El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 El pueblo que no duerme
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3: Capítulo 3: El pueblo que no duerme 3: Capítulo 3: El pueblo que no duerme Veyrfall no recibió a Adrien con puertas cerradas.
Eso habría sido más sencillo.
Las puertas cerradas eran una señal clara de rechazo, de defensa, de miedo organizado.
Un pueblo que cerraba sus puertas ante un extraño todavía conservaba algo parecido a una voluntad común.
Pero Veyrfall no tenía murallas ni portones.
Solo un camino estrecho que descendía entre colinas húmedas y terminaba en una calle principal de barro negro, flanqueada por casas bajas de madera oscura y piedra vieja.
No había niños jugando.
No había perros ladrando.
No había mujeres tendiendo ropa ni hombres cargando leña.
Solo ventanas.
Decenas de ventanas pequeñas, torcidas, empañadas por dentro, desde las cuales rostros pálidos observaban al caballero como si no fuera un salvador, sino una nueva desgracia enviada por el destino.
Adrien avanzó despacio sobre Brann.
Las campanas seguían sonando.
Una.
Otra.
Otra.
Cada golpe se extendía sobre los techos inclinados y bajaba por las paredes húmedas hasta meterse en el suelo.
No venía de una torre alta, como en la capital, sino de una pequeña iglesia al extremo norte del pueblo.
Su campanario estaba ladeado, cubierto de líquenes negros, y la cruz de hierro en lo alto parecía doblarse bajo el peso del cielo.
A medida que entraba, Adrien comprendió algo inquietante.
El pueblo estaba despierto.
Demasiado despierto.
Aunque ninguna persona salía a recibirlo, aunque ningún comercio abría sus puertas y ninguna voz se alzaba en saludo, Veyrfall estaba lleno de ojos.
Hombres detrás de cortinas.
Mujeres mirando por rendijas.
Ancianos sentados en penumbras.
Una figura diminuta, quizá un niño, desapareció detrás de una puerta apenas Adrien giró la cabeza.
Todos lo miraban.
Nadie hablaba.
Brann resopló, inquieto.
Sus cascos hundían el barro con un sonido espeso.
Adrien sintió que el animal quería dar media vuelta.
No lo culpaba.
El olor del lugar era difícil de soportar: humo frío, madera mojada, estiércol viejo y algo amargo que parecía venir de las piedras mismas.
Al centro de la plaza había un pozo.
Seco.
Sobre su borde colgaban cintas, medallas religiosas, dientes de animales y pequeños muñecos hechos de trapo.
Algunos tenían la cabeza arrancada.
Otros estaban clavados con agujas oxidadas.
Adrien los observó al pasar, sintiendo cómo la cruz de Isolde pesaba contra su pecho.
Nadie dejaba ofrendas así por costumbre.
Nadie que durmiera tranquilo.
El camino terminó frente a una posada de dos pisos.
El letrero, colgado de una cadena, crujía con el viento.
Alguna vez había tenido pintado un ciervo blanco, pero la lluvia y los años lo habían convertido en una mancha fantasmal.
Bajo el dibujo apenas se leía el nombre: El Ciervo Mudo.
Adrien bajó de Brann.
El caballo sacudió la cabeza y lanzó un relincho bajo.
El sonido hizo que varias cortinas se cerraran al mismo tiempo.
Adrien miró alrededor.
—Vengo en nombre del rey Odran —dijo con voz clara.
Su declaración cruzó la plaza y se estrelló contra las casas sin encontrar respuesta.
Solo la campana.
Una.
Otra.
Otra.
Adrien esperó.
Nada.
Entonces, desde la puerta de una casa cercana, apareció un hombre.
Era bajo, ancho de hombros y de rostro consumido por la edad o el temor.
Tenía barba gris, ojos hundidos y una mano envuelta en vendas sucias.
Caminaba con la prudencia de quien se acerca a un animal herido.
