El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 Una cena con la bruja
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12: Capítulo 12: Una cena con la bruja 12: Capítulo 12: Una cena con la bruja La invitación llegó al anochecer.
No la trajo un mensajero.
No apareció sellada con cera ni escrita sobre pergamino fino.
No fue entregada por una mano humana ni anunciada con campanas.
Llegó, simplemente, en el pico de un cuervo.
Adrien se encontraba en la iglesia de San Aeron, de pie frente al altar, observando la caja de los nombres.
El padre Elric la había colocado allí por orden suya.
La caja permanecía abierta sobre una tela blanca, mostrando los pequeños juguetes, cintas, dientes de leche, tablillas y mechones de cabello que habían sido enterrados cerca del pozo seco.
Los objetos parecían todavía más terribles bajo la luz de las velas.
No eran armas.
No eran huesos.
No eran manchas de sangre.
Eran restos de infancia.
Y eso los volvía insoportables.
Algunos aldeanos habían entrado durante la tarde, uno por uno, sin hablar.
Miraban la caja, reconocían algún objeto, se santiguaban o huían.
Otros ni siquiera cruzaban la puerta de la iglesia.
Se quedaban afuera, en la plaza, mirando hacia el templo como si Adrien hubiese colocado sobre el altar no una prueba, sino una acusación viva.
Quizá lo era.
La tablilla con el nombre de Morgana no estaba en la caja.
Adrien la conservaba en su bolsa, junto a la muñeca quemada encontrada en la antigua casa de Evelyne.
No sabía por qué no la había dejado con los demás objetos.
Tal vez porque era una prueba distinta.
Tal vez porque su nombre, tallado en la madera como el de una niña destinada al pozo, pesaba demasiado para ser expuesto ante el mismo pueblo que había intentado convertirla en ofrenda.
O quizá porque Morgana tenía razón.
Se había llevado una herida.
El padre Elric permanecía sentado en una banca lateral, con las manos unidas y la cabeza inclinada.
No rezaba.
Ya no le quedaban palabras suficientes para fingir oración.
—¿Cuántos sabían?
—preguntó Adrien.
El sacerdote levantó los ojos lentamente.
—¿Sobre la caja?
—Sobre todo.
Elric miró el altar.
—Los viejos.
Algunas familias.
Los que participaron.
Los que heredaron confesiones.
Los que prefirieron no preguntar por qué sus padres despertaban llorando en ciertas fechas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Adrien se volvió hacia él.
—Siempre tiene una única respuesta cuando la completa lo compromete.
Elric aceptó la acusación en silencio.
Adrien sintió un cansancio profundo.
No era sueño.
Era otra cosa.
La fatiga moral de mirar una herida y descubrir que debajo había otra, y otra, y otra más, hasta empezar a sospechar que el cuerpo entero estaba hecho de infección.
Desde el fondo del pozo habían oído la voz de Tomás.
No estoy solo.
Los otros están despiertos.
Después, nada.
Habían intentado bajar una cuerda otra vez, pero al rozar la oscuridad del pozo, la cuerda salió cubierta de moho negro, como si hubiese pasado años bajo tierra.
Un hombre que se acercó demasiado comenzó a sangrar por la nariz y tuvo que ser llevado a su casa.
El padre Elric insistió en preparar un rito antes de cualquier descenso.
Bastian exigió sellar el pozo de nuevo.
Mara gritó que si lo sellaban, ella misma lo abriría con las manos.
Adrien los había obligado a retirarse.
La noche llegaba, y con ella aumentaba la fuerza de aquello que vivía bajo Veyrfall.
O eso decía Elric.
Adrien ya no sabía cuánto creerle.
La marca negra en su pecho ardía desde hacía horas.
A ratos sentía calor; a ratos, una presión suave, casi como dedos apoyados sobre la piel desde dentro.
Morgana no había hablado desde la voz del pozo, pero su silencio tenía una forma demasiado precisa.
No era ausencia.
Era espera.
