El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 13
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13: Capítulo 13: Belleza y veneno 13: Capítulo 13: Belleza y veneno Adrien volvió a Veyrfall antes de que la última campanada terminara de morir.
El sonido lo alcanzó en la entrada del pueblo, arrastrándose por la niebla como una lengua de hierro.
Una campanada lenta, profunda, que hizo vibrar los charcos y estremecer los cristales de las ventanas.
En otros lugares habría anunciado oración, cierre de puertas, descanso.
En Veyrfall anunciaba supervivencia provisional.
La noche aún no terminaba.
Nadie estaba a salvo.
Adrien cruzó la plaza con la tablilla de Morgana en la bolsa y el peso de sus tres respuestas clavado en la mente.
Tomás estaba vivo.
Tomás no estaba bajo el pozo, sino bajo la capilla vieja.
Morgana no lo había tomado.
Esa última verdad era la más difícil de aceptar.
No porque creyera inocente a la bruja.
No lo era.
Lysa Merrow seguía consumiéndose en una habitación de la posada.
La voz de Morgana aún podía entrar en su pecho marcado cuando quería.
Los muertos, las flores blancas, las visiones, los cuervos, todo llevaba el tacto de su voluntad.
Pero aquella noche, sentada frente al fuego con una copa de vino en la mano, Morgana no había sonado como una culpable escondiendo un crimen.
Había sonado como alguien que disfrutaba obligándolo a mirar al verdadero criminal.
Eso no la hacía menos peligrosa.
Solo hacía el mundo más insoportable.
Al verlo llegar, las ventanas se abrieron apenas.
Rostros blancos aparecieron detrás de la madera.
El pueblo entero parecía haber esperado su regreso sin atreverse a respirar.
No había guardias en la plaza, ni antorchas, ni vecinos reunidos junto al pozo.
Todos se habían escondido tras sus paredes, pero ninguno dormía.
Adrien sintió una punzada de desprecio.
Luego otra de compasión.
El problema de Veyrfall era que ambas emociones podían ser justas al mismo tiempo.
El padre Elric lo esperaba en las puertas de la iglesia.
No preguntó si estaba herido.
No preguntó cómo había escapado.
Sus ojos fueron primero a su pecho, como si esperara ver la marca brillar a través de la camisa.
—Volvisteis —dijo.
—Sí.
—¿Qué os dijo?
Adrien subió los escalones.
—Que Tomás está vivo.
El sacerdote cerró los ojos.
Por un instante, pareció que la noticia lo sostenía.
Luego abrió los ojos de golpe, comprendiendo que una verdad en Veyrfall nunca llegaba sola.
—¿Dónde?
Adrien lo miró con atención.
—Bajo la capilla vieja.
El rostro de Elric se vació.
Ahí estaba.
No sorpresa.
Reconocimiento.
Adrien sintió cómo la ira le volvía, fría y precisa.
—Existe —dijo.
El sacerdote no respondió.
—Morgana dijo que usted encontraría una forma preciosa de decir que no existe.
Elric respiró con dificultad.
—No debiste ir.
—No debió mentir.
—No es tan simple.
Adrien soltó una risa seca.
—Esa frase debería estar tallada sobre la entrada del pueblo.
Elric bajó la cabeza.
—La capilla vieja fue sellada antes de mi llegada.
—Pero sabe dónde está.
—Sí.
—Entonces me llevará.
—De noche no.
Adrien dio un paso hacia él.
—Tomás está vivo ahora.
No sé si lo estará al amanecer.
—Y si bajamos sin preparación, quizá lo que está con él también suba.
Adrien recordó la voz desde el pozo.
Los otros están despiertos.
El pecho marcado le ardió.
No como intervención de Morgana.
Como memoria.
—¿Qué hay bajo la capilla vieja?
Elric abrió la boca.
Antes de que pudiera responder, un grito rasgó la plaza.
No vino de la posada.
No del pozo.
Vino del extremo sur, cerca del camino al molino.
Adrien giró de inmediato.
Otro grito.
Luego el sonido de madera rompiéndose.
Elric palideció.
—No… Adrien ya corría.
Cruzó la plaza con la mano en la espada.
Las puertas se cerraron a su paso.
La niebla se abrió alrededor de sus piernas.
Desde las ventanas, los aldeanos observaban sin salir.
El grito volvió, esta vez de hombre.
—¡Bruja!
Adrien dobló por la calle del molino.
Allí, frente a una casa baja cubierta de sal en el umbral, un hombre sostenía una horca con ambas manos.
