El caballero y la bruja del valle muerto. - Capítulo 22
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22: Capítulo 22: Lady Isolde llega 22: Capítulo 22: Lady Isolde llega Lady Isolde llegó a Veyrfall con treinta soldados del rey y una carta sellada con cera negra.
La vieron primero los cuervos.
Mucho antes de que el pueblo escuchara los cascos en el camino del este, las aves levantaron vuelo desde los tejados y giraron sobre la plaza con una agitación que no anunciaba tormenta, sino intrusión.
Los aldeanos, ya acostumbrados a interpretar el cielo como otros interpretan escrituras sagradas, dejaron de hablar.
Una mujer cerró la puerta de su casa.
Un hombre tiró de su hijo hacia dentro.
Bastian Rusk alzó la vista y palideció.
Adrien se encontraba en la cripta cuando ocurrió.
Junto al padre Elric, acababa de volver a la segunda puerta de la capilla vieja.
El caballo de madera de Tomás estaba envuelto en lino y sostenido con ambas manos por el sacerdote, como si fuera una reliquia invertida.
El brazo de Adrien, curado por Morgana, palpitaba con un calor oscuro bajo la venda.
La cicatriz en forma de raíz se extendía desde la muñeca hasta el codo, y cada vez que se acercaba al segundo sello, parecía responder a algo escondido detrás de la piedra circular.
La puerta seguía casi abierta.
Un resquicio.
Nada más.
Lo suficiente para respirar.
Lo suficiente para escuchar.
Desde el otro lado, la voz de Tomás había vuelto una vez, apenas un susurro: —No dejen que entre mi madre.
Luego silencio.
Adrien no sabía si esa advertencia venía del niño o de algo que usaba su miedo.
En Veyrfall, incluso la verdad infantil podía llegar con dientes ajenos.
Elric colocó el caballo de madera frente a la cavidad en forma de mano.
—Si Morgana no mintió —susurró—, esto debería engañar al sello durante unos minutos.
—No digas su nombre aquí abajo.
El sacerdote lo miró con cansancio.
—Curioso consejo, viniendo de vos.
Adrien no respondió.
Tenía la mano en la espada.
Entonces las campanas sonaron.
No desde abajo.
Desde arriba.
Una.
Otra.
Otra.
Pero no con el ritmo fúnebre de Veyrfall.
Sonaban irregulares, agitadas, golpeadas por una mano humana y desesperada.
Elric levantó la cabeza.
—Algo ocurre.
Un grito bajó por las escaleras de la cripta.
—¡Soldados!
Adrien giró.
La voz era de Bastian.
—¡Soldados del rey!
El caballo de madera pareció volverse más pesado entre las manos del sacerdote.
Adrien sintió que la sangre se le enfriaba.
—No.
Subió las escaleras con rapidez, seguido por Elric.
Cada peldaño le parecía una demora imperdonable.
Al llegar a la nave de la iglesia, encontró a Mara de pie frente a la puerta abierta, pálida, con la muñeca de Elia apretada contra el pecho.
Su rostro mostraba una mezcla de esperanza y terror.
—Vienen del camino real —dijo—.
Traen estandarte.
Adrien salió.
La plaza estaba llena de niebla partida por el movimiento de hombres armados.
Los aldeanos se habían apartado hacia las casas, formando un círculo temeroso alrededor del pozo seco.
Al fondo de la calle principal, treinta soldados con capas oscuras y cotas de malla avanzaban en formación.
Sus cascos hundían el barro.
Sus lanzas llevaban cintas negras, señal de mandato directo de la corona.
Al frente, montada en un caballo gris, venía Lady Isolde.
Adrien se quedó inmóvil.
Durante un instante, Veyrfall desapareció.
Vio el corredor del castillo.
La luz fría del amanecer.
Isolde quitándose la cruz del cuello y poniéndola en su mano.
Di que recordarás quién eres.
Ahora ella estaba allí, en el corazón del valle que había empezado a hacerle dudar precisamente de eso.
Isolde llevaba armadura ligera bajo una capa azul oscura.
No una armadura ceremonial, sino de viaje, práctica y sobria.
El cabello rubio iba recogido bajo una capucha, y su rostro, aunque cansado por el camino, conservaba esa serenidad contenida que Adrien siempre había admirado en ella.
A su lado cabalgaba un capitán real de rostro ancho y barba negra.
Detrás, soldados.
Demasiados.
Muy pronto.
La carta.
El informe.
Interceptado por el pueblo, roto, leído.
