aguardaba en el centro.
Las casas observaban con sus ventanas pequeñas, silenciosas, culpables.
El pueblo no dormía.
Tal vez nunca había dormido de verdad.
Tal vez llevaba años fingiendo vigilia para no llamar sueño a la culpa.
Adrien apoyó una mano sobre su pecho marcado.
—No te creo —susurró, sin saber si hablaba a Morgana, al pueblo o a sí mismo.
Desde algún lugar del tejado, un cuervo graznó.
Y en el fondo de la cripta, muy abajo, el padre Elric empezó a llorar.
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