El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 14
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14: Capítulo 14: El informe incompleto 14: Capítulo 14: El informe incompleto El almacén de grano abandonado no reveló su secreto aquella noche.
No por completo.
Adrien y el padre Elric llegaron hasta sus puertas poco después de que Morgana desapareciera entre la niebla.
El edificio se levantaba detrás del molino, torcido y silencioso, con las paredes hinchadas por la humedad y el techo vencido en una esquina.
Durante años, según el sacerdote, nadie había guardado allí más que sacos podridos, herramientas rotas y recuerdos que el pueblo prefería dejar bajo llave.
La entrada estaba bloqueada con tablones clavados desde fuera.
Eso, en Veyrfall, nunca significaba que algo estuviera vacío.
Adrien arrancó los primeros maderos con una palanca oxidada.
Elric sostuvo una lámpara a su lado, rezando en voz tan baja que las palabras se confundían con el crujido de la madera.
Dentro del almacén, el aire era espeso, lleno de polvo y olor a trigo muerto.
Había sacos endurecidos por los años, barriles secos, ratones momificados entre paja negra y, al fondo, bajo una tarima de madera, una argolla de hierro medio oculta.
La entrada.
Adrien lo supo antes de tocarla.
La marca en su pecho ardió.
No con el calor burlón de Morgana, sino con una presión profunda, como si algo bajo la tierra hubiese reconocido su presencia y apoyara la frente contra una puerta.
Elric palideció al ver la argolla.
—No estábamos preparados —dijo.
Adrien se arrodilló y limpió la madera alrededor.
—¿Para qué?
—Para abrir esto.
—Hay un niño abajo.
—Hay algo más abajo.
Adrien tomó la argolla.
El hierro estaba tibio.
Demasiado tibio para un lugar sin fuego.
Tiró.
La trampilla no se movió.
Volvió a tirar con más fuerza.
La madera crujió, pero no cedió.
Elric levantó la lámpara y entonces ambos vieron las marcas alrededor de la abertura: sellos religiosos tallados sobre la madera, líneas de sal compactada entre las rendijas, clavos de plata hundidos en los bordes y símbolos antiguos que no pertenecían a la iglesia.
Cruz y ojo.
Fe y hambre.
Otra vez.
—Fue sellada desde ambos lados —susurró Elric.
Adrien lo miró.
—¿Ambos?
El sacerdote tragó saliva.
—Nosotros sellamos desde arriba.
—¿Y desde abajo?
Elric no respondió.
La madera vibró.
Un golpe.
Sordo.
Profundo.
Adrien se quedó inmóvil.
Otro golpe.
Luego una voz infantil, apagada por tierra, madera y años de miedo: —Caballero… Adrien tiró otra vez de la argolla.
—¡Tomás!
La voz respondió apenas: —No abras… si cantan… Después, silencio.
Adrien exigió herramientas, hombres, cuerdas y aceite.
Pero cuando regresaron con ayuda, la trampilla ya no estaba tibia.
La voz no volvió.
Elric insistió en que romper los sellos sin preparación podía matar a Tomás o liberar algo peor.
Bastian, llamado a la fuerza, lloró al ver la entrada y confesó que su padre había ayudado a clausurarla después de la última hambruna.
Mara quiso bajar con un cuchillo en la mano.
Tres aldeanos huyeron al escuchar que algo arañaba desde abajo.
Adrien tomó una decisión que le quemó la garganta.
Esperaría hasta el amanecer.
No por cobardía.
No por obediencia al sacerdote.
Porque Tomás había dicho: No abras si cantan.
Y, poco después de medianoche, desde debajo de la trampilla, comenzaron a oírse canciones.
No una voz.
Muchas.
Niños.
Cantaban una melodía antigua, dulce y rota, la misma que Lysa había recordado entre lágrimas: Duerme bajo tierra, niño de trigo… duerme sin nombre, duerme sin grito… Adrien permaneció frente a la trampilla hasta que los cantos cesaron.
Solo entonces aceptó retirarse.
Pero no durmió.
