El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 Padre Elric confiesa a medias
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19: Capítulo 19: Padre Elric confiesa a medias 19: Capítulo 19: Padre Elric confiesa a medias El padre Elric terminó de contar la historia con la voz de un hombre que había pasado demasiados años rezando para que ciertas palabras murieran antes que él.
Pero las palabras no morían.
No en Veyrfall.
Solo se enterraban.
Y todo lo enterrado, tarde o temprano, empezaba a golpear desde abajo.
Adrien permaneció en la nave de la iglesia, frente al altar donde reposaba la caja de los nombres.
La luz gris de la mañana atravesaba las vidrieras sucias y caía sobre los juguetes enterrados como si fueran reliquias de una religión más antigua y más cruel.
El padre Elric estaba sentado en la primera banca, con las manos entrelazadas y la mirada hundida en el suelo.
Bastian Rusk había salido hacía unos minutos, incapaz de seguir escuchando el peso de su propia participación en el incendio.
Mara también se había marchado, llevando consigo la muñeca de Elia, envuelta en su chal como si aún pudiera darle calor.
Solo quedaban ellos dos.
El caballero marcado.
Y el sacerdote que llevaba veintidós años intentando llamar prudencia a su cobardía.
Afuera, el pueblo murmuraba alrededor del pozo.
El humo blanco se había disipado, pero la canción de cuna todavía parecía vibrar en la piedra.
Nadie se acercaba demasiado.
Nadie quería saber si las voces de los niños seguían despiertas.
Adrien sí.
Pero antes debía arrancar otra capa de mentira.
—La entregaron a la iglesia —dijo.
No fue una pregunta.
Elric cerró los ojos.
—Sí.
—A Evelyne.
—Sí.
—Con la promesa de proteger a Morgana.
El sacerdote tragó saliva.
—Eso intenté.
Adrien lo miró con una dureza que ya no tenía filo de ira inmediata, sino de cansancio moral.
—No.
Eso se dijo.
Elric abrió los ojos.
La frase le dolió.
Quizá porque era exacta.
—Creí que si Evelyne era apartada del pueblo, los aldeanos se calmarían —murmuró—.
Creí que la iglesia podría contener la situación.
Creí que, si cooperaba, podría impedir algo peor.
Adrien soltó una risa baja, amarga.
—En este lugar, todos parecen haber hecho horrores intentando impedir algo peor.
—Y a veces era verdad.
—¿Eso se dice para dormir?
Elric no respondió.
Adrien se acercó al altar y tomó uno de los juguetes de la caja: una peonza pequeña, agrietada, con restos de pintura azul.
La sostuvo entre los dedos con cuidado.
—¿De quién era?
El sacerdote levantó la mirada.
Tardó en reconocerla.
—Mina Vale.
—Ocho años.
—Sí.
—Entregada.
Elric apretó los labios.
—Sí.
Adrien volvió a dejar la peonza en su lugar.
—¿Cuántos niños se salvaron gracias a esas entregas, padre?
La pregunta hizo que Elric se estremeciera.
—No lo sé.
—¿Cuántos campos dieron fruto?
—No lo sé.
—¿Cuántas familias comieron pan después?
—No lo sé.
Adrien se volvió hacia él.
—Entonces ni siquiera pueden afirmar que sirvió.
Elric bajó la cabeza.
—No.
—Solo que lo hicieron.
El silencio ocupó la iglesia.
Desde el techo llegó el sonido de patas pequeñas.
Un cuervo caminaba sobre las tejas.
Nadie se sobresaltó.
En Veyrfall, incluso los presagios se habían vuelto parte del mobiliario.
Adrien apoyó ambas manos sobre el altar.
—¿Qué pasó con Morgana después de que se llevaron a Evelyne?
Elric cerró los ojos.
—No lo suficiente.
—Padre.
—No lo suficiente para explicar lo que es ahora.
—Eso lo decidiré yo cuando lo escuche.
El sacerdote respiró hondo.
—La encontraron dos días después.
Adrien se volvió lentamente.
—¿Dos días?
—Sí.
—¿La dejaron sola dos días en la casa?
—El pueblo no se atrevía a entrar.
Los enviados de Lorn estaban ocupados interrogando a Evelyne.
Yo… yo pensé que Morgana había sido escondida en el bosque.
