El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 11
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11: Capítulo 11: Los niños del pozo 11: Capítulo 11: Los niños del pozo Adrien regresó de la casa quemada con ceniza en las botas y una muñeca muerta dentro de su bolsa.
No habló durante el camino.
Tampoco lo hicieron el padre Elric ni Bastian Rusk.
Los tres avanzaron entre la niebla como hombres que habían salido de una tumba llevando consigo algo que no debía volver a tocar la luz.
El bosque carbonizado quedó atrás, pero no su olor.
La ceniza parecía haberse metido en la ropa, en el cabello, en la garganta.
Cada respiración de Adrien traía consigo el recuerdo de las marcas en la pared: Morgana, 3 años.
Morgana, 4 años.
Morgana, 5 años.
Una niña medida antes del incendio.
Una niña enterrada viva para no morir quemada.
Una bruja que ahora sonreía mientras otros se consumían.
El mundo no se había vuelto más claro con la verdad.
Se había vuelto más sucio.
Cuando cruzaron el arroyo viejo, el padre Elric se detuvo para lavarse las manos.
Sumergió los dedos en el agua inmóvil y los retiró de inmediato, como si hubiese tocado un cadáver frío.
Bastian lo observó con una expresión amarga.
—Ni el agua quiere limpiarnos, padre.
Elric no respondió.
Adrien sí.
—La limpieza no me interesa ahora.
Ambos hombres lo miraron.
Adrien sostuvo la bolsa donde llevaba la muñeca quemada y el fragmento del chal de Evelyne.
—Me interesa el pozo.
El rostro de Bastian perdió el poco color que le quedaba.
—No.
—Sí.
—Ya vio la casa.
Ya vio suficiente por hoy.
—Vi una parte.
Ahora necesito la otra.
El anciano miró al padre Elric, buscando apoyo, pero el sacerdote parecía haber envejecido varios años desde que salieron de las ruinas.
Caminaba con la cruz apretada contra el pecho, los labios moviéndose en una oración silenciosa que no alcanzaba a proteger ni su propia conciencia.
—Bastian tiene razón —dijo Elric al fin—.
No conviene removerlo todo de golpe.
Adrien lo miró con frialdad.
—¿Removerlo?
Habla como si la verdad fuera polvo bajo una alfombra.
—Aquí la verdad tiene dientes.
—Y ustedes han dejado que muerda a niños.
La frase cayó como una espada desnuda.
Bastian bajó la cabeza.
Elric cerró los ojos.
Adrien sintió un ardor leve en la marca de su pecho.
No era dolor; era atención.
Morgana escuchaba.
Tal vez sonreía en alguna habitación roja, disfrutando cómo las palabras que ella había dejado caer empezaban a romper los silencios del pueblo.
Aquello le produjo rabia.
Pero no podía detenerse solo porque ella quisiera que avanzara.
A veces una trampa y un camino necesario compartían las mismas piedras.
—Volveremos a Veyrfall —dijo Adrien—.
Y me darán los nombres de todos los niños desaparecidos.
Bastian levantó la vista con horror.
—No los diga en voz alta.
—Los nombres no son maldiciones.
—En este lugar, algunas veces sí.
—No.
Lo que los convirtió en maldición fue esconderlos.
El anciano no tuvo respuesta.
Regresaron al pueblo pasado el mediodía.
Veyrfall los recibió con su silencio habitual, pero esta vez el silencio tenía forma de espera.
Los aldeanos habían visto hacia dónde marcharon.
Habían visto quiénes regresaban.
Habían contado los pasos de los culpables sin abrir las puertas.
Adrien cruzó la plaza sin desmontar la mirada del pozo seco.
La boca de piedra estaba allí, en el centro de todo, rodeada de muñecos de trapo, cintas, medallas, dientes, huesos pequeños y sal ennegrecida por la humedad.
Desde su llegada, Adrien había sentido que el pozo observaba.
Ahora comprendía que quizá no era imaginación.
Tal vez Veyrfall entero había aprendido a vivir alrededor de una herida abierta, fingiendo que era solo una construcción vieja.
