Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 20

  1. Inicio
  2. El caballero y la bruja del valle muerto.
  3. Capítulo 20 - 20 Capítulo 20 Justicia o venganza
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

20: Capítulo 20: Justicia o venganza 20: Capítulo 20: Justicia o venganza Adrien encontró a Morgana junto al arroyo viejo.

No la buscó primero en su casa.

Algo en él sabía que no estaría allí.

La casa de piedra oscura, con sus ventanas rojas y sus cuervos en el tejado, era demasiado evidente.

Morgana no se escondía, pero tampoco concedía encuentros de la forma en que los demás los esperaban.

Se movía como las heridas antiguas: aparecía donde dolía, no donde era conveniente.

El arroyo viejo corría entre piedras negras, a mitad de camino entre Veyrfall y la casa quemada.

El agua seguía inmóvil en algunos tramos, como un espejo roto por musgo.

A la orilla crecían flores blancas, pequeñas, delicadas, imposibles en aquella tierra.

Su olor a miel flotaba en el aire con una dulzura que Adrien ya no podía sentir sin pensar en Lysa Merrow.

Morgana estaba de pie entre las flores.

El brazo vendado bajo la manga oscura.

El cabello suelto, movido apenas por un viento que no tocaba los árboles.

Miraba el agua sin inclinarse, como si esperara que el arroyo le devolviera una respuesta.

Adrien se detuvo a varios pasos.

Ella habló sin volverse.

—Llegas con pasos de juicio.

—Vengo con preguntas.

—Eso dicen los jueces antes de recordar que ya decidieron la sentencia.

Adrien apoyó la mano en el pomo de la espada.

—No me provoques.

Morgana giró lentamente.

Bajo la luz gris de la tarde, su belleza parecía más fría.

No llevaba adorno alguno.

No necesitaba ninguno.

Había algo en su rostro que volvía insultante la idea de embellecerlo más: líneas delicadas, labios tranquilos, ojos verdes cargados de una inteligencia que no descansaba nunca.

La venda en su brazo rompía un poco aquella imagen, recordando que incluso ella podía ser herida.

Adrien odió haber notado eso primero.

—¿Traes la llave?

—preguntó ella.

—Sí.

—Entonces Elric lloró lo suficiente.

—No vine a hablar de Elric.

—Qué pena.

Sus lágrimas tienen un sabor muy antiguo.

Adrien dio un paso hacia ella.

—Basta.

Morgana sonrió apenas.

—Otra vez esa palabra.

—Tú misma dijiste que no fue la bruja quien abrió.

—Lo escribí en un juguete, si quieres precisión.

—El caballo de Tomás.

—Su madre debió guardarlo mejor.

Adrien sintió que la rabia le subía al pecho.

—Sabes algo de ella.

—Sé cosas de todos.

—No juegues conmigo.

—Entonces deja de venir al tablero.

Adrien avanzó otro paso.

La distancia entre ambos se acortó, pero no lo bastante para tocarla.

El arroyo quedó a un lado.

Las flores blancas se inclinaban hacia sus botas.

—Tomás está vivo bajo la capilla vieja.

Alguien lo puso allí.

Alguien que no eres tú.

—Eso parece.

—Pero tú dejaste que el pueblo creyera que eras responsable.

Morgana ladeó la cabeza.

—Yo no obligué a nadie a creer lo que deseaba creer.

—Sí lo hiciste.

Dejaste marcas.

Usaste voces.

Devolviste objetos.

Jugaste con el miedo de los padres.

—El miedo ya estaba allí.

—Tú lo alimentaste.

—Veyrfall me enseñó que lo alimentado crece.

Adrien respiró hondo.

Necesitaba calma.

Con Morgana, la ira era una cuerda puesta en sus manos para que ella decidiera cuándo tirar.

—¿Cuántos niños tomaste?

La sonrisa de Morgana desapareció.

No por culpa.

Por fastidio.

—Esa pregunta es fea incluso en tu boca.