No miró directamente al caballero al principio, sino a su espada, luego a su armadura, luego al camino por el que había llegado.
Como si esperara ver algo detrás de él.
—Mi señor —dijo el hombre al fin.
Su voz era rasposa.
Casi un susurro.
Adrien inclinó apenas la cabeza.
—Soy Sir Adrien Valen, de la Orden del Alba.
He sido enviado a investigar los sucesos ocurridos en Veyrfall.
El hombre tragó saliva.
—Lo sabemos.
Adrien no se movió.
—¿Cómo?
El hombre pareció arrepentirse de haber hablado.
—La campana sonó.
—¿La campana anuncia visitantes?
El hombre miró hacia la iglesia.
—A veces.
—¿Y quién la hizo sonar?
No hubo respuesta inmediata.
La plaza entera pareció escuchar aquella pregunta.
El hombre se humedeció los labios.
—El padre Elric, quizá.
Adrien observó el campanario.
La puerta de la iglesia estaba cerrada.
—¿Quizá?
—Es quien cuida la iglesia.
—No pregunté quién cuida la iglesia.
Pregunté quién hizo sonar la campana.
El hombre bajó la vista.
—En Veyrfall, mi señor, no siempre conviene saber quién mueve las cosas.
Adrien sintió una sombra de impaciencia, pero la contuvo.
La gente asustada hablaba en círculos.
Empujar demasiado pronto solo los hacía callar para siempre.
—Decidme vuestro nombre.
—Bastian Rusk.
Adrien recordó el informe.
—El anciano del pueblo.
Bastian hizo una mueca amarga.
—Eso dice el papel, supongo.
—¿Y qué dice la realidad?
El anciano miró una vez más hacia las ventanas.
—La realidad dice que nadie gobierna Veyrfall.
Aquella frase quedó suspendida entre ambos.
Adrien dio un paso hacia él.
—Bastian Rusk, en nombre de la corona, necesito hablar con todos los que puedan aportar información sobre las desapariciones, las muertes del ganado y las acusaciones contra Morgana de Veyr.
El efecto fue inmediato.
No fue un grito.
No fue una protesta.
Fue peor.
El pueblo entero pareció contener el aliento.
Una ventana se cerró de golpe.
En la posada, alguien dejó caer algo de metal al suelo.
Una mujer, oculta en una casa cercana, ahogó un sollozo.
Bastian palideció.
—No digáis ese nombre en la plaza.
Adrien lo miró con severidad.
—¿Morgana?
El anciano retrocedió un paso.
—Mi señor, por piedad.
—¿Por piedad hacia quién?
Bastian no respondió.
Adrien paseó la vista por la plaza.
Las cortinas se movían apenas.
Los rostros habían desaparecido, pero no la sensación de ser observado.
—He visto animales mutilados en el camino —dijo Adrien—.
Piedras marcadas con símbolos.
Un ciervo colgado en el arco de entrada con un mensaje dirigido a mí.
Bastian cerró los ojos con dolor.
—Entonces ella ya sabe que estáis aquí.
—¿Ella?
—No me obliguéis.
—Necesito respuestas.
—Y nosotros necesitamos seguir vivos.
La voz del anciano se quebró al pronunciarlo.
Adrien guardó silencio un momento.
A veces la autoridad real abría puertas.
A veces solo recordaba a los pobres que un poder lejano podía ordenarles morir sin entender la forma exacta de su miedo.
Adrien cambió el tono.
—No he venido a condenar al pueblo.
Bastian soltó una risa breve y vacía.
—Todos dicen eso al llegar.
—¿Quiénes?
El anciano miró hacia la iglesia.
—Sacerdotes.
Soldados.
Hombres con sellos, cruces y espadas.
Todos llegan diciendo que traen respuestas.
Después empiezan a hacer preguntas.
Luego alguien llora.
Luego alguien muere.
Y al final ella sigue en el bosque.
La campana dejó de sonar.
El silencio que quedó fue más inquietante que el sonido.
Adrien sintió que incluso los cuervos, posados sobre los tejados, se habían callado.
—Llevadme ante el padre Elric —dijo.
Bastian dudó.
—Es mejor que descanséis primero.
—Llevadme.
—Mi señor… —Ahora.
La voz de Adrien no fue alta, pero sí firme.
Bastian comprendió que aquella parte de la conversación había terminado.
Con un gesto tembloroso, señaló hacia la iglesia.
—Por aquí.
Adrien ató a Brann frente a la posada, no sin antes acariciarle el cuello para calmarlo.
El caballo seguía nervioso, pero permaneció quieto.
Luego caminó junto a Bastian por la calle principal.
Al pasar frente a la primera casa, Adrien vio una cruz tallada en la puerta.
No una cruz normal.
Estaba invertida, luego corregida con otra encima, como si alguien hubiera intentado borrar el error sin lograrlo.
En la siguiente puerta había sal alrededor del umbral.
En otra, pequeños huesos de aves colgaban sobre el marco.
En otra más, un ramo de hierbas secas estaba clavado con un cuchillo.
—¿Protecciones?
—preguntó Adrien.
Bastian apretó la mandíbula.
—Costumbres.
—Costumbres contra ella.
El anciano no contestó.
—¿Desde cuándo nadie duerme?
Bastian se detuvo.
Adrien también.
—Habéis dicho que nadie gobierna Veyrfall —continuó el caballero—.
Pero este pueblo no parece solo mal gobernado.
Parece enfermo.
Todos están despiertos.
Todos observan.
Nadie trabaja.
Nadie habla.
¿Desde cuándo viven así?
Bastian miró el suelo embarrado.
—No dormimos bien desde hace años.
—No pregunté si dormís bien.
El anciano cerró los dedos de su mano vendada.
—Hace trece noches que nadie duerme.
Adrien sintió que algo frío le rozaba la nuca.
—¿Nadie?
—Algunos caen por agotamiento.
Unos minutos.
Tal vez una hora.
Pero sueñan.
Y cuando sueñan, gritan.
—¿Qué sueñan?
Bastian levantó la vista.
Sus ojos estaban enrojecidos, atravesados por venas finas.
No era solo miedo.
Era cansancio llevado al límite de la locura.
—Lo que hicieron.
Adrien no apartó la mirada.
—¿Quiénes?
—Todos.
Antes de que Adrien pudiera preguntar más, una puerta se abrió violentamente al otro lado de la calle.
Una mujer salió tambaleándose, con el cabello suelto y una manta sobre los hombros.
Era joven, quizá no más de treinta años, pero su rostro tenía la expresión quebrada de alguien mucho mayor.
En sus brazos sostenía una muñeca de trapo contra el pecho.
—¡No fui yo!
—gritó.
Bastian se tensó.
Dos hombres salieron tras ella.
—Mara, vuelve adentro —dijo uno.
La mujer no los escuchó.
Sus ojos encontraron a Adrien y se clavaron en él con una desesperación brutal.
—Vos sois el caballero, ¿verdad?
Vos venís por los niños.
Adrien dio un paso hacia ella.
—Vengo a investigar.
La mujer soltó una risa aguda.
—Investigar, dice.
Todos investigan.
Nadie baja al pozo.
Adrien miró hacia el pozo de la plaza, visible entre las casas.
—¿Qué hay en el pozo?
Bastian habló rápido: —Mara está enferma.
—¡No estoy enferma!
—chilló ella—.
Estoy despierta.
Eso es distinto.
Los hombres intentaron tomarla por los brazos, pero ella se sacudió con fuerza.
—Preguntadle al anciano.
Preguntadle al padre Elric.
Preguntadle qué cantábamos cuando la tierra se moría.
Bastian palideció.
—Mara, cállate.
—¡No!
—Ella abrazó la muñeca con más fuerza—.
Él debe saberlo.
Si vino con espada, debe saber a quién va a cortar primero.
Adrien levantó una mano para detener a los hombres.
—Dejadla hablar.
Bastian lo miró con alarma.
—Mi señor, no entiende… —Sí entiendo.
Está aterrada.
Y los aterrados a veces dicen verdades que los prudentes esconden.
Mara empezó a llorar sin lágrimas.
—Mi niña tenía seis años.
Se llamaba Elia.
Le gustaban las manzanas rojas, aunque aquí casi nunca había.
Decía que cuando creciera se iría a la capital y compraría un vestido amarillo.
La plaza volvió a llenarse de rostros ocultos.
Adrien sintió que cada palabra de la mujer abría una herida colectiva.
—¿Desapareció?
—preguntó él.
Mara negó con la cabeza lentamente.
—No.
La devolvieron.
El viento movió la manta sobre sus hombros.
—¿Quién?
—preguntó Adrien.
La mujer miró hacia los tejados.
Un cuervo se posó en una chimenea.
—No se dice.
—Mara —advirtió Bastian.
Ella bajó la voz hasta convertirla en un hilo.
—La dejaron frente a mi puerta.
Respiraba.
Pero no despertaba.
Tenía tierra bajo las uñas y una marca aquí.
Se tocó el pecho.
Adrien recordó la advertencia del informe.
Niños desaparecidos.
Registros incompletos.
—¿Dónde está ahora?
La mujer sonrió con una ternura rota.
—Durmiendo.
Bastian cerró los ojos.
—Mara… —Por fin duerme —susurró ella—.
Bajo la tierra, donde ya no sueña.
Los dos hombres la sujetaron con más cuidado esta vez.
Ella no se resistió.
Antes de que la llevaran de vuelta a la casa, miró una última vez a Adrien.
—No habléis de ella al anochecer, caballero.
—¿De Morgana?
Mara empezó a temblar.
—No habléis de ella al anochecer —repitió—.
Porque al anochecer, a veces escucha con nuestras bocas.
La puerta se cerró.
Adrien permaneció en medio de la calle.
Bastian respiraba con dificultad.
—Iba a contarme menos de lo necesario —dijo Adrien.
—Iba a manteneros vivo más de una hora.
—La verdad no mata.
El anciano lo miró con una mezcla de lástima y enojo.
—Aquí sí.
Continuaron hacia la iglesia.
A cada paso, Adrien notaba más señales de un pueblo que había convertido el miedo en arquitectura.
Ventanas cubiertas con clavos de hierro.
Umbrales marcados con ceniza.
Imágenes de santos con los ojos raspados.
En una pared, alguien había escrito varias veces la misma frase hasta llenar casi toda la madera: NO SOÑAR.
NO SOÑAR.
NO SOÑAR.
La iglesia de San Aeron se levantaba sobre una pequeña elevación, más antigua que el resto del pueblo.
Sus muros estaban agrietados, y el jardín que la rodeaba se había convertido en un cementerio de cruces torcidas.
Había demasiadas tumbas para un lugar tan pequeño.
Demasiadas recientes.
Bastian se detuvo al pie de los escalones.
—El padre Elric os espera dentro.
—¿No venís?
El anciano negó con la cabeza.
—No entro ahí si no es domingo.
—Hoy es miércoles.
—Por eso.
Adrien estudió su rostro.
—¿Le teméis al sacerdote?
Bastian miró la puerta de la iglesia.
—En Veyrfall, mi señor, tememos a todo lo que dice querer salvarnos.
Luego se alejó sin despedirse.
Adrien subió los escalones.
La puerta de la iglesia se abrió antes de que pudiera tocarla.
Dentro olía a incienso rancio, cera quemada y humedad.
La nave era estrecha, oscura, apenas iluminada por velas colocadas frente a un altar de piedra.
Las bancas estaban vacías.
En las paredes colgaban imágenes religiosas ennegrecidas por el humo.
El santo principal, San Aeron, sostenía una lanza contra una bestia pintada a sus pies, pero alguien había raspado el rostro de la criatura hasta volverlo irreconocible.
Junto al altar estaba el padre Elric.
Era un hombre alto, delgado, de cabello blanco y rostro severo.
Su sotana negra caía sobre él como una sombra vertical.
Tenía las manos unidas frente al pecho, pero no en oración.
Más bien como si intentara evitar que temblaran.
—Sir Adrien Valen —dijo.
—Padre Elric.
El sacerdote inclinó la cabeza.
—Gracias a la luz que habéis llegado.
Adrien avanzó por el pasillo central.
—La luz parece escasa aquí.
Elric sonrió apenas.
—Por eso la pedimos con tanta insistencia.
Adrien se detuvo a pocos pasos del altar.
—He visto señales en el camino.
Animales mutilados.
Símbolos.
Un mensaje dirigido a mí.
El rostro del sacerdote se tensó.
—Entonces ella ya os ha dado la bienvenida.
—Todos dicen “ella”, pero nadie quiere decir su nombre.
Elric miró hacia las ventanas altas de la iglesia, cubiertas de polvo.
—Los nombres tienen peso.
—También la cobardía.
El sacerdote recibió la acusación sin defenderse.
Eso inquietó más a Adrien que una protesta.
—Quizá —dijo Elric—.
Pero la cobardía ha mantenido con vida a más de uno en este pueblo.
—¿Y ha salvado a los niños?
El silencio se volvió duro.
Elric bajó la mirada.
—No.
Adrien lo observó con atención.
A diferencia de Bastian, el sacerdote no parecía solo asustado.
Parecía culpable.
Y la culpa, en un hombre de fe, podía ser una puerta hacia la verdad… o una cerradura más resistente que el hierro.
—Necesito saber qué ocurre aquí.
—Eso mismo dije cuando llegué.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace veintidós años.
Adrien frunció el ceño.
—¿Lleváis veintidós años en Veyrfall?
—Sí.
—Entonces conocéis a Morgana de Veyr desde antes de que la llamaran bruja.
Elric no respondió de inmediato.
Una vela chisporroteó sobre el altar.
—La conocí cuando era niña.
Adrien sintió que, por fin, una pieza real aparecía entre los rumores.
—Habladme de ella.
El sacerdote cerró los ojos un instante.
—No esta noche.
Adrien endureció la voz.
—No vine hasta aquí para que me pidan paciencia.
—Y yo no he sobrevivido veintidós años en este lugar por confundir valor con prisa.
El choque entre ambos quedó flotando en la nave vacía.
Adrien respiró lentamente.
—Padre, hay muertos.
Hay desaparecidos.
Hay un pueblo entero consumido por el miedo.
Si Morgana es responsable, necesito pruebas.
Si no lo es, necesito saber quién se esconde detrás de su nombre.
Elric abrió los ojos.
—¿Creéis que puede ser inocente?
—Creo que aún no sé lo suficiente para condenarla.
El sacerdote lo miró con una tristeza extraña.
—Ese pensamiento os hará vulnerable.
—La justicia siempre exige escuchar antes de juzgar.
—Y algunas cosas usan tu sentido de justicia para acercarse lo suficiente a tu garganta.
Adrien no contestó.
Elric caminó hasta una pequeña mesa junto al altar y tomó una llave de hierro.
—Dormiréis en la posada.
He pedido que preparen una habitación.
—¿Dormiré?
El sacerdote sostuvo su mirada.
—Intentaréis dormir.
Como todos.
—Bastian me dijo que nadie duerme desde hace trece noches.
Elric apretó la llave en su mano.
—La última desaparición ocurrió hace trece noches.
—¿Quién desapareció?
—Tomás Wren.
Ocho años.
Adrien sintió que el aire abandonaba lentamente sus pulmones.
—¿Fue devuelto?
Elric negó con la cabeza.
—Aún no.
—¿Aún?
El sacerdote no explicó esa palabra.
Adrien dio un paso más.
—Padre Elric, si sabe algo y lo oculta, obstaculiza una investigación real.
—No temo a la corona, Sir Adrien.
—Deberíais.
Elric sonrió con una amargura cansada.
—Después de mirar tanto tiempo hacia el bosque, los reyes parecen pequeños.
Adrien guardó silencio.
El sacerdote se acercó y le entregó la llave.
—No salgáis después de la última campanada.
—¿Por qué?
—Porque de noche el pueblo habla.
—Creí que nadie quería hablar.
Elric miró hacia la puerta de la iglesia.
—No he dicho que hable con su propia voz.
Un golpe seco resonó en el techo.
Adrien levantó la vista.
Otro golpe.
Luego varios.
Al principio pensó que era granizo.
Pero no llovía.
Algo caminaba sobre el tejado.
Lento.
Pesado.
Las velas del altar se inclinaron todas hacia la izquierda, como empujadas por un viento que Adrien no sentía.
Elric susurró una oración.
Adrien llevó la mano a la espada.
Los golpes se detuvieron justo encima de ellos.
Luego se escuchó un sonido suave, desagradable.
Como uñas raspando la madera.
Adrien desenvainó.
—¿Qué es eso?
Elric no levantó la cabeza.
—Una advertencia.
—¿De ella?
El sacerdote lo miró.
Por primera vez, el miedo venció del todo la máscara de su rostro.
—No digáis su nombre aquí.
Adrien quiso responder, pero entonces una voz se oyó desde el techo.
No era fuerte.
No era clara.
Era apenas un murmullo descendiendo por las vigas.
—Caballero… El corazón de Adrien golpeó una vez contra su pecho.
La voz sonaba como muchas voces juntas.
Una mujer.
Un niño.
Un anciano.
Algo más antiguo que todos ellos.
—Caballero del Alba… Elric retrocedió hasta el altar.
Adrien sostuvo la espada con ambas manos.
—Mostraos.
La voz rió.
La risa recorrió la iglesia como humo frío.
—Todavía no.
Las velas se apagaron de golpe.
La oscuridad cayó sobre la nave.
Durante un instante, Adrien no vio nada.
Solo oyó su propia respiración, el temblor ahogado del sacerdote y el sonido de alas agitándose al otro lado de las ventanas.
Entonces la puerta de la iglesia se abrió violentamente.
La luz gris del atardecer entró como una herida.
Adrien giró la espada hacia la entrada.
No había nadie.
Solo un cuervo posado en el umbral.
En su pico llevaba un hilo rojo.
El ave lo soltó sobre la piedra y ladeó la cabeza.
Después graznó una vez.
El sonido se pareció demasiado a una carcajada.
Adrien avanzó un paso, pero el cuervo levantó vuelo y desapareció entre las cruces del cementerio.
Afuera, las campanas empezaron a sonar otra vez.
Una.
Otra.
Otra.
Elric cayó de rodillas y se cubrió el rostro.
Adrien permaneció de pie en medio de la iglesia oscura, con la espada desenvainada y la certeza creciendo como una mancha en su interior.
Veyrfall no dormía porque el miedo lo mantenía despierto.
Pero también porque algo más velaba con él.
Algo que conocía su nombre.
Algo que jugaba con símbolos, cadáveres y voces.
Algo que aún no deseaba mostrarse.
Cuando el último eco de la campana se perdió sobre los tejados, Adrien miró el hilo rojo sobre el suelo de la iglesia.
No era un hilo.
Era un mechón de cabello.
Cabello humano, atado con un nudo fino y elegante.
El sacerdote alzó la cabeza lentamente.
—Ahora lo entiende, Sir Adrien.
Adrien no apartó la vista del mechón.
—No.
La palabra salió baja, dura, honesta.
—Aún no.
Fuera, el pueblo entero seguía observando desde sus ventanas.
Y ninguno de sus habitantes se atrevía a dormir.
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