Al amanecer, en una habitación pequeña de la posada, se sentó ante una mesa con una vela, tinta, pergamino y la obligación más pesada que había sentido desde su llegada a Veyrfall.
Debía escribir al rey.
La orden de Odran había sido clara: confirmar la naturaleza de la amenaza, reunir pruebas, informar.
Adrien había encontrado más que rumores.
Había visto maldiciones, marcas, víctimas, niños desaparecidos, vínculos mágicos, una bruja poderosa y un pueblo enterrado bajo crímenes antiguos.
Cada una de esas cosas debía constar en un informe formal.
Cada una.
Sin embargo, la pluma permaneció suspendida sobre el pergamino.
No sabía por dónde empezar.
Fuera, Veyrfall seguía cubierto por niebla.
El pueblo parecía agotado después de una noche sin fingir inocencia.
Algunas personas estaban en la iglesia, frente a la caja de los nombres.
Otras se habían encerrado en sus casas.
En el almacén abandonado, dos hombres vigilaban la trampilla desde lejos, demasiado asustados para acercarse, demasiado culpables para irse.
Lysa Merrow seguía viva.
Taren Holt también.
Tomás Wren seguía bajo tierra.
Morgana seguía en el bosque.
Y Adrien llevaba su marca sobre el corazón.
Mojó la pluma en tinta.
Escribió: A Su Majestad, Odran III, rey de Caldria, protector de las provincias del este, Por orden vuestra, he llegado a Veyrfall y he iniciado la investigación relativa a las desapariciones, muertes de ganado, rumores de hechicería y acusaciones contra Morgana de Veyr.
Se detuvo.
El nombre de Morgana parecía distinto escrito por su mano.
No como una amenaza de informe.
Como una presencia.
Recordó la tablilla infantil: MORGANA DE VEYR, tallada a cuchillo entre los objetos de los niños del pozo.
Recordó la forma en que ella había tomado aquella madera durante la cena, con un cuidado que casi parecía duelo.
Recordó su voz diciendo: Tenía seis años cuando escribieron esto.
Adrien apretó la mandíbula y continuó.
El pueblo vive en estado de temor extremo, con alteraciones severas del sueño, aislamiento social, dependencia de prácticas supersticiosas y resistencia a entregar información.
La autoridad civil, Bastian Rusk, y la autoridad religiosa, padre Elric, han ocultado datos relevantes sobre los antecedentes del caso.
Aquello era cierto.
Insuficiente, pero cierto.
Escribió sobre Lysa Merrow.
No pudo evitar que la tinta se hiciera más oscura en esa parte, como si la mano presionara demasiado.
He encontrado a una joven víctima, Lysa Merrow, desaparecida durante tres noches y devuelta con signos de envejecimiento acelerado.
La víctima se encuentra viva, aunque en estado crítico.
Presenta una marca negra en el pecho, coincidente con símbolos hallados en piedras, árboles y lugares vinculados al culto antiguo del valle.
Se detuvo antes de escribir: La misma marca aparece ahora sobre mi pecho.
La pluma tembló.
No lo escribió.
Adrien dejó la pluma sobre la mesa y se desabrochó la camisa.
La marca estaba allí.
Negra, cerrada, silenciosa.
La observó con una mezcla de odio y vergüenza.
No era una herida de batalla.
No podía exhibirse como prueba de valor.
Era una intrusión.
Una intimidad impuesta.
Una puerta en su piel abierta por la mujer que debía detener.
La tocó con dos dedos.
La marca respondió con calor.
No hubo voz.
Solo una imagen breve: Morgana sentada frente al fuego, sirviendo vino en dos copas, mirándolo con esos ojos verdes que parecían saber dónde terminaba su deber y empezaba su curiosidad.
Adrien apartó la mano de golpe.
—No —susurró.
No sabía si hablaba con ella o consigo mismo.
Volvió al informe.
Las pruebas sugieren que la situación de Veyrfall no puede ser entendida únicamente como persecución de una hechicera contra un pueblo inocente.
Existen antecedentes graves de prácticas rituales realizadas por habitantes del lugar, incluyendo posibles sacrificios infantiles durante hambrunas antiguas.