—Respóndela.

—No tomé a Tomás.

—No pregunté por Tomás.

El arroyo pareció oscurecerse.

Morgana miró hacia las flores.

—Ninguno de los niños recientes murió por mi mano.

Adrien la estudió.

—¿Eso es verdad?

—Sí.

—¿Y Elia Thorn?

La mirada de Morgana se movió hacia él.

—La devolví.

—Marcada.

Moribunda.

—La encontré bajo la tierra, donde otros la dejaron.

Adrien sintió un golpe frío.

—¿Quiénes?

Morgana sonrió sin alegría.

—¿Ves?

Siempre quieres saltar al final de la historia para salvarte de atravesarla.

—Era una niña.

—Sí.

—Y aun así la convertiste en mensaje.

—No.

El pueblo la convirtió en deuda.

Yo la convertí en acusación.

Adrien apretó la mandíbula.

—Murió.

—Iba a morir.

—Eso no te daba derecho a usarla.

Morgana se acercó un paso.

—Derecho.

Qué palabra tan bien alimentada.

¿Quién me lo daría?

¿Tu rey?

¿La iglesia?

¿El pueblo que escribió mi nombre en una tablilla para arrojarme al pozo?

—La falta de derecho de ellos no crea el tuyo.

Por primera vez, Morgana guardó silencio.

El viento movió su cabello sobre el hombro.

Adrien sostuvo su mirada.

—No puedes cubrir tus crímenes con los suyos.

—No intento cubrirlos.

—Entonces admítelos.

—¿Para que los pongas en tu informe incompleto?

La frase entró como una cuchillada.

Adrien no respondió de inmediato.

Morgana sonrió.

—Ah.

Duele más cuando la verdad viene con buena memoria.

—Ese informe evitó una masacre.

—Ese informe evitó que tu rey viniera por mí antes de que tú decidieras qué hacer conmigo.

—No confundas estrategia con protección.

—No confundas protección con algo que tu orgullo pueda soportar todavía.

Adrien dio otro paso.

Ahora estaban cerca.

Demasiado.

—Admítelo.

Morgana lo miró desde abajo apenas, sin retroceder.

—Castigué a los Holt.

El nombre cayó entre ambos.

Adrien no apartó la mirada.

—Sigue.

—Castigué a los Bale.

A los Rusk.

A los Vale.

A los Thorn.

A los Wren.

El último apellido le tensó el rostro.

—La familia de Tomás.

—Sí.

—¿Qué les hiciste?

—A los Holt les devolví la voz de Sera cada invierno.

Al principio solo en sueños.

Después en las paredes.

Después en la boca de Taren cuando bebía demasiado.

Él la oía pedirle que la sacara del pozo.

Adrien recordó al hombre en el barro, gritando que había tierra en su boca.

—Lo rompiste.

—Él ya estaba roto.

Yo solo quité la tabla que sostenía el techo.

—Eso no es justicia.

—No.

Es memoria.

—Morgana.

—¿Quieres la lista?

Bien.

A los Bale les pudrí las semillas durante tres cosechas, pero solo en los campos heredados del padre que sostuvo la cuerda de Nico.

A los Rusk les di sueños de fuego.

A Bastian le dejé su mano para que recordara la antorcha.

A los Vale les hice nacer hijos con ojos oscuros como los niños que empujaron al pozo.

Algunos vivieron.

Otros no.

Adrien sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Niños inocentes?

—Niños nacidos de tierra culpable.

—No.

La palabra salió dura.

Morgana lo miró.

—No.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Te ofende?

—Me asquea.

Una sombra cruzó los ojos de Morgana.

No dolor.

Interés.

—Bien.

—No es bien.

Es monstruoso.

—Sí.

Esa respuesta volvió a golpearlo.

Siempre lo hacía.

Morgana no esquivaba el nombre del horror.

Lo tomaba entre los dedos, lo observaba y decidía si le gustaba su forma.

—Los hijos no pagan por los padres —dijo Adrien.

