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El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 21

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  3. Capítulo 21 - 21 Capítulo 21 El encanto de Morgana
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21: Capítulo 21: El encanto de Morgana 21: Capítulo 21: El encanto de Morgana La primera puerta de la capilla vieja se abrió con un gemido que no parecía de madera ni de hierro, sino de garganta.

Adrien estaba preparado para muchas cosas.

Había esperado resistencia, frío, un golpe de aire podrido, quizá voces.

Había imaginado huesos, símbolos antiguos, ratas ciegas o raíces negras trepando por las piedras.

Se había preparado para el miedo de Elric, para los sollozos de Bastian, para la furia de Mara, para el odio abierto de Corven y los aldeanos que ahora lo miraban como a un hombre manchado por la bruja.

No estaba preparado para que la puerta sangrara.

Al girar la llave antigua en la cerradura de piedra bajo la iglesia, el primer sello crujió, se partió en líneas delgadas y dejó escapar una sustancia oscura entre las grietas.

No era sangre común.

Era más espesa, casi negra, y olía a hierro frío y tierra mojada.

Descendió por la piedra como si el muro recordara una herida abierta hacía siglos.

El padre Elric retrocedió.

—No debía sangrar.

Adrien sostuvo la llave todavía dentro de la cerradura.

—¿Qué debía hacer?

El sacerdote tragó saliva.

—Nada.

Solo abrir.

—Entonces ya sabemos que no está haciendo “nada”.

Detrás de ellos, en la cripta de San Aeron, las velas temblaban.

Bastian se había quedado junto a la escalera, incapaz de acercarse más.

Mara permanecía de pie, con un cuchillo en la mano y el rostro rígido de quien ha decidido que el miedo puede acompañarla, pero no detenerla.

Corven no estaba allí.

Adrien lo había prohibido.

El aldeano habría convertido cualquier sombra en excusa para encender otra antorcha.

El acceso original a la capilla vieja estaba detrás de un muro falso en la cripta.

Elric lo había mostrado al fin, después de demasiadas evasivas.

Detrás de los nichos de huesos, bajo una cruz de hierro, había una losa marcada con tres círculos.

La llave de la iglesia abría el primero.

Faltaban dos.

Adrien retiró la llave.

El muro se desplazó unos centímetros hacia adentro.

De la oscuridad surgió un aire antiguo.

No olía a muerte reciente.

Eso habría sido más soportable.

Olía a cosas que llevaban demasiado tiempo esperando.

—Tomás —llamó Adrien.

Su voz entró por la abertura y no volvió.

Mara apretó el cuchillo.

—Tomás, mi niño… Elric levantó una mano.

—No lo llaméis todavía.

Mara lo miró con odio.

—¿Ahora también quiere enseñarme cuándo puedo decir su nombre?

—No es eso.

—Siempre es “no es eso” con usted.

Adrien empujó el muro.

La abertura se ensanchó apenas, lo suficiente para que un hombre pasara de lado.

Al otro lado había una escalera descendente, estrecha, tallada en piedra negra.

No tenía polvo.

Eso inquietó a Adrien más que si la hubiera encontrado cubierta de siglos.

Algo pasaba por allí.

O algo impedía que el tiempo se posara.

La marca en su pecho ardía desde que regresó del arroyo viejo.

Morgana había hablado poco después, solo una vez, mientras él preparaba las cuerdas.

No dejes que Elric cante salmos sobre los sellos antiguos.

Luego silencio.

Adrien no sabía si la advertencia era ayuda o manipulación.

Tal vez ambas.

Con Morgana, las categorías puras morían pronto.

—Bajaremos Elric y yo —dijo.

Mara dio un paso adelante.

—No.

—Usted se queda.

—Es mi hijo.

—Precisamente.

Ella apretó el cuchillo hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

—Si escucha mi voz, vendrá.

Adrien la miró con pesar.

—O algo más vendrá usando la suya.

Mara se quedó inmóvil.

La crueldad de la frase fue necesaria.