—Pensó.
La palabra salió como una acusación.
Elric la aceptó.
—Sí.
—Una niña de seis años.
—Sí.
—Sola.
—Sí.
Adrien sintió que el pecho marcado le ardía.
No era una intervención clara de Morgana.
Era como si la marca reaccionara al recuerdo incluso antes de que la historia llegara a su parte más oscura.
—¿Quién la encontró?
—Yo.
Elric levantó la mirada hacia el altar, pero sus ojos no estaban allí.
Estaban veintidós años atrás.
—Fui a la casa al tercer amanecer.
No por valentía.
No me atribuyáis eso.
Fui porque Evelyne no dejaba de gritar desde la celda.
Decía que su hija escuchaba demasiado.
Decía que debíamos sacarla antes de que la oscuridad le respondiera.
Adrien guardó silencio.
—Cuando llegué, la casa estaba cerrada.
No había señales de lucha.
Solo cuervos sobre el techo.
Muchos.
Demasiados.
No graznaban.
Solo miraban.
—¿Morgana estaba en el sótano?
—Sí.
Elric se llevó una mano a la boca, como si el recuerdo tuviera olor.
—La trampilla estaba sellada desde dentro.
No con trancas.
Con raíces.
Raíces negras que habían crecido entre las tablas, aunque no había tierra suficiente para eso.
Tuve que cortarlas una por una.
Sangraban.
Adrien sintió frío.
—¿Sangraban?
—Como carne.
El sacerdote respiró con dificultad antes de continuar.
—Cuando abrí, ella estaba abajo.
Sentada en una esquina, con su muñeca en las manos.
No lloraba.
Tenía los ojos abiertos.
Había marcas en las paredes, hechas con uñas.
No parecían de ella solamente.
—¿Qué quiere decir?
—Había demasiadas.
La iglesia pareció encogerse alrededor de esas palabras.
—Le pregunté si estaba herida —continuó Elric—.
No respondió.
Le pregunté si podía caminar.
Nada.
Entonces bajé para tomarla en brazos.
Y cuando la toqué, escuché voces.
Adrien no se movió.
—¿Qué voces?
—Niños.
Elric miró la caja sobre el altar.
—Los niños del pozo.
No los oí con los oídos.
Los oí dentro.
Como si cada nombre enterrado hubiera encontrado una grieta por donde entrar.
Lloraban.
Reían.
Cantaban.
Algunos pedían agua.
Otros pedían a sus madres.
Uno solo repetía: “no me empujes”.
Adrien apretó los dedos.
—¿Morgana los escuchaba también?
Elric soltó una risa rota.
—Ella los estaba sosteniendo.
—¿Cómo?
—No lo sé.
Su cuerpo estaba allí, pero sus ojos… sus ojos parecían mirar un lugar donde todos esos niños seguían cayendo.
Como si el sótano de su casa se hubiera conectado con la capilla vieja.
Con el pozo.
Con todo lo que habíamos sellado mal.
Adrien recordó la voz de Morgana: Porque algunos niños lloran igual en todos los siglos.
Entonces no era una frase poética.
Era memoria.
—¿Qué hizo?
—La saqué.
O intenté sacarla.
Al principio no quería soltar la muñeca.
Luego, cuando llegamos a la sala, empezó a hablar.
—¿Qué dijo?
Elric cerró los ojos.
—Nombres.
Adrien no preguntó cuáles.
Ya los sabía.
O empezaba a saberlos.
—Los decía sin parar —continuó el sacerdote—.
Nombres de niños entregados durante generaciones.
Algunos estaban en registros ocultos.
Otros ni siquiera allí.
Los decía con edades, con juguetes, con las últimas palabras que pronunciaron.
Era una niña de seis años hablando como una tumba abierta.
Elric tragó saliva.
—La llevé a la iglesia.
Adrien se tensó.
—¿A la misma iglesia donde tenían encerrada a su madre?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque era el único lugar donde pensé que podría protegerla.
—Usted la llevó a sus captores.
—Sí.
No hubo defensa.
Eso no lo hizo menos imperdonable.
Adrien caminó lentamente por la nave, intentando contener la furia.
Las bancas vacías parecían testigos demasiado limpios para tanta suciedad.
—¿Morgana vio a Evelyne?