—Eso dicen los hombres cuyos padres les dejaron escudos, tierras y apellidos limpios.

En Veyrfall, los hijos nacen sobre huesos.

Comen pan hecho con trigo alimentado por niños.

Duermen en casas levantadas por manos que aplaudieron mi incendio.

¿Quieres separar generaciones como si la sangre obedeciera tus archivos?

—Sí.

Morgana quedó inmóvil.

Adrien continuó: —Sí.

Porque si no lo hacemos, no existe justicia.

Solo una cadena interminable de venganza donde cada herido recibe permiso para herir al siguiente.

—Qué hermoso.

—No te burles.

—No me burlo.

Es hermoso.

Ingenuo, pero hermoso.

—No es ingenuidad.

—¿No?

Entonces dime, caballero: ¿qué hizo la justicia por Sera?

¿Por Nico?

¿Por los gemelos?

¿Por mi madre?

¿Por mí?

Adrien no respondió.

Morgana se acercó más.

—Nada.

La justicia llegó a Veyrfall montada en tu caballo muchos años tarde, con la armadura limpia y la mirada llena de principios.

Antes de ti, solo estaba el valle.

Y yo.

—Y decidiste convertirte en verdugo.

—No.

La voz de Morgana bajó.

—Primero decidí no morir.

El silencio fue súbito.

El arroyo parecía escuchar.

—Después decidí que no bastaba con vivir —continuó ella—.

Después decidí que recordarían.

Después decidí que si los nombres de los niños enterrados iban a pudrirse bajo el altar, entonces los pondría en las lenguas de sus descendientes.

Después decidí que, si me habían convertido en bruja para dormir mejor, les enseñaría cómo se siente despertar con una bruja en la puerta.

Adrien sostuvo su mirada.

—Y después empezaste a disfrutarlo.

Morgana no sonrió.

—Sí.

No hubo viento.

No hubo cuervos.

Solo esa palabra.

Adrien sintió una tristeza inesperada.

No limpia, no compasiva.

Una tristeza manchada por rabia.

Porque ella no se protegía detrás de su dolor.

No lo usaba para pedir ser absuelta.

Lo usaba como raíz, y sobre esa raíz había cultivado algo venenoso con plena conciencia.

—Lysa —dijo él.

Morgana parpadeó.

—Lysa vino a mí.

—La tentaste.

—Le ofrecí una respuesta a un deseo que ella ya cargaba.

—Tenía miedo de no ser amada cuando envejeciera.

—Y ahora sabe quién la ama sin belleza.

Adrien sintió un impulso de tomarla por los hombros y sacudirla.

—La estás matando.

—No la maté.

—La estás consumiendo.

—Se habría consumido en una vida entera intentando ser hermosa para ojos mediocres.

—Eso no te da derecho a robarle la vida.

—No robé su vida.

Le mostré su miedo desnudo.

—La convertiste en anciana.

—Porque pidió ser vista más allá de la juventud.

Adrien la miró con horror.

—¿De verdad crees esa justificación?

Morgana lo sostuvo con calma.

—No necesito creerla.

Funciona.

La crueldad de la frase abrió una distancia entre ellos más grande que cualquier bosque.

Adrien comprendió entonces algo que había temido comprender: Morgana no siempre hablaba desde la herida.

A veces hablaba desde el placer de tener poder sobre la herida ajena.

—Eres peor cuando tienes razón —dijo.

Morgana sonrió apenas.

—Y tú eres más interesante cuando empiezas a odiarme con precisión.

—No confundas precisión con cercanía.

—No confundas odio con distancia.

La marca en el pecho de Adrien ardió.

Esta vez no fue un hechizo evidente.

Fue reacción.

Como si la tensión entre ambos alimentara el vínculo.

Sintió calor bajo la camisa, y con él un recuerdo fugaz: Morgana niña bajo tierra, con las manos llenas de astillas, escuchando voces de niños muertos.