Eso no la hizo menos cruel.

Elric tomó una vela bendecida y un cuenco de sal.

—Yo… Adrien lo interrumpió: —No recite nada sin que yo se lo ordene.

El sacerdote palideció.

—¿Qué?

—Nada de salmos sobre los sellos.

Elric lo miró con una comprensión amarga.

—Ella os lo dijo.

—Sí.

—¿Y confiáis en ella?

Adrien sostuvo su mirada.

—No.

Por eso se lo estoy diciendo a usted antes de bajar.

El sacerdote apretó los labios, pero asintió.

Adrien sacó la espada, tomó una lámpara y cruzó la abertura.

La escalera descendía en espiral.

Cada peldaño parecía más frío que el anterior.

La piedra negra absorbía la luz, y la lámpara apenas lograba iluminar los bordes.

Elric bajaba detrás, respirando con dificultad.

Arriba quedaron Mara y Bastian como dos fantasmas junto a la entrada.

A los veinte peldaños, escucharon el primer susurro.

No fue una voz clara.

Fue un roce de muchas voces diminutas.

—Caballero… Adrien se detuvo.

Elric casi chocó contra su espalda.

—No respondáis —susurró el sacerdote.

Adrien apretó la empuñadura de la espada.

El susurro volvió, desde la pared.

—Caballero del Alba… La piedra a la derecha de Adrien se humedeció.

Lentamente, una pequeña mano se marcó desde el interior del muro.

No sobresalía.

Solo presionaba desde dentro, como si alguien estuviera atrapado al otro lado de una tela oscura.

Luego otra mano.

Y otra.

Elric empezó a rezar entre dientes.

Adrien giró de inmediato.

—No.

El sacerdote calló.

Las manos desaparecieron.

Pero el silencio que dejaron fue peor.

Bajaron más.

La escalera terminó en un pasillo bajo, tan estrecho que Adrien rozaba las paredes con los hombros.

Había símbolos tallados a ambos lados: ojos sin pupila, espirales, lunas espinadas, cruces añadidas después, raspadas, vueltas a tallar, como si dos religiones hubieran intentado devorarse sobre la misma piedra.

Al fondo, una puerta circular bloqueaba el paso.

El segundo sello.

No tenía cerradura.

Tenía una cavidad en forma de mano.

Elric palideció.

—No.

Adrien miró la cavidad.

—¿Qué requiere?

—Sangre.

—¿De quién?

El sacerdote no respondió.

Adrien entendió antes de que la marca en su pecho ardiera.

La voz de Morgana llegó desde lejos, suave y molesta: —No pongas la mano ahí.

Adrien cerró los ojos un instante.

—¿Por qué?

Elric lo miró, alarmado.

—¿Qué dice?

Morgana respondió dentro de él: —Porque tiene hambre de linajes.

Y tú estás marcado por mí.

Adrien abrió los ojos.

—Necesita sangre de linaje.

Elric asintió lentamente.

—La llave del pueblo abría este sello.

Sangre de las familias que hicieron el pacto.

—Wren.

—Entre otras.

Adrien apretó la mandíbula.

—Por eso la madre de Tomás no debe acercarse.

Elric no preguntó cómo lo sabía.

El pasillo tembló.

Desde detrás de la puerta circular llegó una voz infantil.

—Mamá… Mara, arriba, no podía oírlo.

O eso esperó Adrien.

La voz volvió: —Mamá, tengo frío… Elric cerró los ojos.

—No es él.

Adrien apoyó la mano sobre la piedra, lejos de la cavidad.

—Tomás.

La voz cambió.

—Adrien.

El caballero se quedó inmóvil.

Elric abrió los ojos.

—¿Qué dijo?

La voz detrás de la puerta ya no era de niño.

Era de Isolde.

—Adrien, vuelve.

El pasillo pareció inclinarse.

Adrien sintió un golpe en el pecho.

No por la marca.

Por el recuerdo de Isolde en el corredor del castillo, entregándole su cruz.