El sacerdote negó.
—No ese día.
—¿Por qué?
—Los enviados no lo permitieron.
—¿Y usted?
Elric no respondió.
Adrien se volvió hacia él.
—¿Y usted?
—No insistí lo suficiente.
Adrien cerró los ojos.
Cada frase del sacerdote era un cadáver envuelto en lino fino.
—Siga.
Elric obedeció.
—Durante una semana, Morgana estuvo bajo custodia en una habitación del ala vieja de la iglesia.
No era una celda.
Adrien abrió los ojos.
—¿Estaba encerrada?
—Sí.
—Entonces era una celda.
Elric aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.
—La examinaban.
Leían oraciones.
Le mostraban símbolos.
Le hacían preguntas.
Querían saber quién le hablaba.
Querían saber si el valle podía usarla.
Querían saber si Evelyne había hecho un pacto antes de su nacimiento.
—¿Y Morgana?
—Al principio no respondía.
Luego empezó a responder demasiado.
Adrien frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Decía verdades que herían a quienes preguntaban.
Al enviado Mael le dijo que su madre había muerto odiándolo.
A otro hombre le dijo que había robado monedas del cepillo de los huérfanos.
A una monja de Lorn le preguntó por qué rezaba con las manos que habían ahogado a su propio hijo recién nacido.
Adrien sintió repulsión.
No hacia Morgana solamente.
Hacia los adultos que rodeaban a una niña encerrada esperando pureza de ella mientras ocultaban podredumbre propia.
—¿Eran verdades?
—Sí.
—¿Y eso la condenó más?
—Sí.
Elric levantó la mirada, casi suplicante.
—Pero escuchadme, Sir Adrien.
No todo fue culpa de ellos.
Morgana empezó a disfrutarlo.
Adrien guardó silencio.
—Tenía seis años.
—Lo sé.
—Una niña encerrada, separada de su madre.
—Lo sé.
—Interrogada por adultos que querían decidir si era monstruo.
—Lo sé.
—Entonces tenga cuidado con lo que llama disfrutar.
Elric apretó la cruz contra su pecho.
—La vi sonreír mientras Mael se arrancaba la piel de los brazos porque ella le dijo que había gusanos debajo.
Adrien se quedó quieto.
—¿Ella le hizo ver eso?
—Sí.
—¿A propósito?
—Sí.
La iglesia quedó en silencio.
Elric continuó, con la voz más baja: —Al principio pensé que era defensa.
Como el agua del arroyo.
Como los cuervos.
Como las figuras de barro.
Algo involuntario, un don sin control.
Pero después… después empezó a elegir dónde apretar.
Adrien recordó a Taren Holt de rodillas en el barro, reviviendo la noche de Sera.
Te devuelvo tu memoria sin cerrar.
—¿Qué le hacían a ella?
—preguntó.
Elric cerró los ojos.
—Cosas que no debieron hacerse.
—Dígalo.
—La privaban de sueño.
—¿Qué más?
—La obligaban a escuchar oraciones durante horas.
—¿Qué más?
El sacerdote tragó saliva.
—Le ataban las manos con hilo bendecido.
Adrien no apartó la mirada.
—¿Qué más?
—La sumergieron en agua fría para observar si su marca reaccionaba.
La mandíbula de Adrien se tensó.
—¿A una niña?
Elric susurró: —Sí.
—¿Usted estaba allí?
—A veces.
—¿Y cuando no estaba?
Elric abrió los ojos.
Había lágrimas en ellos.
—Es peor no saberlo todo.
Adrien sintió que algo dentro de él se endurecía.
—No.
Es más cómodo.
El sacerdote recibió la frase como una herida merecida.
—Sí.
Adrien se acercó.
—¿La golpearon?
Elric no respondió.
—¿La golpearon?
—Sí.
—¿Quién?
—Mael.
Otros.
A veces aldeanos que eran admitidos para “dar testimonio”.
Adrien se quedó inmóvil.
—¿Aldeanos entraban?
—Algunos padres de niños enfermos.
Algunos hombres que decían haber sido maldecidos.
Bastian una vez.
Adrien pensó en la mano quemada del anciano.
—¿Qué le hizo Bastian?
—Nada físico.
Solo la miró y lloró.
Le pidió que perdonara al pueblo.