Pero aun así alguien había llegado.
Adrien sintió una punzada de alarma.
Isolde detuvo el caballo al centro de la plaza.
Sus ojos recorrieron las casas cerradas, el pozo seco, los muñecos colgantes, los aldeanos demacrados, el rostro del padre Elric, la caja de nombres visible a través de la puerta de la iglesia.
Finalmente lo miró a él.
No sonrió.
—Sir Adrien.
El uso del título fue peor que cualquier reproche.
Adrien inclinó apenas la cabeza.
—Lady Isolde.
El capitán real desmontó.
—Sir Adrien Valen, por orden de Su Majestad Odran III, se os requiere entregar control parcial de la investigación a la autoridad militar presente.
La plaza entera contuvo el aliento.
Adrien no apartó la mirada de Isolde.
—¿Control parcial?
Isolde descendió de su caballo con ayuda de un soldado, aunque no parecía necesitarla.
Se acercó a Adrien sosteniendo una carta sellada con cera negra.
La cera ya estaba rota.
—El rey recibió información preocupante.
Adrien sintió que la marca en su pecho ardía.
No dolor.
Advertencia.
—¿Qué información?
Isolde sostuvo su mirada.
—Que omitiste detalles en tu informe.
Que entraste solo en la casa de Morgana de Veyr.
Que fuiste visto protegiéndola de habitantes del pueblo.
Que estás marcado.
El silencio se quebró en murmullos.
Los aldeanos retrocedieron.
El padre Elric bajó la vista.
Mara miró a Adrien con una mezcla de miedo y dolor.
Adrien sintió que el aire se volvía estrecho.
—¿Quién envió eso?
El capitán respondió: —No es relevante.
Adrien giró hacia él.
—Lo es si se trata de acusaciones contra mi autoridad.
Isolde habló antes de que el capitán pudiera hacerlo.
—Llegó un segundo mensaje después del tuyo.
Sin firma.
Con fragmentos de tu carta original y testimonios del pueblo.
Corven, pensó Adrien.
O alguien cercano a él.
Quizá varios.
La traición había viajado más rápido que la verdad.
—Mi informe no pedía refuerzos —dijo Adrien.
—Precisamente por eso el rey se preocupó —respondió Isolde.
La frase escondía más de lo que decía.
Adrien miró a los soldados.
—¿El rey envió treinta hombres por preocupación?
El capitán dio un paso adelante.
—Envió hombres porque existe una amenaza mágica confirmada, una bruja sin contener y posible corrupción de un caballero real.
Adrien lo miró con frialdad.
—Mida sus palabras, capitán.
—Mido hechos.
Isolde levantó una mano para detenerlo.
—Capitán Damas, por favor.
El hombre calló, aunque no retrocedió.
Adrien volvió a mirar a Isolde.
—Hay un niño vivo bajo tierra.
La expresión de ella cambió.
—¿Tomás Wren?
—Sí.
—¿Dónde?
—Bajo una capilla antigua, sellada debajo de la iglesia.
Estamos intentando abrir el segundo sello.
Isolde miró hacia Elric.
El sacerdote asintió con dificultad.
—Es cierto.
Capitán Damas frunció el ceño.
—Entonces procederemos a asegurar la zona y enviar hombres abajo.
—No —dijo Adrien.
Damas lo miró como si hubiera esperado esa respuesta.
—¿No?
—No enviará soldados sin preparación a una estructura ritual antigua.
Ya hubo heridos.
La presencia armada puede activar defensas, voces, sellos o lo que sea que está usando al niño.
—Con respeto, Sir Adrien, vuestras decisiones recientes no inspiran confianza suficiente para dictar límites.
Adrien dio un paso hacia él.
Isolde se interpuso.
No físicamente, pero sí con la voz.
—Adrien.
Él se detuvo.
El sonido de su nombre en boca de ella fue distinto al de Morgana.
Donde Morgana lo pronunciaba como si tocara una herida, Isolde lo decía como si intentara recordar al hombre antes de la herida.
Eso le dolió.
—Necesito hablar contigo a solas —dijo ella.
Capitán Damas protestó: —Lady Isolde… —A solas —repitió ella, sin alzar la voz.
El capitán apretó la mandíbula, pero hizo una señal a los soldados.
Se dispersaron por la plaza, asegurando entradas, observando casas, tomando posición cerca del pozo y la iglesia.
Los aldeanos se apartaban de ellos con temor reverente.
Algunos parecían aliviados.
Otros, aterrados.