Se han encontrado juguetes, tablillas con nombres y objetos personales enterrados junto al pozo seco de la plaza.
Escribió eso.
Pero no escribió que entre aquellos nombres estaba el de Morgana.
No escribió que el pueblo había intentado entregarla al valle cuando era niña.
No escribió que su madre murió quemada después de negarse.
No escribió que el padre Elric participó en los hechos.
No todavía.
La excusa apareció rápido, como aparecen las excusas cuando un hombre necesita salvar su imagen de sí mismo.
Debo confirmarlo primero.
Sí.
Era razonable.
Un informe al rey requería hechos comprobados, no visiones provocadas por una marca mágica ni confesiones a medias de hombres aterrados.
La tablilla podía ser prueba, pero también debía contextualizarse.
La casa quemada debía inspeccionarse más.
La capilla vieja debía abrirse.
Tomás debía ser encontrado.
Adrien tomó aire.
La excusa era razonable.
También era incompleta.
Él lo sabía.
Continuó.
Durante la investigación, se ha detectado la existencia de una estructura subterránea asociada a una antigua capilla previa a la iglesia actual.
Hay indicios de que el niño desaparecido Tomás Wren podría encontrarse con vida en esa zona.
Se procederá a abrir el acceso con máxima precaución al amanecer, por riesgo de contaminación ritual, derrumbe o presencia de entidades no identificadas.
La palabra entidades le supo ridícula.
Demasiado limpia para describir voces de niños muertos cantando bajo una trampilla.
Demasiado limpia para describir un valle con hambre.
Demasiado limpia para describir la sensación de algo escuchando desde el fondo del mundo.
Adrien siguió.
Morgana de Veyr existe, posee capacidades mágicas confirmadas y mantiene influencia directa sobre el bosque, aves carroñeras, víctimas marcadas y fenómenos de voz o memoria.
Es peligrosa, inteligente y hostil, aunque su patrón de acción parece orientado tanto a castigo como a revelación de crímenes antiguos del pueblo.
Recomiendo extrema cautela antes de cualquier intervención armada.
Una ofensiva precipitada podría causar la muerte de rehenes, víctimas marcadas o habitantes no involucrados.
Ahí se detuvo.
Leyó la última frase.
Recomiendo extrema cautela antes de cualquier intervención armada.
Era prudente.
Era lógico.
Era necesario.
También era una barrera entre Morgana y el rey.
La comprendió en cuanto terminó de escribirla.
Odran no quería solo justicia.
Lo había dejado claro en el salón del trono.
Si Morgana poseía poder, no debía morir antes de que él lo ordenara.
El rey quería medirla, capturarla, quizá usarla.
Si Adrien informaba cada detalle —el vínculo, las visiones, la influencia de Morgana sobre muertos, memoria y carne—, Odran enviaría soldados, inquisidores, relicarios, cadenas de plata, médicos de corte, carceleros.
El valle se convertiría en campo de guerra.
Tomás moriría.
Lysa probablemente también.
Y Morgana… Adrien cerró los ojos.
Morgana sería cazada.
No por sus víctimas.
No por justicia.
Por poder.
Esa idea no debería haberle provocado conflicto.
Una mujer que había maldecido a una joven hasta convertirla en anciana, que quebró la mente de Taren Holt con un gesto y jugaba con las voces de muertos, debía ser detenida.
Capturarla podía salvar vidas.
Encerrarla podía evitar nuevas víctimas.
Pero en su mente apareció la imagen de Morgana niña, escondida bajo el cuerpo quemado de su madre.
Luego la mujer adulta, sentada en su mesa, diciendo sin pedir perdón: No soy tu salvación, Adrien.
Una parte de él quiso escribirlo todo.
Otra parte, no.
Esa segunda parte le avergonzó más que cualquier deseo.
La puerta se abrió sin tocar.
Adrien cerró la camisa de inmediato y giró hacia la entrada.
Lady Isolde no estaba allí.
Por supuesto que no.
