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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 Capítulo 15 La primera duda
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15: Capítulo 15: La primera duda 15: Capítulo 15: La primera duda La trampilla bajo el almacén no se abrió al primer golpe.

Tampoco al segundo.

Ni al tercero.

Parecía más una tumba que una puerta.

Adrien trabajó con las manos endurecidas alrededor de la palanca, hundiendo el hierro una y otra vez entre los bordes sellados de la madera.

A su alrededor, el almacén abandonado respiraba polvo, moho y trigo podrido.

Los sacos viejos se apilaban contra las paredes como cuerpos olvidados, deformes bajo la humedad.

Desde el techo roto caían hilos de luz gris que no alcanzaban a iluminar el centro de la habitación.

El padre Elric sostenía una vela negra y murmuraba oraciones sobre los sellos de sal.

Mara permanecía junto a la entrada, con el cuchillo oculto bajo el chal, aunque todos sabían que lo llevaba.

Bastian Rusk estaba sentado sobre un saco de grano seco, pálido, con una pala sobre las rodillas y la mirada perdida en la argolla de hierro.

Nadie más se había atrevido a entrar.

Fuera del almacén, algunos aldeanos esperaban en silencio.

No ayudaban.

Solo escuchaban.

Adrien podía sentirlos al otro lado de las paredes, conteniendo el aliento cada vez que la madera crujía.

Bajo la trampilla, no se oían canciones.

Eso lo inquietaba.

Durante la noche, las voces infantiles habían cantado hasta volver el aire irrespirable.

Ahora solo había silencio.

Un silencio sellado, profundo, como si aquello que aguardaba abajo hubiera aprendido a fingir ausencia.

Adrien apoyó el hombro contra la palanca y empujó.

La madera gimió.

Uno de los clavos de plata salió disparado y golpeó una pared.

Mara dio un paso adelante.

—¿Tomás?

Nadie respondió desde abajo.

Adrien volvió a empujar.

El sello de sal se quebró en una línea blanca.

El padre Elric retrocedió como si la grieta fuera una herida abierta.

—Despacio —dijo el sacerdote.

Adrien no lo miró.

—Si tiene miedo, rece más bajo.

—No es miedo por mí.

—Siempre dicen eso.

Elric cerró la boca.

Otro golpe.

Otro crujido.

La trampilla cedió apenas.

Un olor subió desde abajo.

No era solo humedad.

No era solo encierro.

Era el olor de un lugar que había permanecido cerrado durante décadas con algo vivo dentro de su memoria.

Tierra mojada, hueso viejo, cera apagada, leche agria y flores marchitas.

Mara se cubrió la boca.

Bastian empezó a llorar sin sonido.

Adrien introdujo la punta de la palanca una última vez.

Entonces, desde el exterior del almacén, llegó un grito.

No de miedo.

De rabia.

—¡Ahora!

Adrien giró.

La puerta del almacén se abrió violentamente.

Tres hombres entraron con antorchas, hoces y cuchillos.

Detrás de ellos venían otros, al menos una docena, con rostros tensos y ojos encendidos por una desesperación que ya no parecía miedo sino decisión.

Algunos llevaban medallas religiosas colgadas al cuello.

Otros tenían el rostro manchado con ceniza.

Una mujer sostenía un frasco de aceite.

Otro hombre cargaba una red de cuerda gruesa, entretejida con trozos de metal brillante.

Plata.

Adrien desenvainó.

—¿Qué significa esto?

El hombre al frente era Corven Bale, hermano mayor de Nico Bale, uno de los niños de la caja de los nombres.

Tenía la nariz rota, barba descuidada y una mirada enloquecida por noches sin sueño.

—Apartaos, Sir Adrien.

—No.

Corven levantó la antorcha.

—La bruja vendrá.

Todos lo sabemos.

Siempre viene cuando se abre algo que le pertenece.

El padre Elric se adelantó.

—Corven, bajad esa antorcha.

—¡Vos callad, padre!

—gritó una mujer desde atrás—.

¡Vuestra iglesia nos trajo hasta aquí!

Mara miró a los aldeanos con horror.

—¿Qué vais a hacer?

Corven no apartó los ojos de Adrien.

—Terminar lo que nuestros padres no terminaron.

El almacén pareció encogerse alrededor de esas palabras.

Adrien sintió que el pecho marcado le ardía.

—¿Matar a Morgana?

—Quemarla —dijo Corven—.

Si entra aquí, no saldrá.

