El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 16
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Capítulo 16: Capítulo 16: Culpas enterradas
El amanecer llegó a Veyrfall con olor a humo.
No era un humo nuevo, aunque el almacén de grano seguía escupiendo hebras negras por las grietas del techo. Era un olor más profundo. Más viejo. Parecía levantarse de la tierra misma, de las piedras húmedas de la plaza, de las paredes torcidas de las casas, de los pulmones cansados de los aldeanos que observaban desde sus ventanas sin atreverse a abrirlas por completo.
Adrien permaneció frente al almacén hasta que la última brasa se apagó.
No lo hizo por vigilancia.
Lo hizo porque no sabía adónde ir.
A sus espaldas, el pueblo seguía murmurando. No necesitaba escuchar las palabras para conocerlas. Las había visto en los ojos de Corven Bale, en la boca temblorosa de las mujeres que retrocedieron al verlo interponerse entre Morgana y la red de plata, en el silencio del padre Elric, en la mirada quebrada de Bastian Rusk.
El caballero salvó a la bruja.
Eso dirían.
No importaría que la emboscada hubiese sido cobarde. No importaría que hubieran intentado quemarla viva dentro de un almacén, junto a una trampilla bajo la cual un niño todavía respiraba. No importaría que Adrien no hubiera elegido a Morgana por encima de Tomás, sino la justicia por encima de una turba.
La escena era más fuerte que la verdad.
Una espada cortando una red de plata.
Su mano vendando el brazo de la bruja.
Morgana marchándose entre la niebla, herida, sonriente, dejándole una frase clavada en el pecho:
Acabas de elegir un bando.
Adrien apretó los dedos alrededor del pomo de su espada.
—No —murmuró.
Pero la palabra sonó débil incluso para él.
El padre Elric se acercó desde la plaza poco después. Caminaba con lentitud, como si cada paso le exigiera negociar con sus propias culpas. En una mano llevaba su libro sagrado. En la otra, la llave antigua que había ocultado hasta entonces.
Adrien la vio de inmediato.
—Morgana dijo que debía preguntarle por esa llave.
El sacerdote se detuvo.
No pareció sorprendido.
Ya nada lo sorprendía del todo.
—Morgana dice muchas cosas.
—La mayoría resultan ciertas después de que usted las niega.
Elric cerró los ojos un instante.
—No todas las verdades deben abrirse a golpes.
Adrien miró el almacén.
—Debajo de esa trampilla hay un niño.
—Y debajo del niño, algo que no conocemos.
—Lo bastante para temerlo.
—Lo bastante para saber que teme poco a nuestras oraciones.
Adrien se volvió hacia él.
—¿Qué abre esa llave?
El sacerdote miró el objeto en su mano. Era de hierro oscuro, larga, con dientes irregulares y un aro grabado con una cruz casi borrada.
—La entrada original de la capilla vieja.
—Usted dijo que estaba sellada.
—Lo está.
—Entonces ¿para qué sirve?
Elric tragó saliva.
—Para abrir el primer sello.
Adrien dio un paso hacia él.
—¿Cuántos hay?
—Tres.
—¿Y cuándo pensaba decirlo?
El sacerdote sostuvo su mirada con cansancio.
—Cuando estuvierais preparado para oír lo que hay detrás.
Adrien soltó una risa baja.
—Padre, en este pueblo usan la palabra “preparado” como otros usan tierra para cubrir cadáveres.
Elric bajó la vista.
La frase había dado en el blanco.
Alrededor de ellos, el día crecía sin traer claridad. Algunos aldeanos habían salido por fin. Corven Bale estaba sentado cerca del pozo, con la mandíbula hinchada por el golpe de Adrien y los ojos cargados de odio. Taren Holt no aparecía. Mara se encontraba frente a la iglesia, mirando alternativamente el pozo y el almacén, como si su corazón estuviera dividido entre dos agujeros. Bastian, por su parte, permanecía junto a una carreta volcada, con la mano vendada contra el pecho.
Nadie se acercaba demasiado al caballero.
Tampoco a la entrada quemada del almacén.
El fuego había destruido parte del suelo, pero la trampilla seguía intacta. Negra por el humo, marcada por sal rota, clavos de plata y símbolos mezclados. La madera no parecía quemada. Ni siquiera chamuscada. Al contrario, el fuego la había rodeado como si algo bajo ella hubiese respirado las llamas hacia dentro.