Entonces algo golpeó una ventana de la iglesia.
Una vez.
Dos.
El padre Elric se puso de pie de inmediato.
Adrien llevó la mano a la espada.
El golpe volvió.
No era fuerte.
Era deliberado.
Adrien caminó hasta una de las ventanas laterales.
El vidrio estaba sucio, casi opaco.
Al otro lado, una sombra negra se movía sobre el alféizar exterior.
Un cuervo.
En el pico llevaba un pedazo de tela blanca.
Elric palideció.
—No lo abráis.
Adrien lo miró.
—Esa advertencia se ha vuelto costumbre.
—Por buenas razones.
Adrien abrió la ventana.
El cuervo no entró.
Se quedó sobre el borde, mirándolo con un ojo brillante.
Dejó caer la tela en el suelo de piedra y graznó una sola vez.
Luego levantó vuelo hacia la noche.
Adrien recogió la tela.
Era un fragmento de lino fino.
Sobre él había palabras escritas con tinta roja.
No parecía sangre.
Eso no lo tranquilizó.
La letra era elegante, inclinada, casi delicada.
Sir Adrien Valen: Esta noche cenaré sola.
La soledad vuelve crueles incluso a las mujeres que ya lo son.
Ven a mi casa antes de la última campanada.
Te daré vino, pan, carne y tres respuestas verdaderas.
A cambio, traerás la tablilla con mi nombre.
No traigas al sacerdote.
Me estropea el apetito.
M.
Adrien leyó el mensaje dos veces.
El padre Elric se acercó.
—¿Qué dice?
Adrien le entregó la tela.
A medida que el sacerdote leía, su expresión pasó del miedo a la indignación.
—No iréis.
Adrien tomó de nuevo la tela.
—Iré.
—Es una trampa.
—Por supuesto.
—Entonces no hay nada que discutir.
Adrien guardó la invitación en su bolsa.
—Me ofrece tres respuestas verdaderas.
Elric soltó una risa incredula.
—¿Y creéis que una bruja cruel y mentirosa respetará esa promesa?
—No creo que sea mentirosa.
El sacerdote se quedó inmóvil.
Adrien sostuvo su mirada.
—Cruel, sí.
Manipuladora, sí.
Asesina, probablemente.
Pero no ha mentido más que este pueblo.
Elric bajó la mirada.
La frase dolió porque era justa.
—Una verdad dada por ella siempre tendrá veneno —dijo el sacerdote.
—Entonces beberé con cuidado.
—No sabéis lo que hace.
Ya os marcó.
Ya habla dentro de vos.
Si vais a su casa de noche, con una invitación escrita por su mano, estáis entrando en su boca.
Adrien miró el altar, la caja de los nombres, los juguetes quietos.
—Tomás está en alguna parte bajo este pueblo o bajo el poder de algo que este pueblo alimentó.
Morgana sabe dónde.
Usted sabe parte de la historia, pero la entrega en pedazos cuando no le queda más remedio.
Bastian miente por miedo.
Los aldeanos mienten por culpa.
De todos los monstruos que he encontrado aquí, ella es la única que parece disfrutar tanto de la verdad como del daño.
Elric apretó los labios.
—Eso no la vuelve aliada.
—No busco una aliada.
Busco información.
—Os seducirá con ella.
Adrien sintió una punzada en la marca.
Calor.
Un eco de risa.
No de Elric.
De ella.
—Eso intenta desde que llegué —dijo Adrien.
—Y está funcionando.
La acusación quedó suspendida.
Adrien no se enfureció.
Eso habría sido más fácil.
En cambio, permaneció quieto, sintiendo el peso exacto de la frase.
La imagen de Morgana en el umbral de su casa regresó a su mente: piel pálida, cabello negro, ojos verdes demasiado inteligentes, la punta de su espada apoyada sobre su pecho y ella sonriendo como si la muerte fuera apenas una forma íntima de conversación.
Sí.
Había algo en ella que lo arrastraba.
No ternura.