Luego Morgana adulta, junto al arroyo, admitiendo castigos como si enumerara hierbas en un estante.

La niña y la bruja.

La víctima y la verdugo.

Ambas reales.

Ninguna anulaba a la otra.

—¿Por qué los Wren?

—preguntó Adrien.

Morgana miró el agua.

—El primer Wren entregó la llave del pueblo.

—¿Y Tomás?

—Tomás heredó una casa con sótano sellado y una madre que sabía demasiado.

Adrien se tensó.

—Su madre.

La viste en la plaza.

No parecía sorprendida.

—No lo estaba.

—¿Ella lo tomó?

Morgana no respondió.

—Morgana.

—No.

—¿No lo tomó?

—No haré tu investigación por ti.

Adrien dio un paso brusco hacia ella.

—¡Hay un niño bajo tierra!

Morgana giró hacia él con los ojos encendidos.

—¡Siempre hubo niños bajo tierra!

La frase explotó entre ambos.

Por un instante, Adrien no vio a la mujer fría del bosque.

Vio algo mucho más terrible: una furia sin edad, una rabia que venía de una niña encerrada, de una madre quemada, de nombres enterrados y de años escuchando al pueblo pronunciar “bruja” para no decir “culpa”.

Pero el instante pasó.

Morgana respiró despacio y volvió a ponerse la máscara.

—No uses a Tomás como si fuera el primer inocente que importó.

Adrien habló con voz baja: —Para su madre lo es.

Morgana soltó una risa seca.

—Su madre.

—¿Qué sabes de ella?

—Que canta mal cuando cree que nadie la oye.

—¿La canción del pozo?

—No.

Algo más viejo.

Adrien sintió frío.

—¿Participa en esto?

Morgana se agachó junto al arroyo y tocó el agua con dos dedos.

Las flores blancas se inclinaron hacia ella.

—La madre de Tomás nació Wren y se casó con otro Wren para conservar tierras que no debían dividirse.

Su familia guardó historias de la capilla vieja como otras familias guardan joyas.

Historias, llaves falsas, canciones, recetas para pedirle al valle sin parecer demasiado culpables.

—¿Ella entregó a su hijo?

Morgana miró su reflejo inmóvil.

—No todos los sacrificios se hacen con manos firmes.

Algunos se hacen dejando una puerta sin tranca.

Adrien recordó a Mara diciendo que su hija desapareció con la puerta cerrada.

Recordó a Tomás hablando desde abajo.

Recordó el caballo de madera sobre el pozo.

—¿Por qué no me lo dijiste anoche?

Morgana se puso de pie.

—Porque entonces no habrías visto la cara de la madre en la plaza.

—Tomás pudo morir mientras esperabas mi reacción.

—Tomás sigue vivo porque yo he impedido que lo que está abajo lo trague del todo.

Adrien se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Morgana apartó la mirada.

—Ah.

Esa respuesta no pensaba darla.

—¿Lo estás protegiendo?

—No seas ridículo.

—Morgana.

—Lo estoy usando.

—¿Para qué?

—Para mantener abierta una grieta lo bastante pequeña para mirar sin que la boca muerda.

Adrien sintió que el suelo bajo sus pies parecía menos firme.

—Hablas de él como herramienta.

—Sí.

—Es un niño.

Morgana lo miró de nuevo.

—Y si no fuera por mí, ya no sería nada reconocible.

El silencio que siguió fue difícil.

No podía confiar en ella.

Pero tampoco podía ignorar que, desde su llegada, Tomás seguía vivo en un lugar donde otros niños habían desaparecido sin regresar.

—¿Por qué?

—preguntó Adrien—.

¿Por qué mantenerlo vivo?

Morgana tardó en responder.

Cuando lo hizo, su voz fue más baja.

—Porque lloraba con la voz de alguien que recordé.

Adrien sintió que la respuesta no estaba hecha para manipularlo.

Por eso le dolió más.

—¿Quién?

Morgana sonrió apenas, pero no había burla.