—No la escuchéis —dijo Elric.

Pero la voz de Isolde continuó: —No permitas que ella te toque más.

No permitas que tu compasión se disfrace de deseo.

Adrien apretó la espada.

—Cállate.

La puerta respondió con una risa infantil.

Luego la cavidad en forma de mano se llenó de sangre negra.

Una raíz salió de la piedra, rápida como una serpiente, y se clavó en el antebrazo de Adrien.

El dolor fue inmediato.

No superficial.

Profundo.

La raíz no solo abrió la carne; pareció beber de ella.

Adrien gritó y cortó con la espada.

La raíz se partió, pero otra brotó desde la pared y le rozó el costado.

Elric arrojó sal.

La raíz siseó y retrocedió.

Pero el daño ya estaba hecho.

El antebrazo de Adrien estaba abierto desde la muñeca hasta casi el codo.

La sangre corría en líneas gruesas, cayendo sobre la piedra negra.

Al tocar el suelo, no formó charcos.

Fue absorbida.

La puerta circular tembló.

Elric lo sujetó.

—Arriba.

Ahora.

—No.

—No podéis seguir sangrando aquí.

Adrien intentó mantenerse de pie, pero la visión se le nubló.

La marca del pecho ardía como si Morgana hubiese colocado una mano de fuego sobre él desde la distancia.

Su voz explotó dentro de su cabeza: —Sal de ahí.

Esta vez no era burla.

Era orden.

Elric tiró de él.

Adrien quiso resistirse, pero sus piernas cedieron.

La última cosa que vio antes de subir tambaleándose fue la puerta circular abriéndose apenas, apenas un dedo.

Y detrás de ella, oscuridad.

No vacía.

Poblada.

Lo sacaron de la cripta entre Elric y Bastian.

Mara gritaba preguntas.

Adrien no respondió.

Su sangre había manchado la escalera, la nave de la iglesia y parte del altar.

Lo llevaron a la sacristía, lo sentaron sobre una mesa baja y Elric intentó vendar la herida con manos temblorosas.

La sangre no se detenía.

—No cierra —dijo el sacerdote.

Adrien apretó los dientes.

—Cósala.

—No es solo carne.

La herida estaba negra en los bordes, como si la raíz hubiera dejado un veneno frío.

Cada vez que Elric intentaba limpiarla con aceite sagrado, la piel se contraía y el dolor le arrancaba a Adrien un jadeo.

Entonces los cuervos golpearon las ventanas.

Una vez.

Dos.

Todas a la vez.

Mara retrocedió.

Elric levantó la cruz.

La puerta de la sacristía se abrió.

Morgana entró sin pedir permiso.

El ambiente se quebró.

Bastian, que había estado junto a la pared, cayó de rodillas.

Mara levantó el cuchillo.

Elric se puso entre Morgana y Adrien, aunque el miedo le hacía temblar los labios.

—Sal de aquí —dijo el sacerdote.

Morgana ni siquiera lo miró.

Tenía el rostro pálido.

No por debilidad física.

Por furia contenida.

Su brazo seguía vendado por la plata de la emboscada, pero caminaba con una firmeza que hacía olvidar la herida.

Sus ojos estaban fijos en Adrien.

—Te dije que no pusieras la mano.

Adrien rió con dificultad.

—No la puse.

Morgana miró la herida.

—La puerta encontró suficiente.

Elric levantó la cruz.

—No lo tocarás.

Morgana volvió lentamente el rostro hacia él.

—Padre, si quisiera matarlo, no habría venido caminando.

Habría esperado.

Elric no bajó la cruz.

—Tu ayuda siempre cobra.

—Sí.

Adrien respiraba con dificultad.

—Déjala.

El sacerdote lo miró, horrorizado.

—Sir Adrien… —Déjala.

Morgana se acercó.

Mara apretó el cuchillo.

—Si lo empeoras… La bruja la miró apenas.

—Tu hijo sigue respirando porque no he terminado de aburrirme de esta tragedia.

No desperdicies mi paciencia.

Mara palideció de odio, pero no atacó.

Morgana llegó frente a Adrien y tomó su brazo herido.

Él intentó no reaccionar.

Falló.

El contacto de sus dedos fue frío al principio.

Luego cálido.

Luego demasiado cálido.

La sangre de Adrien se movió bajo su piel como si reconociera una marea ajena.

—Esto dolerá —dijo Morgana.

—Ya duele.

—Qué optimista.

Ella colocó la palma sobre la herida.

Adrien sintió que algo entraba.

No en la carne.

Más abajo.

El dolor se volvió blanco.

La habitación desapareció.

Vio fuego.

No el de la casa quemada solamente.

Muchos fuegos.

Antorchas en la plaza.

Velas sobre altares.

Hoguera en un bosque.

La luz roja de la casa de Morgana.

El resplandor de una corona cayendo sobre piedra negra.

Luego vio a Morgana.

No como estaba frente a él.

Sino en fragmentos.

Morgana niña, con las manos atadas por alambre de plata, mirando a un inquisidor con ojos secos.

Morgana adolescente, descalza en la nieve, siguiendo a un cuervo herido hasta un cementerio.

Morgana adulta, de pie en un campo de trigo podrido mientras una familia entera gritaba detrás de una puerta cerrada.

Morgana riendo.

Morgana llorando sin lágrimas.

Morgana besando la frente de una niña muerta antes de dejarla frente a una casa.

Morgana con las manos cubiertas de sangre que no parecía lamentar.

Luego la visión cambió.

Adrien se vio a sí mismo.

Pero no como era.

Como podía ser.

De rodillas en la casa de Morgana, sin armadura, con la camisa abierta y la marca negra extendida por todo el pecho.

Morgana estaba sentada frente a él, tocándole el rostro con dedos manchados de ceniza.

—No luches —decía ella.

Él quería apartarse.

No lo hacía.

Quería odiarla.

Tampoco.

La escena se rompió.

Vio a Isolde muerta bajo lluvia, con flores blancas en el cabello.

Vio al rey Odran abriendo el pecho de Morgana sobre una mesa de hierro, buscando su poder con manos de carnicero.

Vio a Veyrfall ardiendo.

Vio a Tomás Wren caminando sin ojos por una capilla subterránea.

Vio su propia espada atravesando el corazón de Morgana.

Y vio, inmediatamente después, su boca besándola mientras la sangre de ella le llenaba los dedos.

Deseo y muerte.

La misma imagen.

El mismo latido.

Adrien intentó gritar.

No pudo.

Morgana estaba allí, dentro de la visión, cerca de su oído.

—Así se siente una cura sin anestesia.

Entonces lo besó.

O quizá no.

Quizá fue solo una imagen.

Quizá su mente, envenenada por la marca, convirtió el dolor en deseo porque no sabía dónde poner tanta intensidad.

Los labios de Morgana eran fríos al principio.

Luego ardientes.

El mundo se llenó de cuervos, campanas, agua negra y una respiración que no sabía si era de él o de ella.

Después todo volvió.

La sacristía.

La mesa.

Elric rezando.

Mara con el cuchillo.

Bastian llorando en una esquina.

Morgana frente a él, con la palma sobre su brazo.

Adrien jadeó como si hubiera salido del fondo de un pozo.

La herida estaba cerrada.

No curada del todo, pero cerrada.

Quedaba una cicatriz negra, delgada, en forma de raíz desde la muñeca hasta el codo.

Morgana retiró la mano.

Parecía cansada.

No lo suficiente para parecer vulnerable.

Pero sí lo bastante para que Adrien lo notara.

—¿Qué me hiciste?

—preguntó él.

Su voz salió ronca.

Morgana inclinó la cabeza.

—Te salvé de desangrarte sobre una puerta hambrienta.

—Vi cosas.

—Sí.

—¿Las pusiste tú?

—Algunas.

Elric dio un paso adelante.

—¿Algunas?

Morgana lo ignoró.

Adrien la miró con furia y confusión.

—¿Cuáles eran tuyas?

Ella sonrió apenas.

—Las que te gustaron más.

El golpe de vergüenza fue inmediato.

Adrien se puso de pie demasiado rápido.

El mundo giró.

Morgana extendió una mano para sostenerlo, pero él se apartó.

—No me toques.

La bruja bajó la mano.

Por un instante, algo cruzó su rostro.

No dolor.

No exactamente.

Tal vez fastidio.

Tal vez otra cosa que ella mató antes de que respirara.

—Como quieras.

Elric se acercó a Adrien.

—¿Qué viste?

Adrien no respondió.

No podía decirlo.

No frente a Elric.

No frente a Mara.

No frente a Bastian.

No podía decir que había visto a Morgana besándolo entre fuego y sangre.

No podía decir que una parte de la visión no le había provocado solo horror.

No podía decir que la muerte de ella y el deseo por ella habían aparecido unidos como dos hilos de la misma cuerda.

Morgana lo sabía.

Por supuesto que lo sabía.

—Deberías sentarte —dijo ella—.

Aún tienes sangre suficiente para hacer tonterías, pero no muchas.

Adrien apretó los dientes.

—Vete.

Mara miró a Morgana con odio.

—¿Puede abrir la puerta?

Morgana giró hacia ella.

—Sí.

La habitación quedó inmóvil.

Adrien la miró.

—¿Puedes?

—Dije que sí.

—¿Entonces por qué no lo hiciste antes?

Morgana sonrió, pero había cansancio en el gesto.

—Porque abrirla no es lo difícil.

Lo difícil es cerrar lo que mire desde dentro.

Elric susurró: —No puede cruzar el primer sello.

—Puedo cruzarlo —dijo Morgana—.

Pagaría caro.

Hay diferencia.

Adrien sostuvo su brazo curado contra el pecho.

—¿Qué precio?

Morgana lo miró.

—Recuerdos.

Nadie habló.

—Los sellos antiguos no se alimentan solo de sangre —continuó ella—.

También toman memoria.

Si cruzo, la capilla intentará arrancarme lo que más la nutre.

Adrien entendió.

—El incendio.

Morgana sonrió sin alegría.

—Entre otras delicadezas.

Por primera vez, el padre Elric pareció comprender algo que no había considerado: para Morgana, bajar a la capilla no significaba solo enfrentar un poder antiguo.

Significaba volver a entrar en la boca que había aprendido su nombre cuando era niña.

Mara, sin embargo, solo preguntó: —¿Y mi hijo?

Morgana la miró.

La dureza regresó.

—Tu hijo está detrás de la segunda puerta.

No en el santuario.

Todavía.

Mara tembló.

—¿Vivo?

—Sí.

La madre cerró los ojos y casi cayó.

Bastian la sostuvo.

Adrien dio un paso hacia Morgana.

—¿Por qué la puerta me atacó?

—Porque estás marcado por mí y cargabas la llave de la iglesia.

Para ella, eso fue una contradicción deliciosa.

—¿Cómo abrimos el segundo sello?

Morgana miró hacia la cripta.

—Con sangre Wren.

Mara levantó la cabeza.

—La mía.

—Sí.

Adrien negó de inmediato.

—No.

Mara se soltó de Bastian.

—Es mi hijo.

Morgana rió suavemente.

—Eso dijo Evelyne.

Mira qué bien resultó.

Mara avanzó con el cuchillo levantado.

Adrien se interpuso.

—¡Basta!

La madre lloraba de rabia.

—¡Mi hijo está abajo!

—Y si baja sin saber qué hace, le dará a la puerta exactamente lo que quiere.

Morgana ladeó la cabeza.

—El caballero aprende rápido cuando casi muere.

Adrien la miró con frialdad.

—Y tú disfrutas enseñando con heridas.

—Es el método local.

Elric habló con voz baja: —Tiene que haber otra forma.

Morgana lo miró.

—La hay.