Adrien se arrodilló junto a la argolla.
No la tocó.
—Anoche Tomás habló.
Elric asintió.
—Lo escuché.
—Dijo que no abriera si cantaban.
—Sí.
—¿Por qué?
El sacerdote miró hacia la plaza, hacia los aldeanos que fingían no escuchar.
—Porque el canto llama a los otros.
—¿Los niños muertos?
Elric cerró la mandíbula.
—Sus voces.
—Eso no es lo mismo.
—Aquí, a veces, es lo único que queda.
Adrien se levantó.
—Basta de acertijos.
La marca en su pecho ardió con suavidad. Morgana no habló, pero el calor le recordó su presencia. Era como si, al otro extremo del vínculo, ella estuviera sentada con el brazo vendado, escuchando cada mentira del sacerdote con una sonrisa paciente.
Adrien la odió por eso.
También odió que su silencio lo empujara a exigir respuestas con más fuerza.
—Quiero saber qué es la capilla vieja —dijo—. Quiero saber por qué se construyó una iglesia encima. Quiero saber por qué la llave estaba con usted y no en manos de la autoridad civil. Y quiero saber qué relación tiene todo esto con Morgana.
El padre Elric pareció encogerse.
—No podemos hablar aquí.
Adrien soltó aire por la nariz.
—Otra vez.
—No por ocultarlo —dijo Elric, alzando la voz apenas—. Por ellos.
Señaló al pueblo.
Los aldeanos miraban.
Aterrados.
Hostiles.
Culpables.
—Si lo digo en la plaza, algunos intentarán huir, otros quemarán la iglesia, otros se matarán entre sí para no ser nombrados. La verdad puede ser necesaria, Sir Adrien, pero también puede ser un animal salvaje si se libera sin jaula.
Adrien no respondió de inmediato.
No confiaba en Elric.
Pero esta vez entendió el peligro.
Veyrfall estaba demasiado cerca de romperse. La emboscada contra Morgana había demostrado que el miedo ya no se escondía; se armaba. Si Adrien exponía cada crimen ante todos, quizá no obtendría justicia, sino una carnicería.
—En la iglesia —dijo al fin.
Elric asintió.
—En la cripta.
—No. En la nave. A puerta cerrada. Bastian vendrá.
El sacerdote miró al anciano.
—No aceptará.
Adrien sostuvo su mirada.
—Entonces lo arrestaré.
Elric no discutió.
Bastian no aceptó de inmediato.
Cuando Adrien se acercó, el anciano retrocedió como si el caballero fuera el portador de una enfermedad. Tenía los ojos enrojecidos y la mano vendada manchada por ceniza del almacén.
—No sé más —dijo antes de que Adrien hablara—. Ya dije bastante.
—Dijo lo suficiente para demostrar que sabe más.
—No me obligue.
—Lo haré.
Bastian miró hacia Corven, hacia Mara, hacia los vecinos que observaban desde la plaza.
—Si hablo, me matarán.
Adrien se acercó hasta quedar frente a él.
—Si calla, quizá Tomás muera.
El anciano cerró los ojos.
El golpe encontró su lugar.
—No fui yo quien lo tomó —susurró.
—Eso espero.
—No. Escúcheme. No fui yo. No sé quién sigue haciendo… lo que sea que están haciendo. Lo juro.
—Pero sabe qué se hacía antes.
Bastian abrió los ojos.
—Sí.
—Y sabe lo que le hicieron a Morgana.
El rostro del anciano se descompuso.
—Todos saben.
—No. Todos sospechan, recuerdan fragmentos o heredaron miedo. Yo necesito hechos.
Bastian soltó una risa rota.
—Los hechos son peores cuando dejan de ser rumor.
—Lo sé.
—No, caballero. Todavía no.
Adrien sintió que la marca en el pecho latía.
Morgana habló entonces.
Una sola frase, suave, interna, venenosa:
—Pregúntale quién cerró la puerta.
Adrien no se movió.
Bastian notó el cambio en su rostro.
—¿Ella le habló?
Adrien lo miró.
—¿Quién cerró la puerta?
El anciano perdió el color.
—No.
—¿Qué puerta?
Bastian negó con la cabeza, temblando.
—No aquí.
—Entonces camine.
Lo llevó a la iglesia.