Adrien soltó una risa amarga.
—Le pidió perdón a la niña que intentaron entregar.
—Sí.
—¿Y ella?
Elric bajó la mirada.
—Le tomó la mano.
Adrien recordó la cicatriz de Bastian.
—Y se la quemó.
—Sí.
—¿Dijo algo?
—Le dijo: “Así recordarás la antorcha cuando intentes rezar con esa mano.” El silencio posterior fue terrible.
Adrien no pudo defenderla.
Tampoco pudo condenarla con limpieza.
Una niña torturada, enfrentada a uno de los hombres que sostuvo fuego contra su casa, usando un poder que no entendía del todo para grabarle memoria en la piel.
Cruel.
Sí.
Comprensible.
También.
Justo.
Tal vez no.
Necesario.
Imposible saberlo.
Esa era la trampa del valle.
No ofrecía inocencia.
Solo grados de daño.
—¿Qué pasó con Evelyne?
—preguntó Adrien.
Elric se llevó ambas manos al rostro.
—Durante esos días, la mantuvieron encerrada.
La interrogaron.
La presionaron para entregar la llave negra.
—¿La entregó?
—No.
—¿La torturaron?
El sacerdote no habló.
Adrien sintió que la respuesta se formaba en el silencio.
—¿La torturaron?
—Sí.
La palabra apenas tuvo fuerza.
Pero bastó.
Adrien miró hacia la cruz sobre el altar.
Durante un instante, sintió desprecio hacia el símbolo mismo.
Luego recordó que un símbolo no hacía daño solo.
Eran manos humanas las que lo sostenían como excusa.
—¿Usted participó?
—No.
—¿Lo permitió?
Elric se quebró.
No lloró con ruido.
Solo se inclinó hacia adelante, como si su cuerpo ya no pudiera sostener la forma de un sacerdote.
—Sí.
Adrien cerró los puños.
La marca en su pecho ardió de golpe.
La voz de Morgana susurró dentro de él, lenta, casi sin emoción: —Pregúntale por mis manos.
Adrien sintió un frío profundo.
—¿Qué le hicieron a las manos de Morgana?
Elric levantó la cabeza, horrorizado.
—¿Ella…?
—Diga la verdad.
El sacerdote tembló.
—Mael quería comprobar si su poder dependía del contacto.
Mandó atarle los dedos con alambre de plata.
Adrien sintió náuseas.
—¿Cuánto tiempo?
—Una noche.
—Tenía seis años.
Elric cerró los ojos.
—Sí.
—¿Y usted dice que se volvió peor que sus verdugos como si eso apareciera de la nada?
El sacerdote abrió los ojos, y por primera vez en mucho rato hubo firmeza en su dolor.
—No apareció de la nada.
Pero apareció.
Adrien no respondió.
Elric se puso de pie con dificultad.
—No intento limpiar lo que hicimos.
No puedo.
La iglesia permitió abusos.
El pueblo los alentó.
Yo callé cuando debía haber gritado.
Mael era cruel.
Los inquisidores de Lorn tenían más interés en clasificar a Morgana que en salvarla.
Todo eso es verdad.
Su voz se endureció.
—Pero Morgana no se limitó a sobrevivir.
Adrien lo miró.
—Siga.
—Aprendió.
Elric señaló la caja de los nombres.
—Aprendió que la culpa podía abrirse como una herida.
Aprendió que el miedo obedecía mejor que el amor.
Aprendió que una verdad dicha en el momento exacto podía destruir más que una espada.
Y cuando escapó, no huyó para ser libre solamente.
Huyó para volver.
Adrien sintió el peso de esas palabras.
—¿Escapó antes del incendio?
—Sí.
La noche anterior.
Adrien se quedó inmóvil.
—¿Cómo?
—No lo sabemos.
Las cerraduras aparecieron abiertas desde dentro.
Los dos guardias fueron encontrados vivos, pero ciegos durante tres días.
Decían que una niña sin sombra les había besado los párpados.
—¿Y Evelyne?
—Siguió encerrada.
Adrien entendió antes de preguntar.
—Morgana intentó rescatarla.
—Sí.
—¿Y falló?
Elric miró hacia la puerta de la iglesia, como si aún pudiera ver la casa al borde del bosque.
—No llegó a tiempo.