Lo reconoció: Taren Holt, uno de los aldeanos que había ayudado a cavar alrededor del pozo.
Tenía la mirada desquiciada, el rostro rojo por el llanto o el vino, y un medallón religioso colgando sobre el pecho.
A sus pies había una botella rota.
Frente a él, en medio de la calle, estaba Morgana.
No había cuervos a su alrededor.
No había remolino de sombras.
No había luz roja, ni viento sobrenatural, ni símbolos ardiendo en el barro.
Solo ella.
De pie bajo la niebla, con el mismo vestido negro de la cena, el cabello suelto sobre los hombros y la tablilla ausente de sus manos porque Adrien la llevaba consigo.
Su presencia parecía imposible allí, tan cerca de las casas, tan expuesta, tan tranquila.
Como si la noche hubiera decidido tomar forma humana para pasear entre los culpables.
Taren levantó la horca.
—¡Por mi hermana!
—gritó—.
¡Por Sera!
Morgana lo miró con una calma casi perezosa.
—Sera Holt —dijo—.
Cinco años.
Le gustaba morderse las mangas.
Lloró hasta quedarse dormida antes de que tu padre la llevara al pozo.
Taren lanzó un sonido animal.
—¡Mentira!
—Tu madre le cosió flores amarillas al vestido para que no pareciera una mortaja.
—¡Cállate!
El hombre se abalanzó.
Adrien gritó: —¡Taren, no!
Demasiado tarde.
La horca descendió hacia Morgana.
Ella no se apartó de inmediato.
Esperó hasta el último instante, apenas giró el cuerpo, y las puntas de hierro pasaron rozando su hombro.
Con un movimiento suave, casi elegante, tomó el mango de la herramienta con una mano.
Taren intentó arrancársela.
No pudo.
Morgana no parecía hacer fuerza.
Solo cerró los dedos.
La madera crujió.
Luego se partió.
Taren retrocedió con la mitad del mango en las manos.
La furia le había dejado el rostro vacío de razón.
Sacó un cuchillo del cinturón y atacó otra vez.
Adrien desenvainó.
—¡Alto!
Pero Morgana fue más rápida.
No levantó las manos para lanzar un hechizo visible.
No pronunció palabra alguna.
Solo miró a Taren.
Y sonrió.
Adrien sintió el peligro antes de comprenderlo.
La advertencia regresó como un golpe.
No la mires cuando sonría.
Taren sí la miró.
El hombre se detuvo a mitad de carrera.
El cuchillo cayó al barro.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—No… —susurró.
Morgana se acercó a él.
—¿Qué ves, Taren Holt?
El hombre empezó a temblar.
—No fui yo… —No pregunté eso.
—Yo era niño… —No pregunté eso tampoco.
La voz de Morgana era baja, íntima, casi tierna.
Eso la hacía peor.
Adrien avanzó con la espada en mano.
—Déjalo.
Morgana no lo miró.
—Él vino a matarme.
—Ya no puede hacerlo.
—Ah, entonces la justicia tiene un límite cuando el culpable deja caer el cuchillo.
—No sabes si es culpable.
Morgana rió suavemente.
Taren cayó de rodillas.
—Sera… —sollozó—.
Sera, no llores… Adrien se detuvo.
El rostro del hombre se había transformado.
Ya no había ira en él, solo horror infantil.
Extendió una mano hacia algo que ninguno de los demás veía.
—Padre dijo que era por todos… dijo que después habría pan… dijo que ella no sentiría frío si cantábamos… Morgana se agachó frente a él.
—¿Y cantaste, Taren?
El hombre negó con la cabeza con violencia.
—Yo era niño.
—Los niños también tienen garganta.
—¡No sabía!
—No.
Pero aprendiste a olvidar.
Adrien sintió un nudo en el estómago.
—Morgana.
Esta vez ella giró apenas la cabeza hacia él.
Sus ojos verdes reflejaban la luz de una vela encendida en una ventana cercana.
—¿Sí, caballero?
—Basta.
—Él quiso clavarme una horca.
—Y falló.
—Mi paciencia no es una absolución.
Taren comenzó a arañarse el cuello.
—No puedo respirar… hay tierra… hay tierra en mi boca… Morgana puso un dedo bajo su barbilla y le levantó el rostro.
—Ahora recuerdas.
Adrien avanzó otro paso.
—Si lo matas, confirmas todo lo que dicen de ti.
Morgana sonrió sin apartar la vista de Taren.
—Dicen cosas mucho menos imaginativas de las que hago.