Fue solo un pensamiento absurdo, nacido del cansancio.
En realidad, era el padre Elric, pálido y con un libro bajo el brazo.
—Perdonad —dijo—.
No sabía que estabais escribiendo.
Adrien cubrió el informe con otro pergamino.
—Debería llamar.
El sacerdote notó el gesto.
Sus ojos descendieron un instante hacia el documento cubierto.
—¿Es para el rey?
—Sí.
Elric entró y cerró la puerta.
—¿Qué le diréis?
—Lo necesario.
—Esa es una frase peligrosa.
Adrien lo miró con frialdad.
—Usted debería saberlo.
Elric aceptó el golpe.
—Sí.
Por eso la reconozco.
El caballero apartó la mirada.
El sacerdote se acercó a la mesa, pero no intentó leer.
—El acceso bajo el almacén sigue cerrado.
Los hombres no quieren acercarse.
Dicen que escucharon risas bajo la madera.
—¿De niños?
—De adultos.
Adrien sintió un cansancio pesado.
—Reúna herramientas.
Palancas, martillos, cuerdas, aceite sagrado, sal, agua bendita si le queda.
—Queda poca.
—Úsela.
Elric asintió.
Luego miró de nuevo el pergamino cubierto.
—Si pedís refuerzos, el rey enviará hombres.
—Lo sé.
—Si no los pedís, quizá muramos solos.
Adrien sostuvo su mirada.
—¿Tiene una recomendación?
El sacerdote soltó una risa baja.
—Mi vida entera ha sido una recomendación equivocada.
—Por una vez, intente una correcta.
Elric guardó silencio.
Luego dijo: —No llaméis todavía al rey.
Adrien no mostró sorpresa.
—¿Por qué?
—Porque si Odran comprende lo que hay aquí, no vendrá a salvar Veyrfall.
Vendrá a reclamarlo.
Aquello confirmó lo que Adrien ya sospechaba.
—¿Qué sabe del interés del rey en Morgana?
Elric bajó la voz.
—Nada concreto.
Pero hace años, antes de que dejaran de llegar inquisidores, uno de ellos habló demasiado después de beber.
Dijo que la corona había perdido reliquias en guerras antiguas, que buscaba nuevas fuentes de poder, dones que no dependieran de santos muertos ni de órdenes militares.
Una bruja unida al valle, capaz de manipular memoria, carne y muerte, no sería para ellos solo una criminal.
—Sería un recurso.
Elric asintió.
Adrien sintió asco.
No por sorpresa.
Por confirmación.
—Eso no la absuelve.
—No —dijo Elric—.
Nada la absuelve.
El sacerdote miró hacia la ventana, detrás de la cual la niebla ocultaba el pueblo.
—Pero hay castigos que vuelven peor al castigador.
Adrien recordó la frase de Morgana: Los reyes siempre piden cosas sucias.
Odiaba que ella tuviera razón en algo.
Elric habló otra vez: —¿Le diréis al rey que os marcó?
Adrien no respondió.
El sacerdote lo miró con gravedad.
—Debe saberlo.
—¿Para qué?
¿Para que me retire de la investigación?
¿Para que envíe a un hombre que no conozca nada de lo encontrado?
¿Para que asuma que estoy comprometido y ordene quemar el valle desde lejos?
—También puede usar ese vínculo contra vos.
—Ya lo hace.
—Más.
Adrien levantó la mirada.
—¿Qué quiere decir?
Elric dudó.
—Las marcas de Morgana no son solo puertas.
También son hilos.
Y los hilos pueden tensarse.
—¿Controlarme?
—No lo sé.
—Cada vez que no sabe algo, suele significar que sabe una parte y teme la otra.
Elric cerró los ojos.
—Puede haceros sentir cosas.
Adrien quedó inmóvil.
—¿Qué tipo de cosas?
El sacerdote abrió los ojos, incómodo.
—Dolor.
Recuerdos.
Deseo.
Culpa.
Sueño.
A veces emociones que parecen propias y no lo son del todo.
Adrien sintió que algo dentro de él se tensaba.