La marca del pecho de Adrien se heló.
Elric continuó: —Después de escapar, Morgana corrió hacia su casa.
No hacia el bosque.
No hacia la libertad.
Hacia la casa.
Creía que su madre había sido trasladada allí para atraerla.
—¿Era cierto?
Elric no pudo sostenerle la mirada.
—Sí.
Adrien sintió que la furia volvía, inmensa.
—Usaron a Evelyne como cebo.
—Mael lo ordenó.
—¿Y usted?
—Yo no lo supe hasta que ya estaba hecho.
—Qué conveniente.
Elric alzó la voz por primera vez: —¡Sí!
¡Conveniente, cobarde, insuficiente, todo lo que queráis!
Pero escuchad el final antes de decidir que Morgana solo fue arrastrada.
Adrien guardó silencio.
El sacerdote respiraba con fuerza.
—La llevaron a su propia casa.
Atada.
Golpeada.
Pero viva.
Mael creía que Morgana volvería allí.
Quería capturarla lejos de la iglesia, donde no hubiera tantos testigos.
Algunos aldeanos lo siguieron.
Bastian.
Perrin.
Corven padre.
Otros.
Adrien ya conocía parte de la historia.
La antorcha.
La puerta cerrada.
El fuego.
—El plan era capturar a Morgana —dijo.
—Sí.
—Pero quemaron la casa.
—Sí.
—Con Evelyne dentro.
Elric cerró los ojos.
—Sí.
La iglesia pareció llenarse de humo invisible.
Adrien vio en su mente a Evelyne cantando junto a la trampilla.
A Morgana bajo tierra.
A la puerta cerrada desde fuera.
A los hombres esperando que el fuego hiciera lo que ellos no se atrevían a admitir.
—Morgana llegó durante el incendio —dijo Elric.
No era pregunta.
El sacerdote asintió.
—La vieron en el borde del bosque.
Gritó por su madre.
Intentó entrar.
Los hombres la sujetaron.
Adrien sintió que el mundo se cerraba.
—La sujetaron mientras la casa ardía.
—Sí.
—¿Y usted estaba allí?
—Llegué después.
Adrien lo miró.
—Siempre después.
Elric no se defendió.
—Cuando llegué, Morgana ya se había soltado.
—¿Cómo?
El sacerdote palideció.
—Mordió a uno de los hombres hasta arrancarle parte del dedo.
Luego… luego las sombras alrededor de la casa se movieron.
—¿El valle?
—No lo sé.
Quizá.
Tal vez ella.
Tal vez ambas cosas.
Elric tragó saliva.
—Los hombres retrocedieron.
Morgana entró en la casa en llamas.
Adrien sintió una punzada en el pecho.
—Entró.
—Sí.
—Para salvar a Evelyne.
—Sí.
—Pero Evelyne la escondió bajo la trampilla.
—Sí.
Elric caminó lentamente hacia el altar.
—Cuando la saqué al amanecer, Evelyne estaba muerta.
Morgana había sobrevivido bajo su cuerpo y bajo las tablas.
Ya os lo dije.
Pero no os dije lo que ocurrió después.
Adrien esperó.
El sacerdote tomó una vela apagada y la sostuvo entre los dedos.
—Morgana despertó al mediodía.
Estaba en la iglesia.
La habíamos puesto en una habitación lateral.
Sus manos estaban vendadas.
Sus pulmones llenos de humo.
Tenía fiebre.
Yo pensé que no viviría.
—Pero vivió.
—Sí.
Elric pasó el pulgar sobre la mecha de la vela.
—Mael entró para verla.
Quería interrogarla antes de que muriera.
Le preguntó dónde estaba la llave.
Le preguntó qué le había dicho Evelyne.
Le preguntó si el valle había aceptado a su madre en su lugar.
Adrien sintió asco.
—¿A una niña recién rescatada del fuego?
—Sí.
—¿Y Morgana?
Elric levantó la vista.
—Le sonrió.
La vela apagada en su mano empezó a humear, aunque nadie la había encendido.
Adrien miró la mecha.
Elric no pareció notarlo.
—No dijo nada al principio.
Solo sonrió.
Mael se inclinó hacia ella, furioso, y entonces Morgana le susurró algo.
—¿Qué?
—“El fuego no terminó de comer.” El sacerdote soltó la vela.