El padre Elric ya esperaba frente al altar, con las puertas cerradas y las velas encendidas. Sobre la tela blanca, la caja de los nombres seguía abierta. Los juguetes de los niños yacían allí como una congregación muda: caballos de madera, muñecas sin rostro, cintas, peonzas, sonajeros, dientes guardados en bolsas diminutas. Cada objeto parecía más real que los adultos que intentaban no mirarlos.
Bastian entró y se detuvo de inmediato.
—Quite eso.
Adrien cerró la puerta detrás de él.
—No.
—No puedo hablar con eso ahí.
—Precisamente hablará con eso ahí.
El anciano apretó los labios. Parecía a punto de vomitar.
Elric se colocó junto al altar.
—Sir Adrien, quizá…
—No interceda.
El sacerdote calló.
Adrien caminó hasta el centro de la nave.
—Vamos a empezar por la capilla vieja.
Elric asintió con lentitud.
—Antes de la iglesia de San Aeron, había un santuario bajo el valle. No fue construido por la iglesia. Ya estaba allí cuando los primeros colonos llegaron. Una estructura de piedra negra, casi enterrada, con un pozo interior y símbolos antiguos.
—¿El ojo sin pupila?
—Entre otros.
—¿Para qué servía?
Bastian respondió con voz baja:
—Para pedir.
Adrien lo miró.
El anciano no levantó la vista.
—Así lo llamaban los viejos. “Ir a pedir”. Pedir lluvia. Pedir trigo. Pedir que no muriera un niño. Pedir que una fiebre pasara a otra casa.
Adrien sintió asco, pero esperó.
Elric continuó:
—La iglesia intentó purificar el lugar. Construyó San Aeron encima para sellarlo, consagrarlo y borrar las prácticas antiguas. Pero Veyrfall siempre estuvo aislado. La doctrina llegó tarde, y el hambre llegaba puntual.
—Entonces las prácticas continuaron.
—En secreto —dijo Elric.
Bastian rió sin fuerza.
—Todo lo que un pueblo entero sabe no es secreto. Es costumbre sin nombre.
Adrien miró al anciano.
—¿Y los niños?
Bastian se sentó en una banca, incapaz de seguir de pie.
—Al principio no eran niños.
La frase cayó con una naturalidad horrible.
Adrien no habló.
—Eran animales —continuó Bastian—. Cabras, corderos, gallinas negras. Después sangre de los enfermos. Después dientes. Después nombres escritos en madera. Los viejos decían que el valle no quería muerte, sino valor. Algo que doliera entregar.
—Y decidieron que los niños valían más.
El anciano se cubrió el rostro con la mano sana.
—No lo diga así.
—¿Cómo quiere que lo diga?
—Como pasó.
Adrien sintió la ira subirle.
—Entonces diga cómo pasó.
Bastian bajó la mano. Sus ojos estaban húmedos, pero no buscaban compasión. Quizá ya sabía que no la merecía.
—El primer niño no fue arrojado por elección. Se cayó.
Elric cerró los ojos.
Adrien se volvió hacia él.
—¿Eso es cierto?
El sacerdote asintió.
—Eso dicen los registros antiguos.
—¿Qué niño?
—Nadie recuerda su nombre —dijo Bastian—. Esa es la primera culpa. Un niño sin nombre jugando cerca del pozo interior de la capilla vieja durante una hambruna. Cayó. Cuando fueron a sacarlo, ya no lloraba. Esa primavera, el trigo creció.
Adrien sintió que entendía el horror de la historia antes de que terminara.
—Y el pueblo decidió que había funcionado.
Bastian asintió.
—No de inmediato. Primero lo llamaron milagro. Luego coincidencia. Luego, cuando volvió otra hambruna, alguien recordó el milagro.
El silencio posterior pesó sobre las bancas vacías.
Adrien miró la caja de los nombres.
—Trece entregas.
—Registradas —dijo Elric.
Adrien lo miró.
—¿Hay más?
—Probablemente.
Bastian murmuró:
—Antes de los registros, sí.
Adrien sintió que la iglesia entera se volvía demasiado pequeña para contener tanta podredumbre.
—¿Qué tiene que ver Morgana con esto?
Elric tomó la llave antigua y la puso sobre el altar, junto a la caja.
—Evelyne lo descubrió.
Bastian se estremeció.
—Ella no debía saberlo.
Adrien se acercó.
—¿Cómo lo descubrió?
El sacerdote miró al anciano.
Bastian habló con voz baja:
—Porque el valle le hablaba. O eso decía. Evelyne escuchaba cosas en los árboles, en el agua, en los sueños. Los viejos le tenían miedo porque sabía nombres que nadie le había dicho. Una vez, durante una fiebre, dijo el nombre del primer niño del pozo. El que todos habían olvidado.
—¿Cuál era?
Bastian negó con la cabeza.
—Nadie quiso repetirlo.
Adrien se frotó el rostro con cansancio.
—Por supuesto.
Elric continuó:
—Evelyne empezó a negarse a curar a ciertas familias. Dijo que llevaban sangre en las manos. Dijo que la tierra de Veyrfall no estaba bendita, sino alimentada. Eso causó pánico.
—Porque tenía razón.
—Sí.
El sacerdote no intentó matizarlo.
—Y cuando Morgana nació marcada —dijo Bastian—, los viejos dijeron que el valle había enviado una respuesta. Una hija propia. Una niña que no debía crecer.
Adrien sintió que el pecho se le cerraba.
—Querían entregarla.
—Sí.
—¿Quién?
Bastian miró la caja de los nombres.
—Los ancianos de entonces. Algunas familias. Gente muerta ya. Gente que aún vive.
—Nombres.
El anciano cerró los ojos.
—Bastian —dijo Adrien.
—Mi padre —susurró él—. Rusk. Los Bale. Los Holt. Los Vale. Los Wren.
Adrien se quedó inmóvil.
—¿Wren?
El padre Elric bajó la mirada.
—La familia de Tomás.
Adrien sintió que una nueva pieza caía en su lugar con un golpe seco.
—¿Los antepasados de Tomás participaron en las entregas?
—Sí —dijo Elric.
Bastian añadió:
—No solo participaron. Durante un tiempo, guardaron una de las llaves.
Adrien miró la llave sobre el altar.
—¿Esta?
—No —dijo Elric—. Esa es de la iglesia. Había tres.
Adrien recordó los tres sellos.
—La iglesia. El pueblo. ¿Y la tercera?
Bastian no contestó.
Elric tampoco.
La marca de Adrien ardió.
Morgana susurró:
—Mi madre.
Adrien cerró los ojos un instante.
—Evelyne tenía la tercera llave.
Elric se tensó.
—¿Cómo…?
—No importa.
Bastian lo miró con horror.
—Ella se la dio.
—¿Quién?
—La capilla.
Adrien no tuvo paciencia para corregir la superstición.
—Explíquese.
Bastian tragó saliva.
—Cuando Evelyne descubrió lo que se hacía, bajó sola a la capilla vieja. Nadie sabe cómo abrió. Regresó con una llave negra y dijo que ningún niño volvería a ser entregado mientras ella respirara.
Elric habló con voz baja:
—Selló desde abajo lo que nosotros no habíamos podido sellar desde arriba.
Adrien miró al sacerdote.
—Entonces Evelyne no era la amenaza.
—No al principio.
—No use esas salidas.
Elric aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.
—No. En ese asunto, intentó detenerlos.
Adrien sintió que la ira se volvía más precisa.
—El pueblo quiso entregar a Morgana. Evelyne lo impidió. ¿Qué pasó después?
Bastian empezó a temblar.
Elric respondió:
—La hambruna empeoró.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿O eso creyó el pueblo?
El sacerdote dudó.
—Ambas cosas. Hubo plaga en los campos. Muerte de ganado. Niños con fiebre. El miedo volvió más fuerte.
Bastian susurró:
—Decían que Evelyne había enojado al valle.
—¿Y Morgana?
Elric cerró los ojos.
—Tenía seis años.
La edad de la tablilla.
Adrien esperó.
—La eligieron una noche de lluvia —dijo Bastian—. No todos. No todo el pueblo. Pero suficientes. La idea era llevarla a la capilla vieja, abrir con la llave de Evelyne o forzarla, y entregarla para terminar con la hambruna.
Adrien sintió que la iglesia se alejaba a su alrededor.
No por visión.
Por horror.
—Intentaron arrojarla al pozo.
—Sí.
—¿Evelyne lo impidió?
—Sí.
—¿Cómo?
Bastian miró al padre Elric.
El sacerdote bajó la cabeza.
—Con magia.
Adrien se volvió hacia él.
—¿Qué hizo?
—Mató a dos hombres.
—¿Quiénes?
—Roderic Vale y Tomas Bale padre.
Bastian corrigió con voz débil:
—No los mató esa noche. Los marcó. Murieron después.
Elric asintió.
—Evelyne apareció en la plaza con Morgana en brazos. Había sangre en su rostro. Gritó que si alguien volvía a tocar a su hija, el valle recordaría cada nombre de los culpables. Luego… las lámparas estallaron. Los hombres que sujetaban la cuerda cayeron al suelo sangrando por los ojos. Los cuervos llegaron desde el bosque.
Adrien escuchaba sin moverse.
—¿Y Morgana?
Bastian habló:
—No lloraba.
Adrien cerró los ojos.
Siempre esa frase.
Como si el pueblo hubiera exigido a una niña aterrada la clase exacta de dolor que le permitiría seguir considerándola humana.
—¿Después de eso decidieron quemar la casa? —preguntó.
Elric palideció.
—No esa misma noche.
—¿Cuándo?
—Tres días después.
Adrien abrió los ojos.
—¿Por qué?
El sacerdote se llevó una mano al rostro.
—Porque el niño de los Wren desapareció.
Adrien sintió un golpe helado.
—¿Qué niño?
Bastian respondió:
—El hermano menor del abuelo de Tomás. Se llamaba Alren Wren. Tenía cuatro años.
—¿Desapareció después de que Evelyne impidió la entrega de Morgana?
—Sí.
—¿Y culparon a Evelyne?
Elric asintió.
—Dijeron que había entregado otro niño al valle para salvar a su hija.
Adrien miró a ambos.
—¿Era verdad?
Ninguno respondió.
—¿Era verdad?
Bastian negó con la cabeza.
—No lo sé.
Elric habló con voz quebrada:
—Nunca se encontró el cuerpo.
Adrien sintió la marca en el pecho moverse como una brasa bajo la piel.
Morgana no habló.
Eso le dijo suficiente.
—No fue Evelyne —dijo Adrien.
Elric lo miró.
—No podéis saberlo.
—No. Pero usted tampoco podía saber que sí, y aun así fue con antorchas.
La frase partió al sacerdote.
Elric se sentó en la primera banca, incapaz de sostenerse.
—Yo creí…
—No me diga lo que creyó. Dígame lo que hizo.
El sacerdote cerró los ojos.
—Fui a hablar con Evelyne.
—¿Solo?
—Con dos inquisidores y varios hombres del pueblo.
Bastian susurró:
—Yo estaba.
Adrien miró al anciano.
—Con una antorcha.
Bastian asintió.
—Sí.
—¿Qué pasó?
Elric tardó en responder.
—Evelyne no abrió la puerta. Dijo que no permitiría que se llevaran a Morgana. Los inquisidores exigieron que entregara a la niña. Ella se negó. Uno de ellos leyó una orden de contención. Bastian… y otros hombres rodearon la casa.
Adrien sintió que la escena se formaba en su mente, pero esta vez no era una visión mágica. Era peor: era imaginación alimentada por confesiones.
La lluvia.
La casa al borde del bosque.
Una madre dentro, abrazando a su hija.
Hombres afuera con cruces, órdenes, hambre y miedo.
—¿Quién encendió el fuego? —preguntó.
Elric no respondió.
Bastian empezó a llorar.
Adrien se volvió hacia él.
—¿Quién?
El anciano apretó los puños.
—No debía quemarse toda.
—¿Quién encendió el fuego?
—Solo queríamos obligarla a salir.
Adrien avanzó hacia él.
—¿Quién?
Bastian levantó los ojos, destruidos.
—Yo puse la primera antorcha en la paja del establo.
El silencio que siguió pareció romper incluso las velas.
El padre Elric cubrió su rostro.
Adrien se quedó inmóvil frente al anciano.
—Usted.
Bastian asintió, sollozando.
—Yo. Pero no cerré la puerta.
La marca en el pecho de Adrien ardió.
La voz de Morgana llegó como un susurro helado:
—Ahora.
Adrien habló con lentitud.
—¿Quién cerró la puerta?
Bastian miró al padre Elric.
El sacerdote levantó la cabeza de golpe.
—No.
Adrien giró hacia él.
—Padre.
—Yo no la cerré.
—¿Quién?
Elric estaba blanco.
Bastian habló con voz apenas audible:
—El inquisidor Mael.
El sacerdote cerró los ojos.
—Sí.
—¿Dónde está? —preguntó Adrien.
Elric no respondió.
Bastian continuó:
—Murió.
—¿Cómo?
El anciano miró su mano vendada.
—Morgana lo encontró primero.
Adrien no apartó la mirada.
—¿Y usted, padre? ¿Qué hizo cuando cerraron la puerta?
Elric abrió los ojos.
Había en ellos algo peor que culpa: una memoria que seguía ardiendo.
—Discutí. Grité. Intenté ordenar que abrieran.
Bastian murmuró:
—Después.
Elric se quedó helado.
Adrien sintió la palabra como una piedra.
—¿Después de qué?
Bastian no quería seguir, pero ya estaba roto.
—Después de que Evelyne maldijo a todos desde dentro.
Elric se levantó.
—¡Basta!
—No —dijo Bastian, llorando—. Basta fue hace veintidós años. Ahora que arda todo.
Adrien no se movió.
El anciano miró al caballero.
—Cuando el fuego empezó a subir, Evelyne gritó. No de miedo. De rabia. Dijo nuestros nombres uno por uno. Los nombres de nuestras casas. Los nombres de los niños entregados. Dijo que cada vez que Veyrfall durmiera, soñaría con lo que enterró. Dijo que si su hija moría, el valle jamás dejaría de comer.
Adrien sintió que las noches sin sueño del pueblo adquirían otro sentido.
—¿Y Morgana?
Bastian cerró los ojos.
—Morgana gritaba después. No al principio. Al principio se oía a Evelyne cantándole.
El aire de la iglesia cambió.
Mara, que había entrado en silencio sin que ninguno la notara, se quedó inmóvil junto a la puerta.
—¿Cantándole? —preguntó ella.
Bastian no levantó la vista.
—Una canción. No la del pozo. Otra. Suave. Como de cuna.
Mara se cubrió la boca.
Adrien sintió que una visión se abría paso, pero esta vez no luchó contra ella.
La marca ardió.
Vio fuego.
No una imagen clara, sino fragmentos: vigas encendidas, humo, una mujer arrodillada junto a una trampilla bajo el suelo, una niña de cabello negro aferrada a una muñeca de madera. Evelyne cantaba mientras empujaba a Morgana hacia el hueco.
No era una canción antigua del valle.
Era una canción de madre.
Duerme, mi sombra pequeña,
que el fuego no sabe tu nombre…
La visión se quebró.
Adrien volvió a la iglesia con un jadeo.
Elric lo miraba.
Bastian lloraba.
Mara estaba pálida.
—Ella no intentaba sacrificarla —dijo Adrien.
Nadie respondió.
—La estaba escondiendo del fuego.
El padre Elric cerró los ojos.
—Sí.
Adrien lo miró con furia.
—¿Y durante años dejaron que el pueblo dijera que Morgana nació maldita, que Evelyne era una bruja que merecía morir, que la niña era una monstruosidad salida del bosque?
Elric habló con voz rota:
—Después de lo que Morgana hizo al despertar, nadie quiso escuchar otra versión.
—¿Qué hizo?
Bastian se estremeció.
Elric contestó:
—No esa noche. La sacamos al amanecer. Estaba viva, cubierta de ceniza, con la muñeca quemada entre los brazos. Evelyne había muerto sobre la trampilla. Morgana no habló durante tres días.
—Y después.
El sacerdote miró la caja de los nombres.
—Después empezó a nombrar a los niños del pozo.
Mara soltó un sollozo.
Elric continuó:
—Uno por uno. Nombres que no podía saber. Nombres olvidados. Nombres que algunas familias habían borrado de sus propios registros. Los decía por la noche, frente a las casas, hasta que alguien salía gritando. Luego empezó a marcar puertas. Después animales muertos aparecieron en los campos de los que habían sostenido antorchas.
Bastian levantó su mano vendada.
—Y luego vino por nosotros.
Adrien respiró lentamente.
—¿Intentaron quemarla viva otra vez?
Elric negó con horror.
—No.
Bastian no respondió.
Adrien lo vio.
—Bastian.
El anciano tragó saliva.
—Hubo… intentos.
Elric lo miró, sorprendido.
—¿Qué?
Bastian bajó la cabeza.
—Después de que tú la enviaste al hospicio de Lorn.
Adrien giró hacia el sacerdote.
—¿La envió fuera?
—Intenté protegerla.
—¿En un hospicio?
—Era un lugar de la iglesia.
—¿Y eso debía tranquilizarme?
Elric no pudo responder.
Bastian continuó:
—No llegó. Escapó en el camino. O la dejaron escapar. Nadie sabe. Durante meses, no se la vio. Luego volvió. Más grande. Más fría. Y una noche, tres hombres intentaron atraparla cerca del arroyo viejo. Querían terminar lo empezado.
Adrien sintió que la frase le revolvía el estómago.
—Quemarla.
—Sí.
—¿Qué les hizo?
Bastian cerró los ojos.
—A uno lo encontraron lleno de raíces por dentro. Otro vivió dos años hablando con la voz de su madre muerta. El tercero regresó caminando sin piel en las manos. Desde entonces nadie volvió a intentar quemarla… hasta anoche.
La iglesia quedó en silencio.
Adrien pensó en la emboscada del almacén. La red de plata. Las antorchas. La forma en que Morgana había palidecido, no solo de dolor, sino de memoria. Su furia no había sido simple orgullo herido. Había sido una puerta abierta hacia la noche en que su vida ardió.
Y él la había salvado de eso.
No de una muerte cualquiera.
Del mismo crimen repetido.
La duda nació allí.
No como compasión pura.
No como perdón.
Como una grieta.
Hasta entonces, Adrien había intentado ordenar a Morgana en una categoría moral que pudiera sostener con firmeza: criminal, víctima, monstruo, consecuencia, amenaza. Pero la verdad se resistía. No porque ella fuera inocente. Eso habría sido más fácil. Morgana era culpable de crueldades propias. Había elegido causar dolor. Había disfrutado castigos que sobrepasaban justicia.
Pero Veyrfall también era culpable.
Elric.
Bastian.
Los ancianos.
Las familias.
La iglesia.
El rey, tal vez, si llegaba a poner sus manos sobre ella.
La espada de Adrien no sabía dónde apoyarse sin tocar sangre de ambos lados.
Mara entró por completo en la iglesia. Su rostro estaba rígido.
—Mi padre cantó en el pozo —dijo.
Nadie habló.
—Mi padre, que me enseñó a rezar antes de dormir. Mi padre, que me decía que los monstruos vivían en el bosque.
Miró la caja de los nombres.
—Y uno de esos nombres era el de ella.
Adrien siguió su mirada hacia la bolsa donde guardaba la tablilla de Morgana.
Mara se volvió hacia él.
—¿Eso significa que debemos perdonarla?
La pregunta fue sencilla.
Devastadora.
Adrien tardó en responder.
—No.
Mara cerró los ojos, como si necesitara oírlo.
—Bien.
—Pero significa que no debemos mentir sobre por qué existe.
El padre Elric bajó la cabeza.
Bastian lloraba sin sonido.
Mara caminó hacia la caja de los nombres y tomó la muñeca de su hija Elia. La apretó contra el pecho.
—Mi niña no quemó a nadie.
—Lo sé —dijo Adrien.
—Lysa tampoco.
—Lo sé.
—Tomás tampoco.
—Lo encontraré.
Mara abrió los ojos.
—Y cuando lo encuentre, ¿qué hará con ella?
Adrien no respondió.
No porque no quisiera.
Porque ya no podía hacerlo con la seguridad de antes.
La marca en su pecho ardió con suavidad. Morgana no habló, pero su silencio tenía peso. Tal vez había escuchado la pregunta. Tal vez esperaba la respuesta. Tal vez, como siempre, no necesitaba intervenir para que la herida se abriera sola.
Mara entendió su silencio.
Su expresión se endureció.
—Tenga cuidado, caballero. Uno puede mirar demasiado tiempo el dolor de un monstruo y olvidar a quién mordió.
La frase lo alcanzó con precisión.
Adrien inclinó la cabeza.
—No lo olvidaré.
—Eso dicen todos antes de justificar algo.
La mujer se fue con la muñeca en brazos.
Adrien quedó con Elric y Bastian en la nave de la iglesia.
El sol gris entraba por las vidrieras sucias. Sobre el altar, los juguetes de los niños parecían observarlos.
—¿Dónde está la entrada original de la capilla vieja? —preguntó Adrien.
Elric tomó la llave del altar.
—Bajo el almacén está el acceso de servicio. La entrada original se encuentra detrás de la cripta, bajo la iglesia. Pero está sellada con piedra consagrada.
—¿Por qué Morgana me señaló el almacén?
Bastian respondió, agotado:
—Porque la entrada del almacén llega a las galerías laterales. La de la iglesia va directo al santuario.
—¿Cuál es más segura?
Elric y Bastian intercambiaron una mirada.
Adrien soltó una risa amarga.
—Por supuesto. Ninguna.
El sacerdote apretó la llave.
—Si vamos por la iglesia, necesitaremos romper el sello mayor. Eso puede despertar lo que duerme bajo el pozo.
—Si vamos por el almacén, el paso está dañado por el fuego y puede derrumbarse.
—Sí.
Adrien pensó en Tomás.
En su voz bajo la madera.
En el canto.
En la frase:
No abras si cantan.
—Prepararemos ambas entradas —dijo—. Pero bajaremos por la iglesia.
Elric palideció.
—Sir Adrien…
—La capilla vieja fue enterrada por mentiras. La abriremos desde la casa de Dios que construyeron encima para ocultarla.
Bastian se cubrió el rostro.
—Eso no es prudente.
—No. Pero es correcto.
El padre Elric sostuvo su mirada durante un largo instante.
Luego asintió.
—Entonces debe saber una cosa más.
Adrien sintió que otra verdad se acercaba con pasos pesados.
—Hable.
Elric miró hacia la cripta.
—Cuando saqué a Morgana de la casa quemada, no fui el primero en llegar a ella.
Adrien se quedó inmóvil.
—¿Quién fue?
El sacerdote tragó saliva.
—Algo del valle.
La marca de Adrien se heló.
Bastian susurró una oración.
—No vi forma —continuó Elric—. Solo sombra entre el humo. Evelyne estaba muerta. Morgana estaba debajo de ella, viva. Pero había algo inclinado sobre la niña. Como si le hablara al oído.
Adrien sintió que su propia respiración se volvía lenta.
—¿Qué le decía?
—No lo escuché completo.
—¿Qué escuchó?
Elric cerró los ojos.
—“Te quitaron el fuego. Yo te enseñaré a usar la ceniza.”
El silencio cayó como una losa.
Adrien comprendió entonces que la historia de Morgana no terminaba en el crimen del pueblo. Allí comenzaba otra cosa. Algo más antiguo había encontrado a una niña destruida, enterrada bajo el cuerpo de su madre, y le había ofrecido no consuelo, sino forma.
No la había creado de la nada.
La había cultivado.
Morgana era víctima del fuego.
Pero también discípula de la ceniza.
Adrien apoyó una mano sobre el pecho marcado.
La duda creció.
No sobre si debía detenerla.
Sobre si detenerla sería suficiente.
Porque si el pueblo había intentado quemar viva a Morgana años atrás, y el valle había respondido enseñándole a convertir su dolor en poder, entonces Veyrfall no enfrentaba solamente a una bruja.
Enfrentaba la consecuencia viva de su propia ofrenda fallida.
Elric susurró:
—Ahora entendéis por qué dije que nació maldita.
Adrien lo miró.
—No. Ahora entiendo que todos ustedes la maldijeron primero.
El sacerdote no respondió.
No había defensa posible.
Afuera, las campanas comenzaron a sonar.
Una.
Otra.
Otra.
No era hora de campanas.
Bastian se levantó de golpe.
—El pozo.
Adrien corrió hacia la puerta de la iglesia y la abrió.
La plaza estaba llena de niebla.
Los aldeanos salían de sus casas, alarmados. Mara apareció con la muñeca de Elia en brazos. Corven estaba junto al pozo, sosteniéndose la mandíbula herida. Todos miraban hacia el centro.
Del pozo seco salía humo.
No negro.
Blanco.
Frío.
Y desde el fondo, muchas voces infantiles empezaron a cantar.
No la canción del pozo.
Otra.
Una canción de cuna.
La misma que Adrien había escuchado en la visión de Evelyne.
Duerme, mi sombra pequeña,
que el fuego no sabe tu nombre…
Adrien sintió que la sangre se le helaba.
La marca en su pecho ardió.
Y por primera vez desde que Morgana lo vinculó, su voz llegó no burlona, no dulce, no cruel.
Llegó baja.
Tensa.
Casi humana.
—Adrien… no abras todavía.
Él miró hacia el pozo humeante.
—¿Por qué?
La respuesta tardó un segundo.
Cuando llegó, hizo que todo el valle pareciera inclinarse.
—Porque esa no es mi canción.
El humo blanco subió más alto.
Las voces de los niños cantaron con mayor fuerza.
Y bajo el suelo de Veyrfall, algo que no era Morgana empezó a recordar cómo fingir ser madre.
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