No confianza.
No compasión pura.
Algo peor.
Curiosidad.
Una curiosidad peligrosa, moralmente sucia, nacida del deseo de mirar de cerca aquello que debía destruir.
—Precisamente por eso iré consciente —dijo Adrien.
Elric negó con la cabeza.
—Nadie entra consciente en una tentación.
Solo inventa frases nobles para no llamar deseo al deseo.
Adrien lo miró con severidad.
—Cuide a Lysa.
Y que nadie toque la caja.
—Sir Adrien… —Si no regreso antes del amanecer, selle la iglesia y mantenga a todos lejos del pozo.
—¿Y vos?
Adrien caminó hacia la puerta.
—Yo intentaré volver con una respuesta que no llegue demasiado tarde.
La noche de Veyrfall estaba fría y húmeda.
La niebla cubría la plaza hasta la altura de las rodillas.
El pozo seco parecía esperar en el centro, rodeado de muñecos inmóviles.
Las casas tenían las ventanas cerradas, pero Adrien sabía que lo observaban.
Siempre lo observaban.
En ese pueblo, hasta los cobardes tenían ojos resistentes.
Bastian apareció junto a su puerta cuando lo vio cruzar la plaza.
—¿Adónde va?
Adrien no se detuvo.
—Al bosque.
El anciano se santiguó.
—No después del ocaso.
—Antes de la última campanada.
Bastian comprendió.
Su rostro se hundió.
—Ella lo llamó.
Adrien siguió caminando.
—Sí.
—No vaya.
—Ya escuché eso.
—Entonces escuche otra cosa: cuando la bruja invita, no es para alimentarlo.
Es para saber qué sabor tendrá cuando lo rompa.
Adrien se detuvo al borde de la plaza.
—Quizá.
Pero si sabe algo de Tomás, necesito oírlo.
Bastian dio un paso hacia él.
—Tomás no es el único niño perdido.
—Lo sé.
—No.
Todavía no.
Hay muertos que no quieren ser encontrados.
Hay cosas bajo el pozo que no deben subir.
Adrien giró hacia él.
—¿Por eso los dejaron abajo?
El anciano bajó la cabeza.
Adrien no esperó más.
Salió del pueblo por el camino hacia el bosque prohibido.
No llevó a Brann.
El caballo se había negado a acercarse a la línea de árboles desde la tarde anterior, y Adrien no pensaba forzarlo.
Caminó solo, con la espada al cinto, la daga de plata escondida en la bota, la bolsa con sal bendecida, la muñeca quemada y la tablilla de Morgana junto al corazón marcado.
El sendero de piedras blancas apareció entre la niebla como una hilera de dientes.
Adrien entró al bosque.
Esta vez, las voces no comenzaron de inmediato.
Eso lo inquietó.
La primera vez, el bosque había intentado quebrarlo con el rostro de Isolde, la voz de su maestro, el recuerdo imposible de su madre.
Ahora parecía dejarlo avanzar.
Los cuervos lo seguían desde las ramas, pero no graznaban.
Las flores blancas junto al arroyo estaban abiertas, inclinadas hacia él como pequeñas cabezas curiosas.
El agua corría hacia atrás.
Adrien no se detuvo.
La marca en su pecho lo guiaba con una tibieza constante.
No necesitaba preguntar el camino.
No necesitaba observar las piedras.
Sentía la dirección de la casa de Morgana como se siente una herida bajo la ropa: sin verla, pero sin poder olvidarla.
Al llegar al claro, la casa estaba iluminada.
No con la luz roja palpitante de la primera vez, sino con un resplandor cálido, casi doméstico.
Había fuego en las ventanas.
Humo salía de la chimenea.
El techo estaba cubierto de cuervos, pero esta noche no parecían guardianes, sino invitados silenciosos.
La puerta estaba abierta.
Adrien se detuvo.
—No entraré si la puerta está abierta —dijo al claro.
Una risa suave respondió desde el interior.
—Qué obediente con las reglas de hombres que no se atreven a venir.
La puerta se cerró lentamente.
Luego alguien llamó desde dentro.
Tres golpes.
Como si ahora él fuera el invitado y ella la anfitriona correcta.
Adrien sintió que la ironía era una forma de hechizo.
Caminó hasta la puerta.
Tocó el pomo.
Estaba tibio.
Entró.
El interior de la casa no coincidía con el horror que la rodeaba.
Eso también era una crueldad.
No había cadáveres colgados del techo ni círculos de sangre en el suelo.
No había jaulas con niños ni calderos burbujeantes.
La primera habitación era amplia, ordenada, iluminada por velas y fuego de chimenea.
En las paredes colgaban hierbas secas, máscaras de madera, espejos cubiertos con telas oscuras y estantes llenos de frascos etiquetados con una letra cuidadosa.
Había libros, demasiados para una cabaña aislada.
Había alfombras antiguas, una mesa de roble, dos sillas y, sobre la mesa, una cena servida.
Pan oscuro.
Carne asada.
Frutas rojas.
Queso.
Vino en una jarra de cristal.
Y dos copas.
Morgana estaba de pie junto al fuego.
Llevaba un vestido negro, más sencillo que elegante, pero en ella incluso la sencillez parecía una decisión calculada.
El cabello caía suelto sobre sus hombros.
En su garganta, justo donde la espada de Adrien había marcado una línea roja durante su último encuentro, quedaba una cicatriz fina.
No la había curado.
O no había querido.
—Llegas puntual —dijo ella.
Adrien cerró la puerta detrás de sí.
—Dijiste antes de la última campanada.
—Y viniste como si una invitación mía fuera una orden real.
—Vine por respuestas.
Morgana sonrió.
Adrien obligó a sus ojos a no bajar a sus labios.
Ella lo notó.
—Sigues obedeciendo esa advertencia.
Me pregunto quién la escribió primero.
Debió de ser alguien que miró demasiado y culpó a mi boca de su debilidad.
—O alguien que sobrevivió a ti.
—Pocos hacen ambas cosas.
Adrien avanzó hasta la mesa, pero no se sentó.
—¿Dónde está Tomás?
Morgana levantó una mano.
—No antes de cenar.
—No vine a jugar a la cortesía.
—No.
Viniste armado, tenso y convencido de que tu voluntad es una muralla.
Siéntate, Sir Adrien.
Una muralla también proyecta sombra.
—No comeré nada que venga de ti.
Morgana miró la mesa con fingida ofensa.
—Qué descortés.
No todo lo que preparo está maldito.
—Eso no tranquiliza.
—Bien.
Sería insultante si lo hiciera.
Se sentó primero, con una naturalidad que lo irritó.
Luego tomó una copa vacía y sirvió vino.
Solo en la suya.
Después empujó hacia él un plato vacío.
—Come lo que trajiste, si eso calma tu virtud.
Adrien permaneció de pie.
—Tres respuestas verdaderas.
Ese fue el trato.
Morgana tomó un sorbo de vino.
—No.
El trato incluía mi tablilla.
Adrien sacó la tablilla de su bolsa.
El nombre estaba allí, tallado a cuchillo.
MORGANA DE VEYR.
Los ojos de la bruja cambiaron.
No mucho.
Pero Adrien lo vio.
La diversión se retiró como una marea, dejando al descubierto algo duro y antiguo.
Durante un instante, Morgana no pareció una mujer peligrosa ni una criatura del bosque, sino una niña mirando su propia sentencia.
Luego el gesto desapareció.
—Déjala sobre la mesa.
Adrien no obedeció.
—Primero una respuesta.
Morgana apoyó la copa.
—Has aprendido a negociar.
—He aprendido que todo aquí cobra precio.
—Eso ya lo sabías.
Solo te criaron para fingir que el precio se llamaba deber.
Adrien sostuvo la tablilla.
—Primera pregunta: ¿Tomás Wren está vivo?
Morgana lo miró largo rato.
—Sí.
Adrien sintió que el aire entraba de nuevo en sus pulmones.
—¿Dónde?
—Esa sería una segunda pregunta.
—Entonces respóndela.
—La tablilla.
Adrien dejó la madera sobre la mesa, pero mantuvo una mano encima.
Morgana miró sus dedos sobre el nombre.
—¿Temes que desaparezca?
—Temo que mientas.
—No.
Temes que diga la verdad de una forma que no te sirva.
Adrien retiró lentamente la mano.
Morgana tomó la tablilla.
No con burla.
Con cuidado.
La sostuvo entre ambas manos, pasando el pulgar sobre las letras talladas.
La luz del fuego le marcaba el rostro de sombras.
Por primera vez desde que la conoció, no parecía actuar para él.
—Tenía seis años cuando escribieron esto —dijo.
Adrien no habló.
—Mi madre rompió la primera tablilla.
Ellos hicieron otra.
Creían que el valle necesitaba mi nombre completo para reconocerme.
Como si el hambre fuera un escribano.
Su sonrisa regresó.
Pero era otra clase de sonrisa.
Más fea.
Más humana.
—Segunda respuesta: Tomás está bajo la capilla vieja, no bajo el pozo.
Adrien se enderezó.
—¿Qué capilla vieja?
—La que el pueblo enterró antes de construir la iglesia de San Aeron.
Pregúntale a Elric.
Seguro encontrará una forma preciosa de decir que no existe.
—¿Por qué escuchamos su voz desde el pozo?
Morgana dejó la tablilla junto a su copa.
—Tercera pregunta.
Adrien apretó la mandíbula.
Ella lo miró con interés.
—Vamos, caballero.
Elige bien.
¿Quieres saber por qué su voz sube desde el pozo, qué hay bajo la capilla vieja, o por qué yo no lo he matado todavía?
Adrien sintió el golpe exacto de la trampa.
Tres respuestas no eran generosidad.
Eran hambre administrada.
—¿Por qué no lo has matado?
Morgana sonrió lentamente.
—Porque no lo tomé yo.
El silencio se volvió tan denso que el fuego pareció arder más bajo.
Adrien la miró.
—Eso es mentira.
—No.
—Lysa dijo que lo escuchó bajo tu casa.
—Lysa escuchó muchas cosas mientras su deseo se pudría.
—Morgana.
—No lo tomé yo —repitió ella, esta vez sin sonrisa—.
Lo encontré después.
—¿Dónde?
—Ya gastaste tus tres respuestas.
Adrien dio un paso hacia la mesa.
—No juegues con esto.
—No juego con Tomás.
La frase salió fría.
Adrien se detuvo.
—¿Entonces con qué juegas?
—Contigo, a veces.
Con el sacerdote, cuando me aburro.
Con Veyrfall, siempre que merece recordar.
Pero no con él.
—¿Por qué?
Morgana bajó la mirada a la tablilla.
—Porque algunos niños lloran igual en todos los siglos.
Adrien no supo qué hacer con esa respuesta.
No era compasión limpia.
En Morgana nada lo era.
Pero tampoco sonaba a burla.
—Si no lo tomaste, ¿quién lo hizo?
Morgana tomó el cuchillo de la mesa y cortó un trozo de carne.
—Te daré una pista gratis.
Considéralo un gesto de pésima conducta moral.
—Habla.
—El pueblo cree que dejó de alimentar al valle hace años.
El pueblo se equivoca.
Solo cambió la forma de servir la mesa.
Adrien sintió un frío profundo.
—¿Alguien sigue haciendo entregas?
—Alguien abrió una puerta que otros sellaron con cobardía y sal.
—¿Quién?
Morgana comió un pequeño bocado, tranquila.
Adrien tuvo que contener el impulso de volcar la mesa.
—¿Quién?
Ella levantó los ojos.
—Cena conmigo mañana y quizá lo sepas.
Adrien desenvainó parcialmente la espada.
Morgana miró el acero, casi decepcionada.
—Otra vez ese gesto.
¿De verdad nadie te enseñó seducciones más variadas?
—Puedo obligarte.
—No.
La palabra fue simple.
El fuego de la chimenea se apagó de golpe.
La habitación quedó iluminada solo por las velas, que ardieron con llamas rojas.
Morgana no se movió.
—Puedes herirme.
Puedes intentar arrestarme.
Puedes incluso convencerte de que estás dispuesto a matarme.
Pero no puedes obligarme a darte una verdad que aún no sabes dónde guardar.
Adrien sostuvo la espada a medio desenvainar.
—Tomás puede morir.
—Sí.
—Y tú sabes cómo salvarlo.
—Sé cómo encontrarlo.
—Eso basta.
Morgana se inclinó hacia adelante.
—No.
Esa es la tragedia de los hombres como tú.
Creen que encontrar a alguien y salvarlo son la misma cosa.
Adrien sintió que la marca del pecho palpitaba.
—¿Qué hay bajo la capilla vieja?
Morgana sonrió.
—Una pregunta sin pago.
—Ya tienes tu tablilla.
—Y tú tus tres respuestas.
Adrien la miró con rabia.
Morgana tomó la tablilla y la acercó a la llama roja de una vela.
Adrien dio un paso involuntario.
—¿Qué haces?
—Pensaba quemarla.
—Es una prueba.
—Es mi nombre en una sentencia de muerte escrita por hombres que aún fingen rezar.
La llama lamió el borde de la madera.
Adrien extendió la mano.
—No.
Morgana lo miró.
—¿Por qué te importa?
Adrien no respondió de inmediato.
Porque era prueba.
Porque era historia.
Porque era una niña.
Porque, si la madera ardía, algo de lo que le habían hecho volvería a desaparecer bajo ceniza.
—Porque no les permitiré borrarte otra vez —dijo al fin.
La habitación quedó en silencio.
Morgana dejó de acercar la tablilla al fuego.
Por primera vez, Adrien vio algo en sus ojos que no parecía calculado.
Duró poco.
Muy poco.
Luego ella sonrió, pero sin mostrar dientes.
—Cuidado, caballero.
Esa frase casi sonó a ternura.
—No la confundas con perdón.
—Jamás.
El perdón es una moneda demasiado barata para lo que soy.
Dejó la tablilla sobre la mesa.
Luego sirvió vino en la segunda copa y la empujó hacia él.
—No está envenenado.
Adrien no tocó la copa.
—Eso no significa que sea seguro.
—Nada conmigo lo es.
—Al menos lo admites.
—Al menos eso.
Morgana se recostó en la silla.
—Dime, Sir Adrien, ¿qué harás cuando descubras que el niño no está en manos de la bruja, sino de alguien que besa cruces en la plaza?
—Lo arrestaré.
—¿Aunque el pueblo lo proteja?
—Sí.
—¿Aunque sea alguien débil, asustado, convencido de que lo hizo para salvar a otros?
Adrien pensó en Bastian, en Elric, en los juguetes enterrados, en los nombres cubiertos de sal.
—Sí.
—¿Aunque al hacerlo destruyas lo poco que queda de Veyrfall?
Adrien sostuvo su mirada.
—Si la paz de Veyrfall depende de enterrar niños, no es paz.
Morgana lo observó largo rato.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué?
—La razón por la que me irritas.
—¿Mi fe?
—No.
Tu capacidad de decir algo correcto incluso cuando no sabes cuánto te costará cumplirlo.
Adrien sintió que la conversación se acercaba a un lugar peligroso, no por la amenaza, sino por la intimidad extraña de ser observado con tanta precisión.
—No vine para que me estudiaras.
—Todos vienen a mi casa por una cosa y terminan ofreciendo otra.
—Yo no te ofrezco nada.
Morgana sonrió.
—Todavía.
El silencio posterior fue roto por una campanada lejana.
La primera.