Cayó al suelo.
Encendida.
La llama era pequeña, roja.
Adrien la pisó de inmediato.
—¿Qué le pasó a Mael?
Elric cerró los ojos.
—Empezó a arder por dentro.
Silencio.
—No hubo llamas visibles —continuó—.
Pero gritaba como si las tuviera.
Su piel se llenó de ampollas.
Los ojos se le secaron.
Cayó de rodillas pidiendo agua.
Morgana lo observó todo sin moverse.
Tenía seis años, Adrien.
Seis.
Y lo miró morir durante horas.
Adrien no habló.
—Cuando intentamos ayudarlo, ella nos dijo que si lo tocábamos, compartiríamos su calor.
Nadie lo tocó.
El sacerdote se abrazó a sí mismo.
—Yo tampoco.
La confesión quedó entre ellos.
Otra cobardía.
Otro muerto.
Otra niña aprendiendo que los adultos temían más su dolor que su crimen.
—¿Mael cerró la puerta de la casa?
—preguntó Adrien.
—Sí.
—Entonces ella mató al hombre que quemó a su madre.
—Sí.
—¿Y por eso dice que se volvió peor que sus verdugos?
Elric levantó la mirada, y esta vez su voz fue dura.
—No.
Si todo hubiera terminado con Mael, quizá habría pasado el resto de mi vida llamándolo justicia en secreto.
No.
No terminó allí.
Adrien sintió el aire cambiar.
—¿Qué hizo después?
—Empezó con los culpables directos.
Los hombres de las antorchas.
Los que sujetaron puertas.
Los que escondieron llaves.
Los que llevaron cuerdas.
Cada uno recibió algo distinto.
Una mano quemada.
Sueños sin despertar.
Animales muertos.
Voces de hijos perdidos.
Hasta ahí, muchos en el pueblo decían en voz baja que era castigo merecido.
—¿Y después?
Elric miró la caja de nombres.
—Después empezó con las familias.
Adrien no respondió.
—Hijos de culpables.
Hermanos.
Esposas.
Nietos nacidos después.
No siempre muerte.
A veces enfermedad.
A veces locura.
A veces deseo concedido de forma torcida.
Morgana descubrió que podía hacer sufrir a un hombre a través de aquello que amaba más que su propia carne.
Lysa.
Taren.
Mara.
Tomás quizá.
—No todos eran culpables —dijo Adrien.
—No.
—Niños.
—Sí.
Elric sostuvo su mirada.
—Por eso digo que se volvió peor que sus verdugos.
Porque ellos intentaron justificar el horror con hambre, miedo e ignorancia.
Ella conoce perfectamente el horror.
Lo mira a los ojos.
Lo nombra.
Lo entiende.
Y aun así lo elige cuando le sirve.
Adrien sintió que esa frase le entraba con violencia.
No podía rechazarla por completo.
Morgana misma se lo había dicho.
Somos elección.
Muchas veces.
—No busca redención —dijo Elric—.
No esperéis descubrir la última herida y encontrar debajo una mujer deseando ser salvada.
Esa esperanza os destruirá.
Adrien apartó la mirada.
—No busco salvarla.
Elric lo observó con tristeza.
—Tal vez todavía no.
La marca en el pecho de Adrien ardió con suavidad.
La voz de Morgana llegó como un hilo oscuro: —Qué sermón tan conveniente.
Me pregunto si también confesó cuánto lloró Mael antes de morir.
Adrien cerró los ojos.
—No ahora.
Elric palideció.
—¿Está escuchando?
Adrien no respondió.
Morgana susurró: —Pregúntale por los niños que desaparecieron después.
Pregúntale cuántos fueron míos y cuántos del valle que ellos volvieron a alimentar.
Adrien abrió los ojos.
—Las desapariciones recientes —dijo.
Elric se tensó.
—¿Qué?
—Usted insiste en que Morgana se volvió peor que sus verdugos.
Que dañó inocentes.
Que tomó niños.
Pero ella afirma que no tomó a Tomás.
Y el niño está bajo la capilla vieja, no en su casa.
Elric guardó silencio.
—¿Cuántas desapariciones recientes puede atribuirle directamente?
—Lysa volvió marcada por ella.
—Lysa no es desaparición.
Es castigo.