—Yo.

El arroyo volvió a moverse por un segundo.

Un hilo de agua corrió entre las piedras y luego se detuvo otra vez.

Adrien no supo qué decir.

Morgana aprovechó su silencio para reconstruir su veneno.

—No te emociones demasiado.

Si el niño se convierte en llave útil, seguiré usándolo.

La ternura, si había existido, fue aplastada por ella misma.

Adrien se acercó.

—No permitiré que lo uses.

—Entonces sálvalo antes de que yo decida cuánto vale.

—Me ayudarás.

Morgana rió.

—No.

—Sí.

—¿Vas a obligarme?

—No.

Voy a ofrecerte algo.

Eso pareció interesarla.

—¿Qué podría ofrecerme un caballero que todavía cree que la justicia se puede servir en platos separados?

Adrien sostuvo su mirada.

—Verdad pública.

La sonrisa de Morgana se desvaneció.

—Cuidado.

—Abriré la capilla vieja.

Sacaré a Tomás.

Encontraré a quien lo puso allí.

Y después haré que Veyrfall escuche la historia completa.

Los niños del pozo.

La tablilla con tu nombre.

Evelyne.

El incendio.

Todo.

Los ojos de Morgana se volvieron fríos.

—¿Y crees que eso me interesa?

—Sí.

—Te equivocas.

—No.

Morgana dio un paso hacia él.

—No uses a mi madre para negociar conmigo.

Adrien no retrocedió.

—Tú usas muertos todo el tiempo.

La bofetada no llegó.

Pero el aire se tensó con tanta violencia que las flores blancas se cerraron de golpe.

Morgana levantó la mano.

Adrien no desenvainó.

La miró directamente.

—Hazlo.

La bruja se detuvo.

—¿Qué?

—Castígame por decir la verdad.

Demuéstrame que no hay diferencia entre justicia y venganza.

Morgana lo miró con furia helada.

—No me sermonees con palabras que aprendiste en salones donde nadie te encerró bajo tierra.

—No aprendí esto allí.

—¿Dónde entonces?

Adrien pensó en Lysa.

En la caja de los nombres.

En Mara sosteniendo la muñeca de Elia.

En Taren roto en el barro.

En Bastian llorando sobre su mano quemada.

En Morgana con plata hundida en la piel.

En la tablilla de una niña destinada al pozo.

—Aquí —dijo—.

Lo estoy aprendiendo aquí.

Morgana no respondió.

La mano siguió alzada durante un segundo más.

Luego bajó.

—Qué irritante eres.

—Me han dicho cosas peores.

—No con tanta sinceridad.

Adrien respiró despacio.

—Ayúdame a encontrar la entrada correcta bajo la capilla.

—Ya tienes a Elric.

—Elric teme demasiado.

—Con razón.

—Tú también temes lo que hay abajo.

La expresión de Morgana se endureció.

—Yo no temo al valle.

—Mentira.

La palabra quedó suspendida.

Morgana sonrió lentamente, pero esta vez el gesto no llegó a sus ojos.

—Has aprendido a decirme cosas peligrosas.

—Tú me enseñaste.

—Entonces aprende esto: no confundas conocer una herida con conocer el cuerpo entero.

—El valle te encontró después del incendio.

Morgana quedó inmóvil.

Adrien supo que había tocado la puerta correcta.

—Elric lo vio.

Algo te habló entre el humo.

Algo te ofreció ceniza.

Durante un instante, el rostro de Morgana perdió todo ornamento emocional.

Ni burla, ni rabia, ni seducción.

Solo una quietud absoluta.

—Elric debió morir hace años —dijo.

—Quizá.

Pero sigue vivo y habla.

—A medias.

—Como todos aquí.

Morgana miró el bosque.

Los cuervos se habían posado en las ramas cercanas, sin que Adrien los oyera llegar.

—Lo que hay bajo la capilla vieja no es mi amo —dijo ella.

—¿Qué es?