El sonido llegó desde Veyrfall, débil entre los árboles.
Morgana miró hacia la ventana.
—La última será pronto.
Adrien tomó la tablilla de la mesa.
Ella no lo impidió.
—Creí que la querías.
—La quería ver en tus manos.
Adrien frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba saber si la sostenías como prueba contra mí o como prueba contra ellos.
—¿Y?
Morgana levantó la copa.
—Todavía estoy decidiendo.
Adrien guardó la tablilla.
—Si Tomás muere porque ocultaste información… —Si Tomás muere, será porque Veyrfall tardó demasiado en odiar sus propias costumbres.
—Y tú demasiado en decir la verdad.
Morgana lo miró con una calma peligrosa.
—Yo no soy tu salvación, Adrien.
Era la primera vez que decía su nombre sin título.
El sonido le produjo un efecto que odió.
—No te pedí serlo.
—Bien.
Porque cuando alguien intenta usarme para salvar algo, suelo decidir qué parte merece arder primero.
Adrien caminó hacia la puerta.
—Mañana buscaré la capilla vieja.
—Mañana el pueblo intentará detenerte.
—Que lo intente.
—Elric mentirá.
—Como respira.
—Bastian llorará.
—Como debe.
—Y yo miraré.
Adrien se volvió hacia ella.
—Eso ya lo sé.
Morgana se puso de pie.
La luz roja de las velas dibujó sombras largas sobre su rostro.
—No.
No lo sabes.
La marca en tu pecho no es solo para vigilarte.
Adrien sintió que la piel se le tensaba.
—¿Qué más hace?
Morgana caminó hacia él, lenta.
Adrien no retrocedió.
Se detuvo a un paso.
Lo suficientemente cerca para que él oliera otra vez flores blancas, humo y sangre.
—A veces —susurró ella—, cuando el dolor sea fuerte, verás lo que yo vi.
No todo.
No siempre.
Solo fragmentos.
—¿Por qué darme eso?
—Porque los fragmentos cortan mejor que las mentiras enteras.
—Quítamela.
Morgana sonrió.
Esta vez Adrien logró apartar la mirada a tiempo.
Ella notó el esfuerzo y pareció complacida.
—No.
—La arrancaré.
—Inténtalo y quizá arranques algo tuyo con ella.
Adrien apoyó la mano en el pomo de la puerta.
Morgana habló una vez más: —Caballero.
Él se detuvo, sin mirarla.
—No confundas mi ayuda con bondad.
Adrien miró por encima del hombro.
—Nunca lo hice.
—Mentira.
La palabra fue suave.
Casi triste.
—Una parte de ti quiere encontrar una razón para que yo no sea tan mala como parezco.
Adrien sostuvo su mirada.
—Y una parte de ti quiere que yo crea eso para castigarme después.
Morgana sonrió.
—Quizá no seas tan fácil de devorar.
—No soy comida.
—Todos lo son, en el lugar correcto.
Adrien abrió la puerta.
La noche del bosque lo recibió con frío y graznidos lejanos.
Antes de salir, preguntó sin volverse: —¿Por qué me invitaste realmente?
Morgana tardó en responder.
—Porque cuando viste mi nombre entre los niños del pozo, no sonreíste.
Adrien cerró la puerta tras de sí.
El sendero de piedras blancas brillaba bajo la niebla.
Las campanas de Veyrfall sonaban a lo lejos, contando el tiempo que quedaba antes de que la noche terminara de cerrar sus dientes sobre el valle.
Mientras caminaba de regreso, Adrien apretó la bolsa contra su costado.
Tomás estaba vivo.
Bajo la capilla vieja.
No tomado por Morgana.
Y alguien en Veyrfall seguía alimentando una puerta que jamás debió abrirse.
La marca en su pecho ardía con suavidad.
Al otro extremo del vínculo, Morgana no habló.
Pero Adrien sintió su atención siguiéndolo entre los árboles.
No como una amenaza.
Como una promesa.
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