—No lo hagas.
La frase salió distinta.
No como orden.
Como petición.
Morgana lo notó.
Por un instante, sus ojos se movieron hacia él con una atención más peligrosa que cualquier burla.
—Qué extraño —susurró—.
Me pides misericordia por alguien que vino a asesinarme.
—Te pido que no disfrutes destruyéndolo.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
Ella lo miró en silencio.
Adrien sintió entonces la trampa de su propia voz.
No le había dicho: “es inocente”.
No le había dicho: “no merece castigo”.
Había dicho: “no disfrutes”.
Como si lo que más le importara no fuera solo la vida de Taren, sino descubrir si dentro de Morgana existía algún límite que no hubiese sido completamente devorado.
La bruja pareció leerlo.
—Sigues buscando —dijo.
Adrien apretó la espada.
—Y tú sigues queriendo que no encuentre nada.
—No.
Quiero que encuentres exactamente lo que hay.
Morgana volvió hacia Taren.
El hombre temblaba, hundido en el barro, con lágrimas y saliva cayéndole por la barbilla.
—Sera está muerta —dijo ella.
Taren gimió.
—Tu padre la llevó.
Tu madre la vistió.
Tu hermano mayor sujetó la manta.
Tú cantaste porque todos cantaban.
Eras niño, sí.
Pero creciste.
Y cuando pudiste hablar, callaste.
Cuando pudiste recordar, bebiste.
Cuando pudiste acusar, esperaste a que yo cargara con todos los nombres.
Le acarició el rostro con una ternura venenosa.
—No te mataré, Taren Holt.
Adrien no sintió alivio.
Con Morgana, la muerte no siempre era la peor opción.
Ella se inclinó hasta poner los labios cerca del oído del hombre.
—Te devuelvo tu memoria sin cerrar.
Taren abrió la boca para gritar.
No salió sonido.
Su cuerpo se arqueó.
Los ojos se le llenaron de venas rojas.
Luego cayó hacia adelante, con la frente en el barro, respirando entrecortadamente.
Adrien llegó a su lado y se arrodilló.
Le tomó el pulso.
Vivo.
Temblando.
Con la mirada fija en un lugar que no estaba en la calle.
—¿Qué le hiciste?
Morgana se puso de pie.
—Le quité una venda.
—Lo quebraste.
—Las vendas, cuando se arrancan de heridas podridas, suelen llevarse carne.
Adrien alzó la vista hacia ella.
—Eres cruel.
—Sí.
La respuesta fue tan limpia como siempre.
No había defensa.
No había vergüenza.
No había una lágrima pidiendo que él viera algo mejor.
Solo aceptación.
Y eso, de alguna forma, lo hacía más difícil de odiar con sencillez.
Varios aldeanos empezaron a salir de sus casas al ver que Taren seguía vivo.
Nadie se acercó demasiado.
Una mujer lloraba en el umbral.
Un muchacho intentó correr hacia el hombre caído, pero su madre lo sujetó del brazo y lo arrastró de vuelta adentro.
Morgana observó a los vecinos con desprecio.
—Miradlos —dijo—.
Salen cuando el cuerpo ya está en el suelo.
Siempre prudentes.
Siempre tarde.
Adrien se puso de pie.
—¿Por qué estás aquí?
—Quería ver si irías directo a Elric con mi información o si la guardarías hasta encontrar un uso más dramático.
—No tienes derecho a pasearte por el pueblo aterrorizando a todos.
Morgana miró las casas.
—Este pueblo me invitó antes de aprender a temerme.
—Eras una niña.
—Fui muchas cosas.
Niña.
Ofrenda.
Huérfana.
Error.
Maldición conveniente.
Ahora soy lo que vuelve cuando los cobardes creen que cerrar la puerta cambia la historia.
Adrien sintió que la marca de su pecho latía con cada una de sus palabras.
No era solo magia.
Era atención.
Su atención sobre ella.
Eso lo inquietó.
Porque verla allí, bajo la niebla, rodeada de casas que la odiaban y la habían deseado muerta, con la cicatriz fina en la garganta y los ojos encendidos por una inteligencia cruel, producía en él una contradicción insoportable.
Era hermosa.
No de una manera suave, ni inocente, ni hecha para inspirar calma.
Hermosa como una tormenta vista desde el borde de un acantilado.
Como una espada antigua encontrada en una tumba.
Como el fuego consumiendo una catedral: horrible, fascinante, imposible de mirar sin culpa.
Adrien odiaba notar esa belleza.
Odiaba que la escena de Taren caído a sus pies no bastara para destruirla.
Odiaba que una parte de sí mismo, pequeña y peligrosa, quisiera comprender cómo alguien podía contener tanta elegancia y tanto veneno sin que una cosa anulara la otra.
Morgana lo miró.
Y sonrió apenas.
—Ah.
Adrien tensó el rostro.
—¿Qué?
—Nada.
—No entres en mi mente.
—No tuve que hacerlo.
El calor subió al rostro de Adrien, mezcla de rabia y vergüenza.
—Te equivocas.
—Tal vez.
La forma en que lo dijo demostraba que no lo creía.
Adrien desvió la mirada hacia Taren.
—Ayúdame a levantarlo.
Morgana arqueó una ceja.
—¿Me pides ayuda?
—Tú lo dejaste así.
—Él intentó abrirme el vientre.
—Y está vivo porque te pedí que no lo mataras.
La bruja lo observó con una expresión difícil de leer.
—¿Eso crees?
Adrien la sostuvo la mirada.
—Sí.
Morgana pareció considerar la posibilidad de burlarse.
En cambio, caminó hasta Taren, se inclinó y tocó su frente con dos dedos.
El hombre dejó de temblar de inmediato, aunque sus ojos siguieron abiertos.
—Dormirá —dijo ella—.
Soñará, por supuesto.
No hago milagros baratos.
Adrien envainó la espada y cargó a Taren sobre un hombro con esfuerzo.
El hombre era pesado, pero la disciplina del entrenamiento hizo el movimiento posible.
—¿Dónde vive?
—preguntó.
Nadie respondió.
Adrien miró a los aldeanos.
—¿Nadie piensa ayudarlo?
Una mujer de rostro curtido levantó una mano temblorosa y señaló una casa cercana.
—Allí.
Adrien caminó hacia la vivienda con Taren cargado.
Morgana lo siguió a unos pasos, como si la situación le resultara entretenida.
Los aldeanos retrocedían al verla pasar, algunos santiguándose, otros escondiendo a sus hijos detrás de las piernas.
En la puerta de la casa, Adrien dejó a Taren sobre un banco.
Una mujer joven, quizá su esposa, salió llorando y se arrodilló junto a él.
—¿Está muerto?
—No —dijo Adrien—.
Dormido.
La mujer miró a Morgana con terror y odio.
—¿Qué le hizo?
Morgana respondió antes que Adrien.
—Le di algo que tu matrimonio no logró darle: honestidad.
La mujer palideció.
Adrien se volvió hacia la bruja.
—Basta.
—Esa palabra empieza a sonar íntima entre nosotros.
—No la provoques.
—¿A ella?
—Morgana miró a la mujer—.
No soy yo quien duerme junto a secretos cada noche.
La esposa de Taren bajó la vista, temblando.
Adrien sintió que otra puerta se abría.
Otra culpa.
Otro hilo enredado en la garganta del pueblo.
Pero no podía seguir cada sombra en ese instante.
—Cuídelo —dijo a la mujer—.
Si despierta hablando de Sera, no lo calle.
Ella no respondió.
Adrien volvió a la calle.
Morgana caminaba hacia la plaza.
No se apresuraba.
Parecía disfrutar cada segundo del miedo que provocaba.
Las puertas se cerraban a su paso, las velas se apagaban, las oraciones se volvían murmullos incompletos.
Sin embargo, no atacaba a nadie.
No necesitaba hacerlo.
Su sola presencia era un cuchillo apoyado sobre la memoria de Veyrfall.
Adrien la alcanzó junto al pozo.
—Dijiste que Tomás está bajo la capilla vieja.
—Sí.
—Me llevarás.
Morgana rió suavemente.
—No.
—Sabes dónde está.
—También sé dónde está tu prometida esta noche, rezando para que vuelvas siendo el mismo hombre.
Saber no me obliga a servirte.
Adrien sintió el golpe del nombre de Isolde como una mano fría en la nuca.
—No la metas en esto.
—Ella ya está.
Todo lo que amas entra contigo dondequiera que vas.
Es una de las desventajas de tener corazón.
—No sabes lo que amo.
Morgana se acercó un paso.
—Sé lo que intentas no mirar.
Adrien no retrocedió.
El pozo estaba entre ellos y el pueblo.
La niebla se movía alrededor de sus cuerpos, ocultando sus pies.
Desde las ventanas, Veyrfall observaba a la bruja y al caballero como si asistiera a una conversación entre fuego y espada.