Bastian se puso de pie con dificultad.

—No hagáis esto.

Corven soltó una risa amarga.

—¿Ahora tenéis voz, viejo?

El anciano bajó la mirada.

—No sabéis lo que provocáis.

—Sí lo sabemos.

Ella maldijo a Lysa.

Rompió a Taren.

Se llevó a niños.

Se ríe en nuestras ventanas.

Y ahora el caballero escucha más a la bruja que al pueblo.

Adrien dio un paso hacia él.

—Cuidado.

Corven no retrocedió.

—¿Es mentira?

Fuiste a cenar con ella.

El silencio cayó sobre el almacén.

Mara miró a Adrien.

Elric también.

Adrien sintió la vergüenza como una hoja bajo las costillas.

No por haber ido.

Por la forma en que aquella verdad sonaba en boca de un aldeano: sucia, íntima, casi traidora.

—Fui a obtener información sobre Tomás.

—Y volviste protegiéndola en tu informe.

Adrien se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

Corven sonrió sin alegría.

—El sobrino de Noll no salió del valle.

Nadie sale hoy.

No hasta que esto termine.

La sangre de Adrien se enfrió.

—¿Interceptaron mi carta?

El padre Elric abrió los ojos.

—¿Qué hicisteis?

Uno de los hombres levantó el pergamino sellado con cera blanca.

Roto.

Abierto.

Leído.

Adrien sintió una furia inmediata, limpia.

—Esa carta iba dirigida al rey.

Corven escupió al suelo.

—El rey está lejos.

Ella está aquí.

—Habéis cometido traición.

—Vos la cometisteis primero.

Adrien avanzó con la espada lista.

—Entregad el informe.

Los hombres levantaron sus armas.

No tenían entrenamiento militar.

Eso los volvía más peligrosos en un lugar cerrado.

El miedo hacía torpes las manos y rápidos los errores.

Mara se interpuso.

—¡Tomás está abajo!

Corven la miró.

—O algo que usa su voz.

—Es un niño.

—También lo era mi hermano.

—¡Entonces no repitas el crimen!

Aquello lo hirió.

Se notó.

Pero no lo detuvo.

—Esta noche no habrá más dudas —dijo Corven—.

La bruja vendrá por lo que está debajo.

Cuando aparezca, la atraparemos con plata, aceite y fuego.

Y si el caballero se interpone… Dejó la frase suspendida.

Adrien levantó la espada.

—No terminéis esa amenaza.

El almacén se llenó de tensión.

Bajo la trampilla, algo golpeó.

Una sola vez.

Todos callaron.

Luego, desde la madera agrietada, subió una voz.

—Caballero… Mara soltó un gemido.

Adrien giró hacia la trampilla.

—Tomás.

La voz infantil tembló.

—No dejes… que canten… Corven alzó la antorcha.

—¡Es una trampa!

—¡Bajad esa llama!

—ordenó Adrien.

El golpe bajo la trampilla se repitió.

Luego otro.

Y otro.

No desde un solo punto.

Desde varios.

Como si muchas manos pequeñas golpearan desde el otro lado de la madera.

El padre Elric empezó a rezar con voz rota.

La marca de Adrien ardió.

Morgana habló dentro de él.

—Sal del almacén.

Adrien se quedó helado.

—¿Qué?

Nadie más la oyó.

La voz de Morgana llegó más afilada.

—Ahora.

Adrien miró hacia la entrada.

La niebla exterior se oscureció.

Los cuervos comenzaron a graznar enloquecidos sobre el techo.

Corven sonrió.

—Ya viene.

Los aldeanos retrocedieron hacia las paredes, preparando la red de plata.

La mujer del aceite quitó el tapón del frasco.

Dos hombres cerraron la puerta del almacén, dejando solo una abertura estrecha entre las tablas.

Adrien comprendió.

No habían venido a evitar que Morgana entrara.

Habían venido a encerrarla con ellos.

—Idiotas —susurró.

El techo crujió.

Una sombra cruzó por encima.

Luego otra.

Las antorchas se inclinaron hacia el suelo sin viento.

El olor de flores blancas llenó el almacén.

Mara retrocedió.

Bastian dejó caer la pala.

La puerta cerrada se abrió sola.

No de golpe.

Con suavidad.

Como si alguien educado hubiera llegado tarde a una reunión desagradable.

Morgana apareció en el umbral.

No llevaba el vestido negro de la noche anterior.