Bastian miraba a los soldados como un hombre que ve llegar una tormenta después de incendiar su propio granero.
Adrien condujo a Isolde hacia un lateral de la iglesia, bajo un arco de piedra cubierto de musgo negro.
Allí, lejos del centro de la plaza, el ruido se volvió más bajo.
Ella lo observó durante un largo instante.
No miró primero sus ojos.
Miró su pecho.
—¿Es verdad?
Adrien no respondió de inmediato.
—Sí.
Isolde cerró los ojos.
Una pequeña grieta apareció en su compostura.
—Muéstrame.
—Isolde… —No me protejas con silencios.
Ya hay demasiados aquí.
Adrien respiró hondo.
Luego desabrochó la parte superior de su camisa y apartó la tela.
La marca negra estaba allí, sobre el esternón, más extendida que antes.
El ojo sin pupila parecía cerrado, pero vivo.
Tres líneas se entrelazaban a su alrededor como raíces o cadenas.
A un lado, bajo la venda del brazo, asomaba la cicatriz negra que Morgana le había dejado al curarlo.
Isolde palideció.
Pero no retrocedió.
Eso la distinguía de todos los demás.
—¿Ella te hizo esto?
—Sí.
—¿Por qué?
—Para vigilarme.
Para vincularme.
Para mostrarme fragmentos.
—¿Fragmentos de qué?
Adrien cerró la camisa.
—Del pasado.
De ella.
Del pueblo.
A veces… cosas que no sé si son verdad.
Isolde lo miró.
—Y aun así la protegiste.
La frase no fue acusación directa.
Fue peor.
Fue dolor.
Adrien sostuvo su mirada.
—La emboscaron con fuego y plata junto a la entrada donde Tomás estaba atrapado.
Querían quemarla viva.
—Es una bruja acusada de crímenes horribles.
—Y aun así una ejecución por turba no es justicia.
—No he dicho que lo fuera.
—Entonces entiendes.
Isolde respiró lentamente.
—Entiendo la razón.
Lo que temo es lo demás.
Adrien sintió una punzada en el pecho.
—No hay “lo demás”.
Isolde sostuvo su mirada en silencio.
Esa fue su respuesta.
Adrien apartó la vista.
—Morgana no tomó a Tomás.
—¿Estás seguro?
—No del todo.
Pero las pruebas apuntan a otra cosa.
A alguien del pueblo.
La familia Wren estuvo vinculada a la capilla vieja.
La madre de Tomás sabe más de lo que admite.
—¿Y esa información viene de quién?
Adrien no respondió.
Isolde cerró los ojos un instante.
—De ella.
—No solo de ella.
—Pero también.
—Sí.
—Adrien, una mentira no necesita ser falsa para destruirte.
A veces basta con que una verdad llegue de la mano equivocada.
La frase lo golpeó con más fuerza de la esperada.
Porque sonaba como algo que él mismo habría dicho antes de llegar al valle.
—Morgana es cruel —dijo—.
Manipuladora.
Peligrosa.
No lo niego.
Ha castigado familias.
Ha dañado inocentes.
Lo admitió.
Isolde lo observó con atención.
—Y aun así la defiendes.
—Defiendo que no todo crimen de Veyrfall le pertenece.
—Eso no es lo que oigo en tu voz.
Adrien sintió el calor de la marca.
No sabía si era Morgana escuchando o su propia vergüenza ardiendo.
—¿Qué oyes?
Isolde tardó en responder.
—Que te importa lo que le ocurra.
El silencio entre ambos fue insoportable.
Adrien quiso negarlo de inmediato.
No pudo hacerlo.
La demora bastó.
Isolde bajó la mirada.
No lloró.
Eso habría sido más sencillo de enfrentar.
—La Orden del Alba enseña muchas cosas —dijo ella—.
Pero no enseña cómo mirar a alguien que amas mientras empieza a justificar su caída con palabras razonables.
Adrien sintió que la frase le arrancaba algo.
—No he caído.
—Entonces mírame y dime que ella no te atrae.
El mundo se volvió pequeño.
El murmullo de la plaza desapareció.
Los soldados, el pozo, la capilla vieja, las voces infantiles, todo quedó al margen de aquella pregunta.
Adrien pensó en Morgana junto al arroyo.
En su mano curando la herida.
En la visión del beso entre sangre y fuego.
En su pulso rápido bajo sus dedos.
En la forma en que había admitido ser peor de lo que su dolor justificaba.
—Eso no importa —dijo.