—¿Por qué no mataste a Taren?
—preguntó Adrien.
Morgana ladeó la cabeza.
—Ya te lo dije.
No todos los castigos requieren muerte.
—No fue por eso.
—¿Quieres creer que fue por ti?
Adrien guardó silencio.
Ella sonrió.
—Qué peligroso sería eso.
—Respóndeme.
Morgana miró hacia la casa donde habían dejado a Taren.
—No lo maté porque Sera lo amaba.
Adrien no esperaba esa respuesta.
La bruja continuó, sin mirarlo: —Cuando la arrojaron al pozo, lloró por su hermano.
No por su padre.
No por su madre.
Por Taren.
Gritaba que él iría a buscarla.
Él no fue.
Era niño.
Tenía miedo.
Pero ella murió creyendo que vendría.
El rostro de Morgana no cambió, pero su voz perdió por un segundo el filo burlón.
—Matarlo habría sido demasiado fácil para él.
Y demasiado triste para ella.
Adrien sintió que la contradicción lo golpeaba de nuevo.
Crueldad.
Memoria.
Veneno.
Una extraña lealtad hacia una niña muerta.
—Entonces sí puedes tener piedad —dijo.
Morgana lo miró de inmediato.
La temperatura pareció bajar.
—No confundas mi crueldad refinada con piedad.
—Tú misma dijiste que no lo mataste por Sera.
—Porque los muertos me pertenecen más que los vivos.
—Eso no responde.
—Responde todo.
Solo no de la forma que necesitas.
Adrien respiró hondo.
—¿Por qué insistes en impedir que vea algo humano en ti?
Morgana se quedó quieta.
La pregunta pareció sorprenderla, no porque no la esperara, sino porque quizá nadie se la había hecho con tanta claridad.
Luego sonrió.
No con la sonrisa que rompía hombres.
Con una sonrisa pequeña, cansada y más peligrosa por no llevar máscara completa.
—Porque los hombres que encuentran algo humano en un monstruo suelen creer que ese algo debe salvar al resto.
Adrien no respondió.
—Y yo no quiero ser salvada, Adrien.
Su nombre, otra vez.
Sin título.
Sin burla evidente.
La marca en su pecho ardió con suavidad.
—No vine a salvarte —dijo él.
—Lo sé.
Morgana se acercó un paso más.
—Pero una parte de ti quiere que yo no sea tan imperdonable.
Adrien sintió que las palabras le tocaban una zona demasiado expuesta.
—Y una parte de ti quiere serlo para no deberle nada a nadie.
Los ojos de Morgana brillaron.
Durante un instante, Adrien creyó que había ido demasiado lejos.
Los cuervos graznaron desde los tejados.
El viento se detuvo.
Morgana levantó una mano y la apoyó sobre el pecho de Adrien, justo encima de la marca, antes de que él pudiera apartarse.
El dolor fue inmediato, pero no insoportable.
Más bien íntimo, como si una puerta ardiera bajo su piel.
Adrien tomó su muñeca.
Podía haberla apartado.
No lo hizo de inmediato.
La piel de Morgana era fría.
Su pulso, en cambio, latía rápido.
Ese detalle lo desconcertó más que cualquier hechizo.
Ella levantó los ojos hacia él.
—No busques cadenas en mí para fingir que mi oscuridad fue inevitable.
—Todos somos consecuencia de algo.
—Sí.
Pero también somos elección.
—¿Y tú elegiste esto?
Morgana se inclinó apenas.
Sus palabras rozaron el aire entre ambos.
—Muchas veces.
Adrien apartó al fin su mano.
El contacto dejó una punzada ardiente bajo la camisa.
—Entonces también puedes elegir detenerte.
Morgana rió, pero esta vez la risa sonó baja, casi triste.
—Tu fe es una enfermedad muy hermosa.
—Y tu cinismo es una tumba cómoda.
La bruja lo miró largo rato.
Luego dio un paso atrás.
—Busca la capilla vieja antes del amanecer.
Elric intentará llevarte por la entrada sellada.
No le creas.
Hay otra.
Adrien se enderezó.
—¿Dónde?
—Bajo el almacén de grano abandonado.
—¿Por qué me lo dices?
—Porque quiero ver qué haces cuando encuentres al hombre que tomó a Tomás.
—¿Quién es?
Morgana sonrió.
—No arruines la cena de mañana con impaciencias de hoy.
—No habrá otra cena.