Se acercó al borde.
La piedra estaba fría bajo sus dedos.
Miró hacia abajo.
Oscuridad.
Nada más.
—Tomás Wren —dijo.
Bastian soltó un sonido ahogado.
El padre Elric bajó la cabeza.
No hubo respuesta desde el fondo.
Adrien esperó.
Solo el viento.
Un cuervo graznó desde el techo de la iglesia.
Adrien se volvió hacia los hombres.
—Tráiganme una lista.
—¿De qué?
—preguntó Bastian, aunque lo sabía.
—De los niños desaparecidos.
El anciano negó con la cabeza.
—No hay lista.
Adrien lo miró.
—Entonces la haremos.
—No tenemos registros completos.
—La memoria bastará.
Bastian rió sin fuerza.
—La memoria es precisamente lo que nos está matando.
Adrien caminó hacia el centro de la plaza y levantó la voz: —¡Habitantes de Veyrfall!
Las ventanas temblaron.
Algunas puertas se abrieron apenas.
Rostros pálidos aparecieron en rendijas, detrás de cortinas, entre sombras domésticas.
Adrien permaneció junto al pozo, con la armadura sucia de ceniza y la capa manchada de barro.
—Vengo en nombre de la corona, pero esta pregunta no la hace el rey.
La hago yo.
Sir Adrien Valen, caballero de la Orden del Alba.
El viento movió los muñecos.
—Necesito los nombres de todos los niños que desaparecieron en este pueblo.
Todos.
Sin excepción.
Si alguien calla, obstaculiza la búsqueda de Tomás Wren y de cualquier otro que aún pueda estar con vida.
Nadie respondió.
Adrien esperó.
La plaza se mantuvo muda.
Entonces una voz de mujer habló desde una ventana.
—Los muertos no vuelven porque los nombren.
Adrien giró hacia ella.
Era Mara, la madre de Elia, la mujer que sostenía siempre una muñeca de trapo contra el pecho.
Su rostro asomaba detrás de un postigo medio abierto.
Tenía los ojos hundidos por noches sin sueño.
—No —dijo Adrien—.
Pero los culpables se esconden mejor cuando nadie los nombra.
Mara lo miró largo rato.
Luego abrió la puerta de su casa y salió.
El movimiento causó un temblor colectivo en el pueblo.
Varios vecinos murmuraron advertencias.
Alguien le dijo que volviera adentro.
Ella no obedeció.
Caminó hasta la plaza con la muñeca apretada contra el pecho y se detuvo frente al pozo.
—Elia Thorn —dijo.
Su voz era débil.
Pero clara.
Adrien bajó la cabeza en señal de respeto.
—Edad.
—Seis años.
—¿Cuándo desapareció?
Mara tragó saliva.
—Hace cuatro inviernos.
El padre Elric cerró los ojos.
Adrien notó el gesto.
—¿Fue devuelta?
Mara miró la boca del pozo.
—Sí.
—¿Dónde?
—En mi cama.
El silencio se volvió más espeso.
—¿Viva?
Mara empezó a acariciar la cabeza de la muñeca con movimientos mecánicos.
—Respiraba.
Pero no despertaba.
Tenía tierra bajo las uñas y flores blancas en el cabello.
Adrien sintió la marca de su pecho latir una vez.
—¿Marca?
Mara asintió lentamente y se tocó el pecho.
—Aquí.
Un ojo negro.
Como Lysa.
Los aldeanos murmuraron.
Adrien levantó la mano para pedir silencio.
—¿Cuánto vivió?
La boca de Mara tembló.
—Tres días.
—Lo siento.
—No lo sienta —dijo ella, y de pronto su voz se llenó de una rabia seca—.
Encuentre dónde la puso el pueblo antes de que la bruja me la devolviera.
Bastian palideció.
—Mara… Ella giró hacia él.
—¿Qué?
¿Todavía vamos a fingir?
¿Todavía vamos a decir que se la llevó el bosque porque le gustaban las moras?
Mi Elia no salió de casa esa noche.
Yo cerré la puerta.
Yo misma la cerré.
Y cuando desperté, la puerta seguía cerrada.
Adrien sintió que el caso cambiaba de forma.
—¿Entonces cómo desapareció?
Mara miró a los vecinos.
—Pregúnteles.
Nadie sostuvo su mirada.
Adrien habló con voz baja: —Mara, ¿qué sabe?
La mujer abrazó la muñeca con más fuerza.
—Sé que antes de que los niños desaparecieran, alguien soñaba con ellos.
Siempre.
Una madre, un padre, un abuelo.
Sueños de trigo seco.
De agua negra.
De una voz pidiendo algo pequeño para que el pueblo respirara un año más.
El padre Elric murmuró una oración.
Adrien sintió una náusea lenta.
—¿Sacrificios?
La palabra no fue alta, pero atravesó la plaza como un trueno.
Varias personas se santiguaron.
Una anciana escupió al suelo.
Un hombre gritó desde una ventana: —¡Mentira!
Mara rió.
—Claro.
Todo es mentira hasta que la tierra tiene hambre.
Adrien miró a Bastian.
—¿Es verdad?
El anciano no respondió.
—¿Es verdad?
Bastian cerró los ojos.
—No como ella cree.
Mara avanzó hacia él.
—¿Cómo entonces?
¿Más limpio?
¿Más santo?
¿Más necesario?
Bastian retrocedió.
Adrien se interpuso.
—Necesito nombres.
Después hablaremos de causas.
Mara lo miró con una tristeza feroz.
—Las causas tienen nombres, caballero.
Por eso nadie quiere dárselos.
El padre Elric respiró hondo y dio un paso al frente.
—Elia Thorn —dijo.
Todas las miradas se volvieron hacia él.
Su voz temblaba, pero no se detuvo.
—Tomás Wren.
Lysa Merrow, aunque volvió con vida.
Antes de ellos, Nico Bale, nueve años.
Sera Holt, cinco.
Iven Rusk, siete.
Bastian abrió los ojos de golpe.
—Padre.
Elric no lo miró.
—Mina Vale, ocho.
Oren y Cal, gemelos de tres años.
Y antes… Se detuvo.
Adrien sintió que la plaza entera contenía el aliento.
—Antes —dijo él.
El sacerdote tragó saliva.
—Antes no los llamábamos desapariciones.
Mara soltó un sollozo que parecía una risa.
—Por fin.
Adrien se volvió hacia Elric.
—¿Cómo los llamaban?
El sacerdote miró hacia el pozo.
—Entregas.
La palabra no fue gritada.
No necesitaba serlo.
Veyrfall se estremeció.
Puertas cerrándose.
Oraciones.
Maldiciones.
Un hombre vomitó junto a una carreta.
Una mujer se desmayó en el umbral de una casa y otra corrió a levantarla.
Adrien permaneció inmóvil.
Dentro de su pecho, la marca ardió con un calor suave, casi satisfecho.
Morgana no habló.
No hacía falta.
La verdad estaba empezando a hacerlo por ella.
—Explíquese —dijo Adrien.
Elric cerró los ojos.
—Hubo años de hambruna.
Mucho antes de las desapariciones recientes.
Antes de que Morgana fuera adulta.
Incluso antes del incendio de la casa de Evelyne.
La tierra del valle se secó.
El trigo negro no crecía.
Los animales enfermaban.
Los recién nacidos morían en sus cunas.
Bastian murmuró: —No teníamos nada.
Mara lo miró con desprecio.
—Tenían hijos.
El anciano se encogió.
Elric continuó: —Algunos ancianos hablaban de pactos antiguos.
Decían que antes de la iglesia, antes de San Aeron, el valle escuchaba ofrendas.
No para conceder riqueza.
Solo para mantener la tierra viva.
Adrien sintió que cada palabra abría una fosa.
—¿Quién decidió hacerlo?
Nadie respondió.
Adrien miró a Bastian.
—¿Quién?