Isolde sonrió apenas.
Fue una sonrisa triste.
—Eso significa que sí.
Adrien cerró los ojos.
—No he actuado por deseo.
—Todavía.
La palabra fue suave.
Devastadora.
Adrien volvió a abrir los ojos.
—Hay un niño bajo tierra.
Un poder antiguo despertando.
Un pueblo culpable y una corona que quiere usar a Morgana como arma.
Si permito que Damas actúe como si esto fuera una operación militar común, todos morirán.
Isolde lo miró.
Esta vez su expresión cambió.
—¿La corona quiere usarla?
Adrien bajó la voz.
—El rey me dijo que, si su poder era real, no permitiera que muriera antes de que él lo ordenara.
Isolde permaneció inmóvil.
—Eso no estaba en la carta.
—No lo estaría.
—¿Por qué no lo escribiste en el informe?
Adrien soltó una risa sin humor.
—Porque era parte de lo omitido.
Isolde lo miró con una mezcla de dolor y comprensión.
—Entonces omitiste detalles no solo por ella.
—No.
—También por desconfianza hacia el rey.
Adrien sostuvo su mirada.
—Sí.
La confesión cayó entre ambos como una puerta cerrándose.
Isolde respiró hondo.
—Eso es traición, Adrien.
—Quizá.
—No digas “quizá” como si fuera un refugio.
—Entonces sí.
Si obedecer al rey significa entregar un pueblo entero a una masacre o a una explotación peor, entonces mi deber se ha complicado.
—El deber no se complica.
Los hombres se complican cuando quieren conservar todas sus lealtades.
Adrien guardó silencio.
Isolde se acercó un paso.
—Todavía puedo ayudarte.
Él la miró, sorprendido.
—¿A qué?
—A salvar al niño.
A controlar a Damas.
A evitar que el rey actúe con información incompleta.
Pero necesito la verdad completa de ti.
No la versión de tu informe.
No la versión que usas para convencerte de que sigues intacto.
Adrien sintió que la marca en su pecho ardía con mayor fuerza.
Dentro de él, la voz de Morgana apareció como un susurro lento: —Qué noble.
Qué útil.
Qué peligrosa.
Adrien cerró los ojos un instante.
—No.
Isolde lo miró con alarma.
—¿Qué pasa?
—Ella habló.
El rostro de Isolde se tensó.
—¿Ahora?
Adrien asintió.
—¿Puede oírnos?
—No lo sé.
Isolde dio un paso atrás, no por miedo a Adrien, sino por comprensión del alcance de la intrusión.
—Entonces no estamos solos.
—Nunca lo estoy del todo.
La frase le salió antes de poder suavizarla.
Isolde la recibió como otra herida.
Desde la plaza llegó un nuevo murmullo.
Capitán Damas estaba dando órdenes.
Dos soldados se acercaban a la iglesia.
Elric intentaba detenerlos, gesticulando con desesperación.
Adrien se tensó.
—No.
Corrió hacia la plaza.
Isolde lo siguió.
Damas estaba frente a la entrada de la iglesia con seis hombres.
—Tomaremos la cripta —dijo el capitán—.
La zona queda bajo autoridad real.
El padre Elric, pálido, bloqueaba la puerta.
—No pueden bajar sin preparar los sellos.
—Apártese, padre.
Adrien llegó con la espada aún envainada, pero su mano sobre el pomo.
—Capitán, le ordeno detenerse.
Damas lo miró.
—Vuestra autoridad está en revisión.
—Mi conocimiento de la amenaza no.
—Traemos reliquias de contención y cadenas de plata.
La bruja será prioridad después de asegurar al niño.
Adrien sintió que algo se rompía en su paciencia.
—No comprende.
Las cadenas de plata no sirven contra lo que hay bajo la capilla.
—Servirán contra Morgana de Veyr.
—Ella no está bajo la capilla.
Damas se inclinó apenas hacia él.
—Tal vez porque vos la dejaste escapar.
La plaza murmuró.
Isolde intervino: —Capitán, no estamos aquí para provocar un enfrentamiento con Sir Adrien.
—Con respeto, Lady Isolde, estamos aquí porque Sir Adrien puede estar comprometido.
Adrien avanzó un paso.
—Dígalo otra vez.
Damas no retrocedió.
—Comprometido.
El silencio cayó sobre la plaza.
Entonces una risa suave llegó desde el borde del pozo.
Todos giraron.
Morgana estaba sentada sobre la piedra del pozo seco.