—Eso dijiste anoche con los ojos, y sin embargo aquí estás, hablando conmigo bajo la niebla mientras todo el pueblo contiene la respiración.
Adrien miró hacia las ventanas.
Era cierto.
Y la verdad le produjo vergüenza.
—Esto no es intimidad —dijo.
Morgana sonrió con malicia.
—No.
Claro que no.
Es una investigación.
Adrien sintió otra vez esa mezcla de rabia y atracción, de rechazo y atención involuntaria.
Como si cada palabra de ella tuviera una gota de veneno, pero el veneno estuviera mezclado con algo que su mente, traicionera, deseaba probar para entenderlo.
—No me distraerás de Tomás —dijo.
—No necesito distraerte.
Ya estoy en el camino.
Morgana dio media vuelta.
Los cuervos levantaron vuelo uno a uno.
Adrien avanzó.
—Morgana.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
—Si descubro que me has mentido sobre el niño… —No lo he hecho.
—Si lo has hecho, te perseguiré hasta el fondo del bosque.
La bruja miró por encima del hombro.
—Qué promesa tan romántica.
Adrien endureció el rostro.
—No conviertas todo en burla.
La expresión de Morgana cambió.
Solo un poco.
—Entonces no me mires como si empezaras a odiar que no pueda ser solo una burla.
Adrien no encontró respuesta.
Morgana sonrió.
Esta vez él apartó la mirada a tiempo.
Cuando volvió a mirar, ella ya caminaba hacia la niebla.
Los cuervos descendieron a su alrededor, no como una tormenta, sino como un manto oscuro.
En pocos segundos, la calle quedó vacía.
Solo permaneció el olor de flores blancas.
Y Taren Holt, dormido en su casa, soñando con la hermana que no había salvado.
El padre Elric llegó a la plaza poco después, sin aliento.
—¿Qué ocurrió?
Adrien no lo miró.
—Taren intentó matarla.
El sacerdote palideció.
—¿Está muerto?
—No.
Elric cerró los ojos con alivio.
Adrien se volvió hacia él.
—Pero recordó.
El alivio desapareció.
—¿Qué recordó?
—A Sera.
Elric bajó la cabeza.
Adrien dio un paso hacia él.
—Usted iba a llevarme a una entrada sellada de la capilla vieja.
El sacerdote levantó los ojos, sorprendido y culpable al mismo tiempo.
—¿Qué?
—Hay otra entrada bajo el almacén de grano abandonado.
Elric no respondió.
Adrien sintió cómo la última brizna de paciencia se rompía.
—Padre, si me miente una vez más, lo arrestaré por encubrir la desaparición de Tomás Wren.
—No entiendes lo que hay abajo.
—Entonces deje de impedirme entender.
Elric miró hacia el pozo.
Luego hacia las casas.
Luego hacia la niebla por donde Morgana había desaparecido.
—Ella os está conduciendo.
—Sí.
Adrien apoyó una mano sobre el pomo de su espada.
—Y ustedes me estuvieron reteniendo.
De momento, su dirección me acerca más al niño que sus silencios.
El sacerdote parecía derrotado.
—El almacén está detrás del molino.
—Vamos.
—¿Ahora?
Adrien miró la oscuridad que todavía cubría el valle.
—Ahora.
Elric tragó saliva.
—Ella quiere que bajemos.
—Lo sé.
Adrien miró el lugar donde Morgana había desaparecido.
La marca bajo su camisa aún conservaba el calor de su mano.
—Pero Tomás también.
Comenzaron a caminar hacia el molino.
Detrás de ellos, Veyrfall seguía despierto, pegado a las ventanas, temblando entre el miedo a la bruja y el miedo a lo que el caballero podía encontrar si seguía obedeciendo sus pistas.
Adrien caminó sin mirar atrás.
Pero por más que intentó concentrarse en Tomás, en la capilla vieja, en el almacén abandonado y en las mentiras del sacerdote, una imagen insistía en regresar a su mente.
Morgana bajo la niebla.
Su mano fría sobre su pecho.
Su pulso rápido bajo sus dedos.
Su voz diciendo, sin arrepentimiento: Muchas veces.
Había elegido su oscuridad.
Y aun así, cuando Adrien cerró los ojos un instante, no vio primero el horror de Taren quebrado en el barro.
Vio el rostro de Morgana iluminado por el fuego de su casa.
Belleza y veneno.
Y por primera vez desde que llegó al Valle Muerto, Adrien tuvo miedo no de morir a manos de la bruja, sino de seguir mirándola el tiempo suficiente para aprender a desear el veneno.
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