El anciano parecía a punto de quebrarse.
—No fue una sola persona.
—Esa respuesta ya no sirve.
Bastian alzó la cabeza con lágrimas en los ojos.
—¡Fue el hambre!
¿Quiere un nombre?
¡Póngale hambre!
Hambre en los vientres, hambre en las madres que no tenían leche, hambre en los hombres que enterraban bebés cada semana.
Nadie se despierta un día queriendo entregar niños al pozo.
Primero rezas.
Luego robas.
Luego suplicas.
Luego escuchas a los viejos decir que antes funcionaba.
Y una noche, cuando tu hijo está muriendo de fiebre y tu esposa no tiene fuerzas para llorar, empiezas a pensar que quizá un niño puede salvar a treinta.
El silencio que siguió fue horrible.
Adrien lo miró sin compasión.
—¿Y cuál niño pensó usted que podía salvar a treinta?
Bastian abrió la boca.
No salió sonido.
Mara respondió por él.
—Iven Rusk.
El anciano se dobló como si le hubieran clavado una lanza.
Adrien sintió un golpe en el estómago.
—¿Su hijo?
Bastian se cubrió el rostro.
—Mi sobrino.
—Siete años —dijo el padre Elric, con la voz rota—.
Hijo de su hermana menor.
Ella había muerto de parto.
Bastian lo criaba.
Adrien no pudo evitar mirar la mano vendada del anciano.
La mano quemada por Morgana años después.
La mano que había sostenido una antorcha contra la casa de una niña.
—¿Lo entregó al pozo?
Bastian cayó de rodillas.
—Yo no lo empujé.
Adrien sintió que la frase era una cuerda vieja rompiéndose.
—¿Pero estuvo allí?
El anciano lloraba sin cubrirse ahora.
—Todos estuvimos.
Mara apretó la muñeca contra su pecho.
—No todos.
Bastian la miró.
—Tu padre también.
Mara palideció.
Adrien giró hacia ella.
La mujer dio un paso atrás.
—No.
Bastian se limpió la boca con la mano temblorosa.
—Él cantó más fuerte que nadie.
Mara negó con la cabeza una y otra vez.
—No.
Él odiaba esas cosas.
Él me decía que no saliera de noche, que no mirara el pozo, que… Se detuvo.
Su rostro cambió.
Comprensión.
Horror.
La muñeca cayó de sus manos al barro.
Adrien sintió que la plaza entera se desmoronaba sin mover una piedra.
Los culpables ya no eran figuras lejanas.
Eran padres.
Abuelos.
Nombres heredados en la mesa.
Hombres muertos convertidos en recuerdos buenos por hijas que desconocían las canciones que habían cantado.
—Por eso Morgana dice que la culpa se hereda —murmuró Elric.
Adrien lo miró con dureza.
—La culpa no.
Las consecuencias sí.
El sacerdote inclinó la cabeza.
—Quizá aquí ya no sabemos distinguirlas.
Adrien caminó hasta el pozo y examinó las ofrendas colgadas.
Muñecos de trapo, dientes de leche, cintas de cabello, pequeñas medallas.
Algunas parecían recientes.
Otras estaban podridas por años de lluvia.
—¿Cuántos?
—preguntó.
Nadie contestó.
Adrien giró hacia ellos.
—¿Cuántos niños fueron entregados?
Elric respiró con dificultad.
—No lo sé.
—¿No lo sabe o no quiere decirlo?
—No lo sé.
Bastian habló desde el suelo: —Trece.
Mara soltó un gemido.
El padre Elric cerró los ojos.
Adrien sintió que la sangre se le enfriaba.
—Trece.
—Antes del incendio —susurró Bastian—.
Después no volvió a hacerse.
Lo juro.
Mara rió con una locura suave.
—No volvió a hacerse igual.
Adrien miró a Elric.
El sacerdote no negó.
—Las desapariciones recientes no fueron entregas del pueblo —dijo Elric—.
Fueron castigos de Morgana.
—¿Está seguro?
—Sí.