—Una raíz de algo anterior a la iglesia, al pueblo, a los reyes y a tus palabras limpias.

No piensa como tú.

No odia como yo.

Tiene hambre, memoria y paciencia.

Eso lo vuelve peor que cualquiera de nosotros.

—¿Puede tomar a Tomás?

—Ya lo tocó.

Adrien sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Puede salvarse?

—Depende de cuánto quede de él cuando lo encuentres.

—Me ayudarás a que quede algo.

Morgana lo miró.

—¿Por tu promesa de verdad pública?

—Sí.

—¿Y si no me importa?

—Entonces hazlo por venganza.

Si alguien más está usando el valle, está usando tu historia, tu nombre, tu miedo.

Está robándote el papel de monstruo.

Morgana lo observó en silencio.

Luego rió.

Esta vez de verdad.

Una risa breve, oscura, casi encantada.

—Ah, Adrien.

Ahí sí aprendiste a hablarme.

—¿Aceptas?

—Acepto mirar.

—Necesito más que eso.

—No presiones tu suerte.

—Necesito saber qué hacer al abrir la entrada.

Morgana se acercó lo suficiente para que él sintiera el perfume de flores blancas y humo.

—Tres cosas.

No dejes que Elric cante salmos sobre los sellos antiguos; los despierta.

No permitas que la madre de Tomás se acerque a la primera puerta.

Y si escuchas mi voz desde abajo, no la sigas.

Adrien frunció el ceño.

—¿Tu voz?

—Lo que está abajo aprende rápido.

—¿Cómo sabré si eres tú?

Morgana sonrió.

—No lo sabrás.

—Eso no ayuda.

—Bienvenido a Veyrfall.

Adrien sostuvo su mirada.

—¿Vendrás?

Morgana miró hacia el pueblo, invisible detrás de la niebla y los árboles.

—No puedo cruzar el primer sello sin pagar un precio.

—¿Qué precio?

—Uno que no te incumbe todavía.

—Morgana.

—No.

La respuesta fue definitiva.

Adrien entendió que no obtendría más.

Se dio media vuelta para marcharse.

—Adrien.

Se detuvo.

No miró atrás de inmediato.

La voz de Morgana llegó más baja.

—Castigué familias culpables.

También dañé a inocentes.

No por accidente.

No siempre por necesidad.

A veces porque podía.

A veces porque quería que alguien gritara como yo no pude hacerlo cuando me dejaron bajo el humo.

Adrien cerró los ojos.

La confesión era horrible.

Y, de algún modo, más valiosa por no intentar vestirse de nobleza.

—Eso no te absuelve —dijo.

—No pedí absolución.

—Lo sé.

—Entonces deja de sonar como si te doliera no poder dármela.

Adrien se volvió.

Morgana estaba de pie entre las flores blancas, hermosa y terrible, con el arroyo inmóvil a sus pies y cuervos en las ramas como pensamientos negros.

—Me duele que sigas eligiendo ser peor de lo que tu dolor exige —dijo él.

La expresión de Morgana cambió.

Por un instante pareció ofendida.

Luego, casi curiosa.

—Y a mí me divierte que creas conocer la medida exacta que exige el dolor.

Adrien no respondió.

—Vete —dijo ella—.

Antes de que diga algo que quieras convertir en esperanza.

Adrien caminó de regreso hacia Veyrfall.

La marca en su pecho ardía con suavidad, no como herida, sino como hilo.

Cada paso lo alejaba de Morgana y, al mismo tiempo, parecía tensar más el vínculo.

No había resuelto nada.

Morgana había confesado castigos.

Había admitido crueldad.

Había aceptado haber dañado inocentes.

Y aun así, también le había dado claves para salvar a Tomás.

Justicia o venganza.

Adrien había llegado al valle creyendo que sabría distinguirlas.

Ahora comprendía que, en Veyrfall, ambas habían bebido del mismo pozo durante tanto tiempo que incluso una espada limpia podía salir manchada al intentar separarlas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas