El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 18
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18: Capítulo 18: La madre traicionada 18: Capítulo 18: La madre traicionada Evelyne de Veyr comprendió que el pueblo iba a traicionarla cuando dejaron de pedirle ayuda.
No cuando empezaron a insultarla.
No cuando aparecieron cruces clavadas en su cerca.
No cuando los niños dejaron de pasar cerca de su casa y las madres los arrastraban hacia otro camino si Morgana estaba en la ventana.
Eso era miedo.
El miedo podía ser ruidoso, torpe, incluso cruel.
Pero seguía teniendo algo vivo.
El miedo temblaba.
El miedo respiraba.
El miedo discutía consigo mismo antes de convertirse en golpe.
La traición, en cambio, tenía silencio.
Y durante tres semanas nadie llamó a su puerta.
Ni la mujer de Perrin, cuyo hijo sufría ahogos por las noches.
Ni Hédra, que cojeaba más cada día por la hinchazón de sus rodillas.
Ni los granjeros del norte, cuyas ovejas empezaron a parir crías muertas.
Ni siquiera Bastian Rusk, que solía presentarse después del ocaso con excusas mal construidas para pedir ungüentos, infusiones o alguna palabra de consuelo que luego negaría haber solicitado.
Nada.
Solo silencio.
Evelyne lo sintió alrededor de la casa como una cerca invisible.
Morgana también.
La niña, ya casi de seis años, pasaba las tardes sentada junto a la ventana, con la muñeca de madera sobre las rodillas.
No preguntaba por qué ya no venían.
No hacía falta.
Los niños entienden los cambios en los adultos antes de saber nombrarlos.
—Hoy tampoco vino nadie —dijo una tarde.
Evelyne estaba moliendo raíz seca sobre la mesa.
—No.
—¿Se curaron todos?
La mano de Evelyne se detuvo.
La pregunta no era inocente.
No del todo.
Miró a su hija.
Morgana no la miraba a ella, sino hacia el camino que conducía al pueblo.
El sol se estaba poniendo detrás de los árboles, y la luz anaranjada convertía su rostro infantil en una máscara demasiado seria.
—No todos los enfermos quieren sanar —respondió Evelyne.
Morgana acarició el cabello de hilo de su muñeca.
—Algunos quieren que otro enferme con ellos.
Evelyne dejó el mortero.
—¿Quién te dijo eso?
La niña encogió los hombros.
—La puerta.
Evelyne miró la puerta principal.
Era de madera oscura, reforzada con hierro.
Había sido cerrada con tres trancas desde que los incidentes en la plaza se volvieron más frecuentes.
A veces, durante la noche, la madera crujía aunque no hubiera viento.
—¿Qué dice la puerta?
Morgana apretó la muñeca contra su pecho.
—Que vienen manos malas.
Evelyne sintió un frío lento recorrerle la espalda.
No se asustó frente a su hija.
Nunca.
Se levantó, caminó hasta la puerta y apoyó la palma sobre la madera.
Cerró los ojos.
No tenía el don de Morgana, no de la misma forma.
Evelyne no escuchaba objetos como su hija, pero conocía el pulso de las cosas antiguas.
Había aprendido a leer el aire antes de las tormentas, el olor de la sangre antes de la herida, la forma en que una casa se tensaba cuando algo la observaba desde fuera.
La puerta estaba inquieta.
—Morgana —dijo con calma—, esta noche dormiremos en el sótano.
La niña levantó la vista.
—¿Por los hombres?
Evelyne volvió hacia ella.
—Por precaución.
—¿Eso significa por miedo?
Evelyne sonrió apenas.
—A veces el miedo, bien educado, se llama precaución.
Morgana lo pensó con seriedad.
—Entonces ellos tienen miedo mal educado.
La sonrisa de Evelyne se apagó.
—Sí, mi amor.
Eso tienen.
Aquella misma noche, el padre Elric llegó solo.
Evelyne lo vio desde la ventana antes de que tocara la puerta.
Caminaba sin antorcha, con la capucha levantada y los hombros encorvados contra la lluvia fina.
Parecía más joven que nunca, no por su rostro, sino por la manera insegura en que se detuvo ante el umbral.
Tocó tres veces.
Morgana, desde el otro extremo de la habitación, se puso de pie.
—No abras.
Evelyne se volvió hacia ella.
—Es el padre Elric.
—Lo sé.
La niña no parecía asustada.
Eso asustó más a su madre.
—¿Qué escuchas?
Morgana miró hacia la puerta.
—No viene solo.
Evelyne apartó con cuidado la cortina.
El camino parecía vacío.
Solo la lluvia.
Solo Elric.
Pero más allá, entre los árboles, algo se movía.
Sombras humanas.
Evelyne sintió que la rabia le subía antes que el miedo.
Abrió la puerta solo una rendija, con la cadena puesta.
—Padre.
Elric levantó el rostro.
Tenía los ojos cansados.
—Evelyne.
—Qué noche tan extraña para una visita pastoral.
—Necesito hablar contigo.
—Entonces habla.
El sacerdote miró la cadena.
—¿Puedo entrar?
—No.
Elric bajó la voz.
—Por favor.
Evelyne lo observó con atención.
Había agua en su cabello, barro en el borde de su sotana y algo parecido a vergüenza en la boca.
Pero también había decisión.
Una decisión que no había nacido en él solamente.
—¿Dónde están los otros?
—preguntó ella.
Elric se tensó.
—No sé de qué hablas.
—Entonces empezamos mal.
El sacerdote cerró los ojos un instante.
—Hay enviados de Lorn en el pueblo.
—Lo sé.
—La situación se ha vuelto peligrosa.
—Porque ustedes la están empujando.
—Porque tu hija manifestó conocimiento de prácticas que no debería conocer.
Evelyne rió con amargura.
—Ah.
Entonces el problema no son los niños entregados al valle, sino que mi hija sepa sus nombres.
Elric palideció.
—No digas eso aquí.
—¿Aquí?
¿En mi casa?
¿También debo susurrar mis verdades bajo mi propio techo para no incomodar a los culpables?
—No todos son culpables.
—No.
Algunos solo heredaron el pan que creció sobre huesos.
Elric tragó saliva.
Detrás de Evelyne, Morgana apareció en la penumbra, abrazando su muñeca.
—Madre —susurró.
Elric bajó la mirada hacia ella.
Su rostro cambió.
Había miedo, sí, pero también una pena torpe.
Quizá en otro mundo, con otra clase de valor, Elric habría podido ser un buen hombre.
En Veyrfall, eso no bastaba.
—Morgana —dijo él con suavidad—.
Nadie quiere hacerte daño.
La niña lo miró.
—Mentira.
La palabra salió limpia.
Elric se quedó sin respuesta.
Evelyne sonrió sin alegría.
—Al menos ella todavía reconoce una mentira cuando la oye.
El sacerdote dio un paso hacia la puerta.
—Evelyne, escúchame.
La iglesia puede protegerla del pueblo.
—¿La iglesia?
¿La misma que quiere llevarla a Lorn para examinarla como si fuera una bestia con fiebre?
—No es eso.
—Entonces dime qué es.
Elric no respondió de inmediato.
Evelyne apoyó la mano sobre la puerta.
—Dímelo con palabras simples, padre.
¿Qué quieren hacer con mi hija?
La lluvia golpeaba el techo.
En el camino, las sombras entre los árboles no se movían.
Elric habló al fin: —Quieren llevarla al monasterio de Santa Orsina.
Allí será observada.
Contenida si es necesario.
Educada bajo guía religiosa.
Si su don no está corrompido, quizá… —¿Quizá qué?
—Quizá pueda servir a la luz.
Evelyne lo miró largo rato.
Luego dijo: —Mi hija no es una herramienta.
—No dije eso.
—Lo pensaste con ropa bonita.
Elric se estremeció.
Morgana dio un paso al frente.
—No quiero ir.
El sacerdote la miró.
—Sería por tu bien.
La niña ladeó la cabeza.
—Eso dicen cuando quieren que algo duela sin llamarlo daño.
Evelyne cerró los ojos.
A veces escuchar hablar a Morgana era como ver una herida abierta en una criatura demasiado pequeña.
No porque fuera falsa, sino porque ningún niño debería comprender tan temprano la forma en que los adultos maquillan la crueldad.
—Padre —dijo Evelyne—, vete.
Elric apretó la mandíbula.
—Si no vienes voluntariamente, no podré detenerlos.
La frase cambió la noche.
Ya no era petición.
Era advertencia.
O confesión.
Evelyne abrió la puerta de golpe hasta donde la cadena permitió.
Sus ojos ardían.
—¿Detenerlos?
¿A quiénes?
¿A los hombres que escondes entre los árboles?
¿A los enviados que escriben informes sobre una niña de seis años?
¿A los aldeanos que rezan con una mano y preparan cuerdas con la otra?
Elric bajó la vista.
—No puedo protegeros si me obligas a enfrentar a todos.
—Entonces no nos proteges.
Solo quieres que te perdonemos antes de entregarnos.
La frase le golpeó el rostro.
Por un instante, Elric pareció a punto de quebrarse.
—Evelyne, por favor.
Si vienes conmigo ahora, puedo asegurar que Morgana no será tocada por el pueblo.
—¿Y por la iglesia?
Silencio.
Evelyne asintió lentamente.
—Gracias por la honestidad tardía.
Cerró la puerta.
Elric golpeó una vez.
—¡Evelyne!
Ella puso la segunda tranca.
—Mamá —dijo Morgana.
—Al sótano.
—La puerta está llorando.
—Al sótano, Morgana.
La niña obedeció.
Evelyne apagó las velas de la sala una por una.
Después tomó una bolsa preparada desde hacía días: pan duro, hierbas, vendas, una daga, un pequeño frasco de aceite negro, dos mudas de ropa para Morgana y la llave oscura de la capilla vieja, envuelta en un paño.
No pensaba entregarse.
No pensaba entregar a su hija.
Pero aún no sabía que Veyrfall ya había decidido llamar desobediencia a su amor.
Pasaron dos días sin que nadie volviera.
La calma fue peor que la amenaza.
Evelyne intentó marcharse al tercer amanecer.
Había preparado una ruta por el arroyo viejo, atravesando el bosque antes de que el pueblo despertara.
No era una huida segura.
Nada lo era.
Pero si lograban alcanzar el viejo camino de Lorn, quizá podrían mezclarse con viajeros, llegar a otra provincia, empezar de nuevo en un lugar donde el apellido Veyr no significara puerta, pozo ni sangre.
Morgana caminaba a su lado con una capa demasiado grande y la muñeca escondida bajo el brazo.
—¿Nos vamos para siempre?
—preguntó.
Evelyne ajustó la capucha de su hija.
—Sí.
—¿Y la casa?
—Una casa es madera y piedra.
—Esta casa me conoce.
Evelyne sintió un dolor pequeño y agudo.
—Entonces recordará que nos fuimos vivas.
Morgana miró hacia el bosque.
—El valle no quiere.
—El valle no decide.
La niña no respondió.
Caminaron antes del amanecer, cuando la niebla cubría la tierra y el pueblo parecía por fin dormido.
No tomaron el camino principal.
Bajaron por detrás de la casa, atravesaron un tramo de árboles húmedos y llegaron al arroyo viejo.
Allí los esperaban.
No muchos.
Seis hombres.
Dos enviados de Lorn.
Bastian Rusk.
Perrin.
Corven Bale padre.
Y el padre Elric.
Evelyne se detuvo.
Morgana apretó su mano.
Nadie habló al principio.
El arroyo, entonces todavía vivo, corría entre piedras oscuras.
Los árboles inclinaban sus ramas sobre el agua.
Un cuervo graznó desde alguna parte.
Evelyne miró a Elric.
—Tú les dijiste por dónde saldría.
El sacerdote parecía enfermo.
—Quería evitar que el pueblo te encontrara primero.
Evelyne soltó una risa sin fuerza.
—Qué curioso.
Las traiciones siempre llegan diciendo que evitaron algo peor.
Bastian dio un paso adelante.
—Evelyne, nadie quiere hacerte daño.
Morgana susurró: —Mentira.
Los ojos de Bastian bajaron hacia ella y se apartaron de inmediato.
Uno de los enviados de Lorn sacó un pergamino.
—Evelyne de Veyr, por autoridad del obispado de Lorn y bajo resguardo de la corona provincial, se ordena que entreguéis a la menor Morgana de Veyr para evaluación espiritual y contención preventiva.
Evelyne se colocó delante de su hija.
—No.
El enviado continuó: —Se os acusa además de prácticas no autorizadas, ocultamiento de fenómenos de corrupción, resistencia a la autoridad eclesiástica y manipulación de fuerzas vinculadas al antiguo santuario del valle.
—Qué palabras tan largas para decir que tienen miedo.
Perrin apretó los dientes.
—Mi hijo aún sueña con voces.
Evelyne lo miró.
—Tu hijo está vivo porque yo lo salvé.
—Tal vez lo salvaste para que algo pudiera entrar en él.
La mano de Morgana se enfrió dentro de la suya.
Evelyne sintió que la niña empezaba a escuchar algo.
—No respondas —susurró.
El enviado de Lorn levantó una cadena de plata con pequeños sellos colgando.
—La niña vendrá con nosotros.
Evelyne sacó la daga.
Los hombres se tensaron.
Elric dio un paso adelante.
—No hagas esto.
—¿Defender a mi hija?
—Convertirte en lo que dicen que eres.
Evelyne lo miró con una tristeza profunda.
—Padre, los hombres como tú siempre llegan tarde.
Incluso a sus propias advertencias.
Bastian habló con voz temblorosa: —Si ella se queda, todos pagaremos.
—¿Quién lo dijo?
El anciano no respondió.
—¿El valle?
¿Los viejos?
¿Tu miedo?
¿O las familias que no soportan que Morgana sepa dónde enterraron a los niños?
Bastian cerró los ojos.
El enviado hizo una señal.
Dos hombres avanzaron.
Evelyne levantó la daga y pronunció una palabra antigua.
No fue un grito.
No fue una oración.
Fue una orden.
El arroyo se detuvo.
El agua, que corría entre las piedras, quedó inmóvil como vidrio.
Los hombres se paralizaron.
Incluso Elric dejó de respirar por un segundo.
Evelyne sostuvo la daga en alto.
—No tocarán a mi hija.
El agua del arroyo empezó a subir en hilos delgados, como serpientes transparentes.
Morgana miró maravillada.
Pero también asustada.
—Mamá… —Detrás de mí.
El enviado de Lorn apretó la cadena.
—Corrupción manifiesta.
—Llámalo como quieras.
Evelyne movió la daga.
Los hilos de agua golpearon a los dos hombres que avanzaban y los arrojaron contra los árboles.
Perrin gritó y se lanzó hacia ella.
Evelyne giró, y la tierra bajo sus pies se abrió en una grieta pequeña que lo hizo caer de rodillas.
Bastian retrocedió.
Elric levantó ambas manos.
—¡Basta!
—Díselo a ellos.
Morgana vio entonces al segundo enviado moverse por el costado.
Era más rápido que los demás.
Llevaba un paño blanco empapado con algo dulce y amargo.
Se acercaba por detrás, hacia ella.
La niña quiso avisar a su madre.
Pero la voz del arroyo le habló primero.
Empuja.
Morgana no entendió.
El hombre la sujetó del brazo.
Ella gritó.
Evelyne giró.
Demasiado tarde.
El paño le cubrió la boca a Morgana.
El olor entró en su nariz.
La niña forcejeó, arañando la muñeca del hombre.
Evelyne lanzó la daga, pero Bastian, quizá por reflejo, quizá por miedo, la sujetó del brazo.
Ese segundo bastó.
El enviado apretó el paño contra el rostro de Morgana.
La niña sintió que el mundo se alejaba.
Pero antes de caer, algo salió de ella.
No una palabra.
No un hechizo aprendido.
Un rechazo.
Puro.
Brutal.
El arroyo estalló.
El agua inmóvil se levantó de golpe en una columna negra de barro, piedras y raíces.
El enviado que sostenía a Morgana fue arrojado hacia atrás.
Su cuerpo golpeó un tronco con un sonido húmedo.
El paño cayó al suelo.
Morgana también.
Evelyne se soltó de Bastian con un grito y corrió hacia su hija.
La levantó en brazos.
—¡Morgana!
La niña estaba consciente, pero aturdida.
Sus ojos verdes miraban sin enfocar.
Tenía sangre en el labio.
Entonces los cuervos llegaron.
Primero cinco.
Luego veinte.
Luego tantos que el amanecer se volvió oscuro.
Se lanzaron sobre los hombres de Lorn, sobre Perrin, sobre Corven padre, sobre Bastian.
Picotearon rostros, manos, orejas.
Los gritos llenaron el arroyo.
Evelyne no los había llamado.
Morgana tampoco.
O quizá sí.
Ninguna lo sabía.
Elric intentó cubrirse con el libro sagrado.
Un cuervo se posó frente a él, sobre una piedra, y lo miró sin atacar.
Eso lo aterrorizó más que los picos y las garras.
Evelyne sostuvo a Morgana contra su pecho y retrocedió hacia el bosque.
Habrían escapado.
Podrían haber escapado.
Si Elric no hubiera pronunciado su nombre.
—¡Evelyne!
Ella se detuvo.
El sacerdote estaba de rodillas en el barro, con sangre en la frente y un brazo extendido hacia ella.
—No puedo contenerlos después de esto.
Evelyne lo miró.
—Nunca intentaste contenerlos.
Solo intentaste convencerme de caminar sola hacia la jaula.
—Si huyes, vendrán más.
De Lorn.
De la corona.
De la iglesia.
De todas partes.
Morgana gimió contra su pecho.
Evelyne miró a su hija.
La niña apenas podía mantener los ojos abiertos.
Los cuervos seguían atacando.
Los hombres gritaban.
Bastian lloraba, cubriéndose la mano mordida.
Perrin maldecía.
El enviado caído junto al tronco no se movía.
Evelyne supo entonces que la huida se había convertido en sentencia.
Si escapaban, las perseguirían como monstruos.
Si se quedaban, intentarían encerrarlas.
Si luchaban, confirmarían cada temor.
El pueblo había construido un círculo perfecto.
Y lo llamaba salvación.
—Diles que nos dejen en paz —dijo Evelyne a Elric.
El sacerdote bajó la mirada.
No podía.
No quería lo suficiente.
No era fuerte.
La madre de Morgana lo entendió en ese instante.
No todos los traidores eligen la maldad con una sonrisa.
Algunos simplemente no se atreven a perder su lugar entre los cobardes.
Evelyne pronunció otra palabra antigua.
Los cuervos se detuvieron.
Uno por uno, levantaron vuelo y regresaron a los árboles.
Los hombres quedaron tirados en el barro, sangrando, humillados y vivos.
Evelyne caminó hacia Elric con Morgana en brazos.
—Mírame.
El sacerdote obedeció.
—Si vuelves a mi casa con ellos, no responderé con agua ni cuervos.
Elric tragó saliva.
—Evelyne… —Responderé como madre.
Elric no pudo sostenerle la mirada.
Ella pasó junto a él y regresó hacia su casa, llevando a Morgana dormida contra el pecho.
Nadie la detuvo.
Pero esa misma tarde, el pueblo decidió que Evelyne debía ser entregada.
No lo dijeron así al principio.
Las palabras fueron otras.
Más limpias.
Más humanas.
“Custodia eclesiástica.” “Contención preventiva.” “Protección del pueblo.” “Protección de la niña.” El padre Elric estaba en la reunión.
La reunión se celebró en el interior de la iglesia de San Aeron, con las puertas cerradas y los bancos llenos de aldeanos que aún llevaban heridas del ataque de los cuervos.
Bastian tenía la mano vendada.
Perrin un ojo cubierto.
Corven padre una mordida profunda en el cuello.
Los enviados de Lorn hablaron desde el altar como si estuvieran dictando no una decisión, sino un diagnóstico.
—Evelyne de Veyr es el origen de la corrupción —dijo uno.
Elric levantó la cabeza.
—La niña manifestó el estallido en el arroyo.
—La niña es instrumento.
La madre es guía.
—No sabemos eso.
—Sabemos que Evelyne domina artes prohibidas.
—También sabemos que el pueblo intentó llevarse a su hija.
Un murmullo incómodo recorrió la iglesia.
El enviado lo miró con frialdad.
—Padre Elric, vuestra compasión os honra, pero vuestra debilidad pone en riesgo a todos.
La palabra debilidad encontró su lugar en la vergüenza del sacerdote.
Bastian habló desde la primera banca: —Si se llevan a Evelyne, ¿qué pasará con Morgana?
—La niña será evaluada por separado —respondió el enviado.
—¿Separada de su madre?
—Es necesario.
Una mujer del fondo empezó a llorar.
No por Evelyne.
Por miedo a lo que ocurriría si no lo hacían.
Perrin se levantó.
—Mi hijo despierta gritando cada noche.
Hédra, sentada junto a él, añadió: —Mis figuras aún giran la cabeza cuando nadie mira.
Corven padre habló: —El trigo se pudre en el campo desde que esa mujer amenazó al valle.
Otra voz: —Mi esposa perdió al bebé después de que Evelyne nos negara una infusión.
Otra: —Los cuervos comen en mi techo.
Otra: —La niña sabe nombres que no debe.
Y entonces, como siempre, el miedo se organizó hasta parecer mayoría.
Elric escuchó.
Debió oponerse.
Debió levantarse.
Debió decir que la madre defendía a su hija.
Que el pueblo había intentado arrebatársela.
Que la violencia había empezado en manos de los hombres que ahora se llamaban víctimas.
Pero miró las bancas llenas.
Miró las heridas.
Miró el altar.
Miró su cruz.
Y dijo solo: —No debe hacerse daño a la niña.
El enviado de Lorn inclinó la cabeza.
—Por supuesto.
Esa promesa bastó para que Elric traicionara a Evelyne sin llamarlo traición.
Fueron por ella al amanecer del día siguiente.
No con antorchas.
Todavía no.
Fueron con campanas.
La iglesia tocó tres veces antes de que los hombres salieran de la plaza.
Fue una forma de advertencia y de teatro.
Los aldeanos se colocaron en la calle, formando una procesión gris.
Algunos llevaban cruces.
Otros cuerdas.
Otros sal.
Los enviados de Lorn caminaban delante.
El padre Elric iba con ellos, pálido, sosteniendo un libro sagrado con ambas manos.
Bastian estaba allí también.
No quería estar.
Pero estuvo.
Eso era lo que Morgana recordaría de él.
La casa de Evelyne permanecía cerrada.
Morgana observaba desde el interior, detrás de la mesa.
Su madre le había ordenado no acercarse a las ventanas.
—¿Van a entrar?
—preguntó.
Evelyne estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Llevaba un vestido oscuro, el cabello recogido y la llave negra colgada bajo la ropa.
Había preparado otra bolsa, pero esta vez no para huir.
Morgana no entendió por qué solo había cosas para ella: pan, ropa, la muñeca, un frasco pequeño de ungüento, una cinta verde.
—Escúchame, pequeña sombra —dijo Evelyne, arrodillándose frente a ella.
—No quiero esconderme.
—Lo sé.
—Quiero que se vayan.
—Yo también.
—Haz que se vayan.
Evelyne acarició su rostro.
—A veces, para que un monstruo no entre por una puerta, alguien debe salir primero.
Morgana frunció el ceño.
—No entiendo.
—Lo harás.
Y ojalá me odies por eso el tiempo suficiente para vivir.
La niña empezó a llorar.
—No digas eso.
Los golpes sonaron en la puerta.
Tres.
Lentos.
Oficiales.
Elric habló desde fuera: —Evelyne de Veyr.
En nombre de la iglesia de San Aeron y del obispado de Lorn, abrid.
Morgana abrazó a su madre.
—No.
Evelyne la sostuvo con fuerza.
Durante un instante, su rostro se quebró.
Solo un instante.
Luego volvió a ser la mujer que el pueblo temía.
—Morgana, ve al sótano.
—No.
—Ve.
—¡No!
Evelyne tomó el rostro de su hija entre las manos.
—Escucha la casa.
Ella te conoce.
Ella te cuidará hasta que vuelva.
—¿Vas a volver?
La mentira tembló en los labios de Evelyne.
Pero no pudo decirla.
—Voy a hacer todo lo que pueda.
Morgana entendió.
No como adulta.
Como niña.
Eso fue peor.
Los golpes volvieron.
Más fuertes.
Evelyne empujó a Morgana hacia la trampilla del sótano.
La niña se aferró a su vestido.
—Mamá, no.
—Vive —susurró Evelyne—.
Aunque me odies.
Luego cerró la trampilla.
Morgana quedó abajo, en la oscuridad, abrazando su muñeca, escuchando los pasos de su madre hacia la puerta.
Evelyne abrió.
La luz gris del amanecer entró en la casa.
Frente a ella estaban Elric, los enviados, Bastian, Perrin, Corven y una docena más.
—Vengo voluntariamente —dijo Evelyne.
Elric levantó la mirada, sorprendido.
—¿Dónde está Morgana?
—Lejos de vuestras manos.
El enviado hizo una señal para que dos hombres entraran.
Evelyne pronunció una palabra.
No ocurrió nada visible.
Pero los dos hombres se detuvieron en el umbral, incapaces de cruzar.
El enviado apretó los dientes.
—No hagáis esto más difícil.
Evelyne sonrió.
—Podría hacerlo mucho más difícil.
Bastian susurró: —¿Por qué te entregas?
Ella lo miró.
—Porque ustedes son capaces de quemar la casa si creen que mi hija está dentro.
El anciano bajó la mirada.
No lo negó.
Elric dio un paso adelante con una cuerda de lino marcada con sellos.
—Debo atarte las manos.
Evelyne lo observó.
—¿Tú?
La vergüenza le cruzó el rostro.
—Es el procedimiento.
—No.
Es la forma que eliges para convencerte de que aún tienes control sobre lo que permites.
Elric no respondió.
Le ató las manos.
No con fuerza.
Eso no lo volvió menos terrible.
Morgana, desde el sótano, escuchó el roce de la cuerda.
Escuchó las botas.
Escuchó la voz de su madre.
Escuchó cómo la casa entera crujía de rabia.
La puerta habló.
Déjame cerrar.
La madera del suelo habló.
Déjame romper.
Los frascos de hierbas susurraron.
Déjanos morder.
Y por primera vez, Morgana quiso decir que sí.
Pero la voz de su madre atravesó la trampilla: —No, Morgana.
La niña se congeló.
Evelyne no podía verla.
Aun así sabía.
—No les des lo que esperan.
Morgana apretó la muñeca contra su pecho hasta que la madera le dejó una marca.
Los hombres se llevaron a Evelyne.
El pueblo la vio cruzar la plaza con las manos atadas.
Algunos bajaron la mirada.
Otros hicieron la señal de protección.
Hédra escupió al suelo.
Perrin sostuvo a su hijo contra el pecho, como si Evelyne pudiera enfermarlo con una mirada.
Bastian caminaba detrás de ella, incapaz de cerrar su mano vendada.
El padre Elric iba al frente, leyendo oraciones que sonaban como una puerta cerrándose.
Evelyne no lloró.
No suplicó.
No maldijo.
Eso hizo que muchos la temieran más.
La encerraron en una habitación bajo la iglesia, no en la cripta principal, sino en una celda pequeña usada antiguamente para penitentes.
Allí la interrogaron durante horas.
Los enviados de Lorn preguntaron por el valle.
Por la llave.
Por los nombres de los niños.
Por el origen de Morgana.
Por el padre desconocido.
Por las voces.
Por la capilla vieja.
Evelyne respondió poco.
Cuando le preguntaron si su hija estaba poseída, dijo: —Mi hija está viva.
Esa es la posesión que más les molesta.
Cuando le preguntaron si había hecho pactos, dijo: —Los únicos pactos imperdonables de este pueblo se hicieron con hambre y niños.
Cuando le preguntaron dónde estaba la llave negra, sonrió.
—Más cerca de lo que merecen y más lejos de lo que alcanzan.
Cuando el padre Elric le pidió cooperación para proteger a Morgana, Evelyne lo miró con una tristeza que lo persiguió el resto de su vida.
—Ya la traicionaste usando esa palabra.
Al caer la noche, Elric bajó solo a la celda.
Llevaba pan y agua.
Evelyne estaba sentada contra la pared, las manos aún atadas.
Tenía una marca roja en la mejilla.
No lloraba.
—No debieron golpearte —dijo él.
Ella rió suavemente.
—Qué alivio.
Pensé que la injusticia empezaba a incomodarte tarde.
Elric dejó el pan junto a ella.
—Puedo ayudarte.
—No.
—Evelyne… —No puedes ayudarme porque quieres salvar dos cosas que ya se están devorando: tu conciencia y tu lugar entre ellos.
El sacerdote se arrodilló frente a ella.
—Dime dónde está Morgana.
Puedo sacarla del pueblo antes de que los enviados la encuentren.
Evelyne lo miró con atención.
Por un instante, casi quiso creerle.
Ese fue el último lujo que se permitió.
—No.
Elric cerró los ojos.
—Entonces vendrán más hombres.
—Que vengan.
—No podrás detenerlos desde aquí.
Evelyne se inclinó hacia él.
—No confundas estar encerrada con estar ausente.
La vela entre ambos parpadeó.
Elric sintió frío.
—¿Qué hiciste?
Evelyne sonrió.
—Lo que hace una madre antes de dormir: asegurar puertas.
Arriba, en la casa junto al bosque, Morgana seguía en el sótano.
La trampilla no se había abierto.
El pueblo no se atrevió a entrar esa noche.
No todavía.
Pero la niña escuchaba.
Escuchaba a su madre bajo la iglesia.
Escuchaba a los hombres discutiendo.
Escuchaba la plaza.
Escuchaba la capilla vieja bajo la tierra, murmurando con una voz húmeda y paciente.
Y escuchaba algo más.
Algo junto a ella en la oscuridad.
No tenía forma.
No tenía rostro.
Solo presencia.
—¿Mamá?
—susurró.
No era su madre.
La presencia no respondió con palabras.
Pero Morgana sintió una idea deslizarse dentro de su pecho.
Te la quitaron.
La niña abrazó su muñeca.
—Va a volver.
La oscuridad pareció sonreír.
Claro.
Morgana cerró los ojos.
No durmió.
Arriba, la casa crujía.
Abajo, la tierra respiraba.
En la iglesia, Evelyne de Veyr levantó la cabeza de pronto, como si hubiera oído algo que nadie más podía oír.
Elric, aún en la celda, la miró.
—¿Qué pasa?
Evelyne palideció por primera vez.
No por ella.
—Mi hija está escuchando demasiado.
Intentó ponerse de pie, pero las ataduras se lo impidieron.
—Suéltame.
—No puedo.
—¡Suéltame, Elric!
El sacerdote retrocedió.
—No puedo.
Evelyne tiró de las cuerdas hasta hacerse sangre en las muñecas.
—Entonces acabas de condenarlos a todos.
Elric no entendió.
No entonces.
Solo más tarde, cuando la casa ardió.
Cuando Morgana emergió de las cenizas con ojos que ya no pertenecían del todo a una niña.
Cuando los cuervos cubrieron el cielo.
Cuando Veyrfall dejó de dormir.
Solo entonces el padre Elric recordaría esas palabras y comprendería que la verdadera traición no fue atar las manos de Evelyne.
Fue dejar a Morgana sola en la oscuridad, justo cuando la oscuridad estaba aprendiendo su nombre.
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