Adrien sostuvo su mirada.
—A estas alturas, padre, su seguridad vale poco.
Elric aceptó el golpe.
Adrien se agachó junto al borde del pozo.
Pasó los dedos por la piedra interior.
Había marcas antiguas.
Arañazos.
No de herramientas.
De manos pequeñas.
La ira volvió.
Pero esta vez no sabía hacia dónde dirigirla sin que se partiera en demasiados pedazos.
—Necesito bajar.
Elric levantó la cabeza.
—No.
—Sí.
—De día tal vez.
Pero con preparación.
—Es de día.
—No para el pozo.
Bastian habló desde el suelo: —El fondo está sellado.
Adrien se volvió.
—¿Sellado?
El anciano asintió lentamente.
—Después de la última entrega, el padre Elric ordenó cerrarlo.
Se arrojaron piedras, vigas, sal, cal viva.
Se bendijo el borde.
Se prohibió sacar agua.
—¿Por qué?
Elric respondió: —Porque algo respondió desde abajo.
Adrien sintió la marca latir.
—¿Qué?
El sacerdote miró hacia el hueco.
—No una voz de niño.
No al principio.
Algo más profundo.
Algo que había aprendido las voces.
Mara susurró: —El valle.
Adrien miró el pozo.
El valle tenía una boca.
Y el pueblo le había enseñado a comer.
—Aun así bajaré —dijo.
Elric dio un paso hacia él.
—Si el fondo está sellado, no encontraréis a Tomás allí.
—Morgana dijo que está donde el pueblo puso antes a otros.
—Morgana juega con palabras.
—Y ustedes con silencios.
De momento, ella me ha dado más verdad que este pueblo.
La frase provocó murmullos de horror.
Adrien no se retractó.
—Traigan palas.
Nadie se movió.
—Palas —repitió.
Un hombre desde una puerta dijo: —¿Para el pozo?
Adrien miró alrededor.
Sus ojos cayeron sobre los muñecos, las cintas, las ofrendas.
—No.
Para alrededor.
El padre Elric frunció el ceño.
Adrien señaló la tierra que rodeaba el pozo.
El barro allí era distinto, removido en algunas partes, demasiado blando cerca de ciertas piedras, cubierto en otras con paja vieja.
—Si el fondo fue sellado, quizá no todo fue arrojado dentro.
Bastian palideció.
—No.
Adrien lo miró.
—¿Qué hay enterrado aquí?
El anciano bajó la vista.
Eso bastó.
Las palas llegaron minutos después.
No porque los aldeanos quisieran ayudar, sino porque nadie se atrevió a desobedecer al caballero cuando desenvainó la mitad de su espada y la dejó visible.
Dos hombres comenzaron a cavar cerca del borde norte del pozo.
Otro cavó al este.
Adrien tomó una pala él mismo y empezó por el lado sur.
La tierra estaba húmeda.
Pesada.
Cada golpe de pala parecía demasiado fuerte en la plaza silenciosa.
Los aldeanos observaban desde lejos, formando un círculo irregular.
Nadie rezaba ahora.
Tal vez porque todos sospechaban que cualquier dios digno de escuchar ya habría apartado el rostro.
A la tercera excavación, encontraron el primer objeto.
No huesos.
Un caballo de madera.
Pequeño, con una pata rota.
La pintura roja seguía visible en el lomo, aunque el barro lo había ennegrecido casi todo.
El hombre que cavaba lo dejó caer con un grito.
Mara se llevó ambas manos a la boca.
Adrien levantó el juguete con cuidado.
—¿De quién era?
Nadie respondió.
Una mujer anciana, apoyada en un bastón, empezó a llorar.
—Nico —susurró.
Adrien la miró.
—Nico Bale.
Ella asintió.
—Mi hermano menor.
Dormía con ese caballo.
Decía que algún día tendría uno real y se iría a la capital.
Adrien dejó el juguete sobre un paño limpio junto al pozo.
—Sigan.
Las palas volvieron a hundirse.
Apareció una muñeca de tela sin rostro.
Luego una peonza.
Luego una cinta azul.
Luego un sonajero de hueso tallado.
Cada objeto fue colocado sobre el paño.
Cada uno arrancaba un nombre del silencio.
Sera Holt.
Mina Vale.
Oren.
Cal.
Iven Rusk.
Cada nombre hacía que alguien en la plaza se doblara un poco más.
Algunos lloraban por niños que no habían conocido, sino heredado como fantasmas familiares.
Otros permanecían rígidos, con una expresión vacía que Adrien empezó a reconocer como el último refugio de quienes temen que el dolor los convierta en confesión.
El padre Elric se arrodilló frente al paño.
No tocó los juguetes.
Solo los miró.
—Yo los bendije —susurró.
Adrien se volvió hacia él.
—¿Qué?
El sacerdote tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Después.
Cuando ya era tarde.
Las familias traían los juguetes.
Decían que eran recuerdos, que no podían conservarlos.
Yo los bendecía antes de enterrarlos.
Pensaba… pensaba que al menos así sus nombres quedarían cerca de suelo santo.
Mara lo miró con odio.
—¿Suelo santo?
¿Aquí?
Elric no respondió.
Bastian seguía de rodillas, mirando el pequeño caballo de madera como si fuera una sentencia.
Adrien clavó la pala en la tierra.
—Esto no es un cementerio.
Nadie habló.
—Es una coartada.
El sacerdote se estremeció.
Adrien señaló los juguetes.
—Enterraron recuerdos para no tener que mirar lo que habían hecho.
Los cubrieron con bendiciones, con sal, con muñecos, con supersticiones.
Y cuando Morgana empezó a devolver cuerpos marcados, les resultó más fácil decir “bruja” que recordar que el pozo ya tenía hambre antes de ella.
Un murmullo de protesta recorrió la plaza.
—¡Ella mató a mi hijo!
—gritó un hombre.
—¿Y quién mató a los trece anteriores?
—respondió Adrien.
El hombre calló.
La marca en el pecho de Adrien ardió con tanta intensidad que tuvo que apretar los dientes.
Entonces escuchó la voz de Morgana.
No burlona.
No dulce.
Casi satisfecha.
—Ahora ves el borde.
Adrien cerró los ojos.
—No hables.
Algunos aldeanos lo miraron, alarmados.
No sabían que hablaba con ella.
O quizá lo sospechaban.
—Cava más —susurró Morgana dentro de él.
Adrien abrió los ojos.
Miró la tierra al oeste del pozo.
Allí no había ofrendas.
Solo barro compacto y una piedra plana cubierta de musgo.
Caminó hacia ella.
Bastian levantó la cabeza de golpe.
—No.
Adrien se detuvo.
—¿Qué hay debajo?
Bastian intentó ponerse de pie, pero las piernas no le respondieron.
—No toque eso.
Adrien levantó la pala.
El padre Elric habló, roto: —Sir Adrien… —¿Qué hay debajo?
Nadie respondió.
Adrien clavó la pala junto a la piedra.
Bastian gritó.
—¡No!
Demasiado tarde.
La piedra se movió con el tercer golpe.
Dos hombres, temblando, ayudaron a apartarla.
Debajo había tierra seca.
No húmeda como el resto.
Seca, compacta, oscura.
Adrien cavó.
Una vez.
Dos.
Tres.
La pala golpeó algo duro.
No piedra.
Madera.
Adrien se arrodilló y apartó la tierra con las manos.
Apareció una pequeña caja rectangular, del tamaño de un cofre infantil.
Estaba cubierta de símbolos religiosos y runas antiguas.
Cruz y ojo.
Salmos y espirales.
Fe y miedo mezclados sobre la misma madera.
El padre Elric empezó a llorar.
—No debió encontrarse.
Adrien limpió la tapa.
—¿Qué es?
Bastian respondió con una voz que parecía venir de muy lejos: —La caja de los nombres.
Adrien abrió los cierres oxidados.
Dentro no había huesos.
Había juguetes.
Muchos más.
Pequeños objetos envueltos en telas podridas: canicas, muñecas, caballos, cintas, dientes de leche guardados en bolsitas, tablillas con nombres tallados, mechones de cabello atados con hilo rojo.
Trece entregas.
Y quizá más.
Adrien sintió que el estómago se le cerraba.
En la parte superior había una tablilla de madera con un nombre escrito a cuchillo: MORGANA DE VEYR.
Durante un instante, nadie respiró.
Adrien tomó la tablilla.
—Explíquense.
Elric no pudo.
Bastian tampoco.
Fue Mara quien habló, con voz hueca: —Iban a entregarla.
Adrien levantó la mirada.
La mujer parecía tan horrorizada como él.
—Cuando era niña —susurró Mara—.
Mi abuela decía que la hambruna terminó porque se eligió a la hija del bosque.
Pero que la madre no la entregó.
Que por eso ardió la casa.
Adrien se volvió lentamente hacia el padre Elric.
El sacerdote estaba destruido.
No sorprendido.
Destruido porque el secreto había salido al aire.
—¿Es verdad?
—preguntó Adrien.
Elric apenas pudo respirar.
—Evelyne se negó.
—¿A entregar a Morgana al pozo?
Silencio.
—¿Sí o no?
—Sí.
La palabra pareció romper algo en la plaza.
Adrien sintió una ira tan profunda que por un momento no supo si era suya o venía del vínculo.
—Usted dijo que la iglesia fue por ella para aislarla.
Para estudiarla.
Para contenerla.
Elric no levantó la cabeza.
—Eso era parte de la verdad.
—No.
Eso era la mentira con ropa limpia.
El sacerdote tembló.
Adrien sostuvo la tablilla con el nombre de Morgana.
—El pueblo quería ofrecerla al valle.
Bastian habló con voz quebrada: —Creían que por haber nacido marcada… serviría más que cualquier otro niño.
—¿Serviría?
Adrien sintió que la palabra le producía asco físico.
—Hablan de una niña como si fuera una vela para encender una casa.
Mara miró la tablilla.
—¿Ella lo sabe?
La pregunta fue absurda.
Terrible.
Adrien casi rió.
—Por supuesto que lo sabe.
La marca ardió.
La voz de Morgana llegó como seda quemada.
—Lo recuerdo todo.
Adrien cerró los ojos.
Vio una imagen.
La plaza años atrás.
Morgana niña en brazos de su madre.
Aldeanos alrededor del pozo.
Elric joven intentando hablar, intentando detener o justificar, no quedaba claro.
Bastian con una antorcha.
Evelyne gritando que no entregarían a su hija.
Una piedra lanzada.
Sangre en la sien de la madre.
La niña mirando a todos sin llorar.
Luego la visión cambió.
La casa ardiendo.
Evelyne cubriendo a Morgana.
Y el pueblo esperando.
Adrien abrió los ojos.
La plaza actual estaba llena de descendientes, sobrevivientes y cómplices.
Algunos habían estado allí.
Otros habían heredado apellidos, casas, mentiras y miedo.
La tablilla con el nombre de Morgana tembló en su mano.
No por él.
Por la marca.
—Ella era una de los niños del pozo —dijo Adrien.
Nadie se atrevió a contradecirlo.
—Solo que no lograron arrojarla.
El padre Elric cayó de rodillas.
—Intenté detenerlo.
Adrien lo miró con una dureza que le dolió incluso a él.
—No lo suficiente.
El sacerdote bajó la cabeza hasta casi tocar el barro.
—No.
Bastian comenzó a llorar abiertamente.
—Después del incendio, todo cambió.
La tierra volvió a dar fruto.
Algunos dijeron que el valle aceptó a Evelyne en lugar de la niña.
Otros dijeron que Morgana había maldecido las raíces con la sangre de su madre.
No sabíamos qué creer.
Adrien levantó la caja de los nombres y la colocó junto al paño de los juguetes encontrados.
—Creyeron lo que les permitió seguir viviendo.
Mara se acercó lentamente.
Se arrodilló frente a la caja y tomó la muñeca que había dejado caer antes.
La colocó junto a los demás juguetes.
—Mi Elia no sabía nada de esto.
Adrien la miró.
—Lo sé.
—Lysa tampoco.
—Lo sé.
—Tomás tampoco.
La voz de Mara se quebró.
Adrien sintió el filo cruel de la verdad de Morgana rozándole la conciencia.
Todos los niños de Veyrfall nacen dentro de deudas que otros hicieron antes de ellos.
No quería creerlo.
No podía aceptarlo.
Pero ahora entendía por qué aquella frase había nacido.
—Los niños no heredan culpa —dijo Adrien, más para sí mismo que para los demás.
La voz de Morgana susurró dentro de él: —Pero heredan tumbas.
Adrien apretó la tablilla hasta que la madera crujió.
—Basta.
Esta vez todos lo oyeron.
El padre Elric levantó la cabeza.
—Sir Adrien… Adrien miró alrededor de la plaza.
—A partir de ahora, nadie se acerca al pozo sin mi autorización.
Nadie toca estos objetos.
Nadie retira nada.
Haré un registro completo de cada niño, cada fecha, cada familia y cada entrega.
Un hombre murmuró: —¿Para qué?
Ya están muertos.
Adrien lo miró.
—Para que dejen de estar escondidos.
El hombre bajó la vista.
El caballero guardó la tablilla de Morgana en su bolsa junto a la muñeca quemada.
La marca ardió de inmediato.
La voz de la bruja sonó más cerca que nunca.
—¿Te llevas mi nombre, caballero?
Adrien respondió en silencio, sin mover los labios: Me llevo una prueba.
Morgana rió suavemente dentro de él.
—No.
Te llevas una herida.
Adrien cerró la caja y se la entregó al padre Elric.
El sacerdote la recibió como si cargara huesos.
—La llevará a la iglesia.
La pondrá sobre el altar.
A la vista de todos.
Elric palideció.
—Eso provocará pánico.
—No.
Esto es lo que queda después de años de evitar el pánico.
Bastian levantó la mirada.
—¿Y Tomás?
Adrien miró el pozo.
La voz del niño no había vuelto.
Eso lo inquietaba más que cualquier grito.
—Lo encontraré.
Mara, aún de rodillas junto a los juguetes, preguntó: —¿Vivo?
Adrien no respondió de inmediato.
No quería mentir.
No en aquel lugar construido con mentiras.
—Haré todo lo que pueda.
Mara aceptó la respuesta con un pequeño movimiento de cabeza.
Era una madre.
Sabía reconocer la forma de una esperanza cuando ya venía rota.
Entonces, desde el fondo del pozo, subió un sonido.
No una voz.
Un golpe.
Seco.
Lejano.
Todos se quedaron inmóviles.
Otro golpe.
Luego un tercero.
Como si alguien, muy abajo, llamara desde el otro lado de una puerta enterrada.
Adrien se acercó lentamente al borde.
El padre Elric susurró: —No respondáis.
Adrien miró hacia la oscuridad.
La marca en su pecho ardía.
Morgana no habló.
Tal vez, por primera vez, también escuchaba.
Desde el fondo del pozo, una voz infantil susurró: —No estoy solo.
Adrien sintió que la sangre se le helaba.
—Tomás —dijo.
Bastian sollozó.
Mara se cubrió la boca.
El padre Elric cerró los ojos como si acabara de escuchar la condena final del pueblo.
La voz volvió, más débil: —Los otros… están despiertos.
El viento se detuvo.
Los cuervos, todos a la vez, levantaron el vuelo desde los tejados.
Adrien sostuvo la mirada fija en la boca del pozo, comprendiendo que los juguetes enterrados no eran solo recuerdos de los muertos.
Eran advertencias.
Porque bajo Veyrfall, bajo la piedra sellada, bajo los años de hambre, miedo y silencio, algo conservaba las voces de los niños.
Y ahora empezaba a devolverlas.
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