Nadie la había visto llegar.
Los soldados levantaron lanzas.
Algunos aldeanos gritaron.
Elric se santiguó.
Bastian cayó hacia atrás contra una pared.
Mara abrazó la muñeca de Elia como si fuera una criatura viva.
Morgana llevaba un vestido oscuro y el brazo aún vendado.
El viento movía su cabello negro.
Parecía cómoda, casi aburrida, en el centro exacto del terror de todos.
Sus ojos no fueron hacia Adrien primero.
Fueron hacia Isolde.
La mirada entre ambas mujeres duró apenas unos segundos.
Pero en ella hubo reconocimiento inmediato.
No de nombres.
De posiciones.
La prometida y la bruja.
El deber y la tentación.
La vida que Adrien debía tener y la oscuridad que lo estaba marcando.
Morgana sonrió.
—Lady Isolde, supongo.
Isolde no bajó la mirada.
—Morgana de Veyr.
—Qué voz tan limpia.
Debe de ser agotador mantenerla así en este lugar.
Damas dio una orden.
—¡Rodeadla!
Los soldados avanzaron.
Adrien gritó: —¡No!
Demasiado tarde.
Tres soldados lanzaron una red de plata.
Morgana levantó una mano, pero antes de que hiciera nada, el pozo bajo ella rugió.
No fue un sonido de animal.
Fue el sonido de muchas bocas respirando juntas.
El humo blanco salió disparado hacia arriba, envolviendo a Morgana, a los soldados y al borde de la plaza.
Los hombres retrocedieron tosiendo.
La red cayó al suelo, cubierta de escarcha.
Morgana no se movió.
Su sonrisa desapareció.
Miró hacia el fondo del pozo.
Por primera vez desde que Adrien la conocía, su rostro mostró alarma verdadera.
—No —susurró.
Adrien corrió hacia ella.
—¿Qué pasa?
Morgana seguía mirando abajo.
—No fui yo.
Del pozo subió una voz de niño.
Tomás.
—Madre… La madre de Tomás Wren, que había permanecido oculta entre los aldeanos, soltó un grito y dio un paso hacia el pozo.
Morgana levantó la cabeza de inmediato.
—¡No la dejen acercarse!
Adrien giró.
La mujer Wren corrió.
Isolde reaccionó primero.
Se interpuso en su camino y la sujetó por los brazos.
—¡Suéltame!
—gritó la madre—.
¡Es mi hijo!
Morgana bajó del borde del pozo de un salto.
—Eso es lo que quiere que seas.
Damas levantó la espada.
—¡Prended a la bruja!
Adrien desenvainó y se colocó entre los soldados y Morgana.
El gesto fue instintivo.
Público.
Irreversible.
Toda la plaza lo vio.
Isolde también.
Morgana, detrás de él, habló en voz baja: —Cuidado, Adrien.
Sigues eligiendo muy rápido.
Él no miró atrás.
—Cállate.
La madre de Tomás lloraba en brazos de Isolde.
Desde el pozo, la voz del niño volvió: —Mamá… abre… Las campanas sonaron solas.
Una.
Otra.
Otra.
El capitán Damas miró a Adrien con odio.
—Bajad la espada.
Adrien sostuvo la hoja firme.
—Nadie tocará a Morgana hasta que Tomás esté fuera y sepamos qué hay bajo la capilla.
Damas respondió: —Entonces estáis bajo sospecha formal de traición a la corona.
El pueblo contuvo el aliento.
Isolde miró a Adrien desde el otro lado de la plaza, aún sujetando a la madre de Tomás.
Sus ojos no eran de reproche ahora.
Eran de miedo.
No miedo a Morgana.
Miedo por él.
Morgana se acercó a su espalda, lo suficiente para que solo él pudiera oírla.
—Tu prometida acaba de verte escogerme ante los soldados del rey.
Adrien sintió el golpe de esas palabras.
—No te escogí a ti.
—No importa.
La voz de Morgana fue suave.
Casi triste.
—Eso también lo decidirán otros.
Desde el pozo, algo empezó a cantar con la voz de Evelyne.
La canción de cuna llenó la plaza.
Isolde miró a Morgana.
Morgana miró el pozo.
Adrien miró a los soldados.
Y Veyrfall, atrapado entre la corona, la bruja y la boca antigua bajo sus pies, comprendió que la llegada de Lady Isolde no traía salvación.
Traía el juicio del mundo exterior.
Y el mundo exterior, como todos los jueces, había llegado tarde.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com