Adrien esperó.

—La sangre Wren no tiene que ser de la madre —dijo ella—.

Puede ser de aquello que el linaje entregó.

—No entiendo.

Morgana caminó hacia la mesa de la sacristía.

Tomó el caballo de madera de Tomás, el que había aparecido sobre el pozo, y lo levantó.

—Esto estuvo con él cuando cruzó la segunda puerta.

Tiene sangre, saliva, miedo y nombre.

Puede bastar.

Mara extendió las manos.

—Dámelo.

Morgana no se lo entregó.

—Si lo usamos, la puerta sabrá que intentamos engañarla.

Eso comprará tiempo, no permiso.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para entrar.

Quizá no para salir.

Adrien respiró hondo.

—Entonces entraremos rápido.

Morgana lo miró.

—No tú.

—Voy a bajar.

—Tu brazo acaba de ser cosido con mi magia.

Si la puerta te prueba otra vez, no encontrará sangre.

Encontrará vínculo.

Y me arrastrará contigo.

—Eso te preocupa.

—Me molesta.

—No es lo mismo.

—Para mí, muchas veces sí.

Adrien se acercó a ella, bajando la voz.

—Lo que me mostraste… Morgana sostuvo su mirada.

—¿Sí?

Elric, Mara y Bastian quedaron en silencio, sintiendo que algo en aquella conversación se apartaba del rescate y entraba en un terreno más peligroso.

Adrien no terminó la frase.

No podía.

Morgana sonrió apenas.

—Ah, caballero.

No hagas preguntas delante de testigos si temes que la respuesta te desnude.

Él endureció el rostro.

—No volverás a hacer eso.

—¿Curarte?

—Provocar visiones.

—Entonces no vuelvas a sangrar sobre puertas antiguas.

Adrien la miró con odio.

Con deseo.

Con una vergüenza tan profunda que se parecía al miedo.

Morgana bajó la voz, solo para él: —No todo lo que viste vino de mí.

Adrien sintió que el mundo se estrechaba.

—Mentira.

—Ojalá.

Él recordó el beso.

La espada atravesándola.

La sangre.

El deseo mezclado con muerte hasta ser indistinguible.

—¿Qué significa eso?

Morgana lo miró con una calma cruel.

—Que la marca abre puertas en ambas direcciones.

Adrien dejó de respirar un instante.

—¿Tú también viste?

Por primera vez, Morgana no sonrió.

Ese silencio fue respuesta.

Elric intervino, tenso: —Tenemos que decidir cómo abrir el sello.

Morgana se apartó de Adrien como si la conversación hubiera perdido interés.

—Lo abrirán con el caballo.

Sin salmos.

Sin madre.

Sin antorchas.

Y cuando escuchen cantar, nadie responderá.

—¿Vendrás?

—preguntó Adrien.

Morgana miró hacia la cripta.

Algo antiguo pasó por sus ojos.

Miedo, quizá.

No del tipo que humilla.

Del tipo que recuerda.

—No cruzaré todavía.

Mara soltó un sonido de desesperación.

—¡Entonces no ayudas!

Morgana la miró sin piedad.

—Ayudo más de lo que mereces.

—Mi hijo… —Tu hijo está pagando por una puerta que tu familia guardó con canciones.

Si quieres odiarme, haz fila.

Pero no me pidas que finja que tu apellido llegó limpio hasta aquí.

Mara se quedó paralizada.

Adrien dio un paso hacia Morgana.

—No la destruyas ahora.

—¿Por qué?

¿Porque su dolor te parece más útil entero?

—Porque si de verdad quieres que salvemos al niño, necesitamos que su madre no se rompa antes.

Morgana lo observó.

Luego miró a Mara.

—Quédate arriba —dijo—.

Si bajas, él morirá llamándote.

Mara se llevó una mano a la boca.

No discutió más.

La crueldad de Morgana había dado en el punto exacto donde la obediencia se volvía posible.

Adrien la odiaba por hacerlo tan bien.

La necesitaba por lo mismo.

Elric reunió los objetos.

La llave.

El caballo de madera.

La lámpara.

Las cuerdas.

Un paño limpio para el brazo de Adrien, aunque ya no sangraba.

Bastian aceptó permanecer con Mara en la nave de la iglesia.

Ninguno de los dos quería bajar, pero tampoco podían irse.

Antes de regresar a la cripta, Adrien se quedó junto a Morgana en el pasillo lateral.

—Si muero abajo —dijo—, ¿qué pasará con la marca?

Morgana miró hacia la ventana estrecha.

—Depende de qué parte de ti muera primero.

—No es una respuesta.

—Es la única honesta.

Adrien respiró con cansancio.

—Lo que vi… —Sigues ahí.

—Porque necesito saber si era futuro.

Morgana volvió a mirarlo.

La luz gris tocaba apenas la mitad de su rostro.

La otra mitad estaba en sombra.

—Tal vez era deseo.

Tal vez miedo.

Tal vez una mentira de la puerta.

Tal vez una verdad que aún no decide nacer.

—No me basta.

—Nada te basta.

Por eso sigues vivo y miserable.

Adrien se acercó un paso.

—¿Viste lo mismo?

Morgana no apartó la mirada.

—Vi suficiente.

—¿Y?

Ella sonrió despacio.

Esta vez no fue la sonrisa que rompía voluntades.

Fue algo más íntimo.

Más peligroso.

—Vi que tu espada entra en mi pecho con más ternura de la que muchos hombres besan.

Adrien sintió que el aire se le iba.

—No digas eso.

—¿Por qué?

¿Porque te horroriza la muerte o la ternura?

—Porque no soy eso.

Morgana levantó una mano.

No llegó a tocarlo.

Solo dejó los dedos suspendidos a poca distancia de la cicatriz negra en su antebrazo.

—Todavía no.

Adrien tomó su muñeca antes de que lo tocara.

La sujetó con firmeza.

No con violencia.

—No voy a ser tuyo.

Morgana lo miró.

Su pulso, bajo los dedos de Adrien, volvió a latir rápido.

—Nunca dije que fueras a pertenecerme.

—Lo piensas.

—A veces.

La honestidad lo desarmó.

Morgana se acercó apenas.

—Pero no confundas posesión con deseo.

La posesión es simple.

El deseo… el deseo todavía puede sorprender.

Adrien soltó su muñeca.

—No tengo tiempo para tus juegos.

—Sí lo tienes.

Ese es el problema.

Entre una muerte y otra, siempre hay tiempo para caer.

Elric apareció al final del pasillo.

—Sir Adrien.

Estamos listos.

Adrien no apartó inmediatamente la mirada de Morgana.

Ella inclinó la cabeza.

—Ve a salvar al niño.

—¿Y tú?

—Yo intentaré no escuchar demasiado.

—¿Eso significa que lo de abajo puede llamarte?

Morgana sonrió, pero esta vez había sombra en el gesto.

—Hace años que lo hace.

Adrien no dijo nada más.

Bajó a la cripta con Elric.

La herida de su brazo ya no sangraba, pero la cicatriz negra palpitaba al mismo ritmo que la marca del pecho.

Cada paso hacia la capilla vieja lo acercaba a Tomás, a la verdad de los Wren, al valle y a algo que aprendía voces de madre.

Pero mientras descendía, la visión regresó en destellos.

Morgana besándolo entre llamas.

Morgana muriendo bajo su espada.

Morgana sonriendo con sangre en los labios.

Deseo y muerte.

No sabía qué parte había sido hechizo y qué parte había nacido de él.

Eso era lo peor.

Porque una mentira externa podía resistirse.

Pero un deseo propio, una vez descubierto, no se expulsaba con agua bendita.

Se cargaba como una marca.

Y Adrien, que ya llevaba una sobre el pecho y otra en el brazo, empezaba a temer que Morgana hubiera curado su carne solo para abrir una herida más difícil de cerrar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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