—Eso no la vuelve menos víctima.
—No dije eso.
Adrien dio un paso hacia él.
—¿Cuántos niños tomó Morgana directamente?
Elric abrió la boca.
Luego la cerró.
La iglesia entera pareció esperar.
—No lo sé —admitió al fin.
Adrien sintió que la respuesta confirmaba algo que temía.
—Entonces el pueblo le cargó a ella todos los desaparecidos.
—Porque durante años ella jugó con esa posibilidad.
Porque dejaba señales.
Porque hablaba con sus voces.
Porque devolvía juguetes en ventanas.
Porque si no tomó a todos, se aseguró de que todos creyeran que podía hacerlo.
—Eso es distinto.
—No para los padres.
Adrien calló.
Elric tenía razón en eso.
El dolor de una madre no distinguía entre autor y cómplice simbólico cuando el cadáver de su hijo aparecía con una marca de bruja.
Pero la justicia sí debía hacerlo.
—Abriremos la capilla vieja —dijo Adrien.
Elric asintió lentamente.
—Sí.
—Y si encontramos a Tomás vivo, sabremos que alguien más está usando la historia de Morgana como cubierta.
—Tal vez.
—No tal vez.
El sacerdote lo miró.
—No queráis que esa verdad sea demasiado limpia.
Aquí nada lo es.
Adrien tomó la llave del altar.
Elric no se la impidió.
—¿Qué pasa si rompemos el primer sello?
El sacerdote respiró hondo.
—La iglesia dejará de contener lo que está debajo.
—¿Y lo que está debajo es el valle?
—Una parte.
Un eco.
Una boca.
No tengo palabras exactas.
—Entonces use las inexactas.
Elric miró hacia el suelo.
—La capilla vieja fue construida sobre una grieta.
No física solamente.
Una grieta entre memoria y hambre.
Los antiguos creían que allí los sacrificios no morían del todo.
Que sus nombres se convertían en raíz.
Que el valle escuchaba a través de ellos.
Adrien apretó la llave.
—Y ahora algo está usando esas voces.
—Sí.
—¿Morgana?
—A veces.
—¿Y las otras?
Elric levantó la mirada.
—Eso es lo que temo.
El suelo de la iglesia vibró.
No mucho.
Solo lo suficiente para que las velas temblaran.
Desde la plaza llegó un grito.
Adrien corrió hacia la puerta y la abrió.
Veyrfall estaba reunido alrededor del pozo, pero todos retrocedían.
El humo blanco había vuelto, subiendo en columnas delgadas.
Las campanas sonaban solas.
Una, otra, otra.
En el centro de la plaza, sobre el borde del pozo, había algo nuevo.
Un juguete.
Un pequeño caballo de madera, mojado, cubierto de barro negro.
No era de la caja.
Adrien lo supo de inmediato.
Ese no había estado sobre el altar.
Mara gritó: —¡Tomás!
Una mujer cayó de rodillas.
Elric llegó detrás de Adrien y se llevó una mano a la boca.
El caballero bajó los escalones de la iglesia lentamente.
La multitud se apartó a su paso.
El pozo parecía respirar.
El humo olía a leche agria y tierra removida.
Adrien tomó el caballo de madera.
En el lomo, tallado con líneas recientes, había una frase: NO ES LA BRUJA QUIEN ABRE.
La marca en su pecho ardió.
Morgana susurró dentro de él: —Al fin.
Adrien miró hacia las casas.
Todos los aldeanos parecían igual de aterrados.
Pero no todos igual de sorprendidos.
Sus ojos se detuvieron en una figura al fondo de la plaza.
Una mujer cubierta con un chal marrón, el rostro casi oculto.
La madre de Tomás Wren.
No lloraba.
Miraba el caballo con los labios apretados, como quien reconoce algo que esperaba no volver a ver.
Adrien guardó el juguete bajo su capa.
Luego miró al padre Elric.
—La confesión a medias terminó.
El sacerdote no respondió.
Adrien sostuvo la llave antigua en alto.
—Abriremos la capilla vieja hoy.
El pueblo entero murmuró con terror.
Desde el pozo, una voz infantil empezó a tararear la canción de cuna de Evelyne.
Y, en algún lugar invisible del valle, algo que no era Morgana pareció reír con la voz de una madre.
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