La imagen de Morgana bajo la niebla.
Su mano fría sobre su pecho.
Su pulso rápido bajo sus dedos.
La belleza terrible de su rostro iluminado por el fuego.
—¿Está diciendo que lo que siento puede venir de ella?
Elric lo miró con compasión.
Adrien odió esa compasión.
—Digo que no deberíais confiar en ninguna emoción que crezca demasiado rápido cerca de Morgana.
Adrien se puso de pie.
—No necesito que me advierta sobre eso.
—Tal vez sí.
—Padre.
—La atracción también puede ser una cuerda.
Adrien golpeó la mesa con la palma.
La tinta tembló dentro del frasco.
—¡Basta!
El silencio cayó con violencia.
Elric no retrocedió, aunque el miedo cruzó su rostro.
Adrien respiraba con fuerza.
El pecho le ardía.
No supo si por la ira.
O por la marca.
Eso lo enfureció aún más.
El sacerdote habló despacio: —No lo dije para humillaros.
Adrien apartó la mirada.
La vergüenza era una espada puesta contra la garganta desde dentro.
—Salga.
Elric asintió con tristeza.
—Prepararé lo necesario para la capilla vieja.
Llegó a la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Sir Adrien.
—¿Qué?
—Si omitís algo del informe, aseguraos de saber si lo hacéis por estrategia… o por ella.
Adrien no respondió.
Elric se fue.
La puerta quedó cerrada.
La habitación volvió a su quietud.
Adrien permaneció de pie, con la mano aún sobre la mesa.
El informe incompleto esperaba bajo el pergamino limpio.
Afuera, una carreta crujió.
Alguien tosió en la calle.
Un cuervo golpeó el tejado con sus patas.
Adrien retiró el pergamino que cubría la carta.
Leyó de nuevo lo escrito.
Cada frase era cierta.
Ninguna era suficiente.
Tomó la pluma.
Durante un largo rato, la punta quedó suspendida sobre el espacio donde debería escribir sobre la marca.
Sobre la cena.
Sobre el hecho de que había estado solo en la casa de Morgana, sentado frente a su mesa, escuchando respuestas a cambio de una tablilla con su nombre.
Sobre la forma en que ella lo tocó bajo la niebla.
Sobre cómo él no la apartó de inmediato.
No podía escribir eso.
No debía.
No era relevante para el rey.
Esa fue la frase que eligió.
No es relevante para el rey.
La pluma descendió.
Solicito que no se envíen tropas hasta nuevo aviso.
La situación requiere investigación local, rescate de posibles víctimas con vida y contención cuidadosa.
Una presencia militar amplia podría provocar una reacción hostil de Morgana de Veyr o de la población, aumentando el número de bajas.
Se detuvo.
Añadió: Recomiendo mantener la misión bajo reserva.
Aquello era, técnicamente, insubordinación preventiva.
El rey le había pedido claridad.
Adrien le entregaba niebla.
Pero en Veyrfall, la claridad podía matar.
Firmó: Sir Adrien Valen Orden del Alba Esperó a que la tinta secara.
Luego dobló el pergamino y lo selló con la pequeña cera blanca que llevaba en su kit de viaje.
No usó cera negra.
No todavía.
Llamó a Noll, el posadero, y le pidió que enviara a un mensajero confiable al puesto real más cercano al amanecer.
—¿Confiable?
—preguntó Noll, como si la palabra fuera extranjera.
Adrien lo miró.
—Uno que no abra cartas.
El posadero tragó saliva.
—Mi sobrino puede ir.
—Que vaya armado.
Y que no se detenga en el camino.
Noll tomó la carta con ambas manos, como si pesara demasiado.
—Sí, mi señor.
Cuando el posadero salió, Adrien se quedó solo otra vez.
Solo con lo que había escrito.
Y con lo que había decidido no escribir.
El amanecer comenzaba a insinuarse detrás de la niebla.
Una luz sucia se filtraba por la ventana.
Veyrfall no despertaba porque no había dormido.
La marca sobre su pecho latía con suavidad, como un segundo corazón que no le pertenecía.
Entonces escuchó la voz de Morgana.
No con burla abierta.
Con una cercanía casi perezosa.
—Mentiste por omisión.
Adrien cerró los ojos.
—No mentí.
—Qué frase tan útil.
Debe de ser la favorita de los sacerdotes.
—No escribí nada falso.
—Solo dejaste fuera lo que te ardía.
Adrien apretó la mandíbula.
—No te debo explicaciones.
—No.
Pero empiezas a dártelas a ti mismo.
Eso es más interesante.
Adrien se acercó a la ventana y la abrió.
La mañana fría entró en la habitación.
—¿Estás escuchando todo?
—No todo.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para saber que tu rey recibirá un informe con armadura, no con piel.
Adrien miró la plaza.
Desde allí veía el pozo, los muñecos, la puerta de la iglesia y el camino hacia el molino donde esperaba la entrada a la capilla vieja.
—No permitiré que te use.
El silencio de Morgana al otro lado del vínculo fue repentino.
Adrien entendió demasiado tarde lo que había dicho.
Cerró los ojos.
La voz de la bruja regresó, más baja.
—Qué frase tan peligrosa, caballero.
—No fue por ti.
—Claro que no.
—Fue por las víctimas.
Por Tomás.
Por Veyrfall.
—Y quizá un poco por la niña cuyo nombre guardas en tu bolsa.
Adrien apoyó una mano en el marco de la ventana.
—No confundas justicia con compasión hacia ti.
—No confundas compasión conmigo.
Podría gustarme.
—No voy a salvarte, Morgana.
La respuesta llegó suave, casi una caricia sobre una herida.
—No.
Pero hoy mentiste para que otros no vinieran a encerrarme.
Adrien abrió los ojos.
—Omití detalles para evitar una masacre.
—Qué limpio suena.
—Es la verdad.
—Una parte de ella.
La marca ardió apenas.
Adrien respiró hondo.
—Voy a encontrar a Tomás.
—Lo sé.
—Y después encontraré a quien lo tomó.
—También lo sé.
—Y si ese camino conduce a ti… Morgana rió suavemente.
—Siempre conduces a mí, incluso cuando caminas hacia otros.
Adrien cerró la ventana de golpe.
La voz desapareció.
Pero el calor de la marca permaneció.
Minutos después, el padre Elric volvió a buscarlo.
Llevaba una bolsa con sal, aceite, una cuerda bendecida, tres velas negras y una llave antigua que no había mencionado antes.
Bastian estaba en la plaza, con el rostro gris y una pala en la mano.
Mara también estaba allí, envuelta en un chal, con los ojos secos y un cuchillo escondido en el cinturón.
Nadie se atrevió a decirle que se quedara atrás.
Adrien bajó las escaleras de la posada.
Antes de salir, Noll se acercó.
—Mi sobrino partirá cuando la niebla levante un poco.
Adrien asintió.
—Bien.
—Mi señor… —¿Sí?
El posadero dudó.
—¿Qué le dijo al rey?
Adrien miró la carta sellada en manos de Noll.
Pensó en todas las palabras escritas.
Y en todas las que faltaban.
—Lo suficiente —dijo.
Noll no pareció tranquilizado.
Adrien tampoco.
Salió a la plaza.
El pueblo lo esperaba con miedo, con culpa, con esperanza sucia.
La iglesia sostenía la caja de los nombres sobre su altar.
El pozo guardaba silencio.
El almacén de grano aguardaba detrás del molino, con una trampilla sellada sobre canciones de niños muertos.
Y en algún lugar del bosque, Morgana de Veyr sonreía.
Adrien caminó hacia la capilla vieja con la espada al costado y un informe incompleto viajando hacia el rey.
Sabía que había omitido detalles por estrategia.
Sabía también que esa no era toda la verdad.
Y por primera vez desde que juró servir a la Orden del Alba, comprendió que una mentira podía no escribirse con tinta falsa, sino con silencios cuidadosamente elegidos.
La peor parte era que, al sellar aquel informe, no había sentido alivio.
Había sentido complicidad.
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