El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capítulo 17 La niña del incendio
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17: Capítulo 17: La niña del incendio 17: Capítulo 17: La niña del incendio Antes de ser llamada bruja, Morgana de Veyr fue una niña que no entendía por qué las cosas rotas querían hablarle.
Tenía cinco años la primera vez que el pueblo la miró con verdadero miedo.
No con incomodidad.
No con sospecha.
No con esa desconfianza torpe que los adultos reservan para los niños demasiado callados.
Miedo verdadero.
Del que aprieta mandíbulas, apaga lámparas y convierte el nombre de una niña en una palabra que las madres prohíben repetir cerca de la mesa.
Aquella mañana había amanecido con niebla.
Veyrfall era entonces menos gris, aunque no menos triste.
Los campos de trigo negro crecían alrededor del pueblo como una piel áspera, ondulando bajo el viento.
Las casas parecían más firmes, la iglesia de San Aeron aún conservaba pintura fresca en algunos muros y el pozo de la plaza no estaba cubierto por tantos muñecos ni cintas.
Pero el miedo ya vivía allí.
Solo era más joven.
Más silencioso.
Más fácil de disfrazar de costumbre.
Morgana caminaba junto a su madre por el mercado pequeño de la plaza.
Evelyne de Veyr llevaba una cesta de mimbre en un brazo y la mano de su hija en la otra.
Era una mujer hermosa, aunque no de una belleza dócil.
Tenía el cabello negro recogido con una cinta verde, los ojos oscuros y una forma de caminar que no pedía permiso a la tierra.
Las mujeres del pueblo la miraban de reojo.
Los hombres también, aunque con otro tipo de temor.
Algunos la buscaban cuando sus hijos ardían de fiebre o sus esposas sangraban demasiado en el parto.
Otros escupían después de verla pasar.
A menudo eran los mismos.
Morgana, en cambio, miraba todo con ojos grandes y serios.
No era una niña ruidosa.
No corría entre los puestos ni pedía dulces ni se soltaba de la mano de su madre para perseguir gallinas.
Observaba.
Siempre observaba.
Las frutas golpeadas, las manos de los aldeanos, las grietas de la piedra, los dientes amarillos de los perros viejos, los santos pintados sobre madera.
Y a veces, observaba cosas que nadie más veía.
—No mires tanto, pequeña sombra —le murmuró Evelyne, apretándole suavemente la mano.
Morgana levantó la vista.
—Pero ellos me miran primero.
Evelyne siguió caminando.
—¿Quiénes?
La niña señaló un puesto donde vendían figuras de barro: santos, animales, cruces pequeñas, amuletos contra la fiebre.
Entre ellos había una figurilla rota de un niño sin brazos.
—Él.
Evelyne no miró de inmediato.
Ese era su don más grande como madre: no sobresaltarse.
—Las figuras no miran, Morgana.
—Esa sí.
La mujer del puesto, una anciana llamada Hedra, oyó la conversación y se santiguó.
—Siempre diciendo rarezas —murmuró—.
Igual que su madre.
Evelyne dejó unas monedas sobre el mostrador.
—Dos panes de resina.
—No vendo a crédito.
—He puesto monedas.
Hedra miró el cobre como si pudiera estar maldito.
—No quiero su dinero.
La plaza se aquietó apenas.
No mucho.
Lo suficiente.
Los comerciantes cercanos siguieron acomodando productos, pero más lento.
Una mujer dejó de pesar harina.
Un carnicero bajó el cuchillo y miró de reojo.
Cerca del pozo, dos niños que jugaban con una cuerda se detuvieron.
Evelyne sonrió sin calidez.
—Ayer querías mis manos cuando tu nieto no podía respirar.
La anciana endureció la boca.
—Eso fue necesidad.
—La necesidad, Hédra, parece tener menos asco que tú.
Morgana no entendió del todo la frase, pero sí sintió el cambio en el aire.
Tiró ligeramente de la mano de su madre.
—Vámonos.
Evelyne tomó los panes sin esperar permiso y dejó las monedas.
—Sí.
Vamos.
Fue entonces cuando el hijo de Hédra, un hombre ancho llamado Perrin, se acercó desde atrás del puesto.
—Deja eso.
Evelyne se detuvo.
—Está pagado.
—Mi madre dijo que no te vende.
—Tu madre gritaba mi nombre hace dos noches como si fuera una santa cuando su nieto se ponía azul.
Perrin apretó los puños.
—No hables de mi hijo.
Morgana se escondió un poco detrás de la falda de su madre.
No porque Perrin le pareciera grande.
Sino porque algo detrás de él le susurraba.
No era una voz clara.
Era como cuando el viento se mete en una botella y casi parece querer decir una palabra.
Venía del puesto de barro.
De la figurilla rota.
Del niño sin brazos.
Frío.
Morgana parpadeó.
Frío.
Evelyne la sintió tensarse.
—Morgana.
La niña señaló la figura rota.
—Tiene frío.
Perrin miró hacia donde apuntaba.
—¿Qué?
La anciana Hédra empezó a hacer la señal de protección.
—No la deje hablar.
Evelyne se agachó frente a su hija y le tomó el rostro entre las manos.
—Mírame a mí.
Morgana obedeció, pero sus ojos querían volver a la figura.
—Dice que tiene frío.
El murmullo se extendió por la plaza.
—¿Quién dice?
—Otra vez.
—La niña de Veyr.
—No es normal.
Perrin dio un paso atrás.
—¿Qué le hiciste?
Evelyne se puso de pie lentamente.
—Nada.
—Mi hijo soñó con ella después de que lo curaste.
—Tu hijo soñó porque casi murió.
—Soñó que una niña sin brazos le pedía entrar en su cama.
Morgana no entendía por qué todos empezaban a mirarla así.
No había hecho nada.
Solo había escuchado.
Eso era todo.
Las cosas le hablaban a veces, pero no porque ella quisiera.
Las piedras mojadas en los caminos decían nombres.
Las puertas viejas recordaban manos.
Los animales muertos no siempre sabían que ya no debían respirar.
Y las figuras rotas, descubrió ese día, también podían tener frío.
La figurilla de barro cayó del puesto.
Nadie la tocó.
Simplemente cayó.
Se partió contra el suelo.
El sonido fue pequeño.
Pero en la plaza sonó como una campana.
Morgana soltó la mano de su madre y dio un paso hacia los fragmentos.
—No —dijo Evelyne.
La niña no la escuchó.
Se inclinó y tomó la cabeza rota de la figura.
Era un rostro tosco, apenas tallado.
Tenía los ojos hechos con dos puntos negros.
Morgana la sostuvo entre sus manos.
—Ya no tiene frío —susurró.
Entonces todas las figuras del puesto giraron la cabeza hacia ella.
No mucho.
Apenas.
Pero todos lo vieron.
Los santos de barro.
Los animales.
Las cruces pequeñas.
Uno por uno, como si una mano invisible los hubiera movido desde dentro, orientaron sus rostros hacia la niña.
Hédra gritó.
El carnicero dejó caer su cuchillo.
Una mujer corrió hacia sus hijos y los arrastró lejos.
Perrin retrocedió tanto que tropezó con una cesta.
El murmullo se volvió grito.
Alguien dijo “maldita”.
Alguien dijo “brujería”.
Alguien pronunció el nombre del padre Elric.
Morgana miró alrededor, confundida.
—Mamá… Evelyne cruzó la distancia en dos pasos y la tomó en brazos.
—No mires a nadie.
—Yo no hice nada.
—Lo sé.
—Solo tenía frío.
—Lo sé, mi amor.
Pero su voz, aunque firme, tenía miedo.
No de su hija.
Nunca de su hija.
De ellos.
El padre Elric llegó minutos después, joven todavía, con la sotana limpia y el rostro de un hombre que creía que la fe podía ordenar el mundo si se pronunciaba con suficiente serenidad.
Se abrió paso entre los aldeanos mientras Hédra lloraba junto al puesto y Perrin repetía que la niña había movido las figuras con los ojos.
Elric miró primero a los objetos.
Luego a Morgana.
La niña estaba en brazos de su madre, con la cabeza apoyada contra su cuello.
Aún sostenía la cabeza rota de barro entre los dedos.
—Evelyne —dijo el sacerdote.
Ella no inclinó la cabeza.
—Padre.
—¿Qué ocurrió?
—Un accidente.
Hédra lanzó un grito ronco.
—¡Brujería!
—Un accidente —repitió Evelyne.
Elric observó las figuras giradas sobre la mesa.
Su rostro no mostró horror, pero sí preocupación.
Eso lo hizo parecer más peligroso.
Los hombres que gritan pueden equivocarse; los que callan empiezan a redactar sentencias.
—La niña debe ser examinada.
Evelyne apretó a Morgana contra su pecho.
—No.
—Evelyne… —No.
Elric bajó la voz.
—Si no permites que la iglesia entienda lo que pasa, el pueblo inventará su propia explicación.
La madre miró alrededor.
—Ya lo hizo.
Los aldeanos se removieron, incómodos.
Morgana levantó la cabeza.
Miró al sacerdote.
No con desafío.
Con curiosidad.
—Tu cruz está triste —dijo.
Elric quedó inmóvil.
La plaza se silenció.
Evelyne cerró los ojos un instante.
—Morgana… La niña señaló la cruz de madera que colgaba del cuello del sacerdote.
—Dice que la tocó un hombre que lloraba.
Elric llevó una mano a la cruz.
Su rostro perdió color.
Nadie en la plaza podía saberlo, salvo él.
Aquella cruz había pertenecido a su hermano menor, muerto años atrás por una fiebre que ningún médico detuvo.
Elric la había tomado de sus manos antes de enterrarlo.
Jamás hablaba de ello.
—¿Quién te dijo eso?
—preguntó.
Morgana parpadeó.
—Ella.
—¿La cruz?
La niña asintió.
Un murmullo de horror cruzó la plaza.
Elric no pudo ocultar su estremecimiento.
Evelyne bajó a Morgana al suelo, pero mantuvo ambas manos sobre sus hombros.
—Mi hija no está poseída.
—No he dicho eso.
—Lo pensaste.
Elric la miró.
Evelyne sonrió con tristeza.
—No hace falta oír cruces para escuchar a los hombres.
El sacerdote respiró hondo.
—Venid a la iglesia.
Solo hablaremos.
—No.
—Evelyne, por favor.
—Hoy no.
—Si te vas ahora, alimentarás el miedo.
La mirada de Evelyne se endureció.
—Padre, el miedo de Veyrfall no necesita alimento.
Se engorda solo desde hace generaciones.
Tomó de nuevo la mano de Morgana y se alejó.
Nadie las detuvo.
Pero nadie volvió a mirarlas igual.
Esa noche, en su casa junto al bosque, Evelyne encerró todas las ventanas antes de encender el fuego.
La vivienda no era aún una ruina ni una leyenda.
Era cálida.
Olía a hierbas secas, pan oscuro y madera limpia.
Había frascos sobre estantes, mantas dobladas, una cama grande, una mesa marcada con cortes de cuchillo y una pared donde Evelyne medía la altura de su hija cada primavera.
Morgana se sentó junto a la chimenea con la cabeza de barro entre las manos.
—¿Soy mala?
Evelyne se quedó quieta.
Luego se arrodilló frente a ella.
—No.
—La señora Hédra dijo que sí.
—Hédra también dice que la lluvia viene porque las nubes odian los domingos.
No todo lo que dice una persona adulta merece vivir dentro de tu pecho.
Morgana miró la cabeza rota.
—Pero las figuras se movieron.
—Sí.
—Yo no quise.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué se asustaron?
Evelyne le quitó con cuidado el barro de las manos.
—Porque a la gente le gusta creer que el mundo está dormido.
Que las piedras son piedras, que las cruces son cruces, que los muertos son silenciosos y los niños son simples.
—¿Y no lo son?
—A veces sí.
—¿Y yo?
Evelyne le acarició el cabello.
—Tú escuchas más de lo que deberías para tu edad.
Morgana bajó la mirada.
—No quiero.
—Lo sé.
—Diles que paren.
Evelyne sintió un dolor profundo ante aquella petición.
Como si su hija le hubiera pedido que apagara el invierno con un soplido.
—No siempre se puede.
—Tú puedes todo.
La mujer sonrió, pero sus ojos brillaron.
—No, pequeña sombra.
Yo solo he aprendido a fingirlo frente a quienes necesitan creerlo.
Morgana apoyó la cabeza contra su pecho.
—No quiero que me miren así.
Evelyne la abrazó.
—Entonces aprenderemos cuándo mirar de vuelta y cuándo cerrar los ojos.
Pero incluso mientras lo decía, sabía que era mentira.
No porque no quisiera protegerla.
Sino porque Veyrfall ya había visto.
Y un pueblo que descubre algo que teme rara vez se conforma con olvidarlo.
Durante las semanas siguientes, los accidentes se multiplicaron.
Al menos así los llamó Evelyne.
La leche de Hédra se cortó tres días después de negarse a venderles pan.
La anciana juró que Morgana la había mirado desde la plaza, aunque la niña no había salido de casa ese día.
Un perro muerto cerca del molino levantó la cabeza cuando Morgana pasó junto a él y lanzó un gemido antes de desplomarse otra vez.
Los niños que la vieron huyeron gritando.
Una campana de la iglesia sonó sola mientras Morgana dormía.
El hijo pequeño de Perrin empezó a hablar en sueños con una niña que nadie conocía.
Cuando le preguntaron su nombre, respondió con uno de los antiguos niños del pozo, aunque todavía nadie se atrevía a admitirlo.
Cada suceso llegaba a la casa de Evelyne convertido en acusación.
A veces en forma de piedras contra la puerta.
A veces como cruces clavadas en la cerca.
A veces como silencio.
El silencio era peor.
Un día, Evelyne encontró un gallo destripado sobre el umbral.
No era obra de Morgana.
Ella lo supo por los cortes torpes, por la cuerda de cáñamo, por la mano humana detrás de la amenaza.
Pero al verlo, Morgana se agachó junto al animal y empezó a llorar.
No por miedo.
Por confusión.
—Él todavía está aquí —dijo.
Evelyne cubrió el cuerpo con un paño.
—No lo escuches.
—Está enojado.
—Morgana.
—Dice que no fue para comer.
La madre cerró los ojos.
—Entra a la casa.
—Pero no entiende por qué le abrieron el cuerpo.
Evelyne tomó a su hija por los hombros.
—¡Entra!
Fue la primera vez que le gritó.
Morgana se quedó paralizada.
Luego obedeció.
Evelyne permaneció afuera, respirando con dificultad, mirando el gallo muerto.
No temía la sangre.
Había visto sangre en partos, en fiebres, en heridas de hombres torpes, en abortos, en mataderos.
Temía el mensaje.
El pueblo ya no solo tenía miedo.
Estaba probando su propia crueldad.
Esa tarde, el padre Elric volvió.
No vino solo.
Lo acompañaban Bastian Rusk, más joven y fuerte, con una mano aún sana, y dos hombres de la iglesia de Lorn.
Vestían hábitos grises y llevaban libros cerrados con correas.
No eran soldados, pero sus ojos tenían la misma costumbre de medir enemigos.
Evelyne los recibió en la puerta.
Morgana observaba desde una ventana interior, escondida detrás de una cortina.
—No entrarán —dijo Evelyne.
Elric parecía incómodo.
—Necesitamos hablar.
—Hable.
Uno de los hombres grises miró hacia la ventana.
—La niña debe presentarse ante la autoridad eclesiástica.
Evelyne sonrió.
—La niña debe cenar, dormir y aprender a leer.
En ese orden.
El hombre no se inmutó.
—Hay testimonios.
—Hay chismes.
—Hay manifestaciones.
—Hay miedo.
Bastian intervino, con voz grave: —Evelyne, la gente está inquieta.
Ella lo miró con desprecio.
—La gente siempre está inquieta cuando no consigue gratis lo que viene a suplicarme de noche.
Bastian bajó los ojos.
El golpe había encontrado algo.
Elric dio un paso adelante.
—Nadie quiere hacerle daño.
Evelyne lo miró largo rato.
—Esa frase suele precederlo.
El sacerdote se estremeció.
—Solo queremos entender qué ocurre.
—No.
Quieren ponerle nombre para decidir si pueden matarlo sin sentirse culpables.
Uno de los hombres grises abrió su libro.
—Morgana de Veyr nació durante un eclipse parcial, sin padre reconocido, con señales cutáneas anómalas y fenómenos persistentes asociados a animales, objetos consagrados y voces de difuntos.
La iglesia tiene derecho a investigar posible corrupción espiritual.
Evelyne palideció de rabia.
—Mi hija tiene cinco años.
—La corrupción no respeta edad.
La puerta se abrió detrás de ella.
Morgana apareció.
Pequeña, pálida, con el cabello negro suelto y la muñeca de madera contra el pecho.
Miró al hombre gris con una seriedad demasiado grande para su rostro.
—Tu libro miente —dijo.
El hombre se quedó inmóvil.
Evelyne cerró los ojos con dolor.
—Morgana, entra.
La niña no obedeció.
Señaló el libro.
—Dice que tiene palabras de Dios, pero está lleno de miedo de hombres.
Bastian hizo la señal de protección.
Elric susurró: —Niña… El hombre gris apretó el libro contra su pecho.
—¿Quién te enseñó a decir eso?
Morgana miró la tierra.
—Nadie.
—¿Quién habla contigo?
La niña levantó la vista hacia el bosque.
Durante un instante, todos siguieron su mirada.
Los árboles estaban quietos.
Demasiado quietos.
—No sé su nombre —dijo Morgana.
El aire cambió.
Evelyne se arrodilló frente a su hija.
—Basta.
—Pero me dice cosas.
El hombre gris dio un paso atrás.
—¿Qué cosas?
Morgana lo miró.
—Que ustedes enterraron niños bajo la tierra y luego pusieron santos encima.
Elric perdió el color.
Bastian retrocedió como si una mano invisible lo hubiera empujado.
Los hombres grises se miraron.
Evelyne abrazó a Morgana contra su pecho.
—Váyanse.
Nadie se movió.
—¡Váyanse!
El bosque respondió.
No con rugido.
No con viento.
Con cuervos.
Decenas de ellos salieron de las ramas al mismo tiempo y se posaron sobre el techo de la casa, sobre la cerca, sobre los postes del camino.
Todos mirando hacia los visitantes.
Morgana no los llamó.
O eso creyó ella.
Solo sintió su miedo y quiso que se fueran.
Los cuervos obedecieron algo en ese deseo.
Bastian murmuró una oración.
Elric, en cambio, miraba a Morgana no como quien ve a un demonio, sino como quien entiende que el demonio quizá no fue el primero en hablar.
—Evelyne —dijo con voz baja—.
Esto ya no puede ignorarse.
—No se ignora a una hija —respondió ella—.
Se la protege.
Los hombres se fueron.
Pero no se llevaron el miedo.
Lo dejaron sembrado.
Aquella noche, Morgana soñó con fuego.
No sabía todavía que años después despertaría bajo cenizas reales.
En ese sueño, la plaza ardía, pero nadie gritaba.
Los aldeanos estaban de pie alrededor del pozo, cantando con bocas cerradas.
En el centro, sobre una piedra, había trece juguetes.
Una mano invisible los empujaba uno a uno hacia la oscuridad.
Al final quedaba su muñeca.
Morgana intentaba correr para tomarla, pero sus pies estaban hundidos en barro.
Entonces una voz desde el pozo decía: —Tu turno.
Despertó sin gritar.
Eso fue lo que más asustó a Evelyne.
La encontró sentada en la cama, mirando la pared, con la muñeca entre las manos.
—¿Qué viste?
Morgana habló sin mirarla.
—El pozo sabe mi nombre.
Evelyne se sentó a su lado y la abrazó.
—No.
—Sí.
—No dejaré que nadie te lleve.
—¿Y si el pozo pide?
Evelyne la tomó del rostro y la obligó a mirarla.
—Entonces le arrancaré la lengua al valle.
Morgana creyó en ella.
Porque las niñas creen que sus madres pueden vencer a cualquier cosa si las abrazan lo bastante fuerte.
A la mañana siguiente, en la plaza, alguien había escrito con carbón sobre el muro de la iglesia: LA NIÑA ESCUCHA ABAJO.
El padre Elric ordenó borrar la frase.
Pero todos la vieron.
Y desde ese día, Morgana dejó de ser solo la hija extraña de Evelyne.
Se convirtió en la niña marcada.
La niña que movía santos de barro.
La niña que oía cruces tristes.
La niña que sabía nombres enterrados.
La niña que no lloraba cuando debía.
La niña del incendio, aunque el incendio aún no hubiese ocurrido.
Porque en Veyrfall las condenas nacían antes que las hogueras.
Y el fuego, cuando por fin llegaba, solo obedecía una sentencia que el pueblo ya había pronunciado en silencio.
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