Vestía un manto oscuro sobre una túnica verde, el cabello recogido parcialmente con una cinta roja.

Parecía menos una bruja acechando desde el bosque que una noble invitada a contemplar una ejecución.

Sus ojos recorrieron el interior.

La trampilla rota.

Las armas.

La red de plata.

Las antorchas.

Adrien.

Sonrió.

—Qué conmovedor —dijo—.

Veyrfall reunido otra vez alrededor de una puerta cerrada y un niño debajo.

Corven gritó y lanzó la red.

Adrien se movió antes de pensar.

No hacia Morgana.

Hacia la red.

La hoja de su espada cortó una parte de la cuerda en el aire, desviándola lo suficiente para que no envolviera todo el cuerpo de la bruja.

Aun así, los bordes plateados rozaron su brazo y su hombro.

Morgana siseó de dolor.

Dolor real.

El sonido atravesó a Adrien con una sorpresa absurda.

Los aldeanos atacaron.

Uno arrojó aceite hacia ella.

Morgana levantó la mano, pero la plata de la red le había mordido la piel y su movimiento fue lento.

El aceite salpicó el suelo a sus pies y parte de su manto.

Corven corrió con la antorcha.

Adrien lo embistió con el hombro.

Ambos cayeron contra una pila de sacos podridos.

La antorcha rodó por el suelo.

El fuego prendió en el aceite derramado, levantando una línea de llamas entre Morgana y la salida.

—¡Traidor!

—gritó Corven.

Adrien lo golpeó con el pomo de la espada en la mandíbula.

No para matarlo.

Para callarlo.

Corven cayó de lado, aturdido.

El almacén estalló en caos.

Los hombres gritaban.

Mara intentaba apartar a los aldeanos de la trampilla.

El padre Elric arrojaba sal sobre las llamas mientras rezaba.

Bastian lloraba junto a la pared.

Bajo la madera, los golpes se multiplicaban.

Morgana permanecía de pie junto a la puerta, con parte de la red pegada al brazo.

La plata le quemaba la piel.

No gritaba, pero su rostro había perdido color.

Adrien cortó otro tramo de cuerda.

—¡Sal de aquí!

Ella lo miró con ojos brillantes.

—¿Me das órdenes o me salvas?

—¡Muévete!

Un aldeano apareció detrás de ella con una hoz levantada.

Adrien no llegaba a tiempo.

Morgana giró apenas la cabeza.

El hombre se detuvo.

Durante un segundo, su rostro se vació.

Luego empezó a gritar, no de dolor físico, sino de recuerdo.

Cayó al suelo arañándose los ojos.

Morgana dio un paso hacia él.

Sus dedos se curvaron.

Adrien vio la intención antes del acto.

Iba a matarlo.

—¡No!

—gritó.

Ella se detuvo, pero no por obediencia.

Por atención.

Adrien se colocó entre ella y el aldeano.

—No lo hagas.

Morgana tenía la respiración agitada.

La plata le había dejado líneas rojas y negras sobre el brazo.

Sus ojos ya no eran burlones.

Eran fríos, feroces, llenos de un odio antiguo despertado por fuego, redes y hombres reunidos para decidir su muerte.

—Intentó cortarme por la espalda.

—Lo sé.

—Entonces apártate.

—No.

La marca de Adrien ardió con violencia.

Por un instante vio la casa quemada: hombres con antorchas, una niña bajo tierra, una madre gritando.

Luego vio el almacén presente: hombres con antorchas, una mujer herida, un niño bajo tierra.

La repetición era insoportable.

—No les des la razón —dijo Adrien.

Morgana sonrió sin alegría.

—Ya la tienen.

Solo no soportan cuando la uso mejor que ellos.

Otro aldeano lanzó una antorcha hacia ella.

Adrien la desvió con la espada.

El fuego golpeó una viga seca.

Las llamas subieron por la pared.

—¡Fuera todos!

—ordenó Adrien.

Nadie obedecía.

El caos se alimentaba a sí mismo.

Morgana levantó la mano sana.

Las sombras del almacén se estiraron.

Adrien sintió el aire romperse.

—Morgana.

Ella no lo miró.

—Ya no.

—Hay un niño debajo.

Su mano se detuvo.

Los golpes bajo la trampilla continuaban.

Tomás, o aquello que usaba su voz, lloraba.

—Caballero… Morgana cerró los ojos.

La furia en su rostro no desapareció, pero cambió de dirección.

—Malditos sean todos —susurró.

Con un gesto brusco, la bruja extendió la mano hacia las llamas.

El fuego no se apagó.

Se inclinó.

Como si obedeciera a una reina.

Las llamas se apartaron de la trampilla y de la salida, arrastrándose hacia las paredes laterales.

Los aldeanos gritaron y huyeron.

Algunos tropezaron.

Otros arrastraron a los heridos.

El padre Elric sujetó a Mara para evitar que corriera hacia la puerta del suelo.

—¡Tomás!

—gritó ella.

Adrien tomó su brazo.

—No ahora.

El humo lo matará si abrimos aquí.

—¡Está abajo!

—Y si este almacén se derrumba, morirá con nosotros.

Ella intentó soltarse, pero al final se quebró en llanto.

Morgana arrancó un trozo de plata de su brazo y lo arrojó al suelo.

Su piel humeó.

El dolor endureció sus facciones, pero no le arrancó súplica alguna.

Adrien corrió hacia ella.

—Ven.

—No necesito que me guíes.

—Entonces deja de sangrar tan orgullosamente y camina.

Morgana lo miró.

Por un instante, incluso en medio del fuego, pareció divertida.

—Qué tono tan marital.

Adrien la tomó del brazo no herido y la arrastró hacia la salida.

Ella pudo haberlo rechazado.

No lo hizo.

Salieron al exterior entre humo, gritos y cuervos.

La plaza trasera del molino estaba llena de aldeanos dispersos.

Algunos lloraban.

Otros señalaban a Adrien.

Corven, con la mandíbula ensangrentada, se incorporaba ayudado por dos hombres.

—¡Lo viste!

—gritó—.

¡La protegió!

La acusación corrió entre los presentes como aceite sobre fuego.

—¡El caballero la salvó!

—¡Está marcado por ella!

—¡Nos traicionó!

—¡Bruja y caballero son uno!

Adrien soltó a Morgana y levantó la espada.

—¡Atrás!

Nadie se acercó.

Pero las miradas cambiaron.

Hasta ese momento, el pueblo lo había visto como juez, salvador, extraño armado.

Ahora lo miraban como una grieta.

Como algo que Morgana había tocado y quizá reclamado.

El padre Elric salió del almacén tosiendo, con Mara a su lado.

Bastian apareció después, cubierto de ceniza, llorando.

Las llamas dentro del edificio seguían moviéndose de forma extraña, retenidas por una voluntad invisible.

Morgana observó a los aldeanos con una sonrisa lenta.

—Oh, miradlos.

Necesitaban tan poco para decidir que el hombre justo también podía arder.

Corven escupió sangre.

—¡Deberíamos matarlos a los dos!

Adrien dio un paso hacia él.

—Inténtalo y responderás ante mí.

—¡Ya elegiste ante quién respondes!

La frase golpeó el aire.

Adrien no contestó.

Porque en ese instante no tenía una respuesta limpia.

Había salvado a Morgana.

No por amor.

No por alianza.

No por traición.

La había salvado porque una emboscada con fuego, plata y una turba de aldeanos desesperados no era justicia.

Porque si permitía que la quemaran allí, frente a una trampilla bajo la cual un niño pedía ayuda, Veyrfall repetiría su crimen más antiguo y él se convertiría en testigo silencioso.

Eso era verdad.

Pero no era toda la verdad.

También la había visto herida.

También había sentido una punzada de horror cuando la plata quemó su piel.

También había corrido hacia ella antes de pensar en el informe, en el rey, en la Orden o en las consecuencias.

Y eso era lo que más lo asustaba.

Morgana se acercó a él desde atrás.

No necesitó tocarlo.

Su voz llegó baja, solo para él: —No te molestes en explicarlo.

Nunca creen las razones nobles cuando la escena parece pecado.

Adrien no apartó la vista de los aldeanos.

—Esto no cambia nada.

—Claro que sí.

—No.

—Acabas de interponerte entre Veyrfall y la bruja que quiere muerta.

—Me interpuse entre una turba y una ejecución.

—Qué vestido tan bonito para la misma elección.

Adrien giró hacia ella.

—No elegí tu bando.

Morgana lo miró.

Tenía una quemadura oscura en el brazo, sangre en el hombro y ceniza sobre el rostro.

Aun así, sonreía.

No con gratitud.

No con ternura.

Con una certeza cruel.

—Sí, Adrien.

Su nombre sonó como una marca más profunda que la del pecho.

—Lo hiciste.

El silencio entre ambos fue breve, pero pesado.

Luego la madera del almacén crujió violentamente.

Todos miraron.

Las llamas seguían contenidas, pero el humo salía por el techo roto.

Desde debajo del edificio, la voz de Tomás volvió a oírse, débil y aterrada: —No… canten… Entonces, desde las profundidades, comenzó una canción.

Muchos niños.

Demasiados.

Duerme bajo tierra, niño de trigo… Mara gritó.

El padre Elric cayó de rodillas.

Bastian se cubrió los oídos.

Los aldeanos retrocedieron, olvidando por un instante su odio hacia Morgana.

Adrien corrió hacia la entrada, pero Morgana lo sujetó del brazo.

Su mano estaba fría.

Firme.

—No.

—Tomás está ahí.

—Si entras ahora, no salvas a Tomás.

Les das otro nombre.

—Suéltame.

—No.

Adrien la miró con furia.

—¿Desde cuándo te importa si muero?

Morgana sostuvo su mirada.

Por un segundo, su sonrisa desapareció.

Solo un segundo.

—Desde que sería una pérdida irritante.

—Eso no es respuesta.

—Es la única que mereces por ahora.

Adrien intentó soltarse, pero el edificio se estremeció otra vez.

Una viga cayó dentro, levantando chispas.

La entrada quedó bloqueada por humo y fuego.

Morgana levantó la mano herida.

El dolor le cruzó el rostro, pero aun así pronunció una palabra en una lengua que Adrien no conocía.

Las llamas del almacén se hundieron de golpe hacia el suelo.

No se apagaron.

Fueron absorbidas por las rendijas de la trampilla.

El canto de los niños se interrumpió.

Un silencio terrible lo reemplazó.

Luego un golpe desde abajo.

Tan fuerte que la tierra tembló.

Morgana retrocedió un paso.

Adrien la vio palidecer.

Aquello fue nuevo.

—¿Qué fue eso?

—preguntó.

Ella no respondió.

Otro golpe.

El pozo, en la distancia, respondió con un eco hueco.

Como si ambos lugares estuvieran conectados por una garganta subterránea.

El padre Elric susurró: —La capilla está despertando.

Corven, aún herido, gritó: —¡Por su culpa!

Morgana lo miró.

Esta vez no sonrió.

—No, pequeño heredero de cobardes.

Por la vuestra.

Los aldeanos retrocedieron.

Adrien sintió que la situación estaba a punto de romperse en otra violencia.

Levantó la voz.

—¡Todos a la plaza!

¡Lejos del almacén!

Nadie se movió.

—¡Ahora!

La autoridad de su grito logró lo que las oraciones no.

Los aldeanos comenzaron a retirarse.

Mara se resistió, pero Elric y Bastian la guiaron.

Corven siguió mirando a Adrien con odio, pero sus hombres lo arrastraron.

Cuando quedaron solos frente al almacén humeante, Morgana soltó el brazo de Adrien.

Él sintió la ausencia de su mano de forma inmediata.

Eso lo irritó.

—Necesito entrar ahí —dijo.

—Lo harás.

—¿Cuándo?

—Cuando dejes de reaccionar como un perro que oye llorar al amo bajo tierra.

Adrien la miró con rabia.

—Hablas de un niño.

—Hablo de una carnada con la voz de un niño.

Tal vez Tomás.

Tal vez algo usando el miedo que le tienes a fallar.

—¿Y tú no temes fallar?

Morgana rió sin alegría.

—Yo fallé hace muchos años.

Desde entonces, solo administro consecuencias.

Adrien observó su brazo quemado.

La piel estaba marcada por la plata.

Líneas negras recorrían la herida.

Sangraba poco, pero el dolor era evidente.

—Déjame ver eso.

Morgana arqueó una ceja.

—¿Ahora también eres curandero?

—No quiero que mueras antes de responder todo lo que sabes.

—Qué romántico otra vez.

—No hagas difícil cada palabra.

—Es una de mis pocas alegrías.

Adrien sacó una venda limpia de su bolsa y un pequeño frasco de agua bendita.

Morgana miró el frasco y soltó una risa baja.

—Si me echas eso encima, perderás la mano.

Él guardó el agua.

—Entonces solo venda.

—No necesito ayuda.

—Lo sé.

—Entonces no la ofrezcas.

Adrien sostuvo la venda.

—No la ofrezco.

La impongo.

Morgana lo miró como si decidiera si convertir aquella insolencia en dolor o en diversión.

Al final extendió el brazo.

Adrien limpió la herida con un paño seco.

La piel de Morgana estaba fría, pero bajo sus dedos había tensión, vida, un pulso contenido.

Ella no apartó la mirada de su rostro mientras él vendaba la quemadura.

—Te tiembla menos la mano cuando cuidas que cuando amenazas —dijo.

—No estoy cuidando.

—Claro.

—Estoy preservando una fuente de información.

—Una frase digna de tu informe.

Adrien apretó la venda un poco más de lo necesario.

Morgana sonrió.

—Ahí está.

Él soltó el brazo.

—Listo.

—Gracias.

La palabra sonó tan inesperada que Adrien la miró.

Morgana sostuvo su expresión un instante.

Luego sonrió con crueldad.

—No.

Mentira.

Quería ver tu cara.

Adrien cerró los ojos un segundo.

—Eres insoportable.

—Y aun así me salvaste.

—No por ti.

—Eso seguirás diciendo.

—Porque es verdad.

Morgana se acercó un paso.

—No dudo que tengas razones nobles.

El problema, Adrien, es que las razones nobles también pueden llevarte de la mano hacia lugares muy oscuros.

—No elegí tu bando —repitió él.

Ella lo miró con algo parecido a paciencia.

—Los bandos no siempre se eligen con juramentos.

A veces se eligen con el cuerpo.

Con el primer paso.

Con la espada que corta una red antes de que tu mente redacte la excusa.

Adrien no respondió.

—Hoy Veyrfall vio eso —continuó Morgana—.

Mañana se lo contará a sí mismo de la forma que más le duela.

Y tú, caballero, tendrás que decidir si sigues intentando parecer imparcial ante gente que ya te ha condenado.

Adrien miró hacia la plaza.

Los aldeanos estaban reunidos allí, lejos del almacén.

Algunos lo observaban.

Otros a Morgana.

Otros miraban al suelo, quizá recordando antorchas antiguas.

—Necesito salvar a Tomás —dijo.

—Sí.

—Después enfrentaré lo demás.

—No.

Adrien volvió hacia ella.

—¿No?

Morgana observó el almacén humeante.

—Lo demás ya te enfrentó a ti.

El cielo comenzó a aclarar con una luz sucia.

El amanecer llegaba tarde al Valle Muerto, como siempre.

La primera etapa de la investigación había terminado, aunque Adrien no lo sabía todavía.

Había llegado para descubrir si una bruja amenazaba a un pueblo inocente.

Ahora tenía una caja de nombres, una capilla enterrada, un niño vivo bajo tierra, un sacerdote mentiroso, un pueblo capaz de repetir sus crímenes y una bruja que no pedía perdón por ser peor de lo que su tragedia explicaba.

Y en medio de todo, él.

Marcado.

Observado.

Dividido.

Morgana dio media vuelta.

—¿A dónde vas?

—preguntó Adrien.

—A curarme lejos de los hombres que confunden fuego con valor.

—Necesito que abras la entrada.

—La abrirás tú.

—¿Cómo?

Morgana miró por encima del hombro.

—Pregúntale a Elric por la llave que no quiso usar.

Adrien recordó la llave antigua que el sacerdote llevaba esa mañana.

—¿Por qué me ayudas?

Morgana sonrió.

—Porque quiero ver tu cara cuando descubras quién está alimentando la puerta.

—Dime el nombre.

—No.

—Morgana.

—No me mires así.

Ya tuviste tu acto heroico del día.

Adrien apretó la mandíbula.

—Si Tomás muere… Ella lo interrumpió con voz fría: —Si Tomás muere, será una tragedia.

Si vive, también.

Adrien se quedó helado.

—¿Qué significa eso?

Morgana no respondió.

La niebla empezó a rodearla.

Antes de desaparecer, dijo: —Descansa un poco, caballero.

Acabas de elegir un bando.

Las primeras noches después de una traición suelen ser difíciles.

—No fue traición.

Su voz llegó desde la niebla, suave como veneno.

—Eso también lo decidirán otros.

Luego se fue.

Adrien permaneció frente al almacén, con el olor a humo en la ropa, la espada en la mano y el pecho ardiendo bajo la camisa.

En la plaza, el pueblo lo observaba como si ya no supiera si había llegado para salvarlos o para condenarlos.

Y, por primera vez desde que recibió la orden del rey, Adrien no estuvo seguro de cuál de las dos cosas